Iba yo andando muy tranquilo, pensando en mis cosas, este domingo veraniego, cuando sentí una conocida señal, que venía del móvil que llevo en mi bolsillo. Podía ser un mensaje de mi compañera, para que comprase algo que precisaba, camino de casa. Pero, no, no era eso, era un mensaje de un buen amigo periodista, que me preguntaba si sabía el día que es hoy, 27 de julio.

Y es que, en el calendario sueco, hay una fecha curiosa, simpática en apariencia, pero cargada de leyenda, tradición religiosa y un fondo literario que merece más atención de la que suele recibir. Ese día es justamente el 27 de julio, día en que se celebra en Suecia el “Sjusovardagen”, literalmente el día del que duerme siete veces o, más llanamente, el día del dormilón. En la cultura popular, se dice que quien duerma hasta tarde en esta jornada será perezoso todo el año. Pero como suele pasar con las tradiciones que se agarran al alma colectiva, detrás hay más que un refrán moralista.

La raíz de esta celebración se hunde en el humus de una leyenda cristiana antiquísima: la de los Siete Durmientes de Éfeso. Según esta historia, nacida probablemente en el mundo siríaco y propagada en los primeros siglos del cristianismo, siete jóvenes cristianos se escondieron en una cueva durante la persecución del emperador Decio, allá por el siglo III, y allí cayeron en un profundo sueño, milagroso, del que no despertarían hasta dos siglos después, cuando el cristianismo ya era religión tolerada. Al despertar, no sabían que el mundo había cambiado.

Lo notable de esta historia es su universalidad. Aparece no solo en fuentes cristianas de Oriente y Occidente, sino también en el Corán, sura 18, La cueva[1], donde se relata con respeto y misterio el mismo suceso. Es, podríamos decir, uno de esos relatos-puente entre civilizaciones que nos recuerdan que el sueño también puede ser una forma de supervivencia espiritual. Dormir mientras pasa la tormenta, soñar un mundo nuevo mientras el viejo se devora a sí mismo.

En Alemania, esta leyenda tomó forma en el llamado Siebenschläfertag, también el 27 de julio, y se asoció a la meteorología popular: el tiempo que haga ese día, decían los campesinos bávaros, se repetirá durante siete semanas. No es extraño que un relato que juega con el tiempo inspire profecías sobre el clima. Cuando se mezclan el cielo y la tierra, el sueño y la historia, las consecuencias son siempre mágicas.

En Suecia, la fecha se adoptó con más ligereza, y el Sjusovardagen pasó a ser motivo de burlas tiernas hacia los perezosos. Pero el eco profundo sigue ahí. Dormir más de la cuenta el 27 de julio podría condenarte, dicen en broma, a una vida de holgazanería. En algunos hogares, todavía se tira de la cama a los adolescentes en nombre de la tradición. En otros, se ríe uno de sí mismo, al descubrir que ha vuelto a quedarse dormido como cada año.

Y sin embargo, hay una belleza callada en esa idea de los siete durmientes. Quizás dormían para no ceder al mundo tal como era. Quizás confiaban en que el tiempo, al pasar, lo transformaría. No hay que ser místico para ver en esa historia una metáfora del cambio lento, de las revoluciones interiores que a veces se gestan en silencio, al abrigo de una cueva o de una cama.

Así que cada 27 de julio, cuando el despertador suene y uno dude si darse la vuelta o ponerse en pie, puede recordarse que esa batalla entre la vigilia y el sueño no es nueva. Que dormir no siempre es pereza, ni despertarse temprano es necesariamente virtud. Y que, como tantas veces en la vida, la clave no está en dormir o no dormir, sino en despertar a tiempo. Aquí estoy yo ante la famosa biblioteca de Éfeso.


[1] https://svida.com/coran/el-sagrado-coran-y-su-interpretacion-comentada/687-sura-18-al-kahf-la-cu