Estoy alegre y uso a sabiendas el verbo estar, porque la alegría no es una emoción permanente. Nadie puede vivir en una celebración continua. La tristeza, la preocupación y el dolor forman parte inevitable de la existencia humana. Pero la alegría puede ser una actitud ante el mundo, una disposición interior que nos permite reconocer aquello que merece ser celebrado incluso en medio de las dificultades.

La alegría suele confundirse con la felicidad, pero creo que son cosas distintas. La felicidad parece a menudo una meta lejana, un estado de plenitud que imaginamos alcanzar cuando se cumplan determinadas condiciones, como tener éxito, resolver nuestros problemas, conseguir aquello que deseamos. La alegría, en cambio, es más humilde y más cercana. No depende de que la vida sea perfecta, sino de la manera en que elegimos relacionarnos con ella. Estoy alegre, elijo la alegría un día como hoy.

Elegir la alegría no significa negar la realidad ni mirar el mundo con un optimismo ingenuo, aunque a veces se me tache justo de eso. Para mí, estar alegre significa prestar atención a aquello que da sentido a la propia existencia. Es una forma de resistencia contra la tendencia humana a fijarse únicamente en lo que falta, en lo que no funciona, en lo que podría salir mal, en el vaso medio vacío. El filósofo francés Michel de Montaigne escribió que la vida debe ser saboreada y no simplemente soportada. No se trata solamente de añadir años a la vida, sino de añadir vida a los años.

La alegría tiene raíces profundas en nuestra biología. Durante millones de años, nuestro cerebro evolucionó para buscar aquello que favorecía nuestra supervivencia, la exploración, el vínculo social, el aprendizaje y el juego. Un niño que juega está desarrollando habilidades esenciales, aprende reglas, imagina mundos posibles, coopera con otros y descubre su entorno. Hay un niño dentro de este viejo cuerpo, y sigo siendo curioso y la curiosidad me produce alegría.

Para Epicuro, la buena vida no consistía en acumular placeres ilimitados, sino en alcanzar la tranquilidad del alma, la “ataraxia”. La amistad, la conversación y los placeres sencillos, una comida compartida, un jardín, la reflexión, eran más importantes que la riqueza o el poder. Baruch Spinoza entendió la alegría, la “laetitia”, como el aumento de nuestra capacidad de actuar y comprender. Nos sentimos alegres cuando pasamos de una existencia dominada por fuerzas externas a una vida guiada por la razón y el conocimiento. Esto último me va muy bien, porque mis periodos de alegría han ido aumentando a partir de pasar a las clases pasivas.

Para Friedrich Nietzsche, la alegría era inseparable de la afirmación de la vida. Su famoso “sí a la vida” significaba aceptar la existencia completa, con sus luces y sus sombras. Y Bertrand Russell, en La conquista de la felicidad, defendió la idea de que, muchas veces la infelicidad nace de encerrarnos demasiado en nosotros mismos. La curiosidad por el mundo, el interés por los demás y la actividad creadora son, para Russell, caminos hacia una vida más plena. Me apunto a todo eso y añado que, para mí, la naturaleza ocupa un lugar especial. Caminar entre árboles, observar aves, cultivar una planta o contemplar un paisaje me produce una sensación de conexión que me produce alegría.

Yo sé que la alegría no se encuentra solamente en los grandes acontecimientos, sino en esos pequeños momentos que, si estamos atentos, pueden convertirse en verdaderos regalos. La alegría cotidiana está muchas veces escondida en aquello que hacemos sin darle demasiada importancia. Para mí, una caminata puede ser mucho más que desplazarse de un lugar a otro. Puede ser un diálogo con mí mismo, una forma de ordenar los pensamientos, de observar cómo cambia la luz entre los árboles, cómo una estación sucede a otra, cómo la naturaleza sigue su ritmo. Caminar es una manera sencilla de reconciliarme con el tiempo.

También encuentro alegría en la lectura. Abrir un libro significa salir de los límites de la propia existencia. La lectura me recuerda que no estoy solo, que mis preguntas han acompañado a la humanidad desde siempre y que cada generación busca, con palabras nuevas, respuestas a las mismas cuestiones fundamentales.

Quizá por eso la enseñanza ha sido para mí otra fuente de alegría. Enseñar consiste en participar en la construcción de otras vidas. Cuando un alumno descubre algo que antes desconocía, cuando una idea despierta su curiosidad, cuando una pregunta abre un camino inesperado, algo de esa alegría pasa también al profesor. La educación es, en el fondo, un acto de confianza en el futuro.

La música tiene también ese poder misterioso. No siempre puedo explicar por qué una melodía me conmueve, por qué una canción puede transportarme a un momento concreto de mi vida o por qué una sinfonía escrita hace siglos puede seguir hablándome hoy. Y está la conversación. Quizá una de las formas más antiguas y más profundas de alegría humana. Una conversación tranquila con un amigo, una discusión apasionada sobre una idea, una charla inesperada con alguien que acabamos de conocer, todo eso proporciona alegría.

Con los años he aprendido que la alegría no tiene mucho que ver con tener una vida sin problemas. Esa vida no existe. Tiene más que ver con la capacidad de encontrar sentido incluso cuando aparecen las dificultades. No elegimos todo lo que nos ocurre, pero sí podemos elegir, al menos en parte, la mirada con la que afrontamos lo que nos ocurre.

La juventud tiene la alegría del descubrimiento, la madurez puede tener la alegría del reconocimiento. Ya no descubrimos por primera vez todas las cosas, pero aprendemos a valorarlas más profundamente. Estoy aprendiendo a envejecer, en cierto modo, aprender otra forma de alegría, sin la energía física, la velocidad, la novedad constante, la sensación de que todo está por delante.

Cuando yo era joven, miraba mucho hacia el futuro. Yo vivía proyectándome hacia lo que sería, lo que conseguirá, los lugares que conocería, las experiencias que me esperaban. Ahora voy aprendiendo poco a poco a habitar más intensamente el presente. No porque haya dejado de tener proyectos, que los tengo, sino porque comprendo mejor que la vida es aquello que ya está ocurriendo ahora mismo.

Una de las grandes conquistas de la edad, es para mí, esta capacidad de agradecer lo cotidiano. Un café tranquilo por la mañana, una conversación con alguien querido, una flor que aparece en el jardín, el canto de un pájaro que reconocemos, un paseo por un camino conocido. Son cosas pequeñas, pero la vida está hecha precisamente de esas pequeñas cosas. La juventud busca a menudo momentos extraordinarios, pero en la vejez aprendemos a descubrir lo extraordinario en los momentos ordinarios.

Envejecer también significa aceptar la pérdida. Yo he perdido capacidades, he perdido personas queridas, ilusiones que ya no tienen sentido. Hay una nostalgia inevitable en el paso del tiempo, hay que reconocerlo, pero la nostalgia no tiene por qué ser enemiga de la alegría, porque es una forma de amor hacia aquello que hemos vivido. Recordar significa para mí, reconocer que hemos recibido mucho de la vida.

El filósofo romano Séneca escribió sobre la brevedad de la vida y nos recordó que el problema no es que tengamos poco tiempo, sino que muchas veces desperdiciamos una parte importante de él. La cuestión no es solamente cuánto vivimos, sino cómo vivimos aquello que nos ha sido dado. Por eso no quiero pensar en la jubilación (ya van siete años) como una retirada, sino como una transformación. Durante muchos años he estado sometidos a horarios, obligaciones y responsabilidades. De repente aparece un tiempo diferente, un tiempo que ya no está organizado únicamente por las exigencias externas. Ese tiempo puede convertirse en una oportunidad extraordinaria.

Hay personas jóvenes que ya han perdido la capacidad de asombro, y personas mayores que mantienen una extraordinaria vitalidad porque siguen interesándose por el mundo. Yo quiero pertenecer a este segundo grupo, porque saber que la vida es limitada no debería llenarnos únicamente de tristeza, ya que también puede hacer que cada momento tenga más valor. Una puesta de sol es hermosa precisamente porque no dura para siempre.

Por eso declaro que estoy alegre porque envejezco, ya que, la alegría de vivir no consiste en negar el paso del tiempo, sino en caminar con él. Aceptar que cada etapa tiene su propia belleza. Y descubrir que, mientras mantengamos la curiosidad, la capacidad de amar y la voluntad de seguir aprendiendo, todavía tenemos muchas razones para decir que estoy alegre hoy porque todavía puedo sorprenderme, porque sigo teniendo preguntas, porque puedo aprender algo nuevo, porque puedo pasear, leer, conversar, cultivar una planta, escuchar música o contemplar un paisaje. Estoy alegre porque sigo sintiendo que la vida, con todas sus contradicciones, sigue siendo una aventura que merece ser vivida.