Me encantan las manzanas. Como muchas, no puedo remediarlo, es quizás mi comida favorita, un majar divino. Por eso me parece un poco injusto que la diosa Eris eligiera esta fruta para sembrar la discordia, todo por no ser invitada a la boda de Peleo y Tetis, los padres de Aquiles. Hoy, en Barcelona, me acerco a Caixa Forum en Montjuic, para ver 62 piezas prestadas por del museo del Prado de Madrid que representan el barroco flamenco y, claro, me llama la atención este cuadro tan emblemático, que he utilizado para explicar la mitología griega, la guerra de Troya, el mundo helénico y la filosofía básica.

El cuadro de Rubens, pintado en 1636, “El juicio de Paris” explica el origen de la Guerra de Troya. En el cuadro Tetis ha lanzado una manzana de oro con la inscripción “para la más bella” y las diosas Hera, Atenea y Afrodita reclamaron la manzana. Zeus, que quería eludir problemas, se negó a decidir y encargó a Paris, príncipe troyano, que eligiera. En el cuadro vemos a Hermes, vínculo entre los dioses y los humanos, con su casco alado, mostrando la manzana de oro. Paris, pintado como pastor bucólico, se muestra dubitativo. Las diosas, desnudas, para mostrar su belleza, intentaron sobornarlo. Cada diosa intentó hacerlo a su manera. Hera le ofreció poder político. Atenea, sabiduría y victoria en la guerra. Afrodita, el amor de la mujer más hermosa del mundo: Helena. Paris eligió a Afrodita, eso lo sabemos, y también sabemos que ni Hera ni naturalmente Pallas Atenea se lo perdonarían nunca.  

En el cuadro de Rubens, Paris aparece como un joven pastor. Su figura está alejada del ideal heroico, se le ve más contemplativo, incluso pasivo. Representa el juicio humano, falible y guiado por el deseo.

A las diosas, Rubens las pinta desnudas, siguiendo la tradición renacentista y barroca que une belleza ideal con desnudez. Hera, hermana y esposa de Zeus, está representada junto a su animal alegórico, el pavo real, símbolo del orgullo y majestad, como diosa del poder y el matrimonio. Atenea, se ha despojado de su armadura, que yace en tierra, el casco, la lanza y el escudo con el terrible rostro de Medusa; a sus pies el búho, animal emblemático de la patrona de Atenas, nos mira bajo el manto púrpura de Afrodita, quien está recibiendo una corona de flores de una figura angelical alada, un putto, con Eros, con arco y flechas, asido a su pierna izquierda, simbolizando el amor erótico.

Es como una fotografía tomada justo en el momento en que Afrodita aún no sabe que ha vencido, tampoco lo saben las otras dos, que esperan esperanzadas; lo sabemos nosotros. El deseo ha triunfado. Rubens usa esta escena como una alegoría de la elección entre poder, sabiduría y amor/deseo, sugiriendo que la humanidad, aquí representada por Paris, suele inclinarse por el placer sensual, sumemos aquí todos los placeres.

Yo solía utilizar este cuadro como una especie de mapa conceptual o ventana abierta al conocimiento. Lo empleaba para explicar a mis alumnos muchas cosas, abarcando desde la Antigüedad hasta el arte y la filosofía. Era mucho más que una simple imagen: era un punto de partida para hablar de ideas, épocas y pensamientos que, aunque distantes entre sí en el tiempo y en el espacio, se conectaban de formas sorprendentes.

Por ejemplo, desde los personajes representados o los símbolos presentes en el cuadro, podíamos retroceder a las civilizaciones clásicas, Grecia, Roma, Egipto, y hablar de sus mitos, de sus sistemas políticos, de sus lenguas y sus visiones del mundo. Luego, podíamos saltar al Renacimiento y ver cómo esos saberes antiguos fueron redescubiertos y reinterpretados por artistas y pensadores como Rubens. A través del arte, explicaba cómo las imágenes no son solo decoración, sino vehículos de pensamiento, de ideología y de emoción.

El cuadro me servía también para introducir preguntas filosóficas: ¿Qué es la verdad? ¿Qué papel tiene el ser humano en el universo? ¿Por qué seguimos hablando de Platón, Aristóteles o Séneca? Todo eso estaba, de una u otra forma, reflejado o sugerido en la obra. Usar el cuadro me permitía, además, despertar la imaginación de los alumnos. No les daba respuestas, sino caminos para pensar, para preguntar, para relacionar ideas. Aprendíamos a leer imágenes como se leen los textos: con atención, con espíritu crítico, y con la voluntad de entender el mundo y a nosotros mismos. Echo de menos las clases de historia e historia del arte con mis alumnos, especialmente hoy, aquí, en el Caixa Forum, frente al cuadro de Rubens.