Hay en la historia de la humanidad un protagonista tan discreto que rara vez aparece en los relatos oficiales: el silencio. Es una presencia que acompaña, que delimita, que a veces protege y otras tantas oprime. Está en los claustros medievales donde los monjes, entre pergaminos y vigilias, aprendieron a escuchar el murmullo de Dios en la ausencia de palabras. Se vive en Pedralbes, si se pasea por su claustro un día de pocas visitas.
El silencio se convirtió en una forma de disciplina interior, se cultivaba como una regla de vida; no se trataba solo de callar, sino de escuchar lo que habitualmente queda oculto entre el ruido del mundo. En Oriente, la meditación budista o el taoísmo hicieron del silencio una vía hacia la iluminación, un modo de armonizarse con lo invisible. En ambos casos, el silencio era refugio y puerta: un espacio en el que el ser humano se descubría frente a sí mismo y frente a lo absoluto.
El silencio también se esconde en los pliegues oscuros de la política, en las cloacas del poder, allí donde la censura calla voces y los pueblos aprenden a comunicarse con gestos, metáforas y silencios más elocuentes que los discursos. Que se lo digan a los disidentes del este de Europa, o a la oposición clandestina en España en tiempos de Franco.
La historia está llena de silencios forzados: el del prisionero político, el de la mujer a la que se negó la palabra, el de los pueblos sometidos que aprendieron a callar por miedo. Las dictaduras hicieron del silencio una herramienta de poder, y en muchos lugares del mundo callar fue sobrevivir. Sin embargo, estos silencios no fueron pasivos: detrás de ellos se tramaban resistencias, símbolos, canciones cifradas y miradas que contenían más verdad que cien discursos. El silencio impuesto, paradójicamente, se convirtió a menudo en semilla de rebelión. Pienso en “A quien corresponda” de Patxi Andión en su primer disco del 1968 “Retratos” o en “Por la libertad” de Joan Manuel Serrat, canción del 1972 con poemas de Miguel Hernández, “Al alba” de Luis Eduardo Aute, interpretada por Rosa León, poco antes de ejecutarse las últimas penas de muerte del franquismo.
Hay un silencio fértil, aquel que no asfixia sino que abre. Los escritores lo saben bien: un poema no está hecho solo de palabras, sino también de los silencios que las separan. Bartleby, con su célebre “preferiría no hacerlo”, habla más en su renuncia que en cualquier explicación. Los científicos también conocen esa pausa: Einstein caminando en soledad por los Alpes, Darwin observando callado las islas Galápagos. El silencio como intervalo que permite que la mente escuche lo que todavía no sabe formular.
Hoy, rodeados por el vértigo de las pantallas y el estruendo incesante de noticias, notificaciones y voces, el silencio parece un lujo escaso. Hemos llenado nuestras horas de sonidos, de música de fondo, de conversaciones triviales que tapan cualquier vacío. Y, sin embargo, la necesidad de silencio regresa. Algunos, buscamos retiros de meditación, otros simplemente apagan el teléfono durante unas horas, otros descubrimos que caminar solos es un acto de resistencia. La pregunta que se abre es si todavía sabemos guardar silencio, no como ausencia de palabras, sino como presencia de lo esencial. Quizá el silencio no sea el contrario de la palabra, sino su compañero indispensable. Sin él, nada puede ser escuchado de verdad.
Hoy escribo sobre el silencio porque, hace poco, me estremeció la noticia de que los talibanes en Afganistán habían prohibido a las mujeres no solo hablar en público, sino incluso hacer ruido al andar, el taconeo de unos zapatos, o reír. Me parece algo tan atroz, tan profundamente inhumano, que me obliga a detenerme a pensar qué significa realmente el silencio.
Y eso me lleva a pensar en otra canción, esta vez en “Rosas en el mar”, también de Aute y cantada por Massiel. “La libertad, la libertad, derecho de la humanidad; Es más fácil encontrar, rosas en el mar” – dice el texto de una canción escrita bajo otra dictadura y capaz de burlar la censura con la fuerza de la metáfora. Aute enumeraba aparentemente imposibles, como el fin de la guerra, la justicia, la libertad sin miedo, y los resumía en una imagen poética: ver rosas en el mar.
Hoy, frente a la barbarie de los talibanes que prohíben a las mujeres hablar, reír o incluso dejar sonar sus pasos en público, la canción resuena como advertencia y esperanza. Porque lo que parece imposible, que florezcan los derechos humanos allí donde todo es represión— es también lo que la historia nos ha enseñado que un día puede hacerse real.
El silencio impuesto nunca es silencio: es borrado, es mutilación. Pero el silencio elegido, el silencio que guarda la memoria y el anhelo, ese sí puede abrir espacio a la voz futura. Por eso, aun en medio de tanta oscuridad, seguimos esperando que un día, de nuevo, broten rosas en el mar, también en Afganistán.
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