Sigue la barbarie. Cada día que pasa es un goteo de información sobre el rearme. Todos hablan de seguridad, pero nadie habla de paz. Yo, por mi parte, voy a seguir hablando de los que creyeron, ya hace muchos siglos, que era posible llegar a un estado de paz general sin perder ni un ápice de la protección que las armas dicen ofrecer. Ayer me remontaba a épocas lejanas, con Ashoka y Mozi, en la India y China respectivamente. Desde el lejano oriente parece haberse esparcido las ideas de paz universal hasta la antigua Grecia y de allí al resto del mundo. La ruta de expansión budista a través del Asia Central, Persia y el mundo helenístico fue real. Los contactos entre Grecia e India son evidentes desde la expedición de Alejandro Magno en el siglo IV a.C., que llegó al Punjab y estableció reinos helenísticos como el de Bactria.
En Bactria y Gandhara surgió una síntesis greco-budista que no fue solo artística, sino también filosófica. Algunos monjes budistas hablaban griego y participaban en discusiones con filósofos griegos. Emisarios de Ashoka viajaron hacia occidente en un momento en que el mundo helenístico era receptivo a ideas filosóficas extranjeras. Estas misiones budistas fueron sembrando ideas sobre la ética universal y la paz que luego aparecieron en círculos estoicos y cínicos.
Filón de Alejandría, siglos después, habla de los “gymnosofistas”, los sabios desnudos indios que practicaban la contemplación y predicaban la humildad y la no violencia, lo que indica una impresión duradera. Gimnosofista es el nombre dado por los antiguos griegos a ciertos místicos y filósofos ascéticos de la India, los cuales rechazaban la comida, la carne y la ropa por ser enemigos de la pureza de pensamiento. Las crónicas les consideran los homólogos indios de los magos persas, los astrólogos caldeos o los druidas celtas, y es común que a importantes figuras helénicas como Licurgo, Pitágoras o Demócrito se les atribuya haber viajado a la India y aprendido de ellos. Hasta nosotros ha llegado el término de la mano de Plutarco, en el primer siglo de nuestra era.
Hay momentos en la historia en que ideas semejantes florecen simultáneamente en tierras distantes, como si respondieran a una necesidad profunda del alma humana más allá de la geografía o la lengua. Uno de esos momentos, acaso uno de los más esperanzadores, ocurrió entre los siglos V y III antes de nuestra era, cuando hombres de tres culturas —china, india y griega— comenzaron a esbozar con sorprendente claridad una idea aún radical en nuestros días: la de una paz universal fundada en principios éticos comunes a todos los seres humanos.
En China, Mozi predicó en el siglo V a.C. una ética basada en el “amor imparcial”, la idea de que todos los hombres, sin distinción de sangre, riqueza o nación, merecen el mismo cuidado. Para Mozi, la guerra no era una fatalidad ni una forma de gloria, sino un error moral. Su escuela no solo defendía el pacifismo en teoría, si no que organizaba redes de técnicos e ingenieros para defender ciudades atacadas sin recurrir a la agresión, practicando una suerte de resistencia técnica sin odio, ese odio que parece ser una constante en nuestra cultura judeo-cristiana-musulmana, la herencia bíblica, la sangre del dragón. Mozi fue olvidado durante siglos, pero su visión resurge hoy como una alternativa sorprendente frente al cinismo del realismo político.
En la India, dos siglos después, Ashoka el Grande, emperador del poderoso Imperio Maurya, vivió una transformación moral tras la sangrienta conquista de Kalinga. Conmovido por el sufrimiento que había causado, Ashoka abrazó el budismo y proclamó, en sus célebres edictos grabados en piedra, un nuevo ideal de gobierno: uno fundado en la compasión, la no violencia, ahimsa, y el dhamma como orden moral universal. Pero Ashoka no se limitó a proclamar principios: envió emisarios, no ejércitos, a tierras lejanas. Entre los destinatarios mencionados en sus inscripciones figuran los reyes helenísticos, herederos del imperio de Alejandro: Antíoco II en Siria, Ptolomeo en Egipto, Magas en Cirene, entre otros.
Este gesto, documentado en la decimotercera roca-edicto, no puede ser ignorado. Por primera vez, un gobernante del Este tendía la mano al mundo occidental no con ánimo de conquista, sino con el deseo de compartir una visión ética y espiritual del orden humano. Fue un acto civilizatorio de primer orden: diplomacia del espíritu en un mundo aún gobernado por la espada.
¿Llegaron estos mensajes a su destino? ¿Escucharon los sabios griegos el eco de aquellas palabras pronunciadas bajo el sol de la India o los cielos de Lu? No lo sabemos con certeza. Pero sí sabemos que, en los mismos siglos, en Atenas y en Corinto, en el Pireo y en Rodas, florecieron voces que hablaban de la humanidad como una sola comunidad.
Zenón de Citio[1], fundador del estoicismo, hablaba ya en el siglo III a.C. de la “cosmópolis”, la ciudad universal. Para él, todos los seres humanos participaban de la razón divina, y por tanto eran esencialmente hermanos.[2] La virtud, y no la cuna, debía ser el criterio para juzgar a un hombre. Los estoicos enseñaron que el sabio vive en paz no solo consigo mismo, sino con el mundo entero.
También Diógenes[3] el cínico, cuando fue preguntado por su patria, respondió simplemente: “soy ciudadano del mundo”. En su boca, no era una metáfora. Era una afirmación moral. Y Epicuro, aunque más replegado en su jardín, enseñó que la felicidad verdadera consiste en eliminar el miedo, a los dioses, a la muerte, al poder, y vivir en la tranquilidad que nace de la moderación y la amistad. ¿No resuenan aquí, aunque con otros tonos, las voces de Mozi y de Ashoka?
Hay quienes dirán que estas similitudes son coincidencias. Tal vez. Pero la historia no solo se hace de causas directas, sino también de afinidades profundas, de atmósferas compartidas, de vientos de pensamiento que soplan más allá de las fronteras. Sabemos que existieron contactos entre griegos e indios desde los tiempos de Alejandro. Sabemos que en Bactria y Gandhara surgió una cultura greco-budista, y que en los siglos siguientes los monjes budistas viajaban hasta Alejandría y Siria. ¿No es posible que algunas semillas orientales hayan germinado en las escuelas filosóficas de Occidente?
No afirmo una influencia directa y lineal. Pero sí una consonancia espiritual. En un mundo marcado por imperios y conquistas, surgieron, casi al mismo tiempo, hombres que imaginaron otra vía: la de la razón, la compasión, la fraternidad. Y aunque sus nombres y doctrinas hayan sido relegados a márgenes de los libros de historia, hoy, en esta hora de conflictos globales, tal vez merezcan ser leídos de nuevo.
Porque quizá, más que nunca, necesitamos recordar que la paz no es solo la ausencia de guerra, sino un arte antiguo, nacido de la sabiduría compartida de muchos pueblos. Ciertos no podremos estar nunca de una historia que solo conocemos de forma fragmentaria, pero yo, personalmente, encuentro ideas paralelas en pensadores griegos posteriores al contacto con Oriente, como Diógenes de Sinope y los cínicos, que predicaban la autosuficiencia, la sencillez, la fraternidad universal y el desprecio por las guerras, o Zenón de Citio[4], fundador del estoicismo, que en el siglo III a.C. defendía la idea de la cosmópolis, una ciudad universal gobernada por la razón y la ley natural, donde todos los humanos fueran hermanos. Epicuro[5] también abogaba por evitar la guerra y buscar la ataraxia, la paz interior, mediante la eliminación de deseos innecesarios.
Un poco de lectura habría seguramente ayudado a los mandatarios del momento. De Ashoka podrían haber aprendido que el poder se legitima si se basa en valores universales: respeto, compasión, tolerancia religiosa y ayuda mutua y que la diplomacia ética, con misiones pacíficas, y no con intervenciones militares, puede tejer alianzas más duraderas que la fuerza. Leyendo a Mozi podrían haber aprendido entre muchas más cosas, que el gobernante justo no debe favorecer a su grupo, clase o nación, sino actuar con imparcialidad moral: “amar sin distinción” y que la guerra por ambición, gloria o recursos no es noble ni inevitable: es inmoral y contraria al bien común. Epicuro les enseñaría que la política debe asegurar los bienes naturales y necesarios, como salud, seguridad, alimento, abrigo, libertad interior y que el mayor enemigo de la paz es la codicia institucionalizada. Y por último, para no cansarles demasiado, sería bueno que leyeran lo que se dice que escribió Zenón de Citio y que eran cosas tan fáciles de comprender como que los hombres no deben dividirse por naciones, razas o credos, sino reconocerse como ciudadanos del mundo (kosmopolitês). También decía el buen Zenón que el buen gobernante legisla no para sus compatriotas únicamente, sino pensando en la humanidad entera, y en su lugar en la naturaleza y que el derecho no es simple norma, sino una expresión de la razón común a todos los seres humanos.
Esperemos que algún día, los poderosos líderes de las potencias mundiales, lean a los filósofos, los comprendan y pongan en practica los sabios consejos que nos trataron de dar.
[1] https://archive.org/details/los-estoicos-antiguos-zenon-de-citio-ari
[2]https://www.perseus.tufts.edu/hopper//text?doc=Perseus%3Atext%3A2008.01.0232%3Achapter%3D1%3Asection%3D3
[3] https://en.wikisource.org/wiki/Lives_of_the_Eminent_Philosophers/Book_VI
[4] ” La muy admirada República de Zenón, fundador de la escuela estoica, apunta a este punto principal: que nuestras organizaciones domésticas no deberían basarse en ciudades ni en parroquias (mê kata poleis mêde kata dêmous), cada una delimitada por su propio sistema legal, sino que debemos considerar a todos los seres humanos (pantas anthrôpous) como nuestros conciudadanos y vecinos (dêmotas kai politas), y debería haber una sola forma de vida y de orden, como la de un rebaño que pasta unido y se alimenta de un mismo campo común (nomôi koinôi). Zenón escribió esto como si representara un sueño o imagen (onar ê eidôlon) de una sociedad bien ordenada según el ideal del filósofo (politeias).” En Plutarco: “Sobre la fortuna y la virtud de Alejandro”.https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus%3Atext%3A2008.01.0231%3Achapter%3D1%3Asection%3D1
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