Ayer pasé el día trabajando en el jardín. En este delicioso mes de junio, hay que aprovechar para cuidar el jardín, tarea que implica una serie de labores que tienen como objetivo común ayudar a las plantas a crecer y mantener el equilibrio del conjunto. Hay que cortar el césped, podar árboles y arbustos, regar durante los períodos secos, abonar la tierra para devolverle nutrientes, arrancar las malas hierbas, plantar nuevas flores y recoger hojas y frutos caídos. También es necesario vigilar la aparición de plagas o enfermedades y mantener senderos, cercas y pequeñas construcciones que forman parte del jardín. Un poco de todo eso he estado haciendo ayer, se puede decir que de sol a sol.

En realidad, no soy un esclavo del jardín. Disfruto en él y lo cuido con respeto y esmero. No necesito tratar de moldear su forma, sino propiciar simplemente nuestra mutua compenetración. Pero, en estos días, le trato como a un niño que vamos a presentar por primera vez a familiares lejanos: quiero que esté bien limpio y acicalado para que los dos, mi jardín y yo, demos una buena impresión. Sí, así de claro, porque vamos a celebrar la fiesta de fin de curso de mi hijo, la particular, con todo lo que conlleva, aquí en Suecia, de gran fiesta familiar. Vendrán de toda Suecia a pasar ese día con nosotros y es una cuestión de respeto, recibirles bien aseados.

Yo ya, esos días de trabajo intensivo, necesito tomarme algunas pausas, y me suelo sentar en un espacio rodeado de viejos manzanos. Y mis manzanos son viejos, son como yo, tenemos más o menos la misma edad, tres cuartos de siglo. Mis manzanos fueron plantados a mitad del siglo pasado. Supongo que empezarían a dar frutos entre los 3 y 4 años de haber sido plantados y alcanzarían su plena producción entre los 8 y 25 o 30 años, para después entrar en una etapa adulta y seguir dando manzanas hasta los 50 o 80 años, aunque con menor rendimiento, y en casos excepcionales, que es el caso de mis manzanos, puede incluso seguir produciendo más allá de los 100 años, aunque ya de manera mucho menos abundante.

Lo primero que hice cuando el jardín pasó a mi propiedad, fue podar los manzanos. Lo hice tan a conciencia, que tardaron un año en recuperarse, pero me perdonaron y me siguen dando manzanas, no muchas, pero muy ricas. Sentado a la sombra de sus hojas, con las flores ya caídas y el fruto cuajado que serán las manzanas de septiembre, octubre y noviembre, porque uno de mis manzanos da fruto muy tardío, pienso en lo que significa cultivar un jardín, para el cuerpo y el alma.

Quien lleva años cultivando un jardín sabe que el trabajo manual es solo una parte de la tarea. Tan importante como cavar, podar o regar es observar. Hay que aprender dónde da el sol por la mañana y por la tarde, qué rincones conservan mejor la humedad, qué plantas prosperan y cuáles sufren, cómo afectan el viento, la lluvia o las heladas a cada especie. Un jardín enseña que la naturaleza tiene sus propios ritmos y que no todo puede resolverse con prisas. Paciencia; se precisa mucha paciencia, y esa paciencia la consigo de forma automática cuando salgo a mi jardín.

Los chinos le llaman a esa sensación de calma, orden natural y continuidad, feng shui.  Un jardín puede generar feng shui cuando sus elementos están dispuestos de forma que el espacio fluye sin bloqueos ni rigideces y la vegetación se organiza buscando equilibrio entre zonas más densas y zonas abiertas, entre sombra y luz. Se procura una relación equilibrada entre los cinco elementos tradicionales del feng shui: madera, agua, tierra, fuego y metal. Llamémosle a esta sensación como queramos, pero yo siento una paz interior en mi jardín, que me predispone a la paciencia y el tiempo transcurre sin que yo me de cuenta.

Por eso la jardinería es una escuela de paciencia. Un árbol tarda años en crecer, un seto necesita tiempo para adquirir forma y una sombra agradable puede requerir décadas. Quien planta un manzano sabe que quizá otros disfrutarán de sus mejores cosechas. En cierto modo, cuidar un jardín consiste en colaborar con el tiempo, acompañando a las plantas en su desarrollo y aceptando que la naturaleza avanza a una velocidad distinta de la nuestra. Un jardín bien cuidado es el resultado de una atención constante, de pequeñas intervenciones repetidas durante años y de la voluntad de dejar algo mejor de lo que estaba cuando llegamos.

Y el jardín se llenará durante unas horas de gente. Vendrán los nietos, que saben disfrutar del jardín a su manera. Correrán a buscar sus juguetes en la casita y corretearán entre los invitados, que hablaran mas bajo de lo normal, porque el jardín tiene ese efecto casi inmediato de transformación del comportamiento humano. Al entrar en él, casi todos bajan la voz sin darse cuenta, como si el espacio mismo impusiera una especie de sordina natural. No es solo una cuestión de normas explícitas, sino de atmósfera. La presencia de vegetación, la textura del suelo, el ritmo más lento de los recorridos, el sonido amortiguado de los pasos sobre el césped o la grava, e incluso la variación de la luz entre hojas y sombras, generan una percepción distinta del tiempo y del cuerpo.

En algún momento, llegando el atardecer, despertarán los instrumentos, que yacen mudos en la casita, y el jardín cobrará vida. Las hojas, el viento y el agua dejan de ser los únicos protagonistas, y la música introduce una segunda capa de realidad, como si el propio jardín comenzara a respirar de otra manera. Los instrumentos prolongan el equilibrio, la melodía se mezcla con el murmullo de los árboles, el canto de los pájaros o el ruido leve del viento, y todo se integra en una misma continuidad sonora.

En ese momento el jardín se convierte en una especie de espacio vivo en el que mis hijos, al tomar los instrumentos, empiezan a habitarlo de otra manera. No hay partitura ni orden previo, solo la disposición a escuchar lo que el lugar sugiere y responder a ello. Uno inicia un motivo breve, quizá inseguro al principio, y otro lo recoge, lo transforma o lo contradice, como si el diálogo fuera también con el viento, con el rumor de las hojas y con la propia resonancia del espacio.

En algún momento, sin que nadie lo decida, alguien empezará a cantar. Será un hilo de memoria que se abre paso entre los instrumentos y el murmullo del jardín. Poco a poco otros se sumarán, formando un coro improvisado donde las voces entran a destiempo, con letras conocidas a medias, fragmentos que se recuerdan, como si la música estuviera hecha de restos de otras celebraciones, de otros tiempos, de otras edades compartidas.

El jardín, que ya había cambiado con la música instrumental, se volverá aún más humano, porque el timbre humano introduce una cercanía distinta, más frágil. Las canciones no pertenecen del todo al presente, arrastran recuerdos, historias personales, escenas antiguas que reaparecen sin aviso. Y en esa mezcla de presente y memoria, de alegría y despedida, El canto colectivo cohesiona lo que antes era solo una suma de individuos dispersos en el jardín. Al unirse las voces, aunque sean imperfectas, incompletas o ligeramente desajustadas, se forma una especie de unidad emocional que emana de la experiencia compartida.

Después caerá la breve noche de junio y los instrumentos, los cantos y las voces se irán apagando. Los invitados irán despidiéndose entre abrazos y sonrisas, caras cansadas pero felices, niños ya dormidos. El jardín volverá a su silencio, apenas roto por el canto de un pájaro trasnochador, quizá un ruiseñor, que en estas noches claras de verano a veces canta como si el día no hubiera terminado del todo, o como si la noche aún no hubiera decidido empezar.