¿Cómo definir a la extrema derecha? Lo escribo con mayúsculas porque a veces parece que queremos inventar un concepto en el que quepan demasiadas cosas. Tan ancha se ha hecho la definición en el lenguaje político corriente que corre el peligro de perder su capacidad para distinguir unos movimientos de otros. Si llamamos extrema derecha a todo partido que defiende una política restrictiva de inmigración, critica el multiculturalismo, quiere más policía o pone el interés nacional por encima de determinadas políticas europeas, ¿qué queda entonces para definir a la derecha radical, al conservadurismo nacional o incluso a una derecha democrática que simplemente mantiene posiciones más duras en estas cuestiones?

En la ciencia política existe, sin embargo, una distinción bastante útil. La derecha radical puede aceptar formalmente la democracia y participar en elecciones, pero suele combinar un fuerte nacionalismo con una concepción excluyente de la comunidad política, una política muy dura contra la inmigración y una crítica de determinados aspectos del liberalismo, especialmente del pluralismo y de los derechos de las minorías. La extrema derecha, en un sentido más estricto, va más lejos cuando cuestiona principios fundamentales de la democracia liberal, como el pluralismo político, la igualdad de los ciudadanos o la legitimidad de las instituciones democráticas, y puede llegar a aceptar formas autoritarias de poder.

Por eso no me parece suficiente llamar “extrema derecha” a un partido simplemente porque sea nacionalista o porque quiera reducir la inmigración. Si queremos utilizar la etiqueta con seriedad, debemos preguntarnos qué relación mantiene ese partido con la democracia, con el Estado de derecho, con la igualdad ante la ley, con los derechos individuales y con el pluralismo.

Esto es particularmente importante cuando hablamos de Sverigedemokraterna. Su historia está relacionada con ambientes nacionalistas y extremistas, y algunas de sus posiciones actuales pueden ser consideradas por muchos como propias de la derecha radical. Pero eso no significa que podamos meter automáticamente en el mismo saco a todos sus votantes, ni que cualquier política restrictiva de inmigración sea por definición “extrema derecha”. Una cosa es defender una inmigración limitada y una integración exigente; otra muy distinta es considerar que las personas tienen derechos diferentes según su origen o que determinados ciudadanos son en menor manera memiembros de la nación que otros.

Para mí, esa es la frontera que realmente importa. No dónde se sitúa un partido en el eje izquierda-derecha, ni siquiera lo estricta que sea su política migratoria, sino qué entiende por democracia y por ciudadanía. Una democracia liberal puede tener fronteras, controlar la inmigración y exigir a quien llega que aprenda la lengua, trabaje y respete las leyes. Lo que no puede hacer sin dejar de ser democrático es convertir el origen de una persona en el fundamento de sus derechos.

Por eso creo que debemos utilizar el término “extrema derecha” con cuidado. Si lo utilizamos para designar a cualquiera que discrepa de nuestra posición sobre inmigración, deja de ser una categoría política y se convierte simplemente en un insulto. Y si lo reservamos para aquellos movimientos que realmente ponen en cuestión la democracia liberal, la igualdad de los ciudadanos y el pluralismo, vuelve a tener un significado político preciso.

Esta distinción es importante también para nuestra discusión sobre Liberalerna y SD. Podemos considerar que determinadas ideas de Sverigedemokraterna son incompatibles con el liberalismo y podemos criticar duramente su nacionalismo sin necesidad de afirmar que todo lo que propone el partido pertenece por definición a la extrema derecha. Y, sobre todo, podemos preguntarnos: ¿qué principios está dispuesto Liberalerna a defender aunque para ello tenga que enfrentarse a SD?

Pero llegados a este punto creo que debemos hacernos los liberales una pregunta mucho más incómoda: ¿hasta dónde podemos llegar en nuestra colaboración con Sverigedemokraterna? ¿Qué principios estamos dispuestos a defender incluso si para ello tenemos que enfrentarnos a SD y, llegado el caso, abandonar un gobierno en el que ellos participen?

Para mí hay una respuesta bastante clara. Podemos negociar sobre impuestos, presupuestos, inmigración, integración, delincuencia o educación. La política consiste precisamente en llegar a acuerdos con quienes no piensan como nosotros. Pero hay cosas que no deberían formar parte de una negociación liberal, como la igualdad ante la ley, los derechos fundamentales, la libertad de expresión, la libertad religiosa y de conciencia, la igualdad entre mujeres y hombres, los derechos de las minorías, la independencia de los tribunales y las reglas básicas de la democracia.

Tampoco podemos aceptar una concepción de la ciudadanía basada en que unos suecos son más suecos que otros. Una persona que ha nacido en Somalia, Siria, Chile o España puede convertirse en tan sueca como quien nació en Lund, Malmö o Kiruna. Puede tener que aprender sueco, trabajar, pagar impuestos y respetar las leyes, pero sus derechos no pueden depender de su origen. Para un liberal, las obligaciones pueden ser exigentes precisamente porque queremos que todos puedan ejercer la misma libertad.

Y aquí es donde creo que tenemos que ser honestos. Si Sverigedemokraterna propone algo que consideramos equivocado, podemos combatirlo políticamente y votar en contra. Pero si alguna vez exigiera para mantener el apoyo a un Gobierno que Liberalerna aceptase una política que vulnerara esos principios fundamentales, entonces la pregunta ya no sería cuánto podemos ceder, sino cuánto estamos dispuestos a sacrificar para seguir gobernando.

En ese caso, para mí, la respuesta es simplemente, que no podemos ceder en nada esencial. Es mejor perder un gobierno que perder aquello que justifica nuestra existencia como partido liberal. Eso no significa que tengamos que abandonar toda colaboración con SD. Significa que la colaboración tiene límites. Podemos colaborar con ellos cuando se trata de resolver problemas concretos que compartimos, pero tenemos que estar preparados para decir que no cuando lo que está en juego son los principios de una democracia liberal. Y si llegara el momento en que esos principios fueran incompatibles con permanecer en el Gobierno, entonces deberíamos abandonar el gobierno. Porque al final un partido no demuestra lo que es solamente por las políticas que consigue aprobar cuando está en el poder. También lo demuestra, creo yo, por aquello que está dispuesto a perder para no traicionar sus principios.

The radical right and the end of Swedish exceptionalism: The radical right and the end of Swedish exceptionalism | European Political Science | Springer Nature Link

Rydgren y Tyrberg — Contextual explanations of radical right-wing party support in Swede: Contextual explanations of radical right-wing party support in Sweden: a multilevel analysis

Dal Bó et al. — Economic and Social Outsiders but Political Insiders: Sweden’s Populist Radical Right: Economic and Social Outsiders but Political Insiders: Sweden’s Populist Radical Right | The Review of Economic Studies | Oxford Academic