Santiago Ramón y Cajal, como escritor, da para mucho. En sus Recuerdos de mi vida, que estoy leyendo por segunda vez, animado por mi amigo Antonio Viudas Camarasa, Cajal nos dejó una de las páginas más hondas sobre lo que significa enseñar. Frente a quienes menospreciaban el oficio de maestro, lo definió como un ministerio de nobleza insospechada, no como un trabajo oneroso ni una condena social, sino la tarea gozosa de “desentumecer y desperezar el cerebro embrionario del niño” y, con paciencia de jardinero, acompañar la lenta floración de la inteligencia.
Me emociona leer sus palabras, porque en ellas reconozco lo vivido durante más de cuarenta años en las aulas. Cajal hablaba de la dicha inefable de ver a un alumno comprender, pronunciar una idea propia, descubrir un matiz nuevo en el mundo. Yo mismo he sentido esa alegría, íntima e irrepetible, que no figura en los manuales de pedagogía, la alegría de ver crecer una mente y saber que, de algún modo, uno ha participado en ese crecimiento.
El científico compara al maestro con un jardinero de almas. Esa metáfora, tan hermosa, encierra también una advertencia, pues cultivar exige paciencia, constancia y fe en la semilla, incluso cuando parece dormida. Muchos de mis alumnos no florecieron en el tiempo que yo esperaba, pero la experiencia me enseñó que el maestro siembra sin certeza de la cosecha, confiando en que alguna vez, en algún lugar, la semilla hallará su primavera.
Ser padre es mucho, decía Cajal; ser maestro afortunado, aún más. No porque uno sustituya al otro, sino porque en la docencia se ensaya otra forma de paternidad: aquella que no engendra vida, pero la orienta, la modela, la anima a desplegar sus alas. Y cuando esa orientación da frutos, un gesto de gratitud, una palabra sabia, un camino abierto, el maestro comprende que su oficio, tantas veces incomprendido, es en realidad la más alta de las artes, la de ayudar a que otros lleguen a ser lo que son.
En un mundo donde la figura del maestro sigue muchas veces relegada, conviene releer a Cajal. Él sabía que no hay sociedad posible sin educadores que siembren futuro en silencio. Yo, con la memoria de tantas clases y tantos rostros, no puedo sino darle la razón, el aula, por humilde que sea, es un jardín donde se cultivan las flores más raras y preciosas de la humanidad.
Citando al sabio:
“Hay muchos hombres que no comprenden la satisfacción y el noble orgullo producidos por el ejercicio de la enseñanza. Repútanla oficio oneroso, molesto, pesadísimo, propio solamente de gentes infelices, de proletarios intelectuales: error profundo, que explica cómo entre nosotros la profesión de maestro es carrera aza¬ rosa, sin despensa asegurada, ni prestigio reconocido. Sólo cuando el azar ó la propia vocación nos llevan al ejercicio docente, compréndese cuan hermoso ministerio es éste y cuánta satisfacción reporta. Dígase lo que se quiera, la caridad de la enseñanza tiene también sus placeres, sobre todo cuando brota de lo íntimo, y se asocia ó ese calor simpático de humanidad que tanta autoridad y prestigio da á la palabra del maestro. Hay en la función docente algo de la satisfacción orgullosa del domador de potros; pero hay mucho más del placer inocente del jardinero que espera ansioso la primavera para reconocer el matiz de la flor sembrada y comprobar la bondad de los métodos de cultivo. Experiméntase, repetimos, una dicha inefable en ayudar la obra de la naturaleza, desentumeciendo y desperezando el cerebro todavía embrionario del niño, y siguiendo paso á paso los progresos que la tierna inteligencia hace en el manejo de los signos del lenguaje y en la comprensión de las palabras. Y si por ventura, por premio de nuestras enseñanzas, la inteligencia del hiño reacciona pujante, se incorpora fácilmente las ideas, y da muestras de superior ingenio con alguna frase atinada, con algún juicio personal y justo acerca de las cosas, entonces, ¡ay qué satisfacción tan grande! Ser padre, algo es; ser maestro afortunado, es más aún; pero desenvolver un buen entendimiento, colaborar en sus triunfos, es alcanzar la paternidad más alta y más noble, es como corregir y perfeccionar la obra de la naturaleza, lanzando al mundo, poblado de flores amarillas, vulgares y repetidas, una flor nueva, que acredite la marca de fábrica del jardinero de almas, y que se distinga de la muchedumbre de las flores humanas por un matiz raro, precioso y exquisito.”
En “Recuedos de mi vida”, 1901
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