Como tengo lectores duchos en la historia de los países nórdicos, me recuerdan que no olvide Finlandia, Dinamarca, Noruega e Islandia, cuando escribo sobre las transformaciones sociales en el norte de Europa, teniendo como tienen estos países historias diferentes y peculiares que pueden mostrar como se puede llegar a un sistema democrático de bienestar por vías muy diferentes y desde diferentes puntos de partida.

Empezaré por la entidad territorial más antigua en el norte de Europa, el reino de Dinamarca, cuyo esplendor territorial y máxima extensión continental. Este momento de máxima extensión se alcanzó en el siglo XI, bajo el rey Canuto el Grande, alrededor del año 1030. En ese momento, el Imperio de Canuto comprendía toda Dinamarca, Inglaterra, desde 1016, Noruega, desde 1028, partes del sur de Suecia, sobre todo Scania, Blekinge y Halland, que formaban parte del dominio danés hasta el siglo XVII. Además, pertenecían a Dinamarca parte del norte de Alemania, especialmente zonas de Schleswig y Holstein y mantenía influencia política y comercial sobre Islandia, las Islas Feroe, Groenlandia y parte de Escocia, las Orcadas y Shetland. Era pues, en esencia, un imperio nórdico del Atlántico Norte, con centros de poder en Winchester y Roskilde. Su flota controlaba el mar del Norte y el Báltico, y el comercio danés estaba en su apogeo.

Tras la muerte de Canuto en 1035, el imperio se fragmentó. Inglaterra se independizó, Noruega se rebeló, y Dinamarca quedó reducida a la península de Jutlandia y a las islas del Báltico. Sin embargo, durante siglos siguió siendo un reino poderoso y mantuvo durante la edad media amplias posesiones en el sur de Suecia, las islas del mar Báltico, Bornholm, y Gotland. En Alemania el ducado de Schleswig y Holstein, feudos complejos que la ligaban al Sacro Imperio Romano Germánico.

El segundo gran momento expansivo danés fue la Unión de Kalmar, creada en 1397 bajo la reina Margarita I. Esta unión personal agrupaba a Dinamarca, Suecia y Noruega, con Islandia y Finlandia incluidas, bajo una misma corona danesa. A partir de esa unión y durante más de un siglo, la monarquía danesa dominó toda Escandinavia. Sin embargo, las tensiones entre nobles daneses y suecos terminaron en la ruptura de 1523, cuando Gustavo Vasa proclamó la independencia de Suecia..

En los siglos XVII y XVIII, Dinamarca fue perdiendo territorios. Aquí, el tratado de Roskilde en 1658 es una fecha muy importante. Por ese tratado se vio Dinamarca obligada a ceder a Suecia sus posesiones al norte del Sund: Scania, Halland, Blekinge y Bornholm. Hagamos aquí un pequeño paréntesis para explicar que, a partir de 1658, Dinamarca deja de actuar como una metrópolis de un vasto imperio y en su lugar, se centra en el desarrollo del núcleo fundamental, como explicaré más adelante. Tras las guerras napoleónicas, Dinamarca, aliada con Francia, pierde Noruega, cedida a Suecia.

De la misma manera que el 1658 fue una fecha crucial para Dinamarca, también el 1864 lo sería, por haber sufrido una gran derrota frente a Prusia y Austria, perdiendo Schleswig y Holstein, que hasta entonces formaban parte del núcleo territorial danés.

A partir de entonces, Dinamarca se convirtió en un pequeño reino agrícola y marítimo, con sus fronteras actuales, Jutlandia, Zelanda, Fionia y las islas y el resto de un imperio colonial discreto pero extenso formado por Islandia, independiente en 1944, Groenlandia, territorio autónomo desde 1979, que sigue perteneciendo al reino danés, aunque Trump amenaza con anexarla a los Estados Unidos “por la fuerza, si fuera necesario”, como bien ha dado a entender. A Dinamarca han pertenecido también las Islas Feroe, que alcanzaron su autonomía en 1948.

Dinamarca tuvo fue también un pequeño país conquistador de tierras de ultramar y participó con buen provecho económico del comercio trasatlántico y la trata de esclavos con pequeñas colonias, como Tranquebar en la India, Costa del Oro danesa en el África Occidental y las Islas Vírgenes danesas en el Caribe, vendidas por cierto a Estados Unidos en 1917.

Paso ahora a explicar el desarrollo interno de Dinamarca a partir de la paz de Roskilde en 1658. [1] El Tratado de Roskilde puso fin a la guerra contra Suecia, al menos de momento, pero fue una catástrofe nacional: Dinamarca perdió como ya hemos constatado Scania, Blekinge, Halland, Bornholm y Trondheim. Por primera vez, el reino se sintió pequeño y vulnerable. El ejército estaba destruido, la economía arruinada y la nobleza, que había dirigido la política durante siglos, era incapaz de ofrecer soluciones. Esta humillación generó un movimiento de fondo, la monarquía se fortaleció a costa de la nobleza, iniciando una transformación estructural.

En 1660, el rey Federico III aprovechó el descontento popular y la debilidad de la nobleza para realizar un auténtico golpe político y abolió la monarquía electiva, proclamando la monarquía absoluta hereditaria. Un año después, se firmó el “Haandfæstningens ophævelse”, (la supresión del juramento de la mano) que era una especie de carta de condiciones o contrato que los reyes daneses debían firmar al ser elegidos por la nobleza, comprometiéndose a respetar sus privilegios. Cuando Federico III lo abolió en 1661, puso fin al sistema de monarquía electiva y estableció la monarquía absoluta hereditaria, concentrando todo el poder en el rey. y más adelante, en 1665 se promulgó la Lex Regia, una de las constituciones absolutistas más extremas de Europa.

Bajo esta nueva estructura el rey concentraba todo el poder ejecutivo, legislativo y judicial y se creó una administración central moderna con funcionarios leales al monarca. Se implantó un sistema fiscal regular que sustituyó las antiguas exenciones nobiliarias y el ejército y la marina se reorganizaron bajo mando estatal. Paradójicamente, este absolutismo fue el primer paso hacia la modernización. Se profesionalizó la administración, se reforzó la educación y se crearon los cimientos del Estado danés contemporáneo.

Pero, en medio de esa modernización, Dinamarca estaba todavía inmersa en un sistema feudal sui genereris, en el cual, a mediados del siglo XVIII, la nobleza aún poseía la mayor parte de las tierras, y los campesinos estaban sujetos al “stavnsbåndet”, una ley que les prohibía abandonar la finca del señor sin permiso. Era, en la práctica, una forma de servidumbre. Esta ley ataba a los campesinos varones a la tierra donde habían nacido, impidiéndoles abandonarla sin permiso del propietario.

El stavnsbånd (atadura a la tierra) fue introducido en 1733 bajo el reinado de Cristián VI y se aplicaba a los jóvenes campesinos de 14 a 36 años, con el propósito de garantizar mano de obra para el ejército y las fincas. Posteriormente se amplió a todos los hombres campesinos adultos. Esto significaba que los campesinos no eran esclavos, pero tampoco eran libres: estaban ligados a la finca donde habían nacido y no podían mudarse, casarse fuera o buscar trabajo en otro lugar sin autorización del terrateniente. Era una forma de servidumbre legal, aunque un poco más suave que en Europa del Este.

La monarquía absoluta, instaurada en 1660, mantenía este orden rígido. Sin embargo, las reformas ilustradas del siglo XVIII marcaron el inicio del cambio. Bajo el reinado de Federico V y su sucesor Cristián VII, varios reformadores influidos por el pensamiento ilustrado, especialmente Andreas Peter Bernstorff y Christian Ditlev Reventlow, impulsaron medidas de modernización. Entre 1788 y 1800 se abolió el stavnsbåndet, se promovió la propiedad campesina y se fundaron escuelas rurales. La idea era que una nación educada y con pequeños propietarios sería más fuerte y estable que una de siervos. [2]

Durante el reinado de Federico V y Cristián VII, el absolutismo danés adoptó rasgos ilustrados. A partir de la década de 1760, bajo el influjo del pensamiento de la Ilustración alemana y por figuras como Johan Friedrich Struensee, el médico reformista de Cristián VII, se emprendieron reformas que transformaron la sociedad rural. Las más importantes fueron las reformas agrarias de 1780–1810, impulsadas por ministros y pensadores ilustrados como A. P. Bernstorff, Christian Ditlev Reventlow y L. F. Stolberg. Las reformas más importantes fueron la abolición de la servidumbre campesina en 1788, el permiso a los campesinos de comprar sus tierras y abandonar los latifundios, se fundaron escuelas en las parroquias para fomentar la educación rural y se introdujeron innovaciones agrícolas con rotación de cultivos y cooperativas locales. Estas medidas crearon en poco tiempo una clase media campesina libre y educada, decisiva para el posterior desarrollo democrático danés.

No puedo dejar de profundizar un poco en la figura de Struensee porque, ami entender, es una figura central en la modernización de Dinamarca, y al hacerlo, tengo que razonar sobre la importancia del individuo en la historia, que oscila, como un péndulo, entre dos miradas: la que ve los grandes procesos económicos como motores del cambio, y la que reconoce en ciertas personas la chispa que enciende la maquinaria del tiempo. Hay épocas en que las estructuras parecen dominarlo todo. La invención del arado de hierro, el surgimiento del capitalismo mercantil o la llegada de la máquina de vapor marcan giros que ninguna voluntad individual podía detener. Las corrientes de fondo, el comercio, la producción, la acumulación de riqueza, la miseria y la necesidad, imponen su ritmo, y los gobernantes, por muy poderosos que se crean, se podría decir que no hacen más que surfear sobre la ola.

Y, sin embargo, hay momentos en que una persona sola trastorna el curso previsto de los acontecimientos. Cuando un reformador se atreve, cuando un visionario da el salto, cuando una voz rompe el silencio de su tiempo, la historia respira de otro modo. Struensee en Dinamarca o Lutero en Wittenberg, son recordatorios de que el mundo no se mueve solo por fuerzas ciegas, sino también por conciencias despiertas, por actores.

Las tendencias recientes de la historiografía tratan de reconciliar estas dos visiones. Ya no se habla de héroes aislados, como se hacía en el siglo XIX, ni de economías impersonales, como se hacía mayoritariamente cuando yo estudiaba historia, sino de la interacción constante entre la estructura y la acción humana. Las condiciones materiales preparan el terreno, pero es el gesto, el acto de decidir, de resistir o de imaginar algo distinto, lo que da forma a la historia concreta. La economía crea el marco, eso no se puede negar, pero el alma humana pone la dirección. Y es en ese cruce, donde el individuo se levanta frente a lo inevitable, donde la historia se vuelve verdaderamente digna de ser contada. Por tanto, conozcamos algo sobre este hombre, tan importante para Dinamarca, siendo extranjero, y tan mal pagado por sus servicios.

Johann Friedrich Struensee (1737–1772) fue una de las figuras más fascinantes y trágicas de la historia danesa, un médico, ilustrado y reformador, que llegó a gobernar Dinamarca y acabó ejecutado. Struensee nació en Halle, en el entonces reino de Prusia. Era médico y adepto a las ideas de la Ilustración. En 1768 fue contratado como médico personal del rey Cristián VII de Dinamarca, un monarca mentalmente inestable. Por su inteligencia y su carácter pragmático ganó rápidamente influencia sobre el rey.  Entre 1770 y 1772, Struensee se convirtió prácticamente en gobernante de Dinamarca, pues controlaba al rey.  Impulsó más de 1800 decretos reformistas en poco tiempo, aboliendo la tortura y la censura, reduciendo a un mínimo los privilegios de la nobleza, promoviendo la libertad de prensa y la vacunación, e introduciendo medidas administrativas racionales y de inspiración ilustrada.

Struensee inició una relación amorosa con la joven reina Carolina Matilde, hermana del rey Jorge III de Inglaterra, casada a los 15 años en 1766 con Cristian VII, que entonces contaba 17 años. La nobleza danesa, alarmada por las reformas y el poder del médico extranjero, conspiró junto con la madrastra del rey, Juliana María, hasta que, en enero de 1772, Struensee fue arrestado, acusado de usurpar el poder y adulterio y fue decapitado y descuartizado públicamente el 28 de abril de 1772. La reina, que fue arrestada al mismo tiempo, fue desterrada a Alemania, a Celle, donde murió a los 23 años de edad.

Pese a su trágico final, muchas de sus reformas sobrevivieron y marcaron el inicio de la modernización ilustrada de Dinamarca. Struensee encarna por tanto la figura del reformador racional y humanista, víctima de la reacción conservadora y de su propio exceso de poder. Hay un libro escrito por Per Olof Engquist bajo el título de “Livläkarens besök” (la visita del médico de cámara) de 1999[3], una novela histórica basada en la realidad, cuya lectura recomiendo, traducida al español por Martin Lexell y Cristina Cerezo y publicada en España por la editorial Destino en 2002. Podéis encontrarla en formato físico y digital en diversas librerías y plataformas.

Más tarde, Las guerras napoleónicas marcaron otro giro. Dinamarca, aliada de Francia, fue bombardeada por Inglaterra en 1807 y perdió Noruega en 1814.[4] A causa de la guerra y de la consiguiente paz, el país quedó empobrecido, pero también más homogéneo y en la primera mitad del siglo XIX, surgieron movimientos campesinos y liberales en torno a cooperativas y prensa local, mientras el nacionalismo romántico danés, centrado en la lengua y la identidad campesina crecía en las ciudades, junto a una oposición creciente al absolutismo. En 1848, la oleada revolucionaria europea llegó a Copenhague que forzó al rey Federico VII, consciente de la presión, a aceptar una constitución liberal. Así nació, en 1849, la Grundloven, la Constitución danesa moderna. Dinamarca se convirtió en una monarquía constitucional con un parlamento bicameral, derechos civiles básicos y libertad de prensa.

El nacionalismo danés del siglo XIX nació como un intento de fortalecer la identidad del reino de Dinamarca tras la pérdida de territorios y el impacto de las guerras napoleónicas. Entre intelectuales y políticos surgió la idea de que la historia, la lengua y la cultura compartidas con los otros pueblos escandinavos, Suecia y Noruega, podían ser la base de un proyecto político más amplio: el escandinavismo. La idea era simple y poderosa, se trataba de unir a los pueblos hermanos del norte de Europa para protegerse frente a potencias en expansión, especialmente la creciente Prusia, que ya había absorbido territorios alemanes y amenazaba con alterar el equilibrio en el Báltico, y Rusia en el este, que ya se había apoderado de la cuarta parte de Suecia, Finlandia, en 1809.

En la práctica, sin embargo, el escandinavismo fracasó. La presión de las grandes potencias europeas era demasiado fuerte pues Prusia y Austria tenían intereses estratégicos en el norte, y no dudaron en intervenir para impedir cualquier unión que pudiera fortalecer a Dinamarca.

El escandinavismo terminó siendo más un movimiento cultural que político, con intelectuales y poetas que exaltaban la fraternidad nórdica en revistas y conferencias, pero sin capacidad de traducirlo en alianzas militares o políticas efectivas. Cuando estalló la guerra de los Ducados en 1848–1851 y especialmente la guerra de 1864 contra Prusia y Austria, Dinamarca sufrió derrotas militares que demostraron la fragilidad de cualquier “protección” basada en la hermandad escandinava. El nacionalismo danés se había volcado hacia un sueño cultural y sentimental, pero la realidad geopolítica mostró que la fraternidad de palabras y mitos no podía reemplazar la fuerza de ejércitos y diplomacias. Los suecos no levantaron un dedo para ayudar a sus hermanos del sur.

El siglo XIX estuvo dominado por la tensión entre los liberales urbanos y los campesinos reformistas, que crearon en 1870 el Venstre (Partido Liberal), defensor de la descentralización y la educación popular. Más tarde surgirían los socialdemócratas y el partido campesino. Las escuelas populares de Grundtvig, los movimientos cooperativos agrícolas y la ética del trabajo comunitario crearon una cultura de confianza y participación que explica la estabilidad danesa contemporánea.

No olvidemos la economía, porque sin ella, no se comprenderían los cambios en la sociedad danesa. Mientras Suecia construía su riqueza sobre recursos naturales exportables, madera y hierro, Dinamarca encontró su oportunidad en la producción agrícola orientada al mercado internacional, sobre todo hacia el Reino Unido, donde la industrialización y las ciudades crecientes necesitaban alimentos fiables. Dinamarca se concentró en la modernización agrícola, introduciendo cooperativas, técnicas de cultivo más eficientes y producción láctea organizada. La mantequilla, el queso y otros productos lácteos se convirtieron en artículos de exportación masiva, vendidos a Inglaterra como parte del desayuno inglés: pan, mantequilla y queso, bacón y huevos.

En otras palabras, el bienestar y el desarrollo danés descansaron sobre la demanda británica de sus productos, que a la vez incentivó mejoras tecnológicas, organización social y comercio internacional. La economía rural danesa se transformó así en un modelo productivo altamente eficiente, que permitió al país financiar infraestructuras, educación y estabilidad social, aunque sin grandes recursos naturales como Suecia. La rápida evolución demográfica, no pudo ser absorbida totalmente por la modernización de los medios de producción, lo que obligó a más de 350 000 daneses a emigrar a Estados Unidos. La emigración alcanzó su punto máximo entre 1880 y 1900, coincidiendo con el auge del Medio Oeste estadounidense, especialmente en estados como Iowa, Minnesota y Wisconsin.

A lo largo del siglo XX, Dinamarca avanzó hacia el Estado del bienestar, combinando eficiencia económica, educación universal y cohesión social, herederos directos de aquellas reformas agrarias y educativas del siglo XVIII. Las guerras mundiales marcaron de diferente forma al estado danés, que se mantuvo neutral durante la primera evitan destrucción directa en su territorio, aunque su economía se vio severamente perjudicada. La exportación de productos agrícolas, sobre todo a Alemania y el Reino Unido, se volvió complicada. Hubo escasez de alimentos y aumento de precios, lo que generó tensiones sociales. La segunda guerra mundial la inició también con neutralidad, pero su posición geográfica la hacía vulnerable, estando pegada a Alemania y muy cerca de Noruega. El 9 de abril de 1940, Alemania invadió Dinamarca en la Operación Weserübung, en cuestión de unas pocas horas, ya que el ejército danés no pudo resistir un ataque masivo. Dinamarca optó por cooperar de manera limitada con Alemania para proteger a la población y evitar una ocupación más destructiva, a diferencia de Noruega, que resistió activamente. Durante la ocupación, Dinamarca mantuvo un gobierno títere danés hasta 1943. La economía fue explotada por Alemania, pero la producción agrícola danesa siguió siendo crucial, especialmente para alimentar al Reich.

Hubo algo de resistencia danesa, inicialmente discreta, que se intensificó en 1943 y en 1944. Destaca la protección de la población judía, que permitió la evacuación de más de 7.000 judíos a Suecia, aunque de estos hechos hay diferentes relatos, que desarrollaré en otra entrada.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el escandinavismo, entendido como la idea de cooperación y unidad entre los pueblos del norte de Europa, tuvo un renacer cultural y político, especialmente como reacción a la ocupación alemana y al deseo de reforzar la seguridad regional. Sin embargo, los intentos de crear una organización militar común escandinava fracasaron, porque Dinamarca y Noruega prefirieron alinearse con la OTAN, buscando protección directa frente a la expansión soviética.

Suecia, fiel a su tradición de neutralidad, optó por mantenerse al margen de alianzas militares formales, aunque sí fortaleció la cooperación bilateral con sus vecinos. La falta de consenso sobre quién lideraría la defensa, qué compromisos asumían los países y el temor a provocar a la URSS impidieron que surgiera una fuerza militar conjunta. En la práctica, el escandinavismo se mantuvo más como cooperación cultural, económica y política, mientras que la defensa se internacionalizó a través de la OTAN y, en el caso de Suecia, por acuerdos discretos de seguridad.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Dinamarca se reconstruyó rápidamente, gracias a la ayuda del Plan Marshall y a la modernización de su economía agrícola e industrial. La ocupación alemana dejó cicatrices, pero también reforzó la identidad nacional y el deseo de cooperación internacional. Islandia se independizó formalmente de Dinamarca en 1944, durante la guerra, proclamando la república, mientras las Islas Feroe y Groenlandia mantuvieron vínculos con Dinamarca, logrando una autonomía limitada en 1948, las primeras, mientras que Groenlandia pasó de colonia a territorio autónomo 1979, con un autogobierno ampliado en 2009.

Dinamarca se unió a la OTAN en 1949, priorizando la seguridad frente a la URSS y más tarde, en 1973, ingresó en la Comunidad Económica Europea, precursora de la UE, siguiendo a Gran Bretaña, aunque ha mostrado escepticismo en temas como la moneda única y echa en falta a su gran aliada tras dejar esta la organización a resultas del Brexit.

La posguerra vio una expansión del Estado de bienestar danés, con educación pública, salud y seguridad social avanzadas, mientras la economía se diversificaba, además de la agricultura tradicional, crecieron industrias, servicios y energía, incluida la explotación de recursos pesqueros y energéticos de Groenlandia.

Dinamarca ha experimentado cambios políticos significativos, con alternancia entre socialdemócratas y coaliciones de centro-derecha. Ha enfrentado debates sobre inmigración, soberanía y participación en la UE, manteniendo un modelo de democracia parlamentaria muy estable. La política se ha ido polarizando en algunos sectores, pero el consenso social y la tradición democrática han garantizado continuidad institucional.

Le tengo un cariño especial a Dinamarca. Cada vez que piso Copenhague me siento como en casa; conozco cada rincón, cada monumento, cada museo. Pasear por Strøget me resulta tan natural que incluso a mí mismo me fascina. Comprendo la lengua, aunque no pretendo hablarla; más bien procuro escandinavizar mi sueco para que me entiendan. Los daneses captan todo lo que decimos en sueco, pero los suecos casi no entienden nada de lo que dicen los daneses. Es como la relación entre españoles y portugueses: estos últimos comprenden perfectamente el español, mientras que pocos españoles comprenden, y mucho menos hablan, portugués.

Me gusta su forma de vivir, su “hygge”, esa manera de saborear la vida con calma, esa mezcla de calidez, intimidad, seguridad y disfrute de lo simple, ya sea solo o con amigos y familia, normalmente acompañado de un ambiente acogedor, luz suave, buena comida o bebida, y sensación de calma. Dinamarca es un país feliz, donde la gente muere de bienvivir, y caminar por sus calles me recuerda que la armonía cotidiana también puede ser un arte.


[1] La paz no significó en principio que Dinamarca diera los territorios al norte del Sund por perdidos para siempre, y de hecho, siguió intentando recuperarlos en diferentes ocasiones hasta el 1712, pero sin éxito.

[2] Para hacerse una idea de cómo podía funcionar este sistema, se puede ver la película “Bastarden” (Tierra prometida) una película de 2023 de drama histórico épico dirigida por Nikolaj Arcel y escrita por el mismo Arcel y Anders Thomas Jensen, protagonizada por Mads Mikkelsen y Amanda Collin.

[3] https://es.annas-archive.org/md5/02b87ffe129aa6b1f0f61b7bd8822dda

[4] Recordemos aquí el episodio de los españoles bajo el mando de Jean Baptist Bernadotte, mariscal francés y futuro rey sueco, del que escribí en otra entrada.