Me llegó ayer, gracias a la amistad generosa de Antonio Viudas Camarasa, filólogo y gran conocedor del sabio de Petilla, la presentación que Ramón y Cajal escribió en 1901 para sus tempranas memorias, publicadas en la Revista de Aragón. Tenía entonces el futuro nobel 49 años, una edad que a sus ojos parecía ya madura para detenerse y volver la vista atrás.
Al leerlo, no pude evitar sentir cierta extrañeza. ¿Qué prisa tenía Cajal por escribir sus memorias a una edad que hoy nos parece apenas el ecuador de la vida? Acaso temía que el tiempo borrase sus huellas, o acaso quería dejar constancia, con la impaciencia que le caracterizaba, de un trayecto vital que él ya consideraba suficientemente poblado de experiencias. En esto, creo yo, se equivocaba, porque, a mi entender, no hay un momento privilegiado para la memoria, ni una estación única para volver la mirada. La memoria, a mi entender, es un río que nunca se deja atrapar del todo.
Pero lo que verdaderamente sorprende y cautiva en esta presentación es la energía que desprende el texto. No hay en él lamento ni nostalgia. Al contrario, lo que se lee es el pulso de un hombre que todavía se siente en plena ascensión, con fuerzas para todo, con el ansia de explorar intacta. Incluso en el acto de recordar, Cajal se comporta como un explorador, porque lo suyo no es el recuento sentimental de lo perdido, sino la cartografía de un camino que aún promete horizontes.
En esas páginas late también la fidelidad de Cajal a sí mismo. Él no pretende ofrecer un relato neutro, ni un espejo perfecto de la realidad. Habla desde su propio centro, con esa convicción de que la verdad, para serlo, debe pasar primero por la experiencia personal. En su caso, la disciplina, la voluntad y la pasión por el descubrimiento son inseparables de cada recuerdo. Por eso, aunque se equivoque en la elección del momento, nunca se equivoca en la intensidad con que lo vive.
Leerle, incluso en esa presentación breve, es reconfortante. Hay en sus palabras una vitalidad que contagia, un rechazo rotundo a la resignación. Sus memorias tempranas no son la conclusión de un viaje, sino la proclamación de que el viaje continúa. Y quizá ese sea el verdadero mensaje, porque la memoria, para Cajal, no es clausura sino impulso, no es un museo de lo que fue, sino una manera de seguir avanzando. Y así, más de un siglo después, uno acaba de leer aquellas páginas con la misma sensación que debieron de tener sus contemporáneos, la de encontrarse ante un hombre que nunca dejó de caminar, que supo convertir hasta el recuerdo en una forma de acción.
Yo también me he detenido a pensar en el momento apropiado para sentarse y escribir sobre la propia vida. Santiago Ramón y Cajal, con su celo científico y su pulso preciso, sostenía que las memorias deben escribirse en el ecuador de la existencia, cuando la mente aún conserva agilidad y las facultades del razonamiento no han comenzado a flaquear. Comprendo su lógica, pues el reloj biológico avanzaba con otra cadencia en 1901, y su mundo exigía rapidez y claridad. Pero yo no comparto esa urgencia. A los cincuenta años, edad que muchos consideran “el ecuador”, la vida todavía se encuentra en pleno fluir, incompleta, abierta a sorpresas y giros inesperados. Escribir cuando aún creemos conocernos del todo sería, quizás, traicionar la propia incerteza que nos constituye. Una vida a los cincuenta, en nuestros días, no está definida; apenas se ha empezado a vislumbrar su contorno, a intuir la densidad de sus sombras y sus luces.
La prisa de Cajal me resulta innecesaria. No hay por qué apresurarse a fijar la memoria en tinta cuando la experiencia continúa acumulándose, transformándose, desafiando cualquier intento de síntesis definitiva. Tal vez las memorias más auténticas nacen cuando se alcanza la suficiente distancia para contemplar la vida con una mezcla de ternura e ironía, de comprensión y asombro, sin la necesidad de justificar el propio camino.
En definitiva, no se trata de esperar pasivamente, sino de reconocer que cada etapa ofrece perspectivas distintas. El momento adecuado para escribir unas memorias no está marcado por un número, sino por la conciencia de que, por fin, podemos mirar atrás sin apresurarnos, y frente a la página, simplemente ser honestos con lo que fuimos, somos y quizá todavía seremos.
Lo que más me ha inspirado de la presentación de Cajal es su aguda comprensión de la subjetividad humana. Su advertencia de no imputar a los demás la responsabilidad de fracasos y contratiempos, que casi siempre nacen de nuestros propios errores, inexperiencias o torpezas, me parece una de las observaciones más lúcidas que un hombre de ciencia pueda hacer sobre la vida.
Y no se queda ahí: nos recuerda también la necesidad de evitar el vicio tan general de juzgar las intenciones de los otros, prescindiendo de la psicología especial del juzgado. Cuánta verdad hay en ello, pues la mayoría de nuestros juicios sobre los demás nacen de proyecciones, de la prisa por explicar lo que no comprendemos, del deseo de exonerarnos a nosotros mismos. Cajal comprendía, con delicadeza y rigor, que la introspección y la prudencia intelectual son más valiosas que la crítica precipitada.
Es esta capacidad de reconocer la fragilidad y la complejidad de la mente humana, más que cualquier otro hallazgo anatómico, lo que me deja un poso duradero, la certeza de que la ciencia y la vida se encuentran cuando aceptamos nuestra propia imperfección y nos acercamos a los demás sin la espada del juicio prematuro.
Me inspira la paciencia que recomienda frente a la tentación de presentar como enemigos o malvados a quienes nos han causado algún perjuicio. Según él, casi siempre, lo que llamamos ofensas, arbitrariedades o injusticias no son sino la legítima defensa de intereses personales tan sagrados como los nuestros, aunque incompatibles con los nuestros.
Cajal aconseja consagrar una crítica benévola a nuestros adversarios, pues, si lo miramos con honestidad, ellos son a menudo los principales colaboradores de nuestros éxitos: despiertan energías dormidas, templan nuestro espíritu y nos obligan a esfuerzos decisivos. La frase de Séneca, “atacadme, que resistiéndoos triunfaré”, debería ser nuestra máxima.
Por eso, debemos resistir la impaciencia ante las ideas ajenas, por absurdas o dañinas que nos parezcan. La conciencia humana es, en gran medida, resultado de factores sobre los cuales somos irresponsables, la organización cerebral heredada y la educación recibida. Compadezcamos, dice Cajal, al errado del mismo modo que al enfermo; ambos son víctimas de una violencia exterior, ya sea un microbio o la sugestión equivocada. La misión del historiador o del biógrafo, para el sabio, no es vituperar a los hombres, sino comprenderlos, descubrir la lógica de sus ideas y el móvil de sus acciones.
Cuando la severidad es inevitable, Cajal recomienda que se combine la crítica negativa con la positiva, reprobando lo malo y alabando lo bueno. Pues la indignación que provoca la crítica suele nacer no de la publicidad de los defectos ajenos, sino de la omisión deliberada de sus méritos y virtudes. En los casos más graves, la prudencia dicta callar el nombre de los censurados, presentándolos bajo el velo del seudónimo. Es esta combinación de comprensión, benevolencia y prudencia la que me deja un poso duradero. Cajal nos enseña que la grandeza de la mente no se mide solo por lo que descubre, sino por la delicadeza con que trata a los demás. Creo que me voy a animar a escribir mis memorias, en el futuro, claro.
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