Estoy desayunando. Como siempre, leo los periódicos mientras preparo el café y las tostadas. Por lo general, tengo bien de tiempo para hacerlo, ahora que estoy jubilado. Al igual que casi todo el mundo, me imagino, leo diferentes diarios, en mi caso y por este orden: El País, El Diario, El Mundo, ABC, La Vanguardia, El Periódico, DN, Sydsvenskan, The Guardian, The independent, Le Monde, BBC. Algunas veces, dependiendo de la actualidad del momento, leo algún periódico alemán o italiano. En ocasiones también el Pravda, por saber lo que se cuece en Rusia o quizás mejor, lo que los lideres rusos quieren comunicar.
Todos sabemos lo que ocurre en el mundo, dependiendo, claro, de lo que iluminen los focos por el momento. Creemos saber mucho de la guerra en Ucrania y lo que ocurre en Gaza, que para unos es una guerra contra el terrorismo de Hamas y para otros un genocidio perpetrado por Israel contra el pueblo palestino. Por el momento, es lo que ocupa los titulares de todos los periódicos, seguido y a veces sobrepasado, por el interés masivo hacia la persona del presidente de los Estados Unidos y las simpatías o antipatías que despierta tanto él, como sus colaboradores más próximos.
De Sudan no se escribe casi nada, aunque, desde abril de 2023, la guerra entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido ha dejado un saldo espantoso: más de 150,000 muertos y 10–11 millones de desplazados. Una hambruna inminente se cierne sobre millones, mientras hospitales y servicios básicos colapsan. Entre 2004 y 2009, Darfur ocupaba titulares, con una fuerte movilización internacional. La ONU y EE. UU. discutían sanciones y surgió el movimiento “Save Darfur” en universidades, ONGs y foros internacionales. Yo por mi parte participé con mis estudiantes en la campaña “Tents of Hope” para recaudar fondos, una campaña que culminó con una gran manifestación en Washington en 2009, en la que participamos con nuestra tienda.
Tampoco parece interesar mucho El Congo, aunque la violencia en el este del país, especialmente en Ituri y Kivu, continúa desplazando a millones. Grupos armados como el M23 controlan zonas estratégicas, y las mujeres sufren violencia sexual sistemática mientras el apoyo internacional se diluye. Siguiendo en África, en el Sahel; en Mali, Burkina Faso y Níger, se vive una crisis de violencia creciente: ataques yihadistas, conflictos comunitarios y una retirada de fuerzas internacionales dejan millones sin protección ni esperanza. Silencio casi compacto, si no es que algún occidental cae como rehén de alguna fracción militar yihadista.
Aún menos se habla de la crisis lingüística en Camerún, donde desde 2017, las regiones anglófonas del noroeste y suroeste de atraviesan un conflicto separatista violento. Miles han muerto y cientos de miles se han desplazado internamente o hacia Nigeria, país que ya desde hace décadas, está envuelta en enfrentamientos entre pastores fulani y comunidades agrícolas cristianas que, en el centro del país, se han intensificado, alcanzando niveles que organizaciones como Genocide Watch Genocide Watch | genocide prevention califican como genocidio.
Yemen vive una de las crisis humanitarias más graves del planeta. Hambre extrema, destrucción y desplazamientos masivos han sido sistemáticos desde 2015. Y Siria dejó de estar en el centro de la información, que acaparó durante alguna semana, en diciembre de 2024, tras la victoria de las fuerzas rebeldes, que culminó con la toma de Damasco y la caída del régimen de Bashar al-Assad. Todo eso ocurre en la sombra mediática más absoluta.
Fuera ya de África, en Asia, desde que el golpe militar en 2021 desató una guerra civil en Myanmar, multitud de grupos étnicos armados enfrentan a la junta militar, y el acceso humanitario sigue siendo difícil, todo, claro está, en la sombra mediática, con alguna noticia arrinconada entre todo tipo de anuncios y frivolidades. Sí, justamente eso, como frivolidades, se trata el vejatorio e inhumano trato, que los talibanes, amos y señores de Afganistán, por la gracia de Dios, o de la dejadez de los Estados Unidos, dan a sus mujeres y niñas, a sus madres, hermanas, esposas.
Y, volviendo a Ucrania y Gaza, en un mundo hiperconectado, sabemos casi al instante lo que ocurre en esas guerras lejanas: imágenes de ciudades bombardeadas, cifras de muertos, testimonios desgarradores. Sin embargo, esa misma inmediatez genera un fenómeno contradictorio: sentimos empatía, pero también distancia. La guerra llega a nosotros a través de una pantalla, envuelta en titulares que compiten con otros temas. Así, lo atroz se mezcla con lo cotidiano, lo banal.
Las primeras noticias de una guerra provocan indignación y solidaridad, y se organizan donaciones, manifestaciones, acogida de refugiados. Pero con el tiempo aparece lo que podíamos llamar la fatiga de la compasión. El dolor repetido se convierte en costumbre, el horror en rutina, y nos defendemos emocionalmente bajando nuestro nivel de sensibilidad. Leer sobre muertes inocentes sigue doliendo, pero no con la misma intensidad que al principio. Nos protegemos para poder seguir con nuestra vida en paz.
A veces sentimos un eco de culpa y nos preguntamos ¿cómo podemos desayunar tranquilos, pasear bajo el sol, mientras en otro lugar familias enteras mueren o huyen? Esa contradicción pesa, pero se olvida pronto entre la realidad de nuestras vidas, nuestros pequeños o grandes problemas, la urgencia de lo cotidiano.
Cuando leemos sobre muertes inocentes en la guerra, sobre todo cuando podemos identificarnos con ellos, con niños, por ejemplo, que nos recuerdan a nuestros hijos, algo en nuestro interior se rompe, aunque sigamos viviendo en paz. Es como una herida que nunca termina de cerrarse. Nos recuerda la fragilidad de la condición humana, la vulnerabilidad de los cuerpos y de las sociedades. Nos confronta con la pregunta esencial: ¿qué haría yo si la guerra estallara aquí? Para eso tenemos ya aquí en Suecia el famoso folleto “Si llega la guerra o la crisis”, repartido a todos los hogares. Y ese folleto nos hace pensar que quizás nuestras vidas pueden cambiar de la noche a la mañana. Noto en mis familiares y entre mis conocidos que hay una mayor sensibilidad a lo que se refiere a la seguridad.
Podría decirse que desde los lugares donde todavía vivimos en paz, contemplamos las guerras en un vaivén entre la empatía y la indiferencia, entre la conmoción inicial y la rutina del horror. Y tal vez nuestro desafío ético sea no dejar que la costumbre venza, no volver invisible el sufrimiento ajeno. Pero ¿cómo hacerlo? Aunque quisiéramos no podríamos evitar todas las guerras ni comprender del todo su horror, pero sí podemos evitar que la costumbre nos venza. Para empezar, podemos nombrar lo que pasa, poner palabras, incluso en un blog personal como este para intentar romper la indiferencia. Recordar que detrás de cada cifra hay un nombre, una familia, una biografía. Hay que permitir que una imagen o un testimonio nos conmueva. No deberíamos rehuir la incomodidad, aunque es difícil mirar las imágenes del horror. El estremecimiento es señal de que aún seguimos siendo humanos.
Deberíamos preguntarnos ¿qué pasaría si fuera mi ciudad, mis hijos, mis vecinos?, porque la empatía crece cuando logramos trasladar lo lejano a nuestra propia escala vital. Escuchar a testigos presenciales, leer testimonios de refugiados, escuchar entrevistas a quienes viven la guerra, seguir medios que den espacio a historias personales. Todo eso humaniza lo que la rutina de la noticia convierte en estadística. También se puede responder, aunque sea con un gesto mínimo, con una pequeña donación, participar en una asociación solidaria, como mi suegra, que trabaja como voluntaria en una organización de ayuda altruista, Erikshjälpen, una organización sueca que trabaja en proyectos internacionales en más de 20 países, centrados en la educación, la salud, los derechos de los niños y la lucha contra la pobreza desde 1946. Cada acto nos salva de la indiferencia. Y, también muy importante, creo yo, debemos cultivar el silencio atento, frente al ruido informativo. Debemos detenernos un instante y pensar en esas vidas rotas, guardando un silencio consciente. Ese acto interior es nuestra resistencia contra el olvido.
Basta, por tanto, con algún gesto, como detenernos, escuchar, nombrar, recordar que detrás de cada cifra hay un rostro y una historia. El sufrimiento ajeno se vuelve invisible solo cuando lo dejamos de mirar. Mantener viva la atención, aunque duela, es ya una forma de resistencia y, tal vez, el primer paso hacia la esperanza. Nuestra actividad política, la participación en las instituciones, es también provechosa, lo es, aunque no se puedan ver los resultados tan rápido como nosotros quisiéramos. El apoyo consciente a los partidos y formaciones que defienden la ONU, aunque no es una organización perfecta, nadie lo duda. Está atravesada por intereses, vetos y silencios impuestos por los más poderosos. Y, sin embargo, es lo único que tenemos, la única mesa común en la que los países del mundo, incluso los enemigos más enconados, se ven obligados a hablar. Defenderla es defender la posibilidad del diálogo frente al estrépito de las armas.
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