¿Quién fue el primer liberal del mundo? Es una pregunta que me he hecho muchas veces, quizá porque llevo buena parte de mi vida intentando entender qué significa realmente ser liberal. Y cuanto más leo historia, más claro tengo que la respuesta no puede ser simplemente un concepto político. El liberalismo no nació un día determinado, ni fue inventado por un partido político. Es mucho más antiguo que los partidos y, al mismo tiempo, mucho más moderno que muchas de las ideas que solemos asociar con él.

Si entendemos por liberal a cualquiera que haya defendido la libertad, tendríamos que remontarnos muy atrás. Podríamos empezar incluso en la Atenas del siglo V antes de Cristo, con Pericles y aquella extraordinaria experiencia política que llamamos democracia ateniense. Allí encontramos ya la idea de que los ciudadanos no son simplemente súbditos de un poder situado por encima de ellos, sino que tienen algo que decir sobre los asuntos que afectan a la comunidad. También podríamos detenernos en Sócrates, que hizo de la libertad de pensamiento y de la pregunta una forma de vida. O en los estoicos, que llegaron a defender la existencia de una ley natural común a todos los seres humanos.

Cicerón recogería después parte de esa tradición y defendería la existencia de un derecho natural que ni siquiera los gobernantes podían ignorar. Hay, por tanto, una larga prehistoria de la libertad mucho antes de que existiera la palabra liberalismo. Pero ninguno de ellos era liberal en el sentido moderno. Y esto es importante. Atenas era una democracia, pero no todos sus habitantes eran ciudadanos. Los esclavos no lo eran. Las mujeres tampoco. La libertad de los antiguos podía coexistir perfectamente con la falta de libertad de otros seres humanos. Los estudiantes, votantes por primera vez, me hacían ese tipo de preguntas en el quiosco liberal. Querían saber todo, porque no traían consigo mucho conocimiento. Parece mentira que los jóvenes estén tan mal preparados para ejercer la democracia. Pero eso es ya otra cosa y merece una entrada especial.

Yo les decía que, para encontrar al primer liberal moderno tenemos que esperar hasta el siglo XVII. Y aquí aparece un hombre que, para mí, merece ocupar un lugar excepcional en la historia de la libertad. Ese hombre no es otro que John Locke.

Locke, que nació en 1632, tenía dieciséis años cuando el rey inglés, Carlos I, fue decapitado en una Inglaterra convulsa, dividida por conflictos religiosos y políticos y marcada por la lucha entre la Corona y el Parlamento. En ese mundo todavía parecía natural que un rey gobernara porque había nacido rey y que la autoridad política descendiera desde arriba. Locke comenzó a darle la vuelta a esa relación. La muerte del rey significó sin duda una gran conmoción para el joven estudiante de Westminster School.

En la década de 1670, Locke desarrolló progresivamente sus ideas sobre la tolerancia, los derechos y el poder político. Su Carta sobre la tolerancia (A Letter Concerning Toleration[1]) fue escrita en 1685 y publicada en 1689. La idea fundamental era sencilla y, al mismo tiempo, extraordinariamente revolucionaria, porque dejaba sentado que el ser humano tenía derechos inalienables antes de que existiera el Estado.

La vida, la libertad y la propiedad no son regalos que el gobernante concede a sus súbditos, constataba Locke. Son derechos que pertenecen a las personas. El Estado no los crea, los protege. Y precisamente porque el Estado existe para proteger esos derechos, el poder político necesita el consentimiento de los gobernados. Una idea bastante normal hoy, no es extraño que nuestros jóvenes en Suecia o en España lo consideren algo lógico, que ni siquiera es necesario constatar. Pero no lo era entonces, y tampoco lo es ahora, fuera del pequeño circulo de países verdaderamente democráticos

Lo verdaderamente revolucionario de las ideas de Locke era invertir la relación entre el individuo y el poder. El ciudadano no existe para servir al Estado. El Estado existe para servir al ciudadano. Ahí comienza, en buena medida, el mundo político en el que vivimos. Locke llegó incluso a defender el derecho de resistencia cuando un gobierno deja de cumplir la misión para la que fue creado. Si el poder destruye los derechos que debería proteger, pierde su legitimidad. El gobernante deja de ser legítimo simplemente porque tenga el poder.

Si Locke puede considerarse el primer gran pensador del liberalismo moderno, o quizás, más acertado sería llamarle protoliberal, David Hume aparece también en ese espacio convulsivo en el que se había convertido la naciente Gran Bretaña, para introducir una duda saludable en aquel edificio que Locke había comenzado a construir. Hume desconfiaba de las grandes construcciones teóricas cuando pretendían explicar la realidad política de una manera demasiado sencilla. Entre Locke y Hume hay, por tanto, una continuidad, pero también una diferencia fundamental, ya que Locke parte de los derechos y de la razón, mientras Hume mira hacia la experiencia, la historia y la naturaleza humana.

John Locke había vivido en una Inglaterra convulsa. Había conocido la guerra civil, la República de Cromwell, la restauración de la monarquía y finalmente la Revolución Gloriosa de 1688. Cuando publicó sus Dos tratados sobre el gobierno civil, en 1689, llevaba décadas pensando en una cuestión que había marcado su vida, el saber de dónde procede la legitimidad del poder y cuáles son sus límites.

Su respuesta era revolucionaria. Los seres humanos poseen derechos antes de que exista el Estado. La vida, la libertad y la propiedad no son concesiones del rey. El gobierno recibe su autoridad de los gobernados y tiene como finalidad proteger esos derechos. Cuando deja de hacerlo y se convierte en una amenaza para ellos, el poder pierde su legitimidad. Locke había colocado, por tanto, al individuo frente al poder. Pero unas décadas después apareció en Escocia un filósofo que iba a mirar el problema desde otro ángulo.

David Hume nació en 1711, casi ochenta años después que Locke y pertenecía a una generación que ya podía contemplar con cierta distancia los grandes conflictos políticos ingleses del siglo anterior. Quizá por eso su manera de pensar era diferente. Hume no confiaba demasiado en las explicaciones basadas en derechos naturales, contratos originales o supuestos estados de naturaleza. Le interesaba mucho más observar cómo se comportan realmente los seres humanos y cómo habían evolucionado las instituciones.

Locke se preguntaba: ¿qué derechos tiene el individuo frente al poder? Hume parecía responderle que antes de contestar esa pregunta, construyendo una teoría política, deberíamos mirar cómo funcionan realmente los seres humanos y las sociedades. Para Hume, las instituciones políticas son el resultado de procesos históricos, de costumbres, de intereses, de conflictos y de experiencias acumuladas. El gobierno surge porque las sociedades necesitan algún tipo de autoridad y porque los seres humanos descubren, con el tiempo, que determinadas instituciones permiten vivir juntos con mayor estabilidad.

Esto no significa que Hume defendiera un poder ilimitado. Todo lo contrario. Su escepticismo también se dirigía contra quienes confiaban demasiado en el poder. Sabía que los seres humanos tienen intereses, ambiciones y pasiones y que quien recibe poder puede utilizarlo en beneficio propio. De ahí su interés por las instituciones capaces de contener y equilibrar esos impulsos. En este sentido, Hume introduce una dimensión especialmente importante en la tradición liberal: no basta con tener buenas ideas sobre la libertad, hay que crear instituciones que hagan posible conservarla.

Hume defendió la libertad de pensamiento y de expresión y mostró una notable desconfianza hacia el fanatismo religioso. En una época en la que las disputas religiosas todavía podían convertirse fácilmente en conflictos políticos, Hume veía en el fanatismo una amenaza para la convivencia. Locke había llegado a la libertad a través de una teoría sobre los derechos naturales. Hume llega a ella, en buena medida, a través de su desconfianza hacia el poder y de su conocimiento de la naturaleza humana. Son dos caminos diferentes que terminan encontrándose.

Locke nos dice que el individuo tiene derechos que el Estado debe respetar. Hume nos recuerda que el Estado está formado por seres humanos y que, por tanto, no podemos confiar simplemente en que quienes tienen el poder lo utilizarán siempre correctamente. La consecuencia es una de las grandes ideas de la tradición liberal, hay que limitar el poder incluso cuando quienes lo ejercen son nuestros propios representantes.

Para Hume, una sociedad libre no se mantiene únicamente porque haya escrito buenos principios en una Constitución. Necesita hábitos de tolerancia, respeto por las reglas, libertad de discusión y una cierta disposición a aceptar que quienes piensan de otra manera también tienen derecho a hacerlo. Es por eso que Hume resulta tan moderno. Locke nos enseñó que el poder tiene límites porque existen derechos individuales. Hume nos recuerda que esos límites solamente funcionan cuando las personas y las instituciones están acostumbradas a respetarlos. Entre ambos se va formando algo que todavía hoy llamamos liberalismo y que en su tiempo todavía carecía de nombre.

¿Por qué surgieron esos pensamientos políticos en Inglaterra y Escocia, desde 1707 unidos en la Gran Bretaña? La verdad es que esos pensamientos ya habían visto la luz en otras partes, por ejemplo, en España. Más de un siglo antes de Locke ya existía en España una tradición de pensamiento sobre la ley natural, los límites del poder y la autoridad política, especialmente en la llamada Escuela de Salamanca del siglo XVI y comienzos del XVII. Los dos nombres que me vienen a la cabeza son Francisco de Vitoria y, sobre todo, Francisco Suárez, aunque la relación intelectual entre “los Pacos” y Locke es más compleja.

Francisco de Vitoria, que era dominico y profesor en Salamanca, se enfrentó a problemas que hoy nos resultan sorprendentemente modernos y que tenían que ver con la posición de España como imperio de ultramar: ¿tienen los pueblos indígenas derechos? ¿Puede un rey conquistar un territorio simplemente porque es poderoso? ¿Hay límites jurídicos a la guerra? ¿Puede el poder político hacer cualquier cosa?

En su respuesta, partía Vitoria del derecho natural. El poder político no podía convertirse en una licencia para hacer cualquier cosa. La ley humana debía respetar principios superiores de justicia. La Escuela de Salamanca desarrolló además una concepción de derechos y obligaciones aplicables también a quienes no eran cristianos. Vitoria no se puede considerar un liberal moderno, y seguía siendo un teólogo escolástico, que aceptaba estructuras sociales y políticas muy alejadas de las nuestras y concebía la sociedad desde categorías cristianas y aristotélicas. Pero la idea de que existen límites al poder político anteriores al propio gobernante resulta fundamental para la historia posterior.

Francisco Suárez, jesuita nacido en Granada en 1548, escribió De legibus[2] (Sobre las leyes) en 1612, veinte años antes de que naciera Locke. En su pensamiento encontramos conceptos que después reaparecerán, transformados y secularizados, en Locke, como la ley natural, la libertad originaria, la comunidad política, propiedad y legitimidad del gobierno.

Una investigación reciente sobre Suárez y Locke señala precisamente la notable coincidencia entre ambos en la idea de un estado prepolítico caracterizado por la libertad de todos y la propiedad común, antes de la aparición de determinadas instituciones civiles. El autor, José Luis Cendejas Bueno, considera difícil negar alguna influencia de Suárez sobre Locke.[3] Suárez no concebía al rey como la fuente originaria de toda autoridad política. La comunidad política tiene una autoridad propia y, según determinadas interpretaciones de su pensamiento, el consentimiento de la comunidad desempeña un papel fundamental en la constitución del poder político. La propia Stanford Encyclopedia of Philosophy señala que Suárez está muy próximo, en algunos aspectos, a la tradición del contrato social, aunque advierte que los especialistas discrepan sobre hasta dónde llega exactamente esa interpretación.

Tanto Vitoria como Suárez hablan todavía desde la teología y el derecho natural católico. Locke recoge algunos de esos problemas y los reformula dentro de la filosofía política inglesa del siglo XVII. En Locke, el derecho natural adquiere una formulación mucho más individualista y secularizada. Hume, después, desconfía incluso de buena parte de esas construcciones racionales y lleva la discusión hacia la experiencia histórica y la naturaleza humana.

Podemos buscar las raíces de ese pensamiento en Tomás de Aquino, que se  preguntaba qué era la ley y sostenía que la ley humana debía guardar relación con una ley natural que participa de la ley eterna.

Vitoria parte de esa estructura tomista y la lleva hacia problemas que Tomás no podía haber imaginado: la conquista de América, los derechos de los pueblos indígenas, la guerra, el poder de los reyes y las relaciones entre comunidades políticas. La Escuela de Salamanca renovó así la tradición del derecho natural para responder a problemas del siglo XVI. Suárez, a su vez,  un siglo después de Vitoria, vuelvió a sistematizar toda esa tradición en su monumental De legibus ac Deo legislatore, publicado en 1612. Su obra está profundamente construida sobre Tomás, aunque Suárez no se limita a repetirlo, lo interpreta, lo modifica y en algunos puntos se aparta de él.

Y aquí aparece algo que conecta directamente con nuestra conversación anterior sobre Locke. La tradición española no quedó encerrada en España. El De legibus de Suárez tuvo una difusión considerable en el mundo intelectual británico. En Cambridge, por ejemplo, Nathaniel Culverwell lo utilizó de manera muy cercana en sus reflexiones sobre la ley natural; y en Oxford todavía a finales del siglo XVII se recomendaban Suárez, Tomás de Aquino y otros escolásticos para estudiar el derecho natural.

No obstante, no podemos afirmar sin más que Locke fuera un discípulo de Suárez, entre otras cosas porque no aparece un libro de Suárez en el catálogo conocido de su biblioteca. Pero sí hay evidencia de que Locke conocía la tradición escolástica y de que el De legibus aparece como una fuente relevante en sus Essays on the Law of Nature. Algunos estudiosos han defendido incluso que determinadas ideas de los Two Treatises podrían entenderse como una reformulación en lenguaje político moderno de elementos que ya estaban presentes en Suárez.

Locke no aparece por tanto de la nada, tampoco Hume. Antes de ellos existe una larguísima conversación europea sobre la ley, la naturaleza humana, la autoridad y los límites del poder. Lo que ocurre en Inglaterra en el siglo XVII es que algunas de esas cuestiones se separan progresivamente del marco teológico y escolástico y adquieren una formulación política nueva. En esta conversación participaba también la academia en Suecia, donde la doctrina del derecho natural era un tema académico especialmente apreciado. Desde 1655 se impartían en Uppsala cursos regulares sobre el De iure belli ac pacis[4] de Grocio, y en 1665 Johannes Schefferus, uno de los más destacados eruditos humanistas suecos de la época, fue nombrado profesor de Derecho Natural y de Gentes. Tres años más tarde, en 1668, Pufendorf fue llamado a la recién fundada Universidad de Lund como profesor de De iure naturae et gentium.

A partir de mediados de la década de 1670, el derecho natural comenzó a ser tratado en las disertaciones académicas y, con el paso de los años, estos trabajos se hicieron cada vez más frecuentes. Probablemente, el estudio académico del derecho natural se desarrolló en Suecia con más intensidad que en cualquier otro lugar durante el siglo XVII, y llegó a influir en el pensamiento inglés desarrollado en las universidades de Oxford y Cambridge en la época posterior a la guerra civil inglesa.[5]

La gran figura de esta tradición sueca  es Samuel Pufendorf, alemán de nacimiento, que fue profesor en la Universidad de Lund desde 1668, y allí publicó en 1672 su gran obra De jure naturae et gentium[6] (Sobre el derecho natural y de gentes). Es decir, mientras Locke estaba todavía desarrollando sus ideas, una de las grandes obras europeas sobre derecho natural estaba siendo escrita y publicada aquí, en Lund. La universidad había sido fundada apenas unos años antes, en 1666, y Pufendorf llegó en 1668. Lund se convirtió durante un tiempo en un centro europeo de reflexión sobre el derecho natural y la política. Paso hoy accidentalmente por la calle en la que se encuentra el Instituto Pufendorf de Lund, donde iré el miércoles que viene a participar en un seminario sobre “Comprender el mundo”. Tareas varias me apremian y os dejo por hoy. Continuaré mañana, intentando buscar las raíces de ese pensamiento liberal del que nos creemos ser fervientes seguidores.


[1] https://dn720006.ca.archive.org/0/items/locke-toleration-tolerantia-lateng-archive/Locke%20-%20Toleration%20-%20Tolerantia%20%5Blat%3Deng%5D%20archive.pdf

[2] https://archive.org/details/de-legibus-francisco-suarez/page/n15/mode/2up

[3] https://revistas.ucm.es/index.php/ASHF/es/article/view/79748

[4] https://ia800502.us.archive.org/23/items/hugonisgrottiide00grotuoft/hugonisgrottiide00grotuoft.pdf

[5] https://publications.sccl.se/sccl/article/view/550

[6] https://archive.org/details/oflawofnaturenat00pufe/page/n5/mode/2up?ref=ol