Estoy leyendo las memorias de Bertil Ohlín, economista y político liberal que como pocos influyeron en la construcción del modelo sueco. Sería engañoso darle todo el crédito a la socialdemocracia, aunque también participó de forma decisiva, pero la teoría y el peso intelectual hay que dárselo a economistas del peso de Ohlín y Heckscher, entre otros.

Ohlin es recordado sobre todo por su desarrollo de la teoría Heckscher-Ohlin (H-O), elaborada junto con su maestro Eli Heckscher. Un modelo que plantea que el comercio internacional se basa en las dotaciones relativas de factores productivos de cada país, como tierra, trabajo, capital. Según esta teoría, los países tenderán a exportar los bienes que utilizan intensivamente sus factores abundantes e importar los bienes que requieren factores escasos. Por ejemplo, un país con mucha mano de obra exportará productos intensivos en trabajo, mientras uno con mucho capital, productos intensivos en capital.

Esta explicación superó a la teoría clásica de la ventaja comparativa de Ricardo porque introdujo una visión más compleja y realista de la estructura productiva. El modelo H-O se convirtió en la piedra angular de la economía internacional moderna y sigue siendo una referencia en manuales y en la investigación académica. Por esta obra, Ohlin recibió el Premio Nobel de Economía en 1977, compartido con James Meade.

Según voy leyendo, voy comprendiendo el proceso de construcción de esta teoria, y también la crítica que generó en su día. Además, me doy de bruces con Keynes y, gracias a la crítica de Ohlín, comprendo mejor la teoría del economista inglés. En su obra Teoría general del empleo, el interés y el dinero dne 1936, John Maynard Keynes rompió con la visión clásica que confiaba en que los mercados por sí solos volverían al equilibrio. Para Keynes el estado tenía que actuar. En una baja coyuntura, en recesión, el problema es la insuficiencia de demanda agregada. Si las familias y empresas reducen el gasto, la producción baja, el empleo cae y se entra en un círculo vicioso.

Por tanto, los gobiernos deben intervenir activamente con una política fiscal expansiva,  aumentand el gasto público, invertiendo en obras, infraestructuras, programas sociales, aunque sea a costa de endeudarse. A esto se le puede sumar una política monetaria acomodaticia, bajando los tipos de interés para estimular la inversión privada. El objetivo sería reactivar la demanda y reducir el desempleo.

Se da la circunstancia de que, curiosamente, en Suecia, economistas como Ohlin y Gunnar Myrdal ya habían desarrollado, casi en paralelo a Keynes, ideas similares sobre cómo estabilizar la economía. Ohlin coincidía en que el Estado debía actuar frente al desempleo, en lugar de esperar un ajuste automático. Propuso medidas de gasto público para sostener el empleo en tiempos de crisis, como obras públicas, subsidios temporales, e introdujo la idea de “política contracíclica”, es decir, ahorrar en épocas de bonanza y gastar en recesión.

Pero había matices respecto a Keynes, porque Ohlin defendía más el uso de transferencias y políticas de empleo directas, no solo el gasto masivo en deuda. Subrayaba la importancia de la disciplina fiscal a largo plazo, no gastar de forma ilimitada, sino planificada. También, se escucha entre líneas una amarga sensación de sentirse relegado a un segundo plano, mientras Keynes recibió todo el crédito de ser el padre de la teoría. En muchas páginas en su biografía, desarrolla la idea de que fue él el que publicó la teoria de Keynes, meses antes de que este lo hiciera. Para mí no queda claro, pero hay que concederle al economista sueco, que él y su grupo trabajaban en la misma dirección en paralelo con Keynes, que por otro lado, era buen amigo de Ohlín. Las memorias esán escritas cinco años antes de que se le concediera el Nobel. Creo yo que el hecho de recibir el codiciado premio, quito importancia al mal trago de verse eclipsado por Keynes. 

Frente al keynesianismo más “general”, el enfoque sueco era más pragmático y ligado al Estado de bienestar. Ohlin compartía con Keynes la idea esencial, que en tiempos de recesión el Estado no podía quedarse de brazos cruzados esperando que “las fuerzas del mercado” resolvieran el desempleo. Había que intervenir, estimular la demanda, dar trabajo. Pero allí donde Keynes defendía el gasto deficitario como instrumento inmediato y sin demasiadas reservas, Ohlin se mostró más cauto. El déficit, sí, pero solo como herramienta temporal, nunca como norma. La economía debía manejarse con un principio casi moral: ahorrar en los tiempos de bonanza para poder gastar en los tiempos de crisis. Era, en definitiva, una política contracíclica con disciplina.

Además, Ohlin iba más allá de la macroeconomía abstracta. Donde Keynes hablaba de demanda agregada, él ponía el acento en las políticas concretas de empleo, como subsidios a los parados, programas de formación, movilidad laboral, obras públicas bien dirigidas. Para él, la lucha contra el desempleo no era solo una cuestión de cifras en un presupuesto, sino una acción social, casi pedagógica, que debía integrar al ciudadano en la vida económica.

De este modo, la crítica de Ohlin a Keynes no fue ni mucho menos un rechazo frontal, sino una corrección de rumbo con menos gasto ilimitado, más planificación a largo plazo, menos deuda crónica, más previsión, menos fórmulas generales, más política laboral y social. En Suecia, estas ideas se convirtieron en el germen de un modelo que exportaría a Europa la idea del Estado de bienestar, capaz de combinar crecimiento económico con seguridad social y cohesión., 

Mirado con perspectiva, podríamos decir que Keynes abrió la puerta a una nueva teoría de la macroeconomía, y Ohlin enseñó a ponerlo en práctica dentro de la casa, tomando la iniciativa política. Y, la lección a aprender, hoy que los gobiernos vuelven a enfrentarse a profundas crisis periódicas, no ha perdido vigencia: gastar sí, pero con memoria; intervenir sí, pero con responsabilidad; y, sobre todo, nunca olvidar que detrás de cada curva económica hay personas, empleos, vidas enteras.

Bueno, hasta aquí mi lectura sobre los macromodelos económicos. Interesante, porque explica el camino seguido por Suecia y otros países occidentales, para combatir la pobreza y el paro, y para hacer posible un Estado de bienestar general. Pero, en realidad, lo que más me interesó de la lectura de la autobiografía de Ohlín, fue algo que él seguramente considero que solo era una nota a pie de página, su contacto con Richard Nikolaus von Coudenhove-Kalergi. 

El historiador Richard Nikolaus von Coudenhove-Kalergi, aristócrata austriaco-japonés,  nació en Tokio en 1894, hijo de un diplomático austriaco y de madre japonesa.  se doctoró en Viena en 1917 con una tesis titulada “Die Objektivität als Grundprinzip der Moral” (La objetividad como principio fundamental de la moral), que me recuerda un poco al gran historiador von Ranke. Publicó en Viena 1923 el manifiesto “Paneuropa”, una obra que se convertiría en referencia fundacional para el pensamiento europeísta contemporáneo. En ella diagnosticaba con claridad la crisis de la hegemonía europea tras la Primera Guerra Mundial: mientras Estados Unidos emergía como potencia independiente, la Unión Soviética consolidaba su poder y Asia se afirmaba a través de Japón y China, Europa se encontraba fragmentada en un mosaico de pequeños estados incapaces de sostenerse en el nuevo escenario internacional.

Su tesis central era contundente: o los Estados europeos se federaban, o el continente quedaría relegado a la irrelevancia política mundial. Para evitarlo, proponía la creación de un Parlamento paneuropeo, una unión aduanera, una defensa común e incluso una moneda compartida. A diferencia de los proyectos imperialistas del pasado, Coudenhove planteaba una unión fundada en la cooperación voluntaria y en la herencia cultural compartida con base en el cristianismo, la filosofía griega, el derecho romano y los valores de la Ilustración.

El impacto de Paneuropa fue significativo en determinados círculos intelectuales y políticos. Inspiró la fundación de la Unión Paneuropea, de la cual figuras como Aristide Briand serían simpatizantes. Incluso Winston Churchill, tras la Segunda Guerra Mundial, retomaría parte de sus planteamientos en su célebre discurso de Zúrich, en 1946, en el que abogaba por “los Estados Unidos de Europa”. 

Este joven aristócrata era un gran difusor y comunicador de su propio proyecto. Fundó la revista Paneuropa, que funcionaba como órgano de difusión de sus ideas y que se distribuyó por distintos países europeos y creó en 1924 la Unión Paneuropea Internacional (Paneuropa-Union), primera organización que defendía abiertamente la integración europea y la convirtió en un espacio de encuentro de intelectuales, políticos y artistas que simpatizaban con el ideal europeo. Publicaba artículos en periódicos de varios países. Utilizaba entrevistas y reseñas para mantener vivo el debate y la prensa liberal y progresista de entreguerras le dio cierto espacio. El primer Congreso Paneuropeo en Viena en 1926 reunió a casi 2.000 delegados de toda Europa.

Continuamente pronunciaba conferencias por todo el continente, especialmente en círculos académicos y políticos, para convencer a élites culturales y dirigentes y tenía una gran red de contactos con líderes influyentes como el canciller francés Aristide Briand, el filósofo Thomas Mann, el científico Albert Einstein, el estadista Edvard Beneš, entre otros. Su estrategia era llegar a la élite política y cultural, más que al ciudadano común.

Y Ohlín nombra, como de pasada, que Coudenhove-Kalergi, le contactó para intentar despertar su interés en la construcción de una “Europa unida”, que Ohlín pone entre comillas y escribe: “Yo no consideré que se reunían las condiciones necesarias para que yo actuara en esta cuestión. Él insistió más tarde, ya al pricipio de los años 30, pero también entonces consideré que yo tenía cosas más importantes que atender.” 

El auge de los fascismos, la guerra civil española, la Segunda Guerra Mundial y el nazismo truncaron en parte sus sueños. Fue perseguido por Hitler, que lo consideraba un “bastardo cosmopolita” y tuvo que exiliarse en Estados Unidos, desde donde siguió defendiendo la causa paneuropea. Al terminar la guerra, volvió a insistir. Sus ideas influyeron directamente en los primeros pasos de lo que luego sería la Comunidad Europea: el Congreso de La Haya de 1948, la creación del Consejo de Europa, los debates sobre integración. Coudenhove-Kalergi murió en 1972, poco antes de que el proyecto europeo comenzara a tomar cuerpo real con las primeras ampliaciones.

Parece que Churchil se inspiró directamente en la obra y los esfuerzos de Coudenhove en su famoso discurso de Múnich el 19 de septiembre de 1946, cuando sentó las bases para la creación del Consejo de Europa y promovió la unidad del continente tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial. 

Algunas de las ideas de Coudhinove son utilizadas por la extrema derecha para atacar a la Unión Europea. Es sobre todo la idea que el aristócrata “mestizo” lanzó la idea de que, con el tiempo, se formaría en Europa una nueva raza mestiza:

““El hombre del futuro será mestizo. Las razas y clases actuales desaparecerán gradualmente debido a la desaparición del espacio, el tiempo y los prejuicios. La raza eurasiática-negra del futuro reemplazará la diversidad de pueblos por una diversidad de individuos”.

Esta afirmación se encuentra en su obra Praktischer Idealismus (1925), no en Paneuropa. En este texto, Coudenhove-Kalergi expresa su visión de un futuro en el que las barreras raciales y de clase se difuminen, dando paso a una sociedad más igualitaria y cosmopolita. Su intención no era promover un mestizaje forzado ni una homogeneización cultural, sino señalar una tendencia hacia la integración y la convivencia pacífica entre diferentes grupos.

Es crucial entender que Coudenhove-Kalergi era un firme defensor de la unidad europea y la cooperación internacional, y no un promotor de políticas de inmigración masiva o de sustitución cultural, como se le atribuye.  Su pensamiento ha sido malinterpretado y distorsionado por teorías conspirativas que lo presentan como el arquitecto de un supuesto “plan Kalergi” para diluir la identidad europea. Estas teorías carecen de fundamento y desvirtúan el verdadero mensaje de su obra. Y, además, ¿cual es el problema? Las razas humanas, al igual que las lenguas, no son entidades fijas ni eternas; son el resultado de procesos históricos, migraciones, mezclas, conquistas y adaptaciones. A lo largo de los siglos, las poblaciones se han desplazado, se han cruzado y han interactuado, dando lugar a nuevas formas físicas, culturales y lingüísticas. Así como una lengua se transforma con el contacto con otras lenguas y con el tiempo, las características físicas de los pueblos cambian según su historia, su entorno y sus relaciones con otros grupos.

Pensar en razas estáticas es un error, porque la historia demuestra que todo en el ser humano está en movimiento, en transformación constante. La noción de “pureza” racial no tiene fundamento científico ni histórico; es un espejismo ideológico que ignora la realidad de la evolución, la migración y la mezcla de los pueblos. La diversidad es la constante, el cambio la regla, y cualquier intento de congelar la historia humana en categorías rígidas es siempre artificial y peligroso.

Pan Europa Coudenhove Kalergi : Free Download, Borrow, and Streaming : Internet Archive

rede_winston_churchill_englisch.pdf

Coudenhove-Kalergi-Praktischer-Idealismus : Free Download, Borrow, and Streaming : Internet Archive