Me viene a la memoria una ocasión, hará ahora quince años, cuando invité, dentro del ciclo de conferencias LUX (diálogos entre religiones) a tres mujeres pertenecientes a una de las organizaciones que componen el actual Jerusalem Link[1] a presentar sus ideas de paz ante mis estudiantes en el instituto Vipan de Lund. Ellas, una cristiana otra judía y una tercera musulmana, presentaron su trabajo y la esperanza que tenían de conseguir una paz verdadera en esa tierra, cuna de las tres religiones, castigada por la guerra y hundida en el rencor. El hecho de que fuera una organización feminista es relevante, porque la violencia parece ser casi exclusivamente una condición masculina. Ellas reclamaban el derecho de las mujeres a ser socias centrales en el proceso de paz. Su participación activa y en igualdad de condiciones en la toma de decisiones y en las negociaciones es crucial para la consecución de una paz justa y viable, decían. No tengo fotos del acontecimiento, pero recuerdo perfectamente el principal argumento que esgrimían, para hacer sus propuestas y que forma parte de sus principios:

“Nosotras, las mujeres, estamos comprometidas con una solución pacífica de nuestro conflicto, también como medio para promover normas democráticas y no violentas, y para fortalecer la sociedad civil.”

Esas propuestas de paz y colaboración dejaron, tanto en mis estudiantes como en mi mismo, una sensación de esperanza, que ahora, leyendo y escuchando los medios, parece tan lejana, porque vivimos en una época donde los juicios morales se emiten con la velocidad de un clic y la complejidad de los conflictos se reduce a consignas virales. Las redes sociales, convertidas en tribunales populares sin matices, y algunos medios de comunicación, atrapados entre la inmediatez y la polarización, han contribuido a instalar una narrativa peligrosamente simplificada del conflicto en Gaza: Israel como el monstruo absoluto, el Estado judío como encarnación del mal.

Esta demonización no es una crítica política legítima. Es algo más profundo y más dañino, es una forma de deslegitimación total, donde no se evalúan hechos ni decisiones, sino que se condena la existencia misma de Israel como Estado. En ese marco, cualquier sufrimiento israelí es minimizado o directamente negado, mientras que cualquier acción de defensa es presentada como genocidio premeditado. El resultado no es claridad ni justicia, sino fanatismo.

Los algoritmos amplifican imágenes desgarradoras, reales o manipuladas, sin contexto, y las convierten en armas emocionales. Opinadores de ocasión, influenciadores sin formación ni rigor, usan el conflicto como plataforma para acumular visibilidad, agitando una indignación selectiva que muchas veces roza el antisemitismo. Se habla de “Israel” cuando se quiere decir “los judíos”. Se borran siglos de historia, se equipara a los judíos con los nazis, y se niega a un pueblo su derecho a existir con seguridad. Es un clima que envenena el debate, imposibilita el entendimiento mutuo y profundiza el conflicto en vez de acercarnos a su resolución. Quien pretende luchar por la justicia no puede hacerlo recurriendo a la caricatura, al odio o a la negación del otro. Una crítica justa debe ser exigente, pero también consciente, informada y ética.

Israel no es un Estado perfecto. Ninguno lo es. Pero convertirlo en el chivo expiatorio global no solo perpetúa viejos prejuicios antijudíos con ropajes modernos, y también deshonra la causa palestina al presentarla como enemiga del diálogo y de la paz. La catástrofe que estamos presenciando en Gaza es un símbolo de fracaso político, de ceguera moral, de impotencia diplomática. Un espejo en el que se reflejan las heridas más profundas del siglo XX, y las torpezas persistentes del XXI.

La reciente devastación en Gaza es el desenlace cíclico de una estructura de conflicto no resuelta desde 1948. Cada generación ha conocido su guerra, su destrucción, su exilio. La respuesta militar no resuelve conflictos políticos. Israel, tras el ataque del 7 de octubre de 2023, ha desplegado su poder con una brutalidad que muchos organismos internacionales califican de desproporcionada. Hamás, por su parte, ha mostrado su desprecio absoluto por la vida civil. La espiral se retroalimenta, el miedo alimenta al odio, y el odio justifica la represión. Ninguna sociedad puede construirse sobre las ruinas de otra.

Desde hace más de quince años, Gaza vive bajo un bloqueo que estrangula su economía, impide su reconstrucción y condena a su juventud al desempleo, la desesperanza o la radicalización. Un territorio sitiado es un barril de pólvora. Cualquier solución que no contemple el fin de este aislamiento está condenada al fracaso. Eso es algo que todos tenemos que tener muy presente.

La comunidad internacional ha repetido durante décadas la fórmula de “dos Estados para dos pueblos”. Pero la realidad sobre el terreno es otra, con asentamientos israelíes que fragmentan Cisjordania, una Autoridad Palestina debilitada y desprestigiada, y una clase dirigente israelí que, en gran parte, ha renunciado públicamente a la idea de un Estado palestino soberano. No obstante, renunciar a esa aspiración es aceptar una ocupación permanente, o algo peor, un régimen de apartheid en el que los derechos dependen de la etnicidad o el lugar de residencia. Y eso, en el siglo XXI, es inaceptable.

La paz no es un milagro; es una construcción. Requiere voluntad política, valentía moral y apoyo internacional sostenido. Una solución real al conflicto debe contener varios pilares, entre ellos, un alto el fuego inmediato, duradero y verificado. No solo para detener la matanza, sino como punto de partida. La liberación de rehenes israelíes y prisioneros palestinos, como gesto de mínima humanidad y apertura política y el fin del bloqueo a Gaza, bajo supervisión internacional, que permita la entrada de ayuda, el restablecimiento de servicios y la reactivación económica.

Pero también es indispensable un liderazgo palestino legítimo, resultado de elecciones libres, capaz de hablar en nombre de su pueblo y comprometido con la vía no violenta, junto a un compromiso serio por parte de Israel con una solución política que reconozca los derechos nacionales del pueblo palestino. Es preciso un nuevo marco internacional para la paz, más allá de las fórmulas agotadas de Oslo, con una participación real de actores regionales y un control transparente del cumplimiento de acuerdos.

No se trata solo de diplomacia. Se trata de ética. De dignidad. De humanidad. Un niño israelí y un niño palestino tienen el mismo derecho a crecer sin miedo, a soñar, a estudiar, a amar. Ninguna ideología, ninguna frontera, ninguna religión justifica negarles ese derecho. Si algo nos enseña la historia es que todo imperio cae, todo muro se derrumba, toda injusticia acaba por ser desafiada. El conflicto en Gaza no será eterno. Pero el precio que pagamos por cada día de aplazamiento es insoportable. Llegará el día en que hablar de la guerra en Gaza será un recuerdo doloroso, no una rutina periodística. Nuestra responsabilidad, como ciudadanos del mundo, es no resignarnos. Apostar por la paz no es ingenuidad; es coraje.

Criticar al gobierno de Israel por sus políticas no solo es legítimo, sino necesario. Como cualquier estado, Israel debe rendir cuentas por sus decisiones, sobre todo cuando afectan vidas humanas y derechos fundamentales. Pero hay una línea que, una vez cruzada, deja de ser crítica política y se convierte en algo mucho más oscuro: la demonización. Cuando se presenta a Israel como un ente esencialmente malvado, carente de legitimidad, y se niega a los judíos el derecho a la autodeterminación que sí se concede a otros pueblos, se está cayendo, consciente o inconscientemente, en una forma moderna de antisemitismo. Y eso tiene consecuencias graves.

Asociar colectivamente al pueblo judío con crímenes reales o imaginarios cometidos por un gobierno refuerza estereotipos antiguos: el judío como conspirador, como opresor, como enemigo. Estas ideas no son nuevas, son las mismas que alimentaron los pogromos, las expulsiones, y finalmente el Holocausto. Hoy se reciclan con otros códigos, pero con la misma carga de odio. Cuando la crítica a Israel se presenta en términos absolutos o antisemitas, pierde legitimidad ante muchos interlocutores. Los aliados potenciales se alejan, los argumentos se desdibujan y se refuerza la narrativa de que toda crítica a Israel es odio disfrazado. Así, en lugar de acercar soluciones, se consolidan trincheras.

La paz requiere reconocer la humanidad del otro. Si se presenta a Israel como un monstruo sin alma, se bloquea toda posibilidad de negociación seria. El conflicto se convierte en una guerra teológica o emocional, no en un problema político con soluciones políticas. El pueblo judío, tras siglos de persecución, ha encontrado en Israel no solo un refugio, sino un símbolo de supervivencia. Atacar a Israel no como Estado, sino como idea, como existencia misma, reactiva memorias colectivas de aniquilación. Para muchos judíos, incluso críticos del gobierno israelí, ese tipo de ataques reavivan el miedo existencial. Reducir el conflicto a un cuento maniqueo donde un pueblo es siempre víctima y el otro siempre verdugo es no entender nada. Israel no nació de un capricho imperial, sino también de una historia trágica. Y el pueblo palestino no es una amenaza existencial, sino una comunidad que sufre por la falta de justicia y reconocimiento. Deshumanizar a una de las partes perpetúa la violencia simbólica y real. Prefiero recordar a esas mujeres dispuestas a negociar desde una humanidad incluyente. Que callen las armas, que se apague el odio y que reine el buen juicio y la concordia.


[1] https://www.batshalom.org/