Siempre me asombro cuando surgen manifestaciones multitudinarias. Me maravilla como cientos de miles de personas aparecen de pronto en lugares embleáticos de las grandes ciudades para hacerse ver y oír, para reclamar derechos o exigir cambios en la organización política. Lo he presenciado en persona en París en mayo del 68 y en Barcelona durante los años de Procés.    

A veces pensamos en las grandes movilizaciones sociales como si surgieran de repente. Un día parece que no está pasando nada y, al siguiente, miles de personas ocupan una plaza, salen a la calle o empiezan a cuestionar un sistema que hasta entonces parecía inamovible. Yo me pregunto ¿Cómo se consigue que miles de personas, muchas de las cuales no se conocen entre sí, empiecen a actuar de manera coordinada? ¿Qué estructuras hacen posible que una protesta crezca hasta convertirse en un movimiento social capaz de poner en cuestión el orden establecido?

Si pensamos en la acampada de Sol de 2011 o las de hoy, en las movilizaciones contra los desahucios o, yendo mucho más atrás en el tiempo, como en la Revuelta dels Segadors, sobre la que escribí hace poco aquí mismo, o en la Revolución francesa de 1789, podemos encontrar algunas claves para entender cómo se construye esa capacidad colectiva. Aunque sin duda se trata de acontecimientos muy diferentes, todos nos llevan a una cuestión fundamental: ¿qué tiene que ocurrir para que el malestar individual se transforme en una fuerza colectiva? Yo creo que el descontento por alguna cuestión específica no basta. 

Antes de que miles de personas salieran a la calle en Barlelona en 1640 o en  Francia en 1789, existía una sociedad atravesada por profundas tensiones. La Revuelta dels Segadors de 1640 fue el resultado de la acumulación de tensiones sociales, económicas y políticas en Cataluña. La monarquía de Felipe IV, dirigida en buena medida por el conde-duque de Olivares, necesitaba recursos para sostener sus guerras y obligó a Cataluña a soportar la presencia y el alojamiento de tropas. Los abusos de los soldados, las cargas sobre los campesinos y los conflictos con las instituciones catalanas, que defendían sus propias leyes y competencias, alimentaron el descontento.

En Francia, la  monarquía sufría una grave crisis financiera tras décadas de costosas guerras, el sistema fiscal era desigual, el precio del pan generaba un enorme malestar y los privilegios de determinados grupos sociales eran cada vez más difíciles de justificar para una parte de la población.Sin embargo, la existencia de todos estos problemas no explica por sí sola que se produjera una revolución.

Algo parecido podemos decir del 15M en España. Antes de las manifestaciones del 15 de mayo de 2011 ya existían de forma endémica el desempleo, las dificultades económicas, los problemas de acceso a la vivienda y un creciente descontento con las instituciones políticas. Muchas personas compartían esas preocupaciones, pero compartir un problema no significa necesariamente organizarse para cambiarlo.

Aquí aparece creo yo una primera cuestión importante, porque una sociedad puede acumular malestar durante mucho tiempo sin que este se traduzca en una movilización masiva. Para que eso ocurra, hacen falta también relaciones entre las personas, espacios de encuentro, formas de comunicación y una interpretación compartida de lo que está sucediendo. En otras palabras, no basta con que muchas personas estén descontentas. Es necesario que puedan reconocerse en el descontento de las demás y empezar a actuar juntas.

Cuando observamos una manifestación multitudinaria, tendemos a fijarnos en la gente que ocupa las calles. Pero muchas veces lo más interesante está en todo aquello que no vemos: las redes de relaciones, las asociaciones, las reuniones, las conversaciones y las formas de organización que han permitido que esas personas lleguen hasta allí.

Ni en Cataluña en el siglo XVII, ni en la Francia del siglo XVIII  existían las redes sociales digitales, pero sí había una infraestructura de comunicación y organización política. Circulaban periódicos y panfletos, se celebraban reuniones, se formaban clubes políticos y se desarrollaban redes de sociabilidad en las que las ideas podían discutirse y difundirse.

En el caso concreto de Francia, los cuadernos de quejas elaborados en 1789, con motivo de la convocatoria de los Estados Generales, son un buen ejemplo de cómo las preocupaciones de distintas comunidades podían convertirse en demandas expresadas públicamente. No todos pedían lo mismo ni compartían una visión idéntica de la sociedad, pero existían mecanismos que permitían recoger y transmitir sus reivindicaciones.

Durante el 15M, las funciones de comunicación y coordinación se desarrollaron mediante una combinación de herramientas digitales, colectivos preexistentes, relaciones personales, asambleas y ocupaciones de espacios públicos. Las tecnologías eran distintas, pero algunas funciones resultaban comparables: difundir información, conectar a personas que no se conocían, compartir interpretaciones de la realidad y facilitar la coordinación de acciones. Los movimientos sociales no se construyen únicamente cuando la gente sale a la calle. También se construyen antes, en los vínculos que se crean, en las ideas que circulan y en los espacios donde las personas empiezan a reconocerse como afectados por un mismo problema.

La lucha contra los desahucios permite observar este proceso de una manera especialmente clara. Una familia que está a punto de perder su vivienda puede vivir su situación como un problema exclusivamente personal. Puede sentir vergüenza, aislamiento o la impresión de que no tiene capacidad para hacer nada frente a una entidad financiera o una decisión judicial.

Pero cuando esas familias entran en contacto con otras que atraviesan situaciones similares, la interpretación del problema puede cambiar. Lo que parecía una desgracia individual empieza a entenderse también como una cuestión social y política.

La Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), creada en Barcelona en 2009, desarrolló formas de organización basadas en asambleas, apoyo mutuo, asesoramiento colectivo y campañas públicas. Su importancia no residía únicamente en hacer visible el problema de la vivienda, sino también en crear un espacio en el que las personas afectadas podían encontrarse, compartir conocimientos y participar en acciones colectivas.

Cuando llegó el 15M, algunas de estas redes y experiencias encontraron nuevas conexiones con las asambleas de barrio y con una movilización más amplia. Este ejemplo nos muestra cómo una organización puede crecer sin que todas las personas que participan dependan de una única estructura central. Los grupos locales pueden mantener cierta autonomía y, al mismo tiempo, conectarse con otros grupos para compartir información, experiencias y objetivos. La fuerza de una red no depende exclusivamente del número de personas que forman parte de ella, sino también de las conexiones que existen entre esas personas y de su capacidad para colaborar.

Imaginemos un grupo pequeño que empieza a reunirse para denunciar un problema. Sus integrantes hablan con sus amistades, contactan con una asociación vecinal y organizan una primera reunión pública.

Algunas de las personas que acuden conocen o están vinculadas a otras organizaciones. Otras tienen experiencia en comunicación, disponen de un espacio donde reunirse o conocen a personas que podrían estar interesadas. Cada participante puede convertirse en un nuevo punto de conexión.

A medida que la red crece, también aumenta la capacidad de organizar nuevas actividades. Las personas que inicialmente acudían solo para informarse pueden empezar a colaborar, asumir responsabilidades y convocar a otras. Se produce así un proceso de crecimiento en el que la participación genera nuevas relaciones y esas relaciones facilitan nuevas formas de participación.

Muchas convocatorias no consiguen superar un círculo reducido de participantes. Para que una movilización crezca, influyen la relevancia del problema, la confianza en quienes convocan, la existencia de redes previas, la percepción de que participar puede servir para algo y las circunstancias políticas del momento. Esto último es esencial. La aparición de una crisis o un acontecimiento inesperado puede acelerar el proceso, pero normalmente lo hace sobre un terreno en el que ya existen relaciones, experiencias y capacidades organizativas.

La acampada de Sol añadió un elemnto especialmente interesante: la ocupación continuada de un espacio público. Aquí debemos pensar que en Sol tenían un precedente en otra plaza emblemática, la plaza Tahir de El Cairo. La comparación entre la Puerta del Sol y la plaza Tahrir de El Cairo es especialmente interesante porque ambas se convirtieron, en 2011, en espacios donde miles de personas experimentaron nuevas formas de organización colectiva. En Tahrir se exigía la caída de un régimen autoritario; en Sol se cuestionaba la representación política y el funcionamiento de la democracia existente. 

Una manifestación permite que muchas personas se encuentren durante unas horas. Una acampada, en cambio, crea la posibilidad de permanecer, convivir, deliberar y organizar actividades durante días o semanas. Para que esto funcione, es necesario resolver cuestiones muy concretas. Alguien tiene que ocuparse de la comunicación, otras personas deben atender la logística, organizar la limpieza, gestionar los materiales o ayudar a resolver conflictos. También hay que decidir cómo se toman las decisiones colectivas y cómo se distribuyen las responsabilidades.

En Sol surgieron asambleas y comisiones que asumían distintas tareas. No todas las personas participaban de la misma manera ni estaban de acuerdo en todo, pero el espacio compartido permitía que muchas de ellas se relacionaran y colaboraran. La plaza se convirtió también en un lugar donde experimentar formas de organización colectiva. Una multitud puede reunirse alrededor de una reivindicación sin llegar a construir una organización duradera. Para que la movilización tenga continuidad, necesita mecanismos que permitan mantener los vínculos, transmitir conocimientos, incorporar nuevos participantes y afrontar los desacuerdos.

No debemos olvidar que, al mismo tiempo que la Puerta del Sol vive nuevas acampadas, los estudiantes y profesores franceses están montando un nuevo 68, y parece que en España lo están copiando. No es raro que se junten reivindicaciones contra los desahucios con protestas estudiantiles y de profesorado. En los primeros momentos de un movimiento pueden coincidir personas con aspiraciones diferentes. Algunas quieren reformas concretas; otras aspiran a cambiar las instituciones; otras pretenden transformar las relaciones económicas y sociales de manera mucho más profunda.

Mientras exista un objetivo compartido, esas diferencias pueden quedar en segundo plano. Pero cuando el orden establecido empieza a cambiar, surge una nueva pregunta: ¿quién decide qué debe venir después? Estudiar los movimientos sociales exige prestar atención tanto a su capacidad para movilizar como a las formas de organización y representación que desarrollan después. Llegados a este punto, quizá sea más útil abandonar la idea de que una revolución es obra de un único actor.

No basta con hablar de la población, como si millones de personas actuaran de manera espontánea y coordinada. Tampoco basta con atribuirlo todo a un pequeño grupo de dirigentes que supuestamente lo habría organizado desde el principio. Lo que encontramos, normalmente, es una interacción entre tres elementos.

Por un lado, está la población movilizada, con sus experiencias, sus demandas y su capacidad para participar en acciones colectivas. Por otro, están las organizaciones y las redes que permiten conectar a las personas, difundir ideas, distribuir tareas y conservar la experiencia acumulada.

Y, finalmente, están las instituciones y los grupos que ejercen el poder, cuyas decisiones, divisiones y respuestas modifican las posibilidades de actuación de quienes protestan. La relación entre estos elementos cambia con el tiempo. Una decisión institucional puede desencadenar una protesta; una protesta puede provocar nuevas divisiones dentro de las élites; esas divisiones pueden abrir oportunidades para otros grupos, que a su vez pueden crear nuevas organizaciones.

No existe una fórmula universal que explique todas las revoluciones. Cada proceso tiene su propia historia, sus condiciones materiales y sus conflictos. Sin embargo, la comparación entre diferentes revueltas ayuda a identificar algunos mecanismos que aparecen, con diferencias importantes, en contextos históricos muy distintos.

Si hay una conclusión que podemos extraer de estos ejemplos, es que el malestar social y la capacidad de actuar colectivamente no son lo mismo. Entre ambos existe todo un trabajo de conexión, interpretación, organización y aprendizaje. Hay que crear espacios donde las personas puedan encontrarse, construir un lenguaje común para expresar sus problemas y desarrollar formas de colaboración que permitan pasar de las intenciones a la acción.

Las redes digitales pueden acelerar algunos de estos procesos, pero no sustituyen necesariamente las relaciones personales, la confianza o las estructuras organizativas. Del mismo modo, una plaza llena de gente puede generar una enorme visibilidad sin que eso garantice la continuidad del movimiento. La cuestión decisiva es cómo se transforman las relaciones entre las personas y qué capacidad adquieren para actuar juntas.

Detrás de las multitudes que aparecen en los libros de historia hubo redes de comunicación, espacios de encuentro, organizaciones, conflictos y personas que aprendieron a coordinarse en circunstancias que cambiaban constantemente. Después viene el día después.¿Qué pasa el día después, cuando la plaza se limpia y todo vuelve a la normalidad? Pues, a veces no pasa mucho, porque hay algo que conviene recordar cuando hoy vuelven a las calles para reivindicar el derecho a la vivienda: muchas de las demandas que dieron fuerza al 15M siguen sin haberse resuelto. Y resulta especialmente significativo que algunas de las fuerzas políticas que llegaron a las instituciones impulsadas por aquel ciclo de movilización hayan participado después en gobiernos que no llevaron esas reivindicaciones hasta sus últimas consecuencias.

El 15M no fue un partido político ni un movimiento con un programa único, pero una de sus principales expresiones sociales fue la lucha por la vivienda. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) ya venía denunciando los desahucios y reclamando medidas concretas: la dación en pago, la paralización de los desahucios de familias vulnerables y el alquiler social.

En 2013, la iniciativa legislativa popular impulsada por la PAH llegó al Congreso respaldada por cerca de un millón y medio de firmas. El Parlamento aprobó tramitarla, pero el texto original terminó integrado en una reforma impulsada por el Gobierno del Partido Popular, que no incorporó íntegramente las reivindicaciones de la plataforma. El PSOE criticó entonces aquella reforma y defendió una protección más efectiva para las familias afectadas.

Años después, con el PSOE y Unidas Podemos en el Gobierno, se aprobó la Ley de Vivienda de 2023 y se introdujeron medidas de protección para determinados hogares vulnerables. Sin embargo, no se estableció una prohibición general de los desahucios de personas vulnerables sin alternativa habitacional, una de las principales reivindicaciones de la PAH. La propia plataforma criticó en 2021 las limitaciones del acuerdo de vivienda entre los socios de la coalición.

Es cierto que gobernar implica negociar, reunir mayorías parlamentarias y actuar dentro de un marco jurídico y administrativo complejo. También es cierto que Unidas Podemos no tenía el mismo peso parlamentario que el PSOE y que las propuestas de los socios de coalición no siempre coincidían. Pero estas dificultades ayudan a explicar los límites de las reformas, pero no borran la distancia entre las reivindicaciones originales y las decisiones finalmente adoptadas.

Hay una cuestión que merece la pena plantear: ¿qué ocurre cuando un movimiento social consigue que sus demandas entren en las instituciones, pero las leyes aprobadas no responden plenamente a sus objetivos?

El 15M contribuyó a transformar el debate político y abrió espacios para nuevas fuerzas y formas de participación. Sin embargo, la entrada en las instituciones no garantizó que se materializara todo lo que se había reclamado en las plazas. En materia de vivienda, las reformas fueron parciales y la protección frente a los desahucios siguió dependiendo de determinadas condiciones, mientras la falta de alternativas habitacionales continuaba siendo un problema.

Por eso, cuando hoy se vuelve a manifestar por el derecho a la vivienda, conviene mirar también hacia atrás. No basta con recordar lo que exigían las plazas en 2011 ni con señalar las políticas de los gobiernos anteriores. También hay que examinar qué hicieron los gobiernos posteriores, qué compromisos asumieron, qué medidas aprobaron y qué reivindicaciones dejaron pendientes. Porque una cosa es conseguir que un problema ocupe el centro del debate público y otra muy distinta es cambiar las reglas que lo producen. 

Como cantaba Julio Iglesias: “La vida sigue igual”.

Quien controla las estructuras de movilización tiene una influencia decisiva sobre hasta dónde puede llegar el cambio. Un análisis comparado de la Revolución francesa de 1789 y la egipcia de 2011 muestra que el resultado dependió en gran medida de quién controlaba la capacidad de movilización. Cuando los sectores más moderados conservaron el control de las principales estructuras organizativas, el proceso tendió a detenerse tras el cambio político. Cuando lo mantuvieron los sectores más radicales, pudo avanzar hacia una transformación social más profunda.

https://link.springer.com/article/10.1007/s11127-024-01170-4