Hoy hemos llegado al 11 de agosto. Se va acabando el verano a pasos agigantados, al menos para mí. Comienzan pues las reuniones con mi partido, hay mucho que planificar y discutir, ante la próxima campaña, de cara a las elecciones de 2026. Nuestra actual presidenta del partido y ministra de educación Simona Mohamsson, se refiere a nuestra política como una política de libertad sostenida por tres columnas: educación, seguridad e integración. La consigna es: “bilda dig, bete dig, bry dig” que se puede traducir en:

Bilda dig: Fórmate, edúcate, cultívate.

Bete dig: Compórtate, respeta las normas y a los demás.

Bry dig: Involúcrate, preocúpate por tu comunidad y por los otros.

Cuando repito esta consigna, parece que me estoy viendo ante una clase de adolescentes que me miran atónitos, pero la idea es que esta sea nuestra consigna de aquí a las elecciones de 2026. No es una consigna que prometa nada, como podía ser: “trabajo para todos” o “igualdad de oportunidades” o “menos impuestos y mejores servicios”, por poner algunos ejemplos. Es una consigna que nos exhorta a hacer cosas que, pretendidamente, no estamos haciendo, o que hacemos menos de lo que debiéramos.

El llamado, fórmate, edúcate y cultívate, parece ir dirigido a toda la sociedad. En una sociedad liberal y meritocrática, la educación es esencial y el individuo puede y debe aprovechar las posibilidades que se le ofrecen para consolidar un puesto en la sociedad, según sus aptitudes. Esa parte de la consigna que se refiere al respeto a las normas y a los demás, comportarse bien, se entiende, parece ir destinado a aquellos que no lo hacen y hacia aquellos que se automarginan de la sociedad y viven dentro de ella, pero sin preocuparse ni contribuir democráticamente.

Creo que la sociedad a la que van destinadas estas exhortaciones, sabe muy bien que van destinadas a una parte de los extranjeros que viven en Suecia, muchos de los cuales tienen la nacionalidad sueca. Que Simona Mohamsson, hija de palestino y libanesa, nacida en Alemania y venida a Suecia a los siete años, se ponga al frente de tales consignas tiene su explicación, que, resumiendo, se puede explicar de esta manera:

Primero la espectacular subida del paro en Suecia, en términos generales. Hemos ido del 3% al 10,4% en muy poco tiempo. Podemos argumentar que, en parte, se debe a la recesión general de los mercados y a una coyuntura adversa, pero, dentro de esa cifra hay otra información que inquieta. Por ejemplo, que el 5,7 % de las personas nacidas en el país están desempleadas, mientras en la población nacida en el extranjero, la cifra asciende al 16,2 % y desglosado por regiones de origen, el desempleo es del 8,6 % para quienes provienen de otros países de Europa, del 21,9 % para las personas originarias de Asia, y del 28,7 % para las nacidas en África.

Segundo, que tenemos un partido nacionalista, populista, surgido de antiguas formaciones nazis y fascistas, que ha ido creciendo paulatinamente desde 2011 hasta llegar a tener apoyo en el 20% de los votantes y aún mayor entre los jóvenes. Las perspectivas para el futuro no son muy esperanzadoras.

Tercero, que las personas nacidas en el extranjero participan en mucha menor medida que las nacidas en el país en las elecciones generales, y también existen diferencias entre los nacidos en el país con dos padres nacidos en el extranjero y los nacidos en el país con padres nacidos en Suecia. La proporción es de 89% para los nacidos en Suecia contra 72% para los nacidos en el extranjero. La política de nuestro partido trata de movilizar a los inmigrantes para que participen plenamente en la sociedad, en este caso con su voto, algo fundamental para defender sus intereses. Aquí hay unos datos importantes que muestran una participación relativamente alta de los inmigrantes en la política sueca, poniendo a Simona como ejemplo, aunque todavía queda mucho por hacer, hasta llegar a una representación acorde a la población inmigrante.

Por poner el caso de la representación en municipios y regiones, la representación de los inmigrantes en las asambleas políticas ha ido aumentado con el tiempo, pero las personas nacidas en el extranjero seguimos siendo un grupo subrepresentado. Entre las variables que se pueden estudiar, se encuentra, una correlación con el número de escaños en los plenos en relación con el tamaño de la población con derecho a voto. Las personas nacidas en el extranjero viven en mayor medida en municipios grandes, Estocolmo, Gotemburgo y Malmö, donde el número de escaños en relación con la población con derecho a voto es menor que en los municipios pequeños.

En cuanto a los procesos de nominación de los partidos, los resultados muestran que las redes de contactos tienen gran importancia para las oportunidades de carrera dentro de los partidos políticos y, en algunos casos, pueden desempeñar una función inclusiva al brindar acceso, apoyo, respaldo y consejos de personas más experimentadas y con posiciones centrales en los partidos. A la inversa, esas redes pueden tener un efecto excluyente hacia personas que están fuera de ellas. El papel de político con antecedentes de inmigración puede, en algunos casos, ofrecer una vía de entrada a la política, pero a la larga también puede convertirse en un obstáculo para una carrera política continuada. En nuestro partido tenemos dos de los cinco ministros nacidos en el extranjero (Simona Mohamsson) o con padres nacidos en el extranjero (Romina Pourmokhtari) y dos de los diecisiete parlamentarios. En general, la representación de los inmigrantes va en aumento: uno de cada diez miembros del parlamento sueco ha nacido fuera de Suecia, concretamente, 31 de los 349 miembros de la cámara han nacido en el extranjero, y la mayoría procede de Turquía, Irán e Irak.

Así que, parece que la cuestión de la inmigración seguirá siendo importante en las próximas elecciones. Deberíamos pensar que, en la historia, las migraciones siempre han sido parte de la condición humana: rutas que trazan caminos, encuentros que transforman culturas y economías. Suecia, desde tiempos remotos, fue tierra de emigrantes, desde los primeros habitantes tras la última glaciación, pero también, en los siglos XX y XXI, ha recibido oleadas de personas que han buscado refugio, trabajo y una nueva vida en sus tierras.

El fenómeno migratorio contemporáneo no es solo cuestión de cifras o políticas; es, antes que nada, una cuestión social y cultural que pone a prueba la capacidad de adaptación de la sociedad receptora. Cuando una proporción considerable de la población cambia en poco tiempo, como ha ocurrido en Suecia a partir de 1973, la integración se convierte en un desafío complejo. No es raro, entonces, que emerjan sentimientos encontrados. Por un lado, la inmigración ha enriquecido el país con diversidad y nuevos talentos, eso se admite; por otro, la rápida transformación de algunos barrios en las grandes ciudades, la concentración geográfica de nuevos habitantes y las dificultades para acceder al empleo han hecho que una parte considerable de los suecos, llamémosles “suecos viejos”, se sientan incómodos.

La cuestión económica no puede ignorarse, porque las tasas de empleo entre los recién llegados, especialmente aquellos provenientes de regiones con culturas y lenguas muy diferentes, son mucho más bajas, haciendo que la sostenibilidad del sistema de bienestar y la equidad social, esté en peligro. Además, la percepción de inseguridad, exacerbada por casos de violencia vinculados a jóvenes de origen extranjero y amplificada por medios y discursos políticos polarizados, ha contribuido a instalar la inmigración en el centro del debate público como un “problema”.

Pero es fundamental recordar que Suecia no es única en este proceso. Muchos países europeos viven la misma tensión entre la apertura al mundo y el miedo al cambio. Lo que distingue a Suecia es su compromiso histórico con la solidaridad, la justicia social y los derechos humanos, valores que invitan a buscar soluciones que vayan más allá de la mera contabilidad electoral. La verdadera pregunta no es si la inmigración es buena o mala, sino cómo construir puentes para que la integración sea real y fructífera. Cómo, desde la educación, el trabajo y el respeto mutuo, transformar la llegada de otros en una oportunidad para toda la sociedad. Quizá este sea el gran reto del siglo XXI en Suecia: reconciliar la historia de un país abierto con la realidad compleja de un mundo globalizado que llega a la puerta de casa.

La integración no puede nacer como una palabra vacía de contenido, desde un ministerio ni como plan municipal. Hubo épocas de puertas abiertas y otras de murallas, momentos en que el extranjero era maestro y otros en que era sospechoso. El requisito de un pasaporte es algo tan reciente que tiene poco más de cien años de antigüedad, en concreto, desde la primera guerra mundial.

Si nos remontamos a un par de generaciones atrás, tenemos practicas generalizadas de migraciones, como cuando un joven terminaba su aprendizaje en un taller y alcanzaba el nivel de “gesäll” (oficial o ayudante cualificado), era costumbre que emprendiera un viaje durante varios años por diferentes ciudades y regiones, en gran parte en el extranjero. El objetivo de este “gesellvandring” era perfeccionar sus habilidades, aprender nuevas técnicas, conocer distintos métodos de trabajo y, al mismo tiempo, establecer contactos profesionales.

Estos viajes eran considerados una etapa esencial para llegar a ser maestro artesano, ya que permitían al aprendiz acumular experiencia práctica y cultural fuera de su lugar de origen, enriqueciéndose con la diversidad de estilos y saberes. Cuando estudié la sindicalización de los obreros del metal, encontré muchos ejemplos de estos viajes entre los primeros agitadores sindicales, porque en el bagaje traían, no solo nuevas habilidades y métodos, sino también nuevas ideas. Además, esta tradición tenía un componente social y formativo: el joven debía demostrar autonomía, responsabilidad y madurez durante sus andanzas, que a menudo duraban varios años. Finalmente, tras la “gesällvandring”, el aprendiz regresaba a su ciudad o región para presentar una obra maestra que certificara su aprendizaje y le permitiera obtener el título de maestro.

Hoy, en las plazas de nuestras ciudades, las voces en diferentes idiomas se mezclan como los olores en un mercado, como en Möllevångstorget en Malmö o Hötorget en Estocolmo, que son dos plazas urbanas que, más allá de ser simples mercados o lugares de encuentro, funcionan como auténticas maquetas vivas de la transformación social y cultural que ha experimentado Suecia desde la llegada masiva de inmigrantes en las últimas décadas.

En Möllevångstorget, el bullicio y la mezcla de aromas, colores y sonidos nos muestran un barrio donde las raíces obreras locales se entrelazan con las de comunidades llegadas de Medio Oriente, África, los Balcanes y otras partes del mundo. Los puestos de frutas y verduras exhiben productos exóticos junto a los tradicionales suecos, mientras los cafés y pequeños comercios reflejan una diversidad de lenguas y costumbres que conviven y se adaptan mutuamente. Esta plaza muestra cómo la inmigración ha transformado la fisonomía social y económica del barrio, creando un espacio donde lo global y lo local se fusionan en el día a día.

Por su parte, Hötorget en Estocolmo, aunque situado en una zona más céntrica y tradicionalmente de clase media, ha evolucionado hacia un lugar donde también se percibe la diversidad cultural. El mercado, con sus puestos de flores, alimentos y artesanías, es visitado por personas de distintas procedencias, y en sus alrededores se encuentran restaurantes, tiendas y negocios que reflejan una Suecia abierta y en constante cambio. Hötorget es un espejo de la integración y, a veces, de las tensiones que acompañan a la convivencia de distintas culturas en el corazón de la capital.

Ambas plazas, cada una a su manera, son símbolos palpables de la Suecia contemporánea: una sociedad que, a pesar de los retos y las resistencias, ha visto en la inmigración no solo un desafío, sino también una fuente de enriquecimiento cultural, económico y social. En Möllevångstorget y Hötorget podemos observar, como en una maqueta, el proceso dinámico de transformación urbana, donde lo antiguo y lo nuevo, lo local y lo extranjero, convergen y dialogan. El reto de nuestro tiempo es urgente. En un mundo donde el viaje ya no se mide en días sino en horas, la pregunta sigue siendo la misma que hace milenios: ¿cómo hacemos de la llegada un encuentro, y no una fractura? Nos queda mucho por hacer.