¿Sabéis que se aprende mucho leyendo? Es una broma. Todos sabéis eso y por eso estáis leyendo ahora mismo. Seguramente estaréis pensando que depende de que lectura, porque hay tanta porquería por ahí, que cuesta trabajo encontrar buena lectura. Para mí la buena lectura es aquella que obliga a pensar, despierta nuevas preguntas y amplía mi manera de comprender el mundo. Es aquella lectura que conecta ideas aparentemente lejanas, que pone en diálogo la historia con el presente, la economía con la filosofía, la política con la cultura o la ciencia con la vida cotidiana. Valoro los textos rigurosos, bien documentados y escritos con claridad, porque el conocimiento solo resulta verdaderamente útil cuando está al servicio de la comprensión y no de la simple acumulación de datos.
Una buena lectura tampoco confirma necesariamente mis opiniones; al contrario, me invita a revisarlas, a cuestionarlas y a contemplar la realidad desde perspectivas distintas. Cuando cierro un libro o termino un artículo y descubro que he aprendido algo, que he encontrado una conexión inesperada o que miro un problema con otros ojos, siento que la lectura ha cumplido su propósito. En ese sentido, leer es mucho más que recibir información, es mantener una conversación permanente con el pasado, con el presente y con las ideas de otras personas, una conversación que, poco a poco, también me transforma. Bueno, qué puedo deciros a vosotros que no sepáis ya.
Este largo preámbulo se debe hoy a que he leído un artículo en Charlie Hebdo, Adieu la démocratie, la « futarchy » veut mettre les parieurs au pouvoir (Adios a la democracia, la futarquía quiere poner a los apostadores en el poder). Este artículo, escrito por Lorraine Redaud me ha dado que pensar, y mucho. Algunos de vosotros pensareis seguramente que, Charlie Hebdo es una revista de humor y, por tanto, no hay que tomarse las cosas que allí se escriben muy en serio, pero, Charlie Hebdo no es cualquier revista de humor, sino un semanario satírico francés fundado en 1970, que es el heredero de una larga tradición de prensa irreverente y anticlerical en Francia, ya os hablaba yo el otro día de Le Charivari. Bueno, pues, en este semanario se publican caricaturas, reportajes, artículos de opinión y sátiras sobre política, religión, cultura y actualidad. El objetivo no es informar de manera neutral, sino provocar, cuestionar y ridiculizar a quienes considera poderosos o influyentes. Hay varias razones por las que merece la pena tomarse en serio sus bromas y sus artículos, aunque no siempre se esté de acuerdo con ellos.
El tema de la futarquía es completamente nuevo para mí. Es la primera vez que lo oigo o lo leo. Para simplificar un poco, parece que, la futarquía de futarchy, en inglés, es un sistema de gobierno que propone utilizar mercados de predicción para tomar decisiones políticas. ¡Aha! Med digo. Esto me va muy bien con la imagen que le pedí a la IA que me produjese para ilustrar mi entrada de ayer y, de cierta manera, yo tocaba este tema antes de conocer que había toda una teoría de la predicción. Interesante, ¿verdad? Pues empecé leyéndolo y no daba crédito a lo que allí se explicaba. Lorraine Redaud lo describe así:
“Es una pregunta que se plantean sin cesar los pensadores estadounidenses: ¿cómo poner en jaque a la democracia? En los últimos meses, impulsada por la locura desatada en torno a plataformas de apuestas en línea como Polymarket, la «futarquía», un nuevo modelo de gobernanza basado en los mercados de predicción, está a punto de lograr el premio gordo.
Robin Hanson tiene un aspecto simpático. Un rostro redondo, pómulos altos, una sonrisa bastante luminosa. Su frente amplia, por su parte, nos recuerda que el imaginario colectivo, convencido de que este rasgo facial es un signo de gran inteligencia, se equivoca. Porque este hombre, aunque ciertamente ingenioso, tiene una idea aterradora para cambiar el mundo: la futarquía.
Este modelo de gobernanza, que el estadounidense de sesenta y tantos años teorizó en los años noventa, lleva desde entonces defendiendo que se aplique. Su principio es sencillo: en lugar de basarse en las opiniones de los responsables políticos para votar las leyes, Hanson propone apoyarse en los mercados de predicción. Dicho claramente, esto significa que, para que una política sea adoptada, los electores, convertidos en apostadores, deben primero apostar por su éxito.”
Esto me hizo pensar que esta futarquia no es moco de pavo, por decirlo así, y me decidí a tratar de buscar por la red todo lo que pudiera haber sobre ello. Encuentro rápidamente al creador de la teoría, identificado como Robin Hanson, un economista, investigador y escritor estadounidense conocido sobre todo por sus trabajos sobre mercados de predicción, futarquía, teoría de la señalización y por sus ideas poco convencionales sobre cómo podría organizarse la sociedad. Este Hanson, nació en 1959 y es profesor asociado de Economía en la George Mason University. También trabajó durante años en el ámbito de la inteligencia artificial en el Future of Humanity Institute y en la investigación sobre el futuro de la humanidad. Bueno, pues ya sabemos algo sobre él.
Su idea más famosa, y la que ha hecho que me interese por él, apareció en los años noventa: la futarquía. Su propuesta parte de una crítica a la democracia tradicional, en la que los ciudadanos y los políticos, según Hanson, suelen votar o decidir basándose en identidades, emociones o ideologías, mientras que los mercados pueden reunir información dispersa de millones de participantes. Por eso propone un sistema donde los ciudadanos decidirían los objetivos colectivos qué queremos conseguir mientras los mercados de predicción determinarían qué políticas tienen más probabilidades de alcanzar esos objetivos.
Él suele resumir su propuesta con las frases “Vote values, but bet beliefs” (Vota los valores, pero apuesta por las creencias). Es decir, la democracia decidiría los fines, mientras los mercados decidirían los medios. Hanson es una figura polémica porque sus ideas mezclan economía, inteligencia artificial, teoría de juegos y filosofía política. Sus defensores lo consideran un pensador innovador que intenta resolver problemas reales de la democracia: la desinformación, el cortoplacismo político y la falta de evaluación de las políticas públicas. Sus críticos creen que su propuesta da demasiado poder a quienes tienen dinero para apostar, reduce la política a indicadores cuantificables y puede convertir decisiones éticas y sociales en simples cálculos de eficiencia.
Además de la futarquía, Hanson es conocido por sus trabajos sobre racionalidad humana, mercados de predicción, inteligencia artificial y por el libro The Elephant in the Brain[1], escrito junto con Kevin Simler, donde sostiene que muchas de nuestras motivaciones reales están ocultas incluso para nosotros mismos y que los seres humanos suelen racionalizar sus comportamientos después de actuar.
En cierto modo, creo yo, Hanson representa una corriente muy característica de Silicon Valley y de algunos círculos tecnológicos estadounidenses, o sea, la idea de que muchos problemas sociales pueden abordarse mediante incentivos, datos, mercados e inteligencia colectiva. La futarquía es quizá su propuesta más radical, porque propone sustituir parte del debate político por una especie de “mercado de futuros” sobre las consecuencias de nuestras decisiones.
Ahora me veo obligado a leer el libro ese, voy a ver si lo encuentro, porque lo que leo sobre su contenido me resulta altamente atractivo: El elefante en el cerebro: motivos ocultos en la vida cotidiana, es un libro de divulgación publicado en 2018 por Kevin Simler y Robin Hanson sobre el comportamiento humano, el autoengaño y las motivaciones ocultas. El libro llamó la atención por su tesis provocadora de que muchas de nuestras acciones están impulsadas menos por las razones que nosotros mismos declaramos y más por incentivos sociales y evolutivos inconscientes. No me negaréis que la presentación del libro es de lo más excitante:
“Los seres humanos somos primates, y los primates son animales políticos. Por tanto, nuestros cerebros no están diseñados únicamente para cazar y recolectar, sino también para ayudarnos a progresar socialmente, a menudo mediante el engaño y el autoengaño. Pero, aunque podamos ser estrategas interesados en nuestro propio beneficio, nos conviene aparentar lo contrario. Cuanto menos sepamos sobre nuestros propios motivos poco nobles, mejor; por eso no nos gusta hablar, ni siquiera pensar, sobre hasta qué punto somos egoístas. Este es «el elefante en el cerebro».
Este tabú introspectivo hace que nos resulte difícil pensar con claridad sobre nuestra naturaleza y sobre las explicaciones de nuestro comportamiento. El objetivo de este libro es, por tanto, enfrentarnos directamente a nuestras motivaciones ocultas: rastrear los rincones más oscuros e inexplorados de nuestra mente y enfocarlos con potentes reflectores. Después, una vez que todo sea claramente visible, podremos esforzarnos por comprendernos mejor a nosotros mismos:
¿Por qué nos reímos?
¿Por qué los artistas resultan atractivos?
¿Por qué presumimos de nuestros viajes?
¿Por qué preferimos hablar antes que escuchar?
Nuestros motivos inconscientes impulsan algo más que nuestro comportamiento privado; también impregnan nuestras veneradas instituciones sociales, como el arte, la escuela, la caridad, la medicina, la política y la religión. De hecho, estas instituciones están diseñadas en muchos aspectos para adaptarse a nuestras motivaciones ocultas, para servir a agendas encubiertas junto con sus objetivos “oficiales”.
La existencia de grandes motivaciones ocultas puede alterar los debates políticos habituales, llevándonos a cuestionar la legitimidad de estas instituciones sociales y de las políticas convencionales destinadas a favorecerlas o desalentarlas. Después de enfrentarte al elefante en el cerebro, ya no volverás a verte a ti mismo, ni al mundo, de la misma manera.”
Cuando lea el libro de rabo a cabo os lo contaré. Ahora quiero profundizar un poco en la propia teoría de la futarquía. Su idea es más o menos que, en lugar de que los políticos decidan directamente qué medidas adoptar, se plantearía una política y se utilizarían mercados de apuestas en los que los participantes apostarían sobre sus posibles consecuencias. Por ejemplo:
Si la propuesta es aumentar los impuestos al carbono, cosa que los ecologistas y otros plantean para reaccionar frente al cambio climático, la pregunta del mercado: ¿qué efecto tendría esta medida sobre el PIB, el desempleo o las emisiones?
Los participantes comprarían y venderían contratos según su previsión. El precio de esos contratos serviría como una especie de pronóstico colectivo sobre el resultado de la política.
Sigamos suponiendo que el objetivo es reducir las emisiones sin destruir el empleo. Se podrían comparar varias políticas:
A: impuesto al carbono.
B: subvenciones a las energías renovables.
C: prohibición de determinados combustibles.
Los mercados de predicción intentarían estimar cuál produciría mejores resultados. La política con mejores previsiones sería la elegida.
La idea parece que ha cobrado fuerza gracias a plataformas como Polymarket, que permiten apostar sobre acontecimientos políticos y económicos. Sus defensores creen que estos mercados pueden reunir información dispersa y producir previsiones más precisas que los políticos, los expertos o las encuestas. Los críticos, sin embargo, señalan problemas importantes como, quién participa en esos mercados, la posibilidad de manipulación, la desigualdad económica y la dificultad de convertir valores políticos, justicia, libertad o igualdad, en simples indicadores cuantificables.
En el fondo, la futarquía plantea una pregunta muy actual, que se puede formular de esta manera: ¿podría una sociedad tomar mejores decisiones políticas si confiara menos en los políticos y más en la información agregada por los mercados?
Polymarket es una plataforma de mercados de predicción donde las personas pueden comprar y vender contratos relacionados con acontecimientos futuros. El ejemplo está aquí en la actual copa del mundo de fútbol[2]. En lugar de funcionar como una casa de apuestas tradicional, su objetivo es convertir las opiniones y previsiones de miles de participantes en una estimación colectiva sobre la probabilidad de que ocurra algo. La idea fundamental es que, cuando las personas arriesgan su propio dinero sobre una predicción, tienen un incentivo para analizar mejor la información disponible, y el precio resultante del mercado puede ofrecer una señal sobre lo que probablemente sucederá.
El funcionamiento es relativamente sencillo. La plataforma plantea una pregunta sobre un acontecimiento futuro, por ejemplo: «¿Ganará determinado candidato unas elecciones?», «¿Bajará la inflación por debajo de cierto nivel?» o «¿Se producirá un acontecimiento político antes de una fecha concreta?». Para cada pregunta se crean contratos con dos posibles resultados, normalmente «sí» o «no». El precio de cada contrato oscila entre cero y un dólar y representa aproximadamente la probabilidad que el mercado atribuye a ese resultado. Si un contrato que predice que algo ocurrirá cuesta 0,70 dólares, significa que los participantes están valorando en torno al 70 % la posibilidad de que suceda. Si finalmente ocurre, el contrato pasa a valer un dólar; si no ocurre, pierde su valor.
La lógica es que los participantes que tengan mejor información o una previsión más acertada pueden obtener beneficios comprando contratos que consideran infravalorados o vendiendo aquellos cuyo precio creen excesivo. De esta manera, el mercado funciona como un mecanismo de agregación de información: cada persona aporta su conocimiento, sus análisis o sus intuiciones, y el precio final intenta reflejar la opinión colectiva de todos los participantes.
Polymarket se ha hecho especialmente conocido por sus mercados relacionados con elecciones, política internacional, economía y acontecimientos públicos. Su interés para pensadores como Robin Hanson está relacionado con la idea de que los mercados pueden ser herramientas más eficaces que los debates tradicionales para descubrir información dispersa. Según esta visión, muchas personas poseen pequeños fragmentos de conocimiento que, cuando se combinan mediante un mercado, pueden producir previsiones sorprendentemente precisas.
Esta idea está en la base de la futarquía propuesta por Hanson. En lugar de dejar que los políticos decidan únicamente a partir de sus opiniones o ideologías, se podrían utilizar mercados de predicción para evaluar qué políticas tienen más probabilidades de alcanzar determinados objetivos. La ciudadanía decidiría los fines, por ejemplo, más crecimiento económico, menos contaminación o mayor esperanza de vida, y los mercados ayudarían a determinar qué medios parecen más eficaces para conseguirlos.
Sin embargo, Polymarket y la idea de la futarquía también generan fuertes críticas porque, un mercado de predicción no descubre necesariamente la verdad, sino que refleja las creencias de quienes participan en él. Si los participantes tienen información equivocada, si existe manipulación o si solo participan personas con determinados intereses, el resultado puede ser incorrecto. Además, el dinero introduce una desigualdad pues, quien dispone de más recursos puede tener más capacidad para influir en el mercado.
La crítica más profunda es que la política no consiste únicamente en prever consecuencias. Una sociedad no decide solo preguntándose qué medida será más eficiente, sino también qué considera justo, legítimo o moralmente deseable. La igualdad, la libertad, los derechos humanos o la dignidad no pueden reducirse fácilmente a una apuesta sobre resultados futuros.
Por eso, a mí me parece que Polymarket resulta interesante como un experimento sobre la relación entre información, democracia y poder. Plantea una pregunta que es central de nuestro tiempo, si los mercados pueden reunir mejor que nadie la información dispersa de millones de individuos, ¿deberíamos utilizarlos para tomar decisiones colectivas? O, por el contrario, ¿existe el riesgo de que sustituyamos el debate democrático por un sistema donde las predicciones de quienes tienen más información o más dinero terminen teniendo más peso que la voluntad ciudadana?
Yo debo confesar que no lo sé. He aprendido algo interesante leyendo el artículo en Charlie Hebdo y os lo cuento. Sigo pensando en estas cosas, porque no puedo evitarlo, y lo comparto con vosotros, por si queréis opinar. Yo por mi parte, voy a leer ese libro del elefante en el cerebro, porque, puestos a pensar, soy consciente de que, al menos en la presentación, dice muchas cosas que reconozco en propia persona y creo que vosotros también lo haréis.
[1]https://books.google.se/books?id=mcM9DwAAQBAJ&pg=PA1&hl=sv&source=gbs_toc_r&cad=2#v=onepage&q&f=false
[2] https://polymarket.com/sports/world-cup/fifwc-esp-arg-2026-07-19
Adieu la démocratie, la « futarchy » veut mettre les parieurs au pouvoir – Charlie Hebdo

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