Los Coloquios de Cristòfol Despuig suelen leerse hoy a través de debates contemporáneos sobre Cataluña y España. Sin embargo, para comprender realmente su significado conviene situarlos en el contexto de su tiempo. Despuig escribe en una España que se está convirtiendo en la primera potencia mundial, con dominios en Europa, América, África y Asia. Mientras la Monarquía Hispánica expande su influencia por el mundo, algunos intelectuales de los territorios de la antigua Corona de Aragón comienzan a percibir que el centro político, cultural y lingüístico del nuevo imperio se desplaza progresivamente hacia Castilla. Sus reflexiones forman parte del debate, presente en toda Europa, sobre la relación entre los poderes centrales y las identidades territoriales, entre las lenguas dominantes y las lenguas propias, entre la construcción de grandes Estados y la preservación de las tradiciones locales. Leídos desde esta perspectiva, los Coloquios son un testimonio temprano de las tensiones que acompañaron la formación de la Europa moderna.
No puedo evitar, como es lógico, comparar con Suecia. Si miramos con atención lo que estaba ocurriendo a la vez en el país nórdico, encontraremos similitudes. La diferencia fundamental es que Suecia llegó a la Edad Moderna siendo mucho más homogénea lingüística y culturalmente que la Monarquía Hispánica. Mientras España era una unión de reinos con leyes, instituciones y lenguas distintas, Suecia estaba mucho más centralizada desde finales de la Edad Media. No existía un equivalente sueco de la Corona de Aragón, aunque sí entidades antiguas y centros de poder que se vieron amenazados y finalmente incorporados en el Estado centralizado, proyecto de Estado-Nación concebido por Gustavo Vasa a partir de 1527.
Tensiones las hubo en Suecia, muy pronunciadas y serias, la diferencia con España es que, mientras Gustavo Vasa logró someter las resistencias locales y sentar las bases de un Estado sueco cada vez más centralizado, la Monarquía Hispánica nunca consiguió integrar completamente sus distintos territorios bajo un mismo modelo político. Los Coloquios de Despuig reflejan precisamente esa tensión. No son la voz de una provincia rebelde contra el Estado, sino la de una élite que observa cómo el centro de gravedad de una monarquía plural se desplaza hacia Castilla y teme perder el protagonismo que Cataluña había tenido durante siglos.
Quiero seguir un poco dentro del coloquio para explicar su estructura interior. Despuig usa un alter ego, Don Pedro (D.P.), que es el personaje más importante del diálogo. Representa por tanto al propio Despuig o, al menos, sus ideas principales. Es un caballero tortosino culto, conocedor de la historia de Cataluña y defensor de la dignidad de la Corona de Aragón y de la lengua catalana. El personaje (L.) es Lucio, un caballero valenciano, cuyo nombre recuerda al mundo romano y al gusto humanista del Renacimiento. Participa en las discusiones sobre historia, lengua y política. Suele expresar opiniones que permiten desarrollar el debate. Fabio (F.) es otro interlocutor, también un caballero culto. Su función es a menudo introducir preguntas o matices que permiten que don Pedro exponga sus argumentos. En el pasaje sobre la lengua catalana, por ejemplo, interviene cuando se habla del retroceso del catalán frente al castellano. En algunos pasajes aparece un interlocutor identificado como valenciano, relacionado con las conversaciones sobre la lengua y la Corona de Aragón. Hay también un mercader, que no participa como un gran interlocutor intelectual, sino que aparece mencionado dentro de la conversación. Representa el mundo comercial, cuya importancia Despuig reivindica.
Dentro del coloquio hay un paso en el que Don Pedro, el alter ego de Despuig, le dice a su interlocutor Lucio:
D. P. No espera de mí, que ya yo tengo acabado lo que había de negociar con él, y no era más de que me diese aquí por ahora cien ducados y que me hiciese crédito para Barcelona de quinientos para los días que estaré allí.
L. ¡Oh, ¡qué grandes son las necesidades que cada hora tenemos los caballeros de esta gente!
F. Pues, a fe que están bien en el mundo, y que además del servicio que hacen por sus propias ganancias, muchas cosas llegan a noticia de los hombres de todas las partes del mundo por su industria y comercio, que no llegarían si ellos no fuesen.
D. P. No hay que dudar que, en verdad, mucho tiempo ha que el arte del negocio es bastante estimada y usada por muchos caballeros y ciudadanos honrados, y hoy por hoy no deja de serlo todavía en Valencia.
L. Y lo mismo también en Barcelona y en otras partes; y en Tortosa he oído yo que solía ser el negocio también muy tratado.
F. De eso puedo yo dar tan buena razón como nadie, porque tengo libros en mi casa y he visto también en otras casas de aquí, con los cuales se muestra bien que era mucha cosa el negocio que aquí se trataba, y a fe que se extendía mucho.
D. P. Sería hasta Barcelona y Valencia.
F. Bien está eso; ¿y por qué no hasta Génova, Roma, Nápoles, Venecia y Cádiz, Chipre, Sicilia y la parte de Poniente, Sevilla, Portugal, y pasaban a Flandes, a Inglaterra y a otras partes?
L. ¡Santa María! ¿Tanto se extendía su ramificación? Pues ahora no me maravilla que en cada casa de los ciudadanos, en la mayor parte, tengan una marca entallada en piedra, la cual muestran tenerla en tanta estima como las armas propias que poseen.
D. P. Hacen bien, que ya que no tienen aquellos tantos dineros con los que negociaban, que al menos guarden las marcas para cuando vuelvan a tener dinero para hacer negocio.
L. Igual sería tener el dinero que ellas; pero de esto de guardarlas, prometedme que lo hacen, y tanto, que para tenerlas bien guardadas os hago saber, señor, que las ponen en sus capillas y sepulturas.
D. P. No es posible.
L. Yo os digo la verdad.
F. ¿Que no tienen a bien, señor Libio, que las marcas estén allí?
L. No, ciertamente.
F. ¿Y las armas tampoco?
L. Sí, las armas.
F. ¿Y cómo? ¿No son los dos señales obra profana? Pues ¿por qué ha de estar una más que la otra? Antes me parece a mí que, por razón, deberían estar allí las marcas y no las armas, porque las primeras señalan en cierta manera paz, y las últimas anuncian guerra; y ved si estaría en la Iglesia mejor la señal de paz que no la de guerra.
Este pasaje es muy interesante porque muestra una faceta que suele quedar eclipsada, la importancia social y cultural de la burguesía mercantil. Despuig está hablando de las marcas comerciales de los mercaderes, los senyals o marcas de casa, que funcionaban como una especie de firma o emblema familiar. Lo sorprendente es que el texto muestra que estas marcas habían adquirido casi el mismo prestigio que los escudos nobiliarios (armes). El diálogo incluso plantea una oposición simbólica, pues, las armas nobiliarias representan la guerra, la nobleza militar y el linaje, mientras las marcas mercantiles representan el comercio, la paz y la prosperidad urbana.
Es una visión muy propia de las ciudades mediterráneas de la Corona de Aragón, donde comerciantes y ciudadanos honrados podían alcanzar un prestigio social comparable al de la pequeña nobleza. También refuerza la idea de que Barcelona, Valencia y Tortosa pertenecían a un espacio comercial conectado con Génova, Roma, Nápoles, Venecia, Sicilia, Flandes e Inglaterra, es decir, a una red mediterránea y europea muy amplia. En relación con Despuig y la cuestión de la centralidad dentro de España, este fragmento añade un elemento económico, la pérdida de protagonismo catalán no era solo política o lingüística, sino también la pérdida de una posición privilegiada en las redes comerciales mediterráneas.
En los Estados-Nación unificados, como Suecia, Francia o Inglaterra, la religión juega un papel fundamental como instrumento de construcción nacional. En una época en la que la fe no era solo una cuestión espiritual, sino también una forma de organizar la sociedad y legitimar el poder, las monarquías utilizaron la religión para crear una identidad común y reforzar la autoridad del Estado.
En Suecia, Gustavo Vasa convirtió la Reforma protestante en una herramienta decisiva para fortalecer la Corona. La ruptura con Roma permitió al rey controlar la Iglesia, apropiarse de sus bienes y crear una estructura religiosa subordinada al Estado. La Iglesia luterana no solo transmitía una doctrina, sino que contribuía a extender la presencia del poder real hasta las comunidades más pequeñas. En Inglaterra ocurrió algo parecido tras la ruptura de Enrique VIII con Roma. La Iglesia anglicana se convirtió en una expresión de la identidad política inglesa y en un elemento de fidelidad a la monarquía. Ser inglés quedó asociado durante mucho tiempo a pertenecer a una comunidad religiosa definida frente al catolicismo romano. Francia siguió un camino diferente, pues mantuvo el catolicismo como religión oficial, pero también utilizó la unidad religiosa como un elemento de cohesión política después de las guerras de religión del siglo XVI. La monarquía francesa entendió que la estabilidad del reino dependía en gran medida de reducir las divisiones internas.
El caso español fue distinto. La Monarquía Hispánica también hizo del catolicismo uno de los pilares de su identidad, pero no consiguió convertirse en un Estado plenamente uniforme como Francia, Suecia o Inglaterra. Su estructura seguía siendo la de una monarquía compuesta por diferentes reinos con leyes, instituciones y tradiciones propias. Castilla, Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca o Navarra no eran simples provincias, sino territorios con una personalidad política heredada de la Edad Media. Y, aquí tenemos una de las grandes diferencias: los reinos españoles tuvieron una política particular y diferente respecto a Roma.
La diferencia entre Castilla y la Corona de Aragón no estuvo en la fidelidad a Roma, pues ambas fueron profundamente católicas, sino en la función que Roma había desempeñado en sus respectivas historias. Para Castilla, el papado fue sobre todo un legitimador de la monarquía y de su expansión, mientras, para la Corona de Aragón, Roma había formado parte de un complejo equilibrio mediterráneo de reinos, papas y potencias italianas. Cuando ese Mediterráneo perdió centralidad frente al Atlántico y América, Cataluña perdió también parte del mundo en el que había construido su protagonismo histórico.
Esta diferencia es esencial para comprender textos como los Coloquios de Cristòfol Despuig. El problema que plantea no es el de una oposición entre Cataluña y España, sino el de una tensión entre una monarquía plural y la tendencia creciente a identificar España con Castilla. Mientras otros Estados europeos utilizaron la religión y la centralización política para construir identidades más homogéneas, la Monarquía Hispánica mantuvo durante mucho tiempo la contradicción de ser una gran potencia imperial sin haber resuelto completamente la relación entre sus distintos territorios.
También hay una relación de fuerza entre la Monarquía Hispánica y la Santa Sede que se refleja en los coloquios.
“L. También tenemos ese Breve aquí en Cataluña, mas, señor, eso que decís es malicia y rabia que ponen en la obra; y ya que así fuese como decís, todo viene por nuestra culpa, y así nos lo merecemos nosotros, que no solemos aquietarnos ni tener cuenta con el Rey, y menos con Dios; y por eso lo permite, porque con su nombre y abrigo de la Iglesia no perdamos, tras el cuerpo, el alma.
D. P. Santa persona sois, señor Libio; pues ¿a esto queréis reinar? ¿Queréis acaso algún cargo del Rey?
L. No soy tan ambicioso como eso, mas no puedo dejar de decir la verdad, que por un moro la diría, y aunque la corona fuese más instrumento para el mal que para repararlo.
F. Pues yo os he visto de otro parecer en otro tiempo.
L. Entonces juzgaba con pasión; la pasión totalmente niega el entendimiento, como lo dice el Filósofo y el excelente Poeta catalán.
F. ¡Oh señor!, que ya sabemos bien de dónde viene todo el mal, y no viene en absoluto del lugar que pensáis vos, señor Libio; que los coronados, que no son peores hoy que fueron en otro tiempo, no tocaremos este año, y la verdad digámosla todos también.
L. Pues, ¿de dónde viene?
F. Viene de que los ministros y oficiales del Rey, para halagarle, no porque deseen su servicio, sino para procurar sus propios intereses, inventan esas extorsiones y otras mil. Y así quieren hacer artificiosamente al Rey tirano, no siéndolo por naturaleza.
D. P. Cómo nos quieren abrir la cabeza sin provecho; al Papa, que es príncipe de la Iglesia, no le tenemos respeto, ¿y queréis que se tenga al simple coronado?
F. ¿Cómo nos respeta?
D. P. ¿Y no veis la guerra tan abierta que hoy tiene el Rey de España don Felipe contra el Papa Paulo Cuarto, que, si Dios no lo remedia, todo ha de ir al través?
L. Bien lo vemos todo, señor don Pedro, pero de esto tiene la culpa el Papa, que esa guerra bien podía él excusarla; y por eso, así como a los coronados los oprimen por su culpa, como tengo dicho, así también mueven la guerra al Papa por su culpa.
D. P. ¿Cómo así? Decidnos el porqué, que mucho me holgaré yo, al menos, por saberlo.
L. Señor, no os metáis en esas profundidades, y por amor de mí no me hagáis hablar del Papa, que se me ha mandado que no hable de él; y como es mi superior y señor en lo espiritual, no quiero yo desagradarle ni desobedecerle.
D. P. No habléis vos contra su potestad, ni tratéis tampoco contra artículos de fe; que en lo demás que toca a sus afectos e inclinaciones, y en otras cosas más bajas, bien me parece a mí que podemos hablar sin escrúpulo de conciencia, mayormente aquí entre nosotros, donde todo lo que se dirá será como si dicho no fuese, y se dirá sin intervenir malicia alguna.
L. Cierto es que yo no he de hablar sino de cosas que yo piense que buenamente puedo hablar; mas ni aquellas, por ser cosa del Papa, trataría, sino presuponiendo que aquí entre nosotros será, como hemos dicho, como si dicho no fuese. Y será también sobre cosas en que la sensualidad las guía cuando es señora de la razón, no menos en la persona del Papa que en la de los otros hombres, porque también es hombre como todos.
En lo que toca a su propia persona no se puede decir nada que no sea bueno; y es cierto que, según lo que en él se conoció en los principios de su pontificado y por la relación que tenemos de su bondad y santidad, él es un príncipe muy singular. Mas a veces los que están cerca de los príncipes son causa de que la buena naturaleza que en ellos hay se desgaste, como es de creer que habrá sucedido ahora en el Papa…”
Este fragmento revela la cultura política del siglo XVI. Se puede criticar la actuación de un papa o de un rey, pero siempre distinguiendo entre la persona y el cargo, entre la autoridad legítima y los malos consejos o las pasiones humanas. También aparece la idea renacentista de que, el problema no está necesariamente en la institución, sino en los hombres que la administran. Libio no niega la autoridad espiritual del papa; de hecho, insiste en que no quiere desobedecerle. Su crítica se dirige a la política concreta y a quienes rodean al príncipe. Además, el diálogo muestra hasta qué punto en la época de Despuig el papa era todavía un actor político internacional. La guerra entre Felipe II y Paulo IV no era vista simplemente como un conflicto entre Estados, sino como un choque entre dos poderes universales: la Monarquía Hispánica y el papado. Para un lector del siglo XVI, hablar del papa implicaba hablar también de Italia, Francia, España y el equilibrio europeo.
El contexto es la guerra entre Felipe II de España y Paulo IV durante la llamada guerra italiana de 1556-1557. El papa, aliado con Francia, intentó expulsar a los Habsburgo de Italia; las tropas españolas dirigidas por el duque de Alba ocuparon los Estados Pontificios y obligaron finalmente al pontífice a negociar. Despuig escribe en un mundo en el que Roma, España y los territorios de la antigua Corona de Aragón todavía forman parte de un complejo juego mediterráneo, muy distinto del modelo de Estado nacional centralizado que se consolidará más tarde en Francia, Inglaterra o Suecia.
Aunque en los coloquios se vislumbra una tensión entre Cataluña y España, pasarían aun muchos años hasta llegar a una autentica situación de ruptura. Trataré a continuación de explicar las circunstancias que llevaron a las élites catalanas a querer apartarse de la Monarquía Hispánica y los hechos que desencadenaron la llamada Guerra dels Segadors. Remontémonos a la época y al año en que los Coloquios fueron escritos, 1557. Fue el año en que la Monarquía Hispánica mostró su fuerza ante Roma.
Cuando Despuig escribe, la Monarquía Hispánica acaba de superar una de sus grandes pruebas. En 1557, las tropas de Felipe II derrotan a Francia en la batalla de San Quintín. La victoria confirma la hegemonía española en Europa. El monasterio del Escorial se construyó para conmemorar la victoria, dedicado a San Lorenzo, santo que se celebra el 10 de agosto, fecha de la batalla. España dicta la política y hasta la moda en toda Europa. Su expansión por el mundo.
Desde que escribió los Coloquios hasta que falleció en 1574, España, la propia idea de España era la de una monarquía universal, como Tommaso Campanella escribiría en 1600, en un tiempo en que ya había comenzado el declive. La batalla de Lepanto fue uno de los grandes acontecimientos del siglo XVI y uno de los símbolos del apogeo de la Monarquía Hispánica. Tuvo lugar el 7 de octubre de 1571 en el golfo de Lepanto, el actual golfo de Corinto, en Grecia, y enfrentó a la flota de la Liga Santa, formada principalmente por España, Venecia y los Estados Pontificios, contra la flota del Imperio otomano.
La victoria cristiana fue decisiva porque frenó la expansión naval otomana en el Mediterráneo occidental. La flota de la Liga Santa estaba dirigida por Juan de Austria, hermanastro de Felipe II, mientras que entre los soldados que participaron se encontraba Miguel de Cervantes, que resultó herido en combate y perdió la movilidad de la mano izquierda, por lo que sería conocido después como “el manco de Lepanto”.
El contexto era el enfrentamiento secular entre la Monarquía Hispánica y el Imperio otomano por el control del Mediterráneo. Los otomanos habían conquistado Constantinopla en 1453 y durante el siglo XVI habían extendido su poder por los Balcanes, el norte de África y el Mediterráneo oriental. En 1570 habían atacado Chipre, posesión veneciana, lo que provocó la reacción de la Liga Santa.
Pero, si se mira con atención esa época dorada de la Monarquía Hispánica, se verá que no era oro todo lo que relucía. Cuando Cristòfol Despuig escribe sus Coloquios en 1557, la Monarquía Hispánica se encuentra aparentemente en la cima de su poder. La victoria de Carlos V sobre sus enemigos europeos, la expansión americana iniciada en 1492 y la incorporación de nuevos territorios han convertido a la monarquía de los Austrias en una de las mayores potencias del mundo. Sin embargo, precisamente en esos años comienzan a aparecer las primeras señales de las dificultades que acabarán conduciendo a su declive.
El año 1557 resulta simbólico. Ese mismo año Felipe II, recién llegado al trono, debe afrontar la primera gran bancarrota de la Corona. La causa era la contradicción entre la enorme extensión de sus dominios y el elevado coste de mantener ejércitos y compromisos políticos en Europa. La Monarquía Hispánica disponía de las riquezas americanas, pero necesitaba recursos constantes para financiar guerras en Italia, los Países Bajos y contra Francia.
Durante la segunda mitad del siglo XVI, España sigue siendo una gran potencia. La victoria de San Quintín en 1557 confirma su superioridad militar frente a Francia, la defensa del Mediterráneo culmina con la victoria de Lepanto en 1571 frente al Imperio otomano y en 1580 Felipe II incorpora Portugal y su imperio ultramarino. La Monarquía Hispánica alcanza entonces su máxima extensión territorial. Desde Europa hasta América y Asia, la Corona española parece una potencia universal.
Pero detrás de estos éxitos empiezan a acumularse problemas. El mantenimiento de un imperio tan extenso exige un esfuerzo militar y financiero extraordinario. Las guerras de Flandes se prolongan durante décadas, Inglaterra comienza a disputar el dominio marítimo y las Provincias Unidas emergen como una nueva potencia comercial. La derrota de la Armada Invencible en 1588 se convierte en el primer gran símbolo del cambio de ciclo. No supone todavía el fin del poder español, pero muestra que la hegemonía ya puede ser desafiada.
El siglo XVII confirma progresivamente ese desgaste. Durante el reinado de Felipe III aparecen dificultades económicas y políticas, agravadas por la expulsión de los moriscos en 1609 y por la pérdida de dinamismo de algunos sectores productivos. Con Felipe IV y el conde-duque de Olivares se intenta recuperar la fuerza de la monarquía mediante una mayor participación militar y fiscal de todos los territorios de la Corona, especialmente a través de la Unión de Armas. Pero este intento choca con la tradición política de una monarquía compuesta, formada por reinos con leyes e instituciones propias.
El año 1640 representa la gran crisis interna de la Monarquía Hispánica. La rebelión de Cataluña, conocida como Guerra dels Segadors, y la separación de Portugal muestran los límites del proyecto imperial. La monarquía que en tiempos de Carlos V y Felipe II había conseguido dominar gran parte del mundo ya no puede mantener sin tensiones el enorme esfuerzo que exige su posición internacional.
Voy a intentar seguir el relato que desde Barcelona nos hace Miquel Parets, De molts successos que han succeït dins Barcelona i molts altres llocs de Catalunya dignes de memòria (1626-1660)[1], que probablemente sea la fuente más valiosa para el relato de los acontecimientos que llevaron a la Guerra dels Segadors. Parets no era un curtidor de Barcelona, un ciudadano común que fue anotando lo que veía y oía. Su dietario recoge la Guerra dels Segadors desde dentro de la ciudad: el Corpus de Sang, la llegada de las tropas francesas, la muerte de Pau Claris, los asedios, el hambre y la vida cotidiana de los barceloneses. Para los que sabéis de historia, os diría que es para Barcelona lo que el diario de Samuel Pepys es para Londres.
“Rindióse la plaza el día 6 en la forma capitulada, dando a España, y más al Rosellón, un célebre día de Reyes. Salieron mil y doscientos hombres de batalla de dentro la plaza, con 21 banderas. Ministróles la piedad española carruaje y bagajes para los enfermos y su ropa, y pasando por medio el ejército nuestro, fueron despachados con toda cortesanía y buen trato. Desengañóse Francia del valor de España y del amor con que Cataluña sirve cuando importa a su Rey. El Rosellón parece salía de cautiverio viendo fuera de sus ojos aquella insolente nación, bien que a costa de muchas vidas, pues perecieron a manos de las enfermedades o inclemencias, entre catalanes y forasteros, más de diez mil soldados, cerca de cinco mil personas de Perpiñán, y más de doscientos caballeros catalanes y de primera plana; pero no sintió Cataluña perder tantos hijos y varones tan ilustres, cuando ganaba inmortal fama en servicio de su Rey; bien que tan a costa de sangre y haciendas, que, como se ha visto, para tan pronto y numeroso ejército quedaran exhaustos y pobrísimos los lugares y pueblos con tan excesivas existencias y socorros, suceso que, aunque tan glorioso, dejó a toda Cataluña en su declinación, después de haberse visto en el mayor estado de opulencia y felicidad.”
Esto escribe el observante curtidor el 6 de enero de 1640. Hasta llegar aquí han ocurrido muchas cosas relevantes para comprender la situación que describe en este relato tan concentrado. Remontémonos a 1618 y algo que ocurrió en Praga el 23 de mayo de 1618 con la llamada Defenestración de Praga. Un grupo de nobles protestantes irrumpió en el castillo de Praga y arrojó por una ventana a dos representantes del emperador y a un secretario. Aunque los funcionarios sobrevivieron a la caída, según la tradición, gracias a haber caído sobre un montón de estiércol, el acto fue una declaración abierta de rebelión. Los rebeldes bohemios depusieron a Fernando y ofrecieron la corona a Federico V del Palatinado, un príncipe calvinista. Esto convirtió una revuelta local en un desafío directo al emperador y a la Casa de Habsburgo. España se vio arrastrada al conflicto por varios motivos.
En primer lugar, existía una solidaridad dinástica entre las dos ramas de los Habsburgo: la española y la austríaca. Aunque Madrid y Viena eran ramas separadas de la misma familia, compartían enemigos y una misma idea de defensa del catolicismo y del orden imperial. Para Felipe IV y su valido, el conde-duque de Olivares, la derrota del emperador significaría también una amenaza para la posición española en Europa.
En segundo lugar, estaba el problema estratégico de los Países Bajos españoles. Desde finales del siglo XVI España estaba enfrentada con las Provincias Unidas, que buscaban su independencia. La guerra alemana ofrecía una oportunidad para debilitar a los enemigos protestantes y asegurar las comunicaciones entre Italia, Alemania y Flandes a través del llamado Camino Español.
España intervino desde el principio. En 1620, tropas españolas dirigidas por Ambrosio Spínola participaron en la campaña de Bohemia y ocuparon el Palatinado, territorio de Federico V, líder protestante y enemigo del emperador. Durante unos años la situación pareció favorable a los Habsburgo.
Cuando comenzó la Guerra de los Treinta Años en 1618, España ya no estaba en la cima absoluta del poder que había alcanzado con Carlos V y Felipe II, pero seguía siendo una gran potencia europea. Felipe III y después Felipe IV gobernaban una monarquía inmensa que incluía Castilla, Aragón, Navarra, Portugal, los Países Bajos, Milán, Nápoles, Sicilia y un vasto imperio americano.
En esto, Francia encontró una fórmula para debilitar a la vecina Monarquía Hispánica con uno de los movimientos diplomáticos más inteligentes del siglo XVII. La paradoja es que Francia era una monarquía católica, pero decidió aliarse con potencias protestantes para debilitar a sus dos grandes rivales, la Monarquía Hispánica y el Imperio de los Habsburgo.
El objetivo fundamental de Francia no era defender una religión concreta, sino romper el dominio de la Casa de Austria en Europa, porque desde Carlos V, Francia se sentía cercada al sur y al este por la España de los Habsburgo, al norte por los Países Bajos españoles y al este por los territorios de los Habsburgo austríacos. El gran temor de los reyes franceses era que una victoria total de España y Austria en la Guerra de los Treinta Años creara una Europa dominada por los Habsburgo.
Por eso el cardenal Richelieu, ministro principal de Luis XIII, tomó una decisión revolucionaria. Francia debía combatir a los Habsburgo, aunque eso significara apoyar a protestantes, la razón de Estado estaba por encima de la unidad religiosa.
los Habsburgo derrotaron a los rebeldes bohemios en la batalla de la Montaña Blanca en 1620, parecía que el emperador Fernando II estaba a punto de restaurar su autoridad en buena parte del Imperio. Esto preocupó enormemente a Francia. Sin intervenir directamente, Richelieu trató de fomentar una coalición de Estados contrarios al poder imperial.
El candidato natural fue el rey Cristián IV de Dinamarca, que además de ser monarca danés era príncipe del Sacro Imperio como duque de Holstein. En 1625 entró en guerra al frente de la causa protestante alemana. Sin embargo, la intervención danesa fue un fracaso. Los generales imperiales Tilly y Wallenstein derrotaron repetidamente a los daneses. Las derrotas de Lutter am Barenberge (1626) y posteriormente la ocupación de territorios daneses obligaron a Cristián IV a retirarse mediante la Paz de Lübeck (1629).
Desde el punto de vista francés, aquello fue una mala noticia. Lejos de debilitar a los Habsburgo, la derrota danesa los había fortalecido. El emperador parecía más poderoso que nunca y Wallenstein había construido un enorme ejército que dominaba gran parte de Alemania.
Fue entonces cuando Richelieu buscó un aliado más eficaz. El elegido fue Gustavo II Adolfo de Suecia, probablemente el mejor estratega militar de su tiempo. Francia financió su intervención mediante el Tratado de Bärwalde (1631), comprometiéndose a pagar subsidios para mantener el ejército sueco en Alemania. La fórmula era ideal para Richelieu, ya que Francia aportaba dinero mientras Suecia aportaba soldados.
A diferencia de Dinamarca, Suecia sí consiguió cambiar el curso de la guerra. La victoria de Breitenfeld en 1631 destruyó el mito de la invencibilidad imperial y abrió una nueva fase del conflicto. Aunque Gustavo Adolfo murió en Lützen el 6 de noviembre de 1632, fecha muy recordada en Suecia hasta nuestros días, había logrado impedir la victoria definitiva de los Habsburgo. Aunque Suecia perdió a su gran líder, su intervención había conseguido algo fundamental para Francia, impedir que el emperador aplastara definitivamente a los protestantes alemanes.
Hasta 1635 Francia había actuado indirectamente. Pero después de algunos éxitos imperiales, Richelieu decidió intervenir abiertamente y declaró la guerra a España. El objetivo principal era atacar el punto más vulnerable de la Monarquía Hispánica, los Países Bajos españoles y la frontera norte. A partir de entonces España tuvo que luchar en varios frentes en una situación casi imposible de sostener.
La gran habilidad francesa fue transformar un conflicto inicialmente alemán en una lucha por la hegemonía europea. Mientras España intentaba defender la causa católica y la alianza con Austria, Francia presentaba su intervención como una defensa del equilibrio europeo y la estrategia funcionó, porque obligó a España a dispersar sus ejércitos, agotó sus recursos financieros, debilitó la cooperación entre las ramas española y austríaca de los Habsburgo y, muy importante para este relato, consiguió que la frágil cohesión de las periferias dentro de la Monarquía Hispánica, sintieran la necesidad o la posibilidad de abandonar un Restado en declive.
Portugal y Cataluña se rebelaron prácticamente al mismo tiempo, aunque por motivos y con resultados diferentes. Para Olivares aquello fue una catástrofe, porque, mientras España combatía en Alemania, Flandes, Italia y contra Francia, dos territorios fundamentales de la Monarquía se levantaban simultáneamente.
Las dos crisis tenían en común la Guerra de los Treinta Años. La lucha contra Francia estaba agotando los recursos de la Monarquía, lo que llevó al conde-duque de Olivares a intentar repartir el esfuerzo militar entre todos los territorios mediante la Unión de Armas, rompiendo en parte la tradición según la cual Castilla soportaba la mayor carga fiscal y militar. Tanto Cataluña como Portugal percibieron que Madrid pretendía aumentar sus contribuciones sin respetar plenamente sus privilegios e instituciones.
Sin embargo, las circunstancias eran distintas. En Cataluña, la crisis estalló por la presencia de tropas reales destinadas a combatir a Francia en la frontera pirenaica. Los abusos de los soldados, las requisiciones y el peso de la guerra provocaron una creciente tensión que desembocó en el Corpus de Sangre de junio de 1640. La revuelta acabó transformándose en la Guerra dels Segadors, y la Generalitat de Pau Claris llegó a ponerse bajo la protección de Luis XIII de Francia, algo que, a la larga, lamentarían profundamente, ya que Cataluña perdió el Rosellón y la Cerdaña con la segunda ciudad más importante, Perpignan.
En Portugal, la situación era diferente. Desde 1580 compartía monarca con Castilla, pero conservaba sus propias leyes, instituciones y su imperio colonial. La nobleza portuguesa veía con creciente preocupación cómo los intereses portugueses quedaban subordinados a las guerras de la Monarquía Hispánica. Aprovechando las dificultades de Felipe IV, un grupo de nobles proclamó rey al duque de Braganza como Juan IV el 1 de diciembre de 1640.
La diferencia fundamental estuvo en el desenlace. Cataluña terminó regresando a la obediencia de Felipe IV en 1652, aunque el conflicto dejó profundas heridas y el Rosellón acabaría pasando a Francia en 1659. Portugal, en cambio, consiguió mantener su independencia y España terminó reconociéndola oficialmente en 1668.
Vistas en paralelo, ambas rebeliones muestran los límites de la Monarquía Hispánica. El proyecto imperial de los Austrias funcionó mientras hubo recursos suficientes y los distintos territorios percibieron ventajas en permanecer unidos. Pero cuando la presión militar y fiscal alcanzó niveles extraordinarios durante la Guerra de los Treinta Años, afloraron tensiones que llevaban décadas acumulándose. Hay una diferencia importante entre Cataluña y Portugal. En Cataluña, Francia intervino directamente, envió ejércitos, ocupó territorios y llegó a ejercer una auténtica tutela política durante algunos años. En Portugal, en cambio, Francia actuó más como aliada diplomática y estratégica que como potencia ocupante.
Desde la perspectiva de los Col·loquis de Despuig, la coincidencia resulta especialmente significativa. En 1557 Despuig todavía defendía una monarquía donde Cataluña podía sentirse parte de España sin renunciar a sus propias instituciones e identidad. Menos de un siglo después, la necesidad de sostener una guerra europea gigantesca había puesto en cuestión ese delicado equilibrio. La rebelión simultánea de Portugal y Cataluña en 1640 fue quizá la prueba más evidente de que la Monarquía Hispánica había alcanzado los límites de su capacidad de integración.
En 1643, en Rocroi, la derrota del ejército español frente a Francia destruyó la imagen de invencibilidad de los tercios españoles y marcó el ascenso de Francia como gran potencia y el declive español. La Paz de Westfalia (1648) terminó la guerra en Alemania. España continuó luchando contra Francia hasta el Tratado de los Pirineos (1659). Durante doce largos años, Cataluña o, mejor dicho, La Generalitat como institución representativa de los territorios catalanes, luchó por su independencia.
Sigamos el relato de los acontecimientos que llevaron hasta la rebelión, según el diario del curtidor: “ Celebróse en Barcelona esta victoria con universales aplausos y regocijos, así divinos como humanos, rindiendo cultos y veneraciones a Dios y sus santos, como primeras causas, en procesiones generales y repetidos festejos. El mismo día que se entregó la plaza y se puso guarnición castellana y napolitana, licenció el general a todos cuantos con esta confianza habían acudido al campo, y pegando fuego a las barracas, se retiró el ejército a invernar en el Rosellón. El abad Eril no pudo ver este día, pues poco después de su oración en Casa de la Ciudad murió; y quieren decir algunos que de pesar, pues tuvo algunos tropiezos que nunca faltan en tan arduas empresas.”
Hasta ahí, todo era positivo, pero, muy pronto llegaron los inconvenientes de tener un ejercito castellano e italiano presente, que alimentar. Pero, en febrero, seguía la fiesta: “Domingo, a 5 de febrero de 1640, entró el señor conde de Santa Coloma, virrey y capitán general en Barcelona, que venía del sitio de Salsas; venían con él el marqués Espínola y monsiur de San Ginés, hijo de monsiur de Berri, gobernador de la Eucata, que por razones que se dijeron arriba se pasó a nuestro ejército; traían de escolta algunas compañías de valones y los caballos ligeros de Perpiñán.
Al otro día, llegado, hizo celebrar un solemne oficio en el Aseo, con mucha cantoría, y presentó a Santa Eulalia una lámpara que había ofrecido. Tuvieronse aquellas Carnes Tolendas muy alegres, y con mucha fiesta de máscaras y saraos, así por el suceso de Salsas, como por festejo de los dos huéspedes del Virrey, que pasadas las Carnes Tolendas partieron para la corte de Madrid.”
Y, pronto, el descontento de los catalanes con los costes y los inconvenientes de una tropa viviendo permanentemente a las expensas de los ciudadanos y los campesinos, resultó en una revuelta en la que miembros del Consejo de Ciento y la Generalitat participaron. Así podemos leer como la revuelta se va desatando según el esquema acción-reacción-revolución.
“Sábado a la tarde, a 25 de marzo (4) 1640, por orden desde Madrid mandó Su Excelencia que el alguacil Monrodón prendiera al diputado militar don Joseph de Tamarit, y entendida por éste la orden, sin resistencia alguna se fue a la cárcel, para no conmover el pueblo. También la Ciudad disimuló su sentimiento en la prisión de J. Vergós, caballero, y Leonardo Serra, consejero de ciento, y por no irritar la plebe, que estaba ya en disposición al menor movimiento de sublevarse Barcelona, porque estas capturas sucedían por no permitir el diputado que se alojara la gente que el Rey quería dentro de Barcelona, y defender en Consejo de Ciento los dos arriba dichos el mismo sentir contra la voluntad del Rey, que era, según todos decían, de poner y alojar dentro de Barcelona diez mil hombres; pero no obstante las capturas hechas, no se consiguió el fin deseado.”
“Discurriendo el alguacil Monrrodón por la provincia alojando las milicias, llegó al lugar de Santa Coloma de Farnés en el Ampurdán. Era de natural colérico, precipitado, arrogante, soberbio y de mal trato, y obrando según su genio, y hallando en aquel lugar alguno, poco sufrido, trabóse de palabras, y tirando de un pedreñal el alguacil, mató un paisano; a cuya vista, conmoviéndose el lugar contra él, se vio precisado a retirarse con tres criados y un comisario que le seguían, en una casa, de donde disparando muchos tiros contra los que le seguían, irritado el pueblo más, pegó fuego a la casa en donde miserablemente, al incendio, perecieron los cuatro.
Entendido por el Virrey este suceso, deseando castigar el lugar, disponía que fueran ministros de justicia; pero puestos los paisanos en arma, dieron a entender matarían a cuantos llegasen, y así lo experimentó un comisario que, más atrevido que los otros, quiso intentar el ir. Irritado más con esto el Virrey, y queriendo oprimir aquel desenfreno, mandó al gobernador don Ramón Galders que, junto con dos tercios, uno de castellanos que gobernaba don Juan de Arce, otro de napolitanos que gobernaba don Leonardo Molas, que se hallaban al contorno de Blanes y constaban de 4.000 hombres, entrase el lugar a sangre y fuego; pero sabido por los naturales, y recogiendo la gente que pudieron, pertrechándose y cerrándose en el lugar, cogiendo los pasos por donde la infantería había de pasar, burlaron los designios del Virrey. Entendiendo los designios de los paisanos, no se atrevieron el Gobernador y cabos a embestir, sino que retirándose a las Mallorquinas, y dando lugar al ardor de los naturales, al cabo de algunos días, con trazosas mañas, se capituló que, para no quedar la autoridad del Virrey ultrajada, se quemasen ocho o diez casas de las más principales en el levantamiento. Vino bien el lugar en esto, y entrando el Gobernador con la caballería de Perpiñán, después de haber los paisanos dejado solo el lugar y retirádose al monte, quemaron casi todo el lugar y saquearon las casas, sin dejar sino la iglesia, casa del cura, y algunas de Farnés; pero éstas pasaron el mismo filo después por los paisanos. Los militares lo arruinaron todo, hasta 54 masías que estaban al contorno del lugar, y aunque el Gobernador no deseaba exceder de lo capitulado, no pudo recabarlo con la milicia, que procedió con desorden a la ejecución. El Rey, en premio de esta acción, al Gobernador pasó el oficio en cabeza de su hijo mayor, y al segundo dio el arcedianato de Llobregat en la Seo de Barcelona.”
Hago una pequeña pausa aquí, porque estoy discutiendo ciertos aspectos concretos de mi entrada anterior con mi amigo Xavier, y seguiré mañana, dando cuenta de todo lo discutido hasta ahora.
[1] https://archive.org/details/delosmuchossuces20pare/page/144/mode/2up en una versión de 1888, en una serie titulada, Documentos, Opúsculos y Antigüedades, publicada por la Real Academia de la Historia, en la imprenta y fundición de Manuel Tello, Madrid. La edición de 1888 de la obra de Miquel Parets es una edición en castellano del texto de Parets, preparada por Celestino Pujol y Camps dentro de la colección Memorial Histórico Español de la Real Academia de la Historia.
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