Paseo hoy muy de mañana. Aprovecho las primeras luces para caminar por el bisque, acompañado por la radio. Por ella me entero de los recientes acontecimientos y hoy, las noticias sobre el devenir de la flotilla que iba camino de Gaza y que ha sido detenida por fuerzas israelíes. Esto de mandar flotillas hacia Gaza se ha hecho antes, el caso más conocido fue la Flotilla de la Libertad de 2010, cuyo barco principal, el Mavi Marmara, fue asaltado por comandos israelíes resultando en 10 activistas turcos muertos, por lo que se produjo un gran escándalo internacional, que, como casi siempre, se olvidó pronto.

En otros tiempos, eran los judíos los que se veían interceptados en el mar, camino de la tierra prometida. Todos recordamos seguro la epopeya de Exodus en julio de 1947, terminada la guerra, finalizado el holocausto. Al terminar la segunda guerra mundial, cientos de miles de judíos estaban en campos de desplazados en Europa: sin hogar, sin familia, sin patria. Palestina, entonces bajo mandato británico, era para muchos el único destino imaginable, pero Londres mantenía cuotas muy restrictivas de inmigración, en parte para no enfrentar la resistencia árabe en la región. Surgieron redes clandestinas, llamadas Aliyá Bet, que organizaban viajes ilegales hacia Palestina. Eran barcos de fortuna, a veces pesqueros, cargados hasta el límite.

En julio de 1947 zarpó del puerto francés de Sète el Exodus, un barco ya viejo, que había sido usado para transportar pasajeros en la costa estadounidense. A bordo iban más de 4.500 refugiados judíos, la mayoría supervivientes de campos nazis. El viaje era precario, porque el barco no reunía condiciones para ese viaje con tantos pasajeros. Sufrían  hacinamiento, escasez de agua y comida, condiciones insalubres. Aun así, el barco se convirtió en una especie de buque de la esperanza, como un nuevo arca de Noé. 

Al acercarse a las costas de Palestina, el 18 de julio, buques británicos rodearon al Exodus. Intentaron obligarlo a detenerse. Hubo resistencia: pasajeros y tripulación se defendieron con lo poco que tenían. El asalto dejó tres muertos y decenas de heridos. Los británicos llevaron el barco a Haifa, pero no dejaron desembarcar a los pasajeros. En una decisión que indignó al mundo, decidieron devolverlos a Europa. Los refugiados fueron trasladados a tres barcos-prisión y enviados primero a Francia. Allí se negaron a desembarcar, porque preferían morir a volver atrás. Finalmente, las autoridades británicas los llevaron a Alemania, a campos de refugiados… sí, justo los mismos lugares de donde habían partido, apenas dos años después del Holocausto.

Las imágenes del Exodus recorrieron el mundo. La opinión pública internacional vio la cruel paradoja de que los supervivientes de Auschwitz y Bergen-Belsen volvían a pisar tierra alemana por orden de los británicos. El escándalo presionó a las Naciones Unidas, que en noviembre de 1947 votaron el plan de partición de Palestina. El Exodus se convirtió en un factor simbólico de la creación del Estado de Israel en 1948.

Hoy es otra flotilla la que se acerca a Gaza y la armada que la intercepta pertenece al estado de Israel. La paradoja histórica es que los que fueron víctimas del aislamiento, el bloqueo y la negación de un refugio seguro se convirtieron, décadas después, en quienes controlan el acceso para la ayuda de otros desplazados y damnificados. La sensación de injusticia es reforzada por la similitud formal, ya que se trata de personas desesperadas, barcos con ayuda, interceptación militar, debate internacional. La historia parece mostrar que la condición de “refugiado” no garantiza solidaridad universal, ni siquiera desde quienes una vez lo fueron. 

También parece que una amnesia general ha cegado a los pueblos europeos cuando se trata de hacer frente a la inmigración. Durante siglos, los pueblos de Europa fueron pueblos de emigrantes. Italianos que llenaron Buenos Aires y São Paulo, españoles que buscaron pan en La Habana o en Toulouse, griegos que se dispersaron hasta Melbourne, ingleses que se embarcaron hacia América y Oceanía, suecos que poblaron las llanuras del Medio Oeste norteamericano. Todos ellos dejaron atrás hambre, guerras, persecuciones, pobreza, y todos fueron recibidos con recelo en las tierras donde llegaban. Eran los “gallegos” en Argentina, los “macaronis” en Estados Unidos, los “polacos” en Francia, los “finnes” en Minnesota.

Ese recuerdo, sin embargo, parece haberse evaporado. Hoy, en esas mismas naciones, la memoria se ha transformado en orgullo selectivo: la epopeya de los abuelos se celebra como aventura, como conquista romántica, pero se borra la dureza de la emigración real, el hacinamiento en barcos, la explotación en minas y fábricas, el desprecio de los autóctonos. Se recuerda el éxito, no la humillación. Y con esa amnesia, se alza la paradoja: los antiguos emigrantes, ya asentados, quieren cerrar las puertas a los inmigrantes a su país..

Italia, que un día vació aldeas enteras hacia América, se indigna hoy con los botes que cruzan el Mediterráneo. España, que mandó a su juventud a Francia, Alemania o Suiza, levanta muros verbales contra marroquíes y latinoamericanos. Grecia, que fue diáspora y exilio, se convierte en frontera vigilante de la Unión Europea. Inglaterra, madre de migraciones y de imperios, hizo del rechazo al inmigrante uno de los motores del Brexit. Y Suecia, que durante el siglo XIX y principios del XX vio partir a más de un millón de campesinos hacia Estados Unidos, se debate hoy entre su tradición de acogida generosa y un creciente clima político que recela del extranjero.

La historia se repite como ironía. Los mismos pueblos que un día pedían pan y refugio, hoy lo niegan a quienes llaman a su puerta. Es una enfermedad de la memoria colectiva, la amnesia migratoria. Una amnesia que transforma el dolor en orgullo, la necesidad en épica, y que olvida la lección más simple: que todo emigrante, ayer como hoy, solo busca sobrevivir y construir un futuro.

Y yo me pregunto: ¿puede la historia ayudarnos a ser mejores? ¿Podemos aprender algo de la memoria de nuestros propios abuelos emigrantes, o estamos condenados a repetir los mismos errores de desprecio, miedo y exclusión? Tal vez la historia sea un espejo: a veces nítido, a veces empañado, pero siempre dispuesto a recordarnos que, en algún momento, todos fuimos los que tocaban a la puerta.

En 1958, el libro Éxodo el libro de León Uris,  relata en la primera parte una historia considerablemente modificada de los hechos históricos del SS Exodus y relata la fundación del estado de Israel. De este libro nació también la película Éxodo de Otto Preminger en 1960 con, entre otros, el famoso actor Paul Newman en el reparto.

Exodus : Uris, Leon, 1924-2003 : Free Download, Borrow, and Streaming : Internet Archive