Hoy quiero seguir por el sendero de la ciencia, esa senda luminosa que no siempre fue bien transitada por el gran público. Me detengo en una figura que cambió nuestra forma de entender la vida: Charles Darwin. Y no tanto para explicar su teoría, sino para observar la actitud, a veces entusiasta, otras recelosa, con la que fue recibida.

Ayer hablaba de la dificultad que tuvo la teoría de la evolución para abrirse paso, especialmente en un país como España, donde El origen de las especies, publicado en inglés en 1859, no fue traducido hasta 1877. Tres años más tarde, llegaría por fin la versión castellana de El origen del hombre y la selección sexual. La resistencia fue fuerte, sobre todo por parte de la Iglesia.

En Suecia, sin embargo, las tesis de Darwin fueron tomadas en serio, aunque tampoco allí fueron recibidas con brazos abiertos, especialmente en Lund, como veremos. Algunos científicos se apresuraron a tomar partido: ya fuera para apoyarlas o para condenarlas.

En noviembre de 1859, Darwin envió su libro a sus contactos en distintos países. En Suecia, uno de los ejemplares llegó a manos de Nils Johan Andersson, responsable del Departamento de Botánica del Museo Nacional de Historia Natural en Estocolmo y profesor de la Real Academia de Ciencias. Otro fue a parar a Jakob Georg Agardh, reputado botánico y algólogo de la Universidad de Lund. Ambos lo leyeron, pero sus reacciones no pudieron ser más opuestas.

Darwin sostenía que en la naturaleza se produce una sobreproducción de seres vivos, que dentro de cada generación hay variaciones y que esto, a largo plazo, conduce a la selección natural: quienes mejor se adaptan sobreviven y se reproducen. A partir de aquí, hablaba de una lucha por la existencia y de una larga historia de transformaciones que explicaría la diversidad de la vida en la Tierra. Nada de esto era completamente nuevo: en 1809, Lamarck ya había propuesto que los caracteres adquiridos se heredan, y desde mediados del siglo XVIII, muchos científicos habían ido abandonando la fe literal en la creación bíblica.

Lo revolucionario en Darwin fue la potencia de sus observaciones y la simplicidad de su explicación: los mejor adaptados sobreviven. Nada más… y nada menos.

Agardh no quedó convencido. “Escrito con un talento fascinante, pero indudablemente falso en su base”, dijo. Aceptaba que las especies pudieran cambiar, pero no su esencia. Para él, había algo inmutable en la estructura del mundo. Venía de una tradición que pretendía unir ciencia y religiosidad, explicar el mundo sin negar la autenticidad de la Biblia.

Su padre, Carl Adolph Agardh, fue obispo protestante de Karlstad y un intelectual ilustrado. Para él, no existía contradicción entre ciencia y religión, porque concebía el mundo como una manifestación del orden divino. Estudiar la naturaleza era, en cierto modo, estudiar el pensamiento de Dios. Esta postura se inscribía en el llamado naturalismo teológico o fisicoteología, corriente muy difundida en el siglo XVIII y comienzos del XIX, que veía en la naturaleza una prueba de un creador racional. Para Carl Adolph, la ciencia no refutaba la fe: la enriquecía.

Jakob Georg Agardh, aunque educado en este espíritu, vivió su carrera científica en una época de mayores tensiones entre la biología evolutiva y la visión religiosa tradicional. Fue un botánico brillante, respetado internacionalmente. Sin embargo, cuando leyó El origen de las especies, reaccionó con una mezcla de admiración y rechazo. Valoró su claridad y elegancia, pero no aceptó sus fundamentos. Para él, la naturaleza respondía a un orden esencial dado por Dios, no a fuerzas ciegas ni al azar.

No era teólogo, pero su reserva ante Darwin respondía a un principio filosófico profundo: el mundo no podía ser fruto de la mera lucha, sino de un diseño superior. Sin embargo, ya no recurría abiertamente a la fe como argumento científico: exigía rigor, sí, pero dentro de un marco en el que la finalidad seguía teniendo peso.

Andersson, en cambio, quedó entusiasmado. “¡Esta doctrina me entusiasma! Es un canto a la investigación libre, un himno a la posibilidad de desarrollo de todo lo que existe. La creación cobra vida y sentido; incluso la más pequeña observación adquiere valor”. Quizá se identificó con Darwin: dos décadas después del Beagle, él mismo había dado la vuelta al mundo a bordo de la fragata Eugenie, enviando crónicas al diario Aftonbladet. En las Galápagos, mencionó las observaciones de Darwin. A su regreso, publicó un texto que llegaba a la misma conclusión: las especies del archipiélago eran producto de una adaptación progresiva.

Andersson se convirtió en el abanderado del darwinismo sueco. En 1861, presentó la teoría en la ceremonia anual de la Real Academia de las Ciencias. Aftonbladet llevó la noticia al público. Durante toda la década, Andersson dio conferencias, escribió artículos y, desde su revista Botaniska Notiser, defendió el darwinismo. Incluso en sus estudios sobre los sauces (Salix) aplicó el marco evolutivo.

La Academia fue bastión del darwinismo en Suecia. Muchos jóvenes naturalistas se sintieron atraídos por la nueva visión. No así en Lund, donde el interés fue escaso. En Uppsala, Darwin fue elegido miembro de la Real Sociedad de Ciencias en 1860, aunque más por sus méritos geológicos que por sus ideas evolucionistas.

Curiosamente, no fue hasta 1871 que On the Origin of Species se tradujo al sueco como Om arternas uppkomst, pese al creciente interés por la ciencia. Las revistas debatían sus postulados con entusiasmo. Fredrika Bremer, escritora y feminista, escribió en 1864 que la ciencia debía prestar atención a “las variaciones que Darwin ha puesto de moda”.

No todos eran partidarios. Olof Immanuel Fåhræus, gobernador de Gotemburgo y naturalista, escribió en Svensk Tidskrift (1874 y 1876) que la selección natural era una doctrina del azar. Aceptaba la sobreproducción de individuos, pero se preguntaba: “¿Cómo explicar una ley natural que produce más seres solo para acabar eliminando a la mayoría?”.

Ese era el verdadero debate. No tanto la descendencia del hombre del mono —tan explotada por caricaturistas—, sino la idea de un mundo sin propósito fijo, gobernado por adaptación y azar.

En España, la situación era aún más difícil. La oposición de la Iglesia fue feroz. Destaca el caso del obispo José María Urquinaona y Bidot, cuyo nombre lleva una estación de metro en Barcelona, que hizo todo lo que pudo por perseguir a todos los que osaban nombrar a Darwin o sus teorias. Aunque parece que en la sociedad española, en ambientes academicos y estudiantiles, se discutian las tesis de Darwin. En Fortunata y Jacinta, Benito Perez Galdós describe el ambiente universitario de 1863, con jóvenes debatiendo sobre Haeckel, Darwin y el fijismo.

Tras la Revolución de 1868, las ideas de Darwin comenzaron a discutirse más abiertamente, amparadas por la nueva Ley de Libertad de Enseñanza (21 de octubre de 1868). Esta permitió que figuras como Augusto González de Linares (Santiago), Antonio Machado Núñez (Sevilla) y Rafael García Álvarez (Granada) pudieran enseñar y defender el evolucionismo.

Pero tras el Sexenio, la Iglesia se vengó. Machado perdió su cátedra por sus artículos a favor de Darwin. Chil y Naranjo fue excomulgado en 1878 por su obra sobre la evolución en Canarias. El obispo Urquinaona la calificó de “falsa, impía, escandalosa y herética”.

Con la guerra civil vino una nueva recaída científica. En 1942, la revista Escorial, vinculada a la Falange, publicó un artículo del botánico sueco Nils Heribert-Nilsson que negaba el darwinismo con retórica tajante: “La evolución […] es una ficción”. Que la propaganda franquista se sirviera de una voz escandinava no es casual: la pretendida objetividad del norte europeo reforzaba ideológicamente su negación del cambio.

En el tardofranquismo aún se libraban batallas entre ciencia y censura. En 1971, Félix Rodríguez de la Fuente fue reprendido por hablar de la evolución en su programa Planeta Azul sin aclarar que era “solo una teoría”. La presión vino de la revista católica Roca Viva, que ridiculizaba la idea de que un pez “aburrido del mar” se fabricase patas.

Más de siglo y medio después de El origen de las especies, las teorías de Darwin siguen incomodando. Ya no por críticas científicas rigurosas, sino por sectores ideológicos y religiosos que se sienten amenazados por sus implicaciones: un mundo sin diseño, sin centro, sin jerarquías inmutables.

La oposición a Darwin no es un debate sobre fósiles. Es un combate entre cosmovisiones. Quienes resisten no temen lo que dice la teoría, sino lo que implica: que la vida es fruto del cambio, del azar, de la lucha. En ese sentido, Darwin sigue siendo subversivo. No porque la ciencia haya dejado de validarlo, sino porque su mensaje sigue desestabilizando el orden simbólico. Allí donde haya un púlpito, un plató o un panfleto, siempre habrá quien quiera acallarlo.

https://www.gutenberg.org/files/17013/17013-h/17013-h.htm

https://sok.riksarkivet.se/sbl/Presentation.aspx?id=5591

https://culturacientifica.com/2015/11/20/como-llego-el-darwinismo-a-espana

https://publicacions.iec.cat/repository/pdf/00000054/00000089.pdf