Ayer aproveché un momento en que el viento amainó y un sol tímido empezó a calentar el césped recién cortado para sentarme en la pérgola y saborear una copa de cava bien fría. Así, en silencio y relajado, con el libro de Rosa Montero a medio leer descansando en la mesilla, me fijé en un pequeño ser que se paseaba cerca de mi mano. Era una mariquita de siete puntos, la Coccinella septempunctata. Hacía unos minutos, la noticia de la muerte de un gran corredor, un verdadero coloso, en mis tiempos como atleta, pues llegó a correr en 2 horas y 10 minutos la mítica distancia del maratón, y recorrió esa distancia 101 veces, 70 de ellas bajo las 2 horas y 20 minutos. Kjell Erik Ståhl, que así se llamaba este ingeniero ascético y tozudo. Había cumplido los 79 años, siempre he pensado en él como en alguien de mi edad, y la noticia me pilló desprevenido. Es como si toda una época se fuera a la tumba. no es el primero que se va, pero de alguna manera él nos señala el camino a los demás, como cuando le veíamos correr, siempre por la espalda, con su camiseta amarilla de tirantes y sus casi dos metros de estatura, como un faro allí delante para los que íbamos siguiendo su rastro.
Kjell-Erik Ståhl comenzó su carrera deportiva practicando orientación en el club OK Pan y carreras de obstáculos. El atletismo lo practicó durante sus estudios en la universidad de Lund, pero no corría por el equipo de la universidad, Lugi, que fue mi equipo, sino por AIS y KA2. Su mejor marca de 8:46,70 en 1974. en 3000 obstáculos era del montón. Sin embargo, a los 33 años, hacia 1979, dejó la orientación para dedicarse de lleno al maratón. Ese mismo año debutó en la distancia durante el Campeonato Nórdico en Östhammar. No solo completó la prueba, sino que se clasificó tercero en la general y se coronó campeón de Suecia en su primer maratón, un inicio fulgurante para quien se convertiría en una leyenda del fondo sueco.
Un año antes, había yo sido retado por mis estudiantes a correr una carrera de 9 kilómetros en Eslöv, donde trabajaba como profesor de historia y religión en el instituto y ahí había comenzado mi interés. No es que a mí me hubiese ido bien esa carrera, sino más bien al contrario, que me fue tan mal que pensé que tenía que ponerme a entrenar para no convertirme en un saco de patatas. Pero, me atrevo a decir que a Kjell Erik Stålh y a mí, nos toco la ola del jogging, más o menos al mismo tiempo. Y desde entonces coincidimos en muchas carreras. Yo me aproximaba a el un poco más por cada carrera; corría a su lado algún kilómetro, aunque siempre ganase él, y mientras más cerca de él quedaba, más me animaba.
Kjell Erik era bastante reservado y no solía relacionarse con nadie ni antes ni después de las carreras. Hablé con él por primera vez en 1982, cuando corrimos el maratón de Örebro. Fue en la fiesta anterior a la prueba, mientras comía copiosamente bollos, chuches y todo lo que estaba expuesto para nuestra “sobrecarga” de hidratos de carbono. Estaba él de muy buen humor, eufórico, pensando en que estaba en un buen momento, la carrera era plana y el tiempo, el mejor para correr, cielo gris y 15 grados; pensaba que iba a hacer una buena marca. No sabía que en el último momento, otro corredor en auge, Tommy Persson, que venía de hacer 2 horas y 11 minutos en California, se apuntaría a la carrera. Lo supo en la salida. Yo estaba justo al lado de Kjell Erik en la salida; las nubes, cada vez más oscuras dejaban caer las primeras gotas, que, a lo largo de la carrera iría aumentando hasta formar unos buenos chaparrones durante más de una hora. La cara de Kjell Erik denotaba preocupación, enfado y determinación. Lo vi salir disparado, decidido a correr una maratón rápida desde la salida, imponiendo un ritmo que nadie pudiera seguir. Ni que decir tiene, que yo le solté rápido, porque me di cuenta de que aquella velocidad de salida me dejaría tirado antes de llegar a los 10 kilómetros, pero Tommy, el estudiante de medicina, le seguía a un metro de distancia con su zancada corta. Los dos eran igual de altos y se les veía ir desapareciendo poco a poco, una camiseta amarilla y una blanca, en la lejanía.
Cuando yo llegué a la meta, 25 minutos más tarde, ya había pasado todo. Me enteré de que durante toda la carrera, había seguido la misma imagen, Kjell Erik tirando y Tommy siguiéndole a menos de un paso. Me puedo imaginar la angustia de Kjell Erik, cuando, ya en el kilómetro 40, comprendiese que no iba a poder deshacerse de Tommy, aquel jovenzuelo que respiraba armoniosamente a sus espaldas sin signos de fatiga. Kjell Erik, sus zancadas largas, aparentemente lentas pero muy efectivas, sentía que podría seguir al fin del mundo a esa velocidad, pero no podía hacer un cambio rompedor. Y ya, llegando a la meta, sobre la pista de atletismo, Tommy salió de la sombre de Kjell Erik y, aumentando la frecuencia de sus cortas zancadas, le pasó, justo al romper el cordón de la meta.
El cabreo de Kjell Erik era tan grande que no podía reservar su amargura y declaraba a todo el que le quería oír que Tommy, se había portado como un cobarde, siguiéndole sin “ayudar”, porque, decía, hoy podíamos haber hecho un récord del mundo, si nos hubiésemos ayudado. Los dos corrieron en 2 horas 12, la carrera más rápida que se había hecho en Suecia hasta entonces. La rivalidad entre los dos, siguió hasta que Tommy dejó de correr, pocos años después y Kjell Erik consiguió su revancha ese mismo año, en Estocolmo, donde ganó en una carrera marcada por el calor y las cuestas pronunciadas. En esas condiciones, Ståhl era invencible. Emiel Putteman, olímpico y recordman mundial, tomó la salida, seguido de Tommy y Kjell Erik. Yo los seguía de cerca, demasiado cerca y veía la facilidad con que Putteman se iba distanciando, ampliando la brecha a los dos suecos. Tras ellos íbamos un grupo de espectadores activos, soñando con buenas marcas y alguna plaza de premio.
El calor en Estocolmo ese año fue letal. 31 grados y un sol de justicia. A mí siempre me ha parecido que el sol pega más fuerte aquí en el norte. Uno por uno íbamos soltando y ya no veíamos al trio en cabeza. Yo comprendí a los 11 kilómetros que no llegaría a la meta siguiendo al paso que iba de 3 minutos 20 segundos por kilómetro, y me fui descolgando poco a poco. Al rato vi que Tommy iba andando y quitándose el dorsal y, más adelante, el mismo Putteman, ganador ese año de la maratón de Roma, corría la misma suerte desfondado. Luego me enteré que Kjell Erik llegó a la meta sonriente, en 2 horas 19 minutos, alegrándose de la revancha.
Un año después, Kjell Erik Ståhl consiguió su mejor actuación en unos campeonatos mundiales, los de Helsinki, quedando cuarto con una marca de 2 horas 10 minutos y 38 segundos, que sería su mejor marca y el récord de Suecia durante más de 30 años. Tommy, que participó en los mismos juegos, quedó en vigésimo segundo lugar en 2 horas 14 minutos y 57 segundos. Yo seguí los acontecimientos por televisión y vi como Kjell Erik entraba en el estadio en tercer lugar, soñando ya con la medalla de bronce, sonriente a pesar del esfuerzo, pero un par de metros atrás iba el corredor de 3000 obstáculos de Alemania del Este Waldemar Cierpinski en 2 horas 10 minutos y 37 segundos, un segundo por delante de Ståhl, que en la meta, no sabía si reir o llorar. 5 segundos por delante estaba Mike Gratton del Reino Unido y, como ganador, el increíble, atlético y bigotudo australiano Rob de Castella, en 2 horas 10 minutos y 3 segundos.
A partir del 1983 y durante más de 15 años, Kjell Erik viajó por el mundo corriendo maratones. Ganando muchos premios, allí donde la humedad y el calor hacía estragos en otros corredores. Participó en cientos de carreras, casi todas en las que yo participé. Una vez en Osby, reconoció mi esfuerzo y me felicitó por quedar tercero en una carrera en la que había pasado al mismísimo Dan Glans, un olímpico finalista en 3000 obstáculos en 1976 y también leyenda sueca del atletismo. El premio que recibí fue una jirafa de cristal, que estará ahora en algún cajón supongo. Fue de las pocas veces en las que él, de manera espontanea se acercó a mi para hablar.
Eduardo Muñoz ha corrido con el más de tú a tú y hay algúna foto de aquellas carreras, en particular una del maratón de Barcelona, en la que Kjell Erik, de forma muy inesperada abandonó, cosa muy rara en él, que era un luchador nato. Brindo con mi copa de cava por ese gran corredor que nos ha dejado.
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