Cuantas veces hemos oído eso de: “A quien madruga dios le ayuda. Sí, sí, muchas veces ¿verdad? Yo puedo corroborar ese dicho con la experiencia de muchas mañanas en la ciudad condal. Hoy, sin ir más lejos, desperté no demasiado temprano y dirigí mis pasos a la Plaza San Jaime para desayunar, pero, por el camino, me entretuve disfrutando de las desiertas calles del Barrio Gótico, aún libres de las consabidas hordas de turistas dirigidos por algún guía que, con voz monótona y destemplada, va contando una historia simplona de lo que van viendo y digiriendo, cada cual a su manera.

Por favor, no me interpretéis mal. No quiero criticar ni a los guías ni a los turistas, que tienen el mismo derecho que yo de sentirse atraídos por este escenario tan sugerente, en el que se han convertido los alrededores de la catedral. En realidad, A inicios del siglo XX, la catedral de Barcelona presentaba una fisonomía inacabada. El edificio gótico se había levantado entre los siglos XIII y XV, pero su fachada principal todavía era una estructura neogótica sin terminar, y el entorno inmediato era un denso laberinto urbano medieval con calles estrechas y casas adosadas al propio templo. Las obras de remodelación de la catedral En 1882 se iniciaron las obras de la fachada principal siguiendo un diseño neogótico del siglo XV que no se había ejecutado antes. El arquitecto Josep Oriol Mestres lideró el proyecto, y las obras culminaron en 1913, financiadas en gran parte por el banquero barcelonés Manuel Girona i Agrafel.

El resultado fue una fachada monumental, neogótica, que no corresponde exactamente al estilo gótico original, pero que le da hoy su aspecto icónico. A lo largo del primer tercio del siglo XX, se demolieron casas y calles medievales adosadas a la catedral, especialmente en el lado que hoy da a la Avinguda de la Catedral. El objetivo era “liberar” la catedral y hacerla visible, siguiendo los ideales higienistas y monumentales del urbanismo decimonónico. Algo parecido ocurrió en Lund, derribando todos los edificios adosados a la catedral y el cementerio que había junto a su ábside.

En Barcelona, se abrió un espacio frontal que es la la actual plaza, que permite contemplar la fachada desde lejos, cosa que antes no era posible. Se abrió, también un nuevo eje urbano entre la catedral y la Via Laietana, para facilitar la circulación y reforzar el eje monumental.

Entre los edificios o objetos más fotografiados en el Barrio Gótico está el famoso paso elevado que une el Palau del Bisbe con un edificio anexo del Palau de la Generalitat en la calle del Bisbe, justo al lado de la Catedral de Barcelona, que se ha convertido en una de las imágenes más icónicas del Barrio Gótico. Pero lo interesante es que no es medieval, sino una construcción moderna, aunque de estilo neogótico. Lejos de ser una obra gótica, fue construido en 1928, durante la dictadura de Primo de Rivera, como parte del ambicioso proyecto de “góticazación” del barrio. El autor fue el arquitecto Joan Rubió i Bellver, discípulo de Gaudí y ferviente defensor del neogótico. Rubió ideó el puente como parte de una campaña para crear una imagen “coherente” y romántica del pasado medieval del barrio gótico, muchas veces eliminando o falseando partes auténticas para hacerlas más “fotogénicas”.

Para mí, que interpreto las cosas a mi manera, representa el intento del poder político y cultural de reescribir el pasado medieval de Barcelona para fines turísticos, ideológicos y nacionalistas. También marca un pasaje físico entre el poder religioso, el Palacio Episcopal, y el poder político, la Generalitat, aunque su uso real ha sido más decorativo que funcional.

La Plaça del Rei, es una plaza cerrada, de aspecto gótico, situada justo detrás de la catedral. En su estado actual está rodeada por varios edificios de gran valor histórico, como el Palau Reial Major, la residencia medieval de los condes de Barcelona y reyes de Aragón, La capilla de Santa Àgata, del siglo XIV, el Palau del Lloctinent del siglo XVI y la Casa Padellàs, que fue trasladada allí piedra por piedra y hoy alberga el Museu d’Història de Barcelona.

Las transformaciones se llevaron a cabo principalmente entre 1920-1930. En esa etapa, el interés por redescubrir la Barcelona medieval llevó a los primeros derribos de viviendas adosadas al Palau Reial. El objetivo era liberar el antiguo conjunto palaciego, invisibilizado durante siglos por construcciones posteriores, y resaltar su valor patrimonial. Durante la Segunda República, y especialmente bajo el mandato del arquitecto e historiador Adolf Florensa, se impulsó el llamado “gòtic oficial”: un estilo promovido para consolidar una imagen unificada y monumental del pasado medieval catalán. También tenemos algo parecido en Lund, cuando se fueron descubriendo los ladrillos de las dos casas medievales que quedan en el recinto urbano, Krognoshuset y Stäket, cubiertas hasta mediado el siglo XX por una gruesa capa de adobe gris, dotándolas además de un tejado con fachada escalonada, como en la arquitectura holandesa.  

En 1931 se inició el traslado de la Casa Padellàs, que estaba en la calle Mercaders, y fue desmontada y reconstruida en la plaza del Rei para evitar su demolición. Este proyecto se interrumpió por la Guerra Civil, pero se retomó con más fuerza tras 1939. Y es que, el régimen franquista adoptó la monumentalización del pasado medieval como instrumento de propaganda, pues mostraba una Barcelona “imperial”, ligada al poder monárquico y cristiano. Se llegaron a eliminar edificaciones posteriores al siglo XVI para “purificar” el espacio. Se excavó el subsuelo y se descubrieron restos romanos, que formaban parte de la antigua ciudad de Barcino, que dieron origen al Museo de Historia de la Ciudad inaugurado en 1943. El diseño de la plaza, tal como hoy lo conocemos, cerrada, solemne, con acceso al subsuelo arqueológico, es fruto de esta etapa.

La Plaça del Rei no es por tanto una “plaza histórica” en el sentido de que haya existido tal como la vemos hoy, sino una creación del siglo XX que reúne y reorganiza edificios antiguos para crear una imagen idealizada del pasado medieval. Es una “escenografía histórica”, meticulosamente diseñada para contar un relato, con pretensión de autenticidad, que en realidad fue cuidadosamente construido.

Yo voy caminando despacio hasta la Plaza de San Jaime. Por la calle Paradis, vamos solo dos personas, un guardia con uniforme marrón y beige con una inscripción en la espalda que reza, Guarda Patrimoni, y yo. Le sigo, porque van a dar las diez y creo que se encamina a abrir las puertas de la casa-palacio que pertenece a el Centre Excursionista de Catalunya, lugar en el que se pueden ver los restos de un templo romano. El Centre Excursionista nació en 1890 en Barcelona con el objetivo de “fomentar las excursiones por nuestra tierra para hacer que sea conocida y amada, y también publicar los trabajos resultantes de estas excursiones, crear una biblioteca y archivo”. Qué mejor manera de documentar las salidas, a finales del siglo XIX, que a través de la fotografía y actualmente custodia más de 100 fondos con más de 400.000 imágenes procedentes de donaciones particulares y legados.  Para el que quiera estudiar la historia de Catalunya de los siglos XIX y XX es un lugar esencial.

Yo hoy no voy a consultar los fondos, sino que me paro ante su vidriera y leo las frases “Patria – Libertas – Fides” que concentran toda la ideología catalanista de los últimos siglos, y me apresuro a bajar al sótano, para, durante unos momentos, estar solo con las columnas romanas. Es un placer, que solo el madrugador puede disfrutar. A quien madruga, Dios le ayuda. las cuatro columnas del templo de Augusto, dos mil años de historia, en el Monte Táber, a 16,9 m del nivel del mar, en la romana Barcino. Pasan unos minutos en silencio y reposo y empiezo a oir voces, primero lejanas y luego más cercanas, y comprendo que ahora, el recinto en el que he disfrutado de esta corta comunión con la historia, pasa a ser una atracción turística y me apresuro a salir y dejar paso a los que entran.