Una noticia se puede entender de diferentes formas según las experiencias de cada uno. Ayer recibí la noticia de un tiroteo a la salida de una mezquita, en una ciudad sueca, en tiempo real. Recordé la masacre de 2019 en Nueva Zelanda, cuando un hombre armado con una ametralladora semiautomática atacó dos mezquitas en la ciudad neozelandesa de Christchurch un viernes de marzo, en plena hora de las oraciones musulmanas y dejó al menos 49 muertos y 48 heridos. Por suerte, el tiroteo de Örebro no ha sido tan catastrófico, aunque ha dejado un muerto y un herido, y parece que, a primera vista, no tiene connotaciones xenófobas.

Es terrible pensar que algo parecido podría ocurrir en Suecia, pero los acontecimientos en muchas partes del mundo parecen mostrar un auge del racismo. Se ve en los campos de fútbol, se ve en los medios sociales, se respira en muchos ámbitos. La radicalización de la sociedad culmina casi siempre en actos vandálicos y agresiones a los que se ven señalados por los traficantes del odio.

Esta vez parece que la causa de esta agresión a un lugar de rezo y paz, como se supone que es una mezquita, tenía por objeto un ajuste de cuentas entre bandas criminales. No es que me tranquilice saberlo, pero respiro al menos sabiendo que no estamos todavía ante una escalada de la violencia racista. Otra cosa es que estamos dentro de una ola de violencia criminal.

Desde mediados de los 2000, Suecia ha experimentado un fuerte incremento en los incidentes de violencia con armas de fuego, especialmente vinculados a bandas criminales. La proporción de muertes por armas de fuego relacionadas con el crimen organizado pasó de ser aislada a representar más del 80 %, concentrada además en zonas vulnerables de las mayores ciudades suecas, donde vive una mayoría de la población extracomunitaria, mayormente musulmana. Concretamente, entre 2012 y 2020, las muertes por disparos de arma de fuego se triplicaron. En el 2023 alcanzaron uno de los más altos niveles de muertes por arma de fuego en Europa, por habitante.[1]

Y yo voy pensando esta sorprendentemente calurosa mañana de agosto que, cuando aumenta la violencia, no sólo se hieren cuerpos: se hiere también la confianza. Y sin confianza no hay convivencia posible. El miedo, esa emoción antigua que nos disciplina desde dentro, encoge el mundo. Bajo amenaza, dejamos de pensar en horizontes largos y buscamos atajos, seguridad antes que matices, castigo antes que diálogo. Es ahí donde germina la radicalización.

La historia nos lo ha mostrado una y otra vez que, cuando el miedo se instala, crece la tentación de dividir el mundo en “los nuestros” y “los otros”. Y el “otro” pasa a ser sospechoso, culpable, incluso peligroso. Ese mecanismo, que puede entenderse como defensa, termina por convertirse en veneno: alimenta la xenofobia, justifica exclusiones y convierte al diferente en chivo expiatorio.

En esa atmósfera los partidos de extrema derecha encuentran su terreno fértil. Ofrecen una respuesta corta, simple, casi primitiva. Nombrando a un enemigo, exponiendo su apariencia y su credo, prometen mano dura, devuelven la ilusión de fronteras claras. Y muchos, atrapados por la ansiedad, se sienten aliviados por esa aparente certeza. Es lo que estamos viendo en Suecia.

El resultado es un círculo perverso en que la violencia alimenta el miedo, el miedo alimenta la polarización, la polarización debilita la convivencia, y en esa fragilidad los discursos autoritarios se vuelven atractivos. Cada vuelta de esa espiral estrecha el espacio de lo posible, empobrece la democracia y convierte la diversidad en amenaza en lugar de riqueza.

Convivir requiere paciencia, instituciones fuertes y el lujo de poder transitar sin miedo. La violencia nos roba ese lujo. Por eso no basta con denunciarla; hay que contrarrestar su lógica. Seguridad que no humille, justicia que no simplifique, políticas que reduzcan la amenaza real en lugar de inflamar la percibida. Y sobre todo, palabras públicas que no fabriquen enemigos, sino que tiendan puentes. Porque si la violencia ordena el mundo, lo ordena mal. Y lo que está en juego, más allá de los enfrentamientos inmediatos, es la posibilidad misma de vivir juntos.

Desde mi mesa de la cocina, donde escribo estas líneas, me voy andando a defender mi concepto de la política a la plaza mayor. Allí estaré, dispuesto a discutir de política referente a la enseñanza con todo aquel que lo desee. Esta es mi forma de combatir la violencia con el diálogo abierto en una sociedad abierta.


[1] https://bra.se/download/18.7d19346a191c757143634b6/1725889949825/2024_7_Okningen-av-skjutvapenvald-i-Sverige.pdf