Iba yo leyendo distraído una noticia sobre las tensiones entre Bruselas y ciertos gobiernos díscolos que, a pesar de beneficiarse ampliamente de los fondos comunes, niegan en voz alta la legitimidad de la Unión. No era nueva esa desconfianza, ni su retórica agria. Pero algo en la palabra Europa, repetida una y otra vez en titulares y columnas de opinión, me llevó por otro camino. A una vieja historia. A un mito que, como tantos, habla más del presente que del pasado. Y, mira por dónde, mi visita a Caixa Forum en Barcelona, me recordó este mito con un cuadro de Erasmus Quellinus.

Porque Europa, antes de ser un continente o una burocracia en Estrasburgo, fue una muchacha. Una princesa fenicia. Su nombre, Evrop, en la lengua de su pueblo, no designaba una nación, ni siquiera una tierra: significaba “la dirección del oeste”, ese lugar donde el sol se esconde, donde terminan los mapas y empieza la imaginación. Al otro lado, al este, se abría Ashi, el país del alba, del nacimiento. Europa y Asia no eran todavía geografías, sino orientaciones del alma, caminos en el mar.

El mito cuenta que un día, Europa paseaba por la playa, recogiendo flores, cuando un toro blanco, de mirada serena y majestuosa, se acercó a ella. No era un animal cualquiera. Era, ni más ni menos, Zeus, el dios disfrazado, que, con artimañas divinas, la sedujo, la cargó sobre su lomo y la llevó mar adentro, hasta las costas de Creta. Allí, dice la leyenda, se reveló su naturaleza, y Europa quedó para siempre unida a esa tierra extranjera que le dio su nombre.

¿No hay en ese relato una metáfora insoslayable de nuestro continente? Europa, la idea, no nace en sí misma, sino que llega desde fuera. Es extranjera en su propia casa. Nace de un rapto, sí, pero también de un viaje. De un cruce de orillas. De un mestizaje original que desbarata cualquier intento de purismo posterior. La Europa del mito es oriental de nacimiento y occidental por destino. Es migración y asimilación, violencia y belleza. Es, como todo lo humano, contradicción.

Hoy, cuando se alzan voces que reclaman una Europa cerrada, vigilante, esencialista, conviene recordar que su primer gesto fue abrirse al mar. Que no hay Europa sin travesía, sin extranjería, sin mezcla. Que el nombre mismo de nuestro continente no es otra cosa que la dirección en la que se oculta el sol.

La leyenda de los Siete Durmientes de Éfeso, que citaba ayer, esa otra historia que también da forma al alma europea, nos habla de jóvenes que duermen durante siglos para despertar a un mundo transformado. Tal vez Europa también sueña, a veces, en su laberinto institucional, pero el despertar vendrá. Vendrá cuando recordemos lo que fuimos para decidir lo que queremos ser.

Y si Europa fue raptada por Zeus, si fue llevada contra su voluntad, también es cierto que sobrevivió. Que dio a luz una estirpe. Que su nombre, nacido de una violencia mítica, acabó por simbolizar, a lo largo de siglos y guerras y tratados, la posibilidad de un destino compartido.

No olvidemos que los antiguos no separaban mito de política. Sabían que los relatos que nos contamos son los que nos atan o nos liberan. Tal vez por eso, al ver a Europa cruzar el mar en lomo de toro, lo que yo percibo no es tanto una víctima como una viajera. No tanto una conquista como una transformación. Y si hoy Europa vuelve a estar en juego, sitiada por la desinformación, el miedo y las pulsiones regresivas– que no sea por olvido del mito, sino por no haberlo entendido del todo. Porque aún estamos a tiempo de elegir: ¿queremos ser el toro que rapta o la muchacha que atraviesa el mar? ¿Queremos una Europa de alambradas o una que recuerde que nació viajando hacia el oeste, sin mapas ni certezas? Ahí, quizás, está todavía nuestro destino.