Repasando mis fotografías para intentar archivarlas un poco sistemáticamente, comenzando quizás, lo que aquí en Suecia llamamos “dödstäda”, que es el acto de ordenar, reducir y organizar las pertenencias personales mientras uno aún está vivo, con el fin de aliviar la carga a los familiares después de la propia muerte, encuentro algo que me recuerda un tiempo cuando yo dedicaba cada minuto consciente a estudiar la historia. Era como una enfermedad; llegando a un lugar, me ponía rápidamente a rebuscar en la historia del lugar; museos, archivos, bibliotecas y anticuarios, era mi mundo, y lo sigue aún siendo, no lo puedo evitar.

Reconozco la fotografía como una que yo había tomado en la ciudad sarda de Bosa. Hay lugares que parecen haber sido tocados por una mano antigua, no necesariamente piadosa, pero sí paciente. Así es Bosa, una ciudad que se desliza con dulzura por la pendiente de una colina sarda, entre el murmullo lento del río Temo y la presencia vigilante del castillo Malaspina. Uno la ve desde lejos, desde la carretera que serpentea por la costa, y parece un ramo de casas pintadas en tonos pastel. El río, que es de los pocos navegables en toda Cerdeña, cruza la ciudad como si no tuviera apuro, reflejando fachadas ocres, rosadas, azuladas, como si cada casa hubiera querido recordar su historia con un color. Sobre las aguas duermen barquitas viejas, amarradas como en una pintura del siglo XIX. Es un río manso y melancólico, que huele a sal y a piedra mojada, a ropa tendida, a infancia.

El casco antiguo, Sa Costa, donde viven mis amigos y donde se encuentra el dormitorio y el comedor perteneciente al instituto Pischieda, trepa hacia el castillo. Las calles estrechas están empedradas con siglos y tradiciones. Vi una vez un entierro, pasar a pie, camino del cementerio, y era como ser transportado en el tiempo, con la rara sensación de haberlo visto antes.

Y arriba del todo, el castillo. No es una fortaleza opulenta, sino severa, sobria, casi monástica. Desde allí la vista se abre como un abanico sobre los tejados de teja roja, sobre el curso serpenteante del Temo, sobre las llanuras que huelen a tomillo y al mar que se adivina más allá, en Bosa Marina.

En Bosa, el tiempo no se ha detenido, sigue caminando, pero en voz baja. En Bosa, tuve en la mano una pequeña moneda de plata acuñada en nombre de Juan II. No era más grande que una uña, pero su peso simbólico me condujo directamente al corazón del siglo XV. La encontré en casa de un entrañable señor que había dedicado su vida a coleccionar objetos cotidianos de su ciudad, como si con ello intentara detener el olvido. Me la mostró con la emoción de quien entrega un fragmento del tiempo. Y lo era.

Con un poco de paciencia, y con la ayuda del archivo municipal, cuya directora tuve la suerte de conocer en casa del alcalde, fui hilando la historia que contenía esa reliquia. Esto es lo que encontré:

La moneda procede de la antigua ceca de Bosa, situada en el castillo, y fue acuñada bajo la autoridad del alcaide local. Un documento del 15 de mayo de 1445 recoge que Alfonso V de Aragón había concedido a Silvestro Colomeri, maestro de la ceca, magistrum sicle, el privilegio de acuñar moneda en Cagliari, Sassari, Alguer y también en Bosa. Más tarde, durante el reinado de Juan II (1458–1479), se acuñaron efectivamente en Bosa algunos reales minuti de billón, una aleación de plata pobre, destinados a la circulación local. Según los ejemplares conservados, pertenecientes a dos cuños distintos, en el anverso puede leerse Joanes Rex A(ragoniae) rodeando el escudo aragonés, y en el reverso Civitas Bose con una cruz central. ¿Quién fue ese Juan que ordenó acuñar moneda en esta ciudad sarda?

Juan II fue un personaje muy interesante. Nació en Medina del Campo en 1398, como segundo hijo de Fernando de Antequera y, como tal, no destinado inicialmente a reinar. Pero la vida, y la política, tuercen destinos. Fue duque de Peñafiel, lugarteniente en Sicilia y Cerdeña, rey consorte de Navarra, y tras la muerte de su hermano Alfonso V el Magnánimo, heredó el trono de Aragón. Enemigo de Álvaro de Luna en Castilla, esposo de dos mujeres poderosas, Blanca I de Navarra y luego Juana Enríquez, padre del desdichado Carlos de Viana y del futuro Fernando el Católico, Juan atravesó su vida como un funambulista entre guerras, alianzas y traiciones.

Fue, sin duda, un rey tenaz, quizá cruel. Enfrentado a su propio hijo Carlos, llegó a encarcelarlo. Cataluña se alzó contra él; los campesinos también. Luis XI de Francia aprovechó la ocasión para arrebatarle los territorios, que empeño para conseguir su ayuda, entre otros Cerdeña. Pero Juan resistió, ciego y envejecido, hasta reconquistar Barcelona y concluir la guerra civil catalana en 1472 con una paz tensa y una clemencia calculada. Murió en 1479, dejando Navarra a su hija Leonor y Aragón a Fernando, el esposo de Isabel de Castilla, el que pasó a la historia como Fernando el Católico.

La moneda que sostuve, pues, es más que un objeto numismático, es una puerta a esa época convulsa, cuando los reyes eran también maridos, enemigos, padres y traidores; cuando los mares no separaban, sino unían coronas lejanas; cuando Bosa, tan callada hoy, fue una ciudad con ceca propia y el eco de una historia mayor. Una historia que cabe, entera, en la palma de la mano.