Despierto hoy con ganas de salir a caminar. Necesito hacerlo para ordenar mis pensamientos. Hay tantas cosas que me preocupan y que me gustaría comprender. Conservo la sensación o el reflejo de querer comprender lo que ocurre para estar preparado para contestar las preguntas de mis estudiantes. Ya sé que es innecesario, porque ya no tengo estudiantes con los que conversar, pero, por si acaso. Hoy pienso un poco en la Inteligencia Artificial, la famosa IA, y en lo que significa para nosotros. ¿Qué significa ser humano en un mundo donde lo artificial puede pensar, crear y decidir?

No es una pregunta retórica. Es una pregunta que se cuela ya en las conversaciones de todos los días, en nuestras aulas, en nuestras pesadillas y en nuestras esperanzas. Porque estamos entrando, casi sin darnos cuenta, en una época en la que lo que antes era exclusivo del ser humano, pensar, crear, decidir, incluso amar o consolar, comienza a ser imitado por máquinas. Y con ello, tambalea la vieja definición de humanidad.

Durante siglos, lo que nos distinguía era la inteligencia, la capacidad simbólica, el lenguaje, la imaginación. Ahora una inteligencia artificial puede escribir un poema, diagnosticar una enfermedad o traducir una obra de teatro con una precisión casi pasmosa. ¿Qué diría nuestro querido Santiago Ramón y Cajal si viviera hoy? Una red neuronal, un tipo de programa informático inspirado en el funcionamiento del cerebro humano, puede aprender estrategias, superar al mejor ajedrecista, imitar una voz humana, crear rostros que no existen. Y también puede hacer una secuenciación genética, el proceso mediante el cual se lee el orden exacto de los componentes llamados nucleótidos que forman el ADN de un ser vivo, puede reescribir lo que entendíamos por cuerpo, por herencia, por vida.

Pero ¿quién decide los fines de estos prodigios? ¿Quién traza los límites? Porque la pregunta no es solo técnica: ¿qué puede hacerse?, sino profundamente ética: ¿qué debe hacerse? Y aún más urgente: ¿a quién sirve este poder?

Vivimos un tiempo donde la acumulación de conocimiento ya no va acompañada, necesariamente, por una acumulación de sabiduría. La tecnología, sin brújula, se vuelve herramienta de dominio. Basta mirar cómo la vigilancia digital se infiltra en nuestras rutinas, cómo los datos íntimos pasan a ser mercancía, cómo los algoritmos refuerzan prejuicios o controlan decisiones políticas. Todo se mide, todo se predice, todo se optimiza, pero esto ocurre a costa de nuestra intimidad.

Y sin embargo, seguimos creyendo que la humanidad no puede limitarse a la eficiencia ni a la precisión. Ser humano es también dudar, errar, conmoverse, sentir piedad, resistirse al cálculo. Ser humano es no estar del todo programado. Es albergar contradicciones, silencios, huecos que ninguna máquina podrá llenar. Lo más inquietante quizá no es lo que puede hacer la inteligencia artificial, sino lo que nosotros dejamos de hacer, confiando en que lo hagan por nosotros. Dejamos de pensar, de cuidar, de recordar. Externalizamos nuestras decisiones. Pero el alma, si existe, no se delega.

Ese es un gran problema, el del alma, porque es el primer abismo al que nos asomamos al tratar de definir lo que significa ser humano. ¿Somos más que materia? ¿Hay en nosotros algo inmaterial, invisible, que piensa, siente, recuerda, sufre y ama… y que no desaparece con la muerte? Las tradiciones religiosas dicen que sí. El alma es, lo esencial del ser humano: su núcleo, su chispa divina, su conciencia inmortal. Pero la ciencia contemporánea, especialmente la neurobiología, tiende a ver la mente y la conciencia como productos del cerebro. Cuando el cerebro muere, todo muere. Entonces, ¿el alma es solo una ilusión poética? ¿Una palabra antigua para hablar de la identidad, del yo profundo?

Por eso, más que responder con certezas, conviene que cultivemos nuevas preguntas. Que pongamos el debate ético y humano antes que el mercado, la velocidad o la fascinación por la novedad. Que defendamos espacios de lentitud, de palabra viva, de relación directa. Que no perdamos la dimensión de lo que no puede medirse. Porque quizás, al final, seguir siendo humanos no consista en competir con las máquinas, sino en recordar aquello que las máquinas no pueden ser. Y protegerlo como lo más valioso de nuestro tiempo.

Porque, las máquinas no tienen alma ¿verdad? ¿Los humanos sí? ¿Será eso lo que al fin nos separe y nos haga únicos a los humanos frente a la IA? ¿El alma? De cuerpo, alma y espíritu estamos hechos los humanos, según una intuición antropológica profunda, que aparece con distintos matices en la filosofía griega, el pensamiento bíblico, el cristianismo, el misticismo oriental y la psicología moderna.

La idea de que somos tripartitos, cuerpo, alma y espíritu, está en Platón[1], que hablaba del alma como el auriga de un carro tirado por dos caballos alados: uno noble y otro salvaje. El auriga representa la razón, el caballo noble simboliza el espíritu, el coraje, y el caballo de naturaleza opuesta representa los deseos y pasiones. Esta representación refleja la visión tripartita del alma en Platón, con la razón guiando y controlando los impulsos del espíritu y los deseos. El espíritu, nous, en cambio, sobre todo en Platón y en la tradición neoplatónica, es aquello que puede acceder a lo eterno, lo divino. Es la parte del alma que puede volverse hacia el mundo de las Ideas, o incluso hacia Dios. Plotino hablá de un alma que asciende hacia el Uno, un alma que se espiritualiza, que encuentra su centro más allá de sí misma. Más claro aún encontramos esta idea en Pablo de Tarso, quien en sus cartas[2] distingue entre el cuerpo que muere, el alma que siente y el espíritu que busca a Dios. Está también esta idea en los gnósticos, que vieron en el espíritu la chispa divina, el pneuma, atrapada en una materia impura. Está también en algunas corrientes de la mística judía, en el sufismo, en el cristianismo oriental, en el islam. En cada tradición, estos tres componentes se barajan, se funden o se oponen, pero rara vez desaparecen.

Quizás, una vieja leyenda hindú nos ofrece una imagen más comprensible. Según esta leyenda, Brâhman, la esencia del universo, el señor de los dioses, enojado por la mala conducta de los hombres, que en principio eran dioses, les quito los poderes como castigo y los deposito en un lugar fuera de su alcance; no en las entrañas de la tierra ni en las profundidades del mar, sino en el único lugar en donde nunca buscarían los humanos, en su propio interior, y ahí guardan el Atman, el aliento, esencia o alma divina, sin saberlo. Y sin saberlo, el Atman quiere ser liberado, para reencontrarse con el Todo, con Brahâman. ¿No os parece muy similar a las ideas de Plotino?

En la Biblia hebrea, nuestro Antiguo Testamento, no se usa un esquema tripartito de forma sistemática, pero aparece una distinción entre “néfesh” alma, vida[3], “ruaj” y “ neshamah” espíritu, aliento, soplo de Dios, y “basar” carne/cuerpo. En el islam se enseña que el alma, ruh[4], es creada por Dios antes de que una persona nazca, y es insuflada en el feto a los 120 días de gestación, momento en el cual se le asigna su destino en términos de provisión, vida y felicidad o desgracia eterna, una predestinación que define a esta religión y condiciona la autopercepción del individuo. Se abre aquí también la discusión actual de cuando se puede considerar a un feto como un ser humano, algo esencial para la legislación sobre el aborto.

Tomás de Aquino simplifica la antropología cristiana diciendo que el ser humano es cuerpo y alma, y que el “espíritu” es simplemente la dimensión racional del alma. Pero la idea tripartita nunca desapareció del todo. Siguió viva en el misticismo cristiano, el esoterismo y la espiritualidad oriental, y fue recuperada por movimientos como el pietismo, el espiritualismo y algunos sectores del protestantismo. Carl Jung retomó el esquema tripartito para hablar del ser humano en términos de cuerpo, psique y espíritu, siendo este último la dimensión más profunda, relacionada con el sentido, la trascendencia, el arquetipo del sí mismo.[5]

Quizás porque todos, en algún momento de la vida, intuimos que no basta con hablar de un cuerpo solamente. Sentimos que hay algo más. Una tristeza que no duele en los huesos, un deseo que no nace en la carne, una esperanza que no responde a la lógica. Tal vez por eso seguimos repitiendo esas palabras, alma, espíritu, aunque no sepamos bien cómo definirlas. El cuerpo es visible, mesurable, entrenable. El alma es más difícil de explicar. ¿Es lo que nos duele cuando perdemos algo que amamos? ¿Es el archivo de nuestras memorias? ¿Una especie de arquitectura del deseo? ¿Y el espíritu? ¿Es una forma de conciencia que trasciende lo individual? ¿Una chispa de lo absoluto?

El cuerpo es lo que somos cuando no decimos nada. Carne, hueso, sangre, piel. Es nuestra presencia en el mundo, lo que ocupa espacio, lo que envejece, lo que duele. Es también lo que sentimos y a través de lo cual sentimos: sin cuerpo no hay abrazo, ni temblor, ni llanto. Ninguna IA tiene cuerpo en ese sentido pleno, encarnado. No suda, no respira, no muere.

No es extraño que estas preguntas vuelvan ahora, cuando la inteligencia artificial, una criatura sin cuerpo, sin alma y sin espíritu, parece cada vez más capaz de pensar, de escribir, incluso de emocionar. Pero ¿es lo mismo pensar que comprender? ¿Es lo mismo imitar emociones que vivirlas? ¿Puede una máquina tener un “yo” si nunca ha conocido la muerte, ni el amor, ni el silencio interior?

Aquí es donde esta vieja distinción se vuelve urgente. Porque si el cuerpo nos ancla al mundo, y el alma nos permite sentirlo, tal vez sea el espíritu el que nos llama a interpretarlo, a dotarlo de sentido, a transformarlo. Una inteligencia artificial puede sumar datos, incluso generar poesía, pero ¿puede anhelar? ¿Puede tener fe, vergüenza, perdón?

Volver a pensar en el ser humano como algo más que un procesador biológico es, en cierto modo anacrónico, pero creo que es parte de una comprensible resistencia. Una forma de afirmar que hay cosas que no se pueden replicar, ni simular, ni sustituir. Que hay un misterio en el ser humano que no se deja reducir al algoritmo.

Quizá no sepamos nunca con certeza qué es el alma, ni el espíritu. Pero sabemos cuándo nos falta algo, cuándo una vida se ha vuelto sólo cuerpo, cuándo una relación ha perdido el alma, cuándo una época carece de espíritu. Por eso seguimos buscando. Porque intuimos que somos más que carne. Y que esa búsqueda, esa inquietud, esa sed, ya es una forma de lo humano que ninguna máquina podrá jamás encarnar.

Llegando a estas lucubraciones, mi capacidad intelectual me falla. Tengo que buscar ayuda en la ciencia y parece que algo hay, aunque sea poco. Por ejemplo, tenemos al Nobel Roger Penrose, que recibió el Premio Nobel de Física en 2020 por su trabajo sobre los agujeros negros. Este científico escribió un libro ya en 1989: “La mente nueva del emperador”[6], en el que sostenía que la conciencia no podía explicarse solo con computación. Hacía falta un fenómeno más profundo, relacionado con la física cuántica. Aseguraba que la conciencia surgía a partir de un proceso llamado reducción objetiva (OR), un colapso espontáneo de superposiciones cuánticas vinculado a la estructura fundamental del espacio-tiempo. Pero faltaba un detalle: ¿qué dispositivo en el cerebro era capaz de operar a nivel cuántico?

Una propuesta interesante para contestar la pregunta surgió de la colaboración de Penrose con Stuart Hameroff. Juntos desarrollaron la teoría de “reducción objetiva orquestada” (Orch OR). Según la hipótesis, los microtúbulos dentro de las neuronas serían los responsables de procesar información cuántica, conectando la actividad cerebral con la geometría más básica del universo. La conciencia y quizás el alma se originan en procesos cuánticos dentro de las neuronas y especulan que la conciencia podría ser no-local y sobrevivir al cuerpo. Hameroff y Penrose llegan a explicar que, ya en la sopa primordial, podrían haber existido estados de conciencia rudimentaria que dieron origen a los primeros organismos.

Eso de la “sopa primordial”, también llamado teoría de oparin-haldane , propone que la vida surgió gradualmente de la materia no viva en una serie de pasos durante un largo período. Esa teoría ya tiene más cien años, pues fue propuesta por primera vez por Alexander Oparin en 1924 y más tarde, independientemente por J.B.S. Haldane en 1929. Un cuarto de siglo más tarde, Stanley Miller y Harold Urey, proporcionaron en 1952 una fuerte evidencia de la teoría de Oparin-Haldane, demostrando que las moléculas orgánicas podrían formarse abióticamente a partir de la materia inorgánica en condiciones que se cree que existen en la tierra temprana.

La parte física del experimento es contar con una atmósfera reductora rica en metano, amoníaco, hidrógeno y vapor de agua. Oparin y Haldane propusieron que con el tiempo, estas moléculas inorgánicas habrían reaccionado para formar moléculas orgánicas simples como aminoácidos y azúcares. Estas moléculas orgánicas se habrían acumulado en una “sopa primordial” en océanos o estanques poco profundos. Según esta teoría, durante millones de años, estas moléculas orgánicas se habrían autoensamblado en estructuras más complejas como proteínas y ácidos nucleicos (ADN y ARN). Finalmente, estas moléculas complejas se habrían encerrado en membranas, formando las primeras células primitivas.

Miller y Urey simularon la atmósfera de la Tierra temprana en un laboratorio utilizando un sistema cerrado que contenía agua, metano, amoníaco e hidrógeno, según la teoría de Oparin-Haldane y sometieron esta mezcla a chispas eléctricas, simulando un rayo. Después de una semana, descubrieron que se había formado un número significativo de moléculas orgánicas, incluidos aminoácidos, azúcares y otros componentes básicos de la vida. El experimento mostró que es posible que se formen moléculas orgánicas a partir de la materia inorgánica en condiciones que podrían haber existido en la tierra temprana. Sigue siendo una teoría, pero gana en probabilidad. Esto proporcionó una fuerte evidencia de la teoría de Oparin-Haldane que hace más comprensible, al menos para mí, las actuales teorías lanzadas por Penrose y Hameroff.

Creo que no he contestado a ninguna de mis preguntas en este texto. Siguen ahí, abiertas, esperando que alguien, posiblemente tú, las conteste. Mis pensamientos, casi siempre enrevesados y confusos, me delatan como agnóstico.  Creo que hay preguntas que el ser humano no puede responder con certeza. ¿Hay un Dios? ¿Existe un propósito último? ¿Somos más que cuerpo? ¿Sobrevive algo tras la muerte? Todo en mí quiere una respuesta. Pero también sé que, por más que lea, estudie o medite, la certeza se me escapa como el agua entre los dedos. No he visto a Dios. Tampoco lo he negado del todo. Y la razón, cuando es rigurosa, me obliga a aceptar sus límites. La religión organizada no me convence. Veo en ella poder, dogma, a veces consuelo, pero también miedo y control. Y sin embargo, no puedo burlarme de quienes creen. Porque también yo he sentido el misterio. También yo me he sobrecogido ante la belleza de una sinfonía, la mirada de un niño o la inmensidad de una noche estrellada. ¿Quién soy yo para decir que eso no es, también, una forma de oración? Soy agnóstico porque no quiero fingir que sé lo que no sé. Porque me niego a callar la pregunta. Porque hay algo profundamente humano en seguir buscando, sin mapas, sin promesas, sólo con el deseo de entender. A veces, en los días más claros, me digo que si existe un Dios verdadero, no pedirá que lo adore, sino que lo respete. Que no querrá ciegos, sino lúcidos. Que no castigará la duda, sino la falsedad. Por eso no afirmo ni niego. Me asomo. Escucho. Y sigo caminando con la conciencia de que hay más de lo que entiendo. Que hay un silencio lleno de sentido, aunque no sepa nombrarlo.


[1] https://archive.org/details/fedro-bilingue-platon/mode/2up

[2] ” Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” 1 Tesalonicenses 5:23

[3] Levítico 17:11 Porque la vida [néfesh] de la carne está en la sangre, y Yo [Yahweh] se la he asignado a ustedes para hacer expiación sobre el altar por sus vidas [néfesh]; pues es la sangre la que realiza laexpiación por la vida [néfesh]

[4] El versículo 15:29 del Corán, sura Al-Hijr, traducido al español dice: “Y cuando lo haya formado armoniosamente y haya insuflado en él de Mi espíritu, ¡caed ante él en postración!” Se refiere a la creación de Adán, y aparece en el contexto en el que Dios ordena a los ángeles postrarse ante él como reconocimiento de su dignidad especial como ser humano, dotado con el espíritu divino, en árabe: ruḥ.

[5] https://archive.org/details/Librosdecarljung/18.%20Realidad%20del%20Alma/page/n1/mode/2up

[6] https://epdf.tips/la-mente-nueva-del-emperador.html