Me ha ocurrido hace un momento. Algo que no esperaba, aunque ahora me doy cuenta de que llevaba tiempo rondándome. De pronto, sin darme cuenta del todo, he traspasado una frontera invisible. Y sé que no podré regresar a donde me hallaba antes de cruzarla.

Yo, que siempre creí vivir lejos de esa línea. Yo, que aún me veía entre los activos, los que avanzan a buen paso por las calles, los que suben las escaleras sin buscar el ascensor. Yo, que he corrido la media maratón del puente, el famoso Broloppet, entre Dinamarca y Suecia. Yo, que camino veinte o treinta kilómetros diarios a mis 73 años. Pues bien: hoy todo eso ha quedado en suspenso en un trayecto anodino de metro, de Verdaguer a Badal, en Barcelona.

Ha sido allí, en uno de esos vagones con sus luces frías y asientos de plástico, donde una señora o señorita, en la flor de la vida, con una sonrisa abierta y una mano delicada, me ha cedido su asiento. Me he sentado. Sonreí. No supe si rechazarlo, si fingir que no lo necesitaba, si agradecer sin más. Me senté, y mis pies, esos fieles compañeros, lo agradecieron. Me senté. Y mientras el tren seguía su marcha entre estaciones, supe que algo se había roto. ¿Será la hora de hacerme el harakiri o de lanzarme desde aquella roca donde los vikingos, dicen, despeñaban a sus ancestros, cuando ya no eran más que un estorbo?

Lo dejo por hoy. Ya tendré ocasión de volver sobre este pequeño y fatal instante, este gesto bienintencionado que ha abierto una grieta en la conciencia. Hoy preferiría contar lo que hice ayer. Porque ayer sí fui otro. Ayer conquisté una montaña.

Barcelona se extiende en un llano generoso, abierto al mar, pero protegido por una muralla natural de colinas. Desde el puerto, mirando al norte, los ojos encuentran primero Montjuic, ese montículo discreto y lleno de secretos. Y más allá, en la distancia, una figura que vigila la ciudad con brazos abiertos: el Cristo del Tibidabo.

Ayer le propuse a mi compañera una aventura: subir a pie hasta la basílica del Tibidabo. Me miró dudando, mitad escepticismo, mitad confianza. Me siguió. Iniciamos la marcha por Badal, remontamos la Diagonal, y desde allí comenzamos la verdadera subida por la Calle Mayor de Sarrià, una calle que guarda el alma de un viejo pueblo engullido por la gran ciudad. Subimos y subimos hasta alcanzar una villa solitaria, con su verja adornada por dos ositos de piedra, como porteros de un mundo privado. Desde ahí, el camino se volvió inédito, sin señales, solo un sendero insinuado entre matorrales y piedras sueltas, que serpentea montaña arriba, seco como un torrente esperando lluvias, abierto solo a los valientes o a los que, como nosotros, aún se atreven.

Después de dos horas subiendo, llegamos a un pequeño puesto de bomberos, guardianes discretos del monte. Pregunté a uno de ellos por el camino, y nos indicó, amable, por dónde seguir. Retomamos la subida hasta alcanzar la torre de Collserola. Desde allí, el mundo se abría a nuestros pies, toda Barcelona desplegada como una maqueta viva, y al fondo, recortado contra el cielo, el macizo de Montserrat.

Un poco más, y el Tibidabo nos recibió con su basílica y su Cristo gigantesco. Allí, en lo alto, tomamos una cerveza, respiramos hondo y descansamos. Después, bajamos a pie, con el cuerpo cansado pero el alma plena. Dormimos como benditos. Hoy, sin embargo, la frontera ha sido cruzada. Ayer conquistamos una cima. Hoy me han ofrecido un asiento. Y la vida sigue.