Me despierto al alba y me levanto para leer los periodicos, como lo suelo hacer todas las mañanas. Seguro, querido lector o lectora, alzarás una ceja con sorpresa, pensando que es raro que me levante justo para leer los periodicos pero, en mi caso, es cierto.Cuando era joven y fumaba, a penas despertarme, buscaba el paquete de cigarrillos a tientas sobre la mesilla de noche, y encendía el primer cigarro. La primera calada marcaba el comienzo del día.
Ahora no fumo y mi rutina o liturgia, como la queramos llamar, está marcada por los movimientos precisos para poner en marcha el ordenador y abrir la ventana al mundo. Antes, cuando fumaba, me levantaba para recoger el periódico, que a eso de las cinco de la mañana, alguien me traía y dejaba en el buzón. Sobre la mesa de la cocina, abria sus hojas perfumadas de tinta y procedía a ver qué me contaban en sus columnas sobre lo que recientemente había ocurrido en nuestro planeta, y a veces, hasta en otras galaxias.
En esa mi antigua liturgia mañanera también entraba el café y la radio, elcanal de la radio pública, con las voces conocidas que repasaban la actualidad. Me atrebo a decir que estaba bien informado, sobre la información que se nos ofrecía, claro. Bien preparado para las microtertulias con los colegas, o los comentarios pertinentes en el aula, ante mis estudiantes.
En aquel tiempo, hace unos treinta o cuarenta años, con todas las limitaciones que pudiera tener, la información que recibíamos nos proporcionaba una cierta base común para interpretar lo que sucedía a nuestro alrededor. La mayoría leíamos los mismos periódicos, aunque cada uno tuviera sus preferencias y existieran diferencias ideológicas entre unas publicaciones y otras; escuchábamos las mismas noticias en la radio y veíamos buena parte de los mismos programas en televisión. Al día siguiente, en el trabajo, en el café o en las reuniones con amigos, hablábamos de lo que habíamos leído o escuchado. Podíamos discrepar, defender posiciones contrarias e incluso discutir acaloradamente, pero, por lo general, compartíamos una referencia sobre los hechos de los que estábamos hablando. Teníamos, al menos, un punto de partida común que nos permitía discutir con cierto conocimiento de causa.
Naturalmente, aquello no significaba que estuviéramos mejor informados en todos los sentidos, ni que los medios fueran más independientes, objetivos o rigurosos que los actuales. También entonces había manipulación, intereses, silencios y maneras muy distintas de contar una misma realidad. La diferencia quizá estaba en que el número de fuentes era más limitado y en que existían acontecimientos, noticias y referencias que formaban parte de una conversación compartida.
Hoy, en cambio, podemos vivir prácticamente en mundos informativos diferentes. Cada cual recibe noticias seleccionadas por algoritmos, consulta fuentes distintas, escucha a quienes confirman sus propias ideas y puede terminar construyendo una interpretación de la realidad que apenas coincide con la de quienes tiene al lado. Ya no solo discrepamos sobre lo que significan los hechos; a veces discrepamos incluso sobre cuáles son los hechos, sobre qué ha sucedido realmente y sobre qué información merece ser considerada fiable.
Para discutir, para confrontar ideas y para intentar comprender una realidad compleja, necesitamos compartir al menos una parte del terreno sobre el que se desarrolla la conversación. Cuando ese terreno común desaparece, el diálogo se hace mucho más difícil. Cada uno llega con sus propias noticias, sus propias certezas y sus propias explicaciones, y la conversación corre el riesgo de convertirse en un enfrentamiento entre relatos incompatibles, en el que cada uno intenta demostrar que el otro está equivocado. Los típicos diálogos para besugos.
Me pregunto si, en medio de tantas posibilidades de acceso a la información, no estaremos perdiendo algo que antes dábamos por supuesto: la posibilidad de hablar de lo que nos sucede como sociedad partiendo de una realidad compartida. Porque estar más conectados no significa necesariamente que tengamos más cosas en común. Y tener acceso a muchas más voces tampoco garantiza que estemos más dispuestos a escuchar.
El verdadero desafío de nuestro tiempo puede que consista en recuperar espacios de conversación en los que podamos contrastar lo que sabemos, cuestionar lo que creemos y reconocer aquello que todavía ignoramos. Espacios en los que la discrepancia no implique necesariamente una ruptura y en los que el propósito de conversar no sea derrotar al interlocutor, sino comprender mejor aquello sobre lo que estamos discutiendo. Justamente discrepancia en amistad, la echo mucho de menos.
Todo parece obligarnos a tomar partido. Hay que estar a favor o en contra, elegir un bando, defender una posición y, a ser posible, hacerlo con contundencia. La duda se interpreta a menudo como debilidad, cambiar de opinión parece una derrota y reconocer que nos hemos equivocado exige una honestidad que no siempre estamos dispuestos a ejercer. De este modo, poco a poco, corremos el riesgo de sustituir el pensamiento por la reacción, la reflexión por el impulso y la búsqueda de la verdad por la necesidad de tener razón.
Pero ¿hasta qué punto son realmente nuestras las ideas que defendemos? ¿Cuántas de nuestras convicciones nacen de una reflexión propia y cuántas hemos adoptado porque las hemos escuchado tantas veces que han terminado pareciéndonos indiscutibles? ¿Cuántas veces creemos haber llegado a una conclusión cuando, en realidad, nos hemos limitado a aceptar la explicación que mejor encaja con lo que ya pensábamos? Son preguntas incómodas, porque nos obligan a mirar más allá de los errores ajenos y a reconocer nuestra propia vulnerabilidad.
Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, la abundancia de información no parece garantizarnos una mejor comprensión de la realidad. Sabemos lo que ocurre en lugares muy alejados, conocemos acontecimientos que hace unas décadas habrían tardado días en llegar hasta nosotros y podemos escuchar, casi al mismo tiempo, interpretaciones completamente opuestas de un mismo hecho. Pero disponer de más información no significa necesariamente comprender mejor el mundo. Más bien, incluso, sucede lo contrario: recibimos tantos estímulos, tantas explicaciones y tantas opiniones que terminamos perdiendo la capacidad de distinguir lo esencial de lo accesorio, lo cierto de lo probable y los hechos de las interpretaciones interesadas.
No creo que el problema esté únicamente en quienes producen esa información, ni en los intereses políticos, económicos o ideológicos que condicionan una parte de lo que vemos y escuchamos. También está en nosotros, en nuestra tendencia a buscar aquello que confirma nuestras ideas, en la facilidad con la que desconfiamos de quien piensa de manera diferente y en la resistencia que sentimos cuando alguien cuestiona nuestras certezas. Nos gusta creer que somos libres de pensamiento, pero pocas veces nos preguntamos hasta qué punto nuestras opiniones están condicionadas por el entorno, por la educación recibida, por nuestras experiencias o por la necesidad de sentirnos aceptados.
Pensar por nosotros mismos no significa desconfiar de todo ni creer que podemos prescindir de los conocimientos de los demás. Tampoco consiste en llevar la contraria por sistema o en considerar que nuestra opinión tiene más valor por el simple hecho de ser nuestra. Significa, más bien,considero yo, estar dispuestos a examinar lo que creemos, escuchar argumentos que nos incomodan y aceptar que la realidad es, con frecuencia, mucho más compleja de lo que nos gustaría. Significa comprender que podemos estar equivocados, que nuestras buenas intenciones no nos hacen necesariamente más lúcidos y que la honestidad intelectual empieza, precisamente, cuando dejamos de concedernos privilegios que no estamos dispuestos a reconocer a los demás.
La libertad de pensamiento no consiste únicamente en poder decir lo que queremos, sino también en atrevernos a cuestionar aquello que nos proporciona seguridad. Es mucho más sencillo repetir una consigna que examinar sus consecuencias, mucho más cómodo encontrar culpables que comprender las causas de un problema y mucho menos exigente confirmar nuestras convicciones que someterlas a una revisión sincera.
Una sociedad que pierde la costumbre de pensar críticamente se vuelve más vulnerable a la manipulación, a los discursos simplificadores y a quienes ofrecen respuestas fáciles para problemas complejos. Cuando dejamos de preguntarnos por qué suceden las cosas, otros terminan decidiendo qué debemos pensar sobre ellas. Cuando renunciamos a la reflexión, corremos el riesgo de convertirnos en instrumentos de ideas que defendemos sin haberlas examinado suficientemente.
No creo que la solución consista en desconfiar de todo el mundo ni en refugiarnos en una supuesta superioridad moral frente a quienes piensan de otra manera. Sería demasiado sencillo y, probablemente, otra forma de caer en el mismo error. La cuestión es, creo yo, preguntarnos si estamos dispuestos a conceder a nuestras propias ideas el mismo derecho a ser cuestionadas que exigimos para las ideas de los demás.
Deberíamos recuperar el valor de detenernos antes de opinar, de escuchar antes de juzgar y de reconocer que no siempre tenemos una respuesta. En una época en la que todo parece urgente, pensar requiere tiempo. En una sociedad que premia la contundencia, dudar puede ser una forma de honestidad. Y en un mundo en el que tantas personas parecen preocupadas por demostrar que tienen razón, quizá una de las mayores muestras de inteligencia consista en estar dispuestos a descubrir que no la tenemos.
Al final, la pregunta no es solamente si somos capaces de pensar por nosotros mismos, sino si estamos dispuestos a asumir las consecuencias de hacerlo. Porque pensar de verdad no siempre nos confirma lo que ya creíamos. A veces nos obliga a cambiar de opinión, a revisar nuestros juicios, a reconocer contradicciones y a aceptar que algunas de las certezas sobre las que hemos construido nuestra manera de entender el mundo no eran tan sólidas como imaginábamos.
Ahí reside una parte esencial de nuestra libertad, en conservar la capacidad de hacernos preguntas; no en defender nuestras ideas a cualquier precio, sino en mantenerlas abiertas a la posibilidad de que la realidad nos obligue a cambiarlas, porque una cosa es tener opinión sobre casi todo y otra, muy distinta, haberse detenido a pensar sobre aquello de lo que opinamos.
Ay, cómo echo ya de menos las conversaciones con mi amigo Antonio Viudas.Nuestros diálogos eran lo más parecido a una tertulia de antaño.Él me podía mandar un artículo que acababa de leer, por ejemplo el 15 de julio pasado, en El Debate, sobre unas declaraciones de Mariano Rajoy sobre la selección francesa de fútbol en la que dijo que la selección gala jugaba “sin franceses”. En un WhattsApp, Antonio me envia una pregunta: “Buenos días, me gustaría que comentaras con emoción, sesgo de confirmación o crítica objetiva este artículo. Tu comentario me será muy útil para un estudio de la recepción del mensaje por parte de cada lector que lo crea a su modo y manera. Estudio enmarcado en el análisis del discurso. Muchas gracias.”
Y yo leía el artículo y le contestaba: “Opino, que el que no quiera ser mal interpretado, debe hablar claro. “Sin franceses” es una clara provocación. Francia ha construido tradicionalmente una identidad cívica más que étnica. La nación francesa se fundamenta, al menos en teoría, en la ciudadanía y la adhesión a la República, no en el origen familiar. Por eso jugadores nacidos en Francia, hijos o nietos de inmigrantes argelinos, senegaleses, antillanos o cameruneses son, jurídicamente e históricamente, tan franceses como cualquier otro ciudadano. Pero, como bien sabes, hay muchos franceses que piensan como Rajoy o como otros políticos, españoles o franceses. Está muy claro que los apellidos de los jugadores galos no suenan muy “franceses”, pero en eso no hay ningún problema, creo yo, almenos para mí y para una gran mayoría de franceses de hoy.” y Antonio me contestaba: “Martín, Rajoy ha querido provocar y lo ha conseguido. Es gallego.”
Yo le preguntaba qué le parecía algo que yo había escrito. Me interesaba conocer su opinión que siempre venía acompañada de informaciones interesantes, como en nuestra conversación del 4 de agosto de este año. Yo le enviaba un texto y le pedía su opinión: “ Hola, Antonio. Me interesa tu opinión. Después de intentar analizar cómo se construyó desde fuera la imagen de una España diferente, quiero acercarme ahora a otra mirada: la de Cataluña. Porque una parte importante de la historia de España puede leerse también como la tensión entre distintas maneras de entender lo español. Cristòfol Despuig, en pleno siglo XVI, fue uno de los primeros en dejar constancia de esa inquietud “
A esto, Antonio, me contestaba: “Martín, leído tu texto y lo que pones de Despuig, se ve claro que los descendientes de Alfonso X el Sabio, en el siglo XIV y XV notaron la decadencia por luchas intestinas del poder de los Reyes de la Corona de Aragón. En esta la Lengua oficial era el catalán y lo que dice que el catalán se hablaba en Aragón es muy discutible. Los notarios escribían en catalán, pero muchos de la Corona de Aragón hablaban modalidades de la Lengua aragonesa y de la Lengua catalana, mallorquina y valenciana. En este error cayó Tomás Navarro Tomás respecto a los documentos del Alto Aragón y un investigador americano le rectificó.”
Tomando el último sorbo de café de la mañana, te envío, Antonio, un abrazo, allí donde estés. tu recuerdo queda en los que te conocimos, como el recuerdo de tu profesor Zamora Vicente persistía en tí.
Y dejo aquí mi propia reflexión sobre ese futuro no muy lejano en el que me llegará el turno a mí, cuando llegue el final.
Cuando llegue el final, quisiera regresar como regresa el río al mar, como vuelve la hoja a la tierra sin preguntarse adónde va.
Volver a las estrellas, a la materia antigua de los mundos, al polvo, al agua, al viento, a cuanto fui antes de ser yo.
Habré vivido apenas un instante en la inmensidad del tiempo; habré amado, habré soñado, y el mundo habrá pasado por mis ojos como la luz sobre las olas.
Después, nada sé. Quizá no quede nadie que pueda recordar mi nombre. Quizá la noche sea solamente noche.
Pero no temo al misterio.
Mi cuerpo volverá a la tierra, mis átomos seguirán su viaje, y el universo, que un día me hizo, volverá a recogerme en su silencio.
No pediré otra vida ni una eternidad que me recuerde. Me bastará haber sido, haber sentido el asombro de estar aquí, entre las cosas, y haber amado a quienes compartieron conmigo este breve viaje.
Cuando llegue el final, quisiera sentir que regreso, no que desaparezco; que dejo de ser una parte para volver a ser el todo.
Y que, al final del camino, comprenda sin palabras lo que nunca supe mientras vivía:
que las estrellas eran mi origen, la tierra fue mi casa y el universo entero mi manera de regresar.

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