Hace unos años, en el foro de la Sociedad Científica de Mérida, movidos por la curiosidad que muchos de nosotros sentíamos por Santiago Ramón y Cajal, discutíamos sobre su producción y su persona. Estábamos fascinados con este investigador tan completo que pasaba desde la ciencia más pura a la literatura y la ciencia ficción con una facilidad pasmosa. Esta mañana preotoñal me he puesto a pensar en don Santiago en relación con la inteligencia artificial. ¿Qué diría el nobel de este invento?
Aunque es imposible saber a ciencia cierta lo que pensaría el sabio de Petilla de Aragón, creo que él, que veía el cerebro como un bosque de neuronas en continua comunicación, probablemente se sentiría fascinado y a la vez receloso de esta nueva herramienta. Por un lado, vería en una inteligencia artificial la confirmación de algo que él ya intuía: que el conocimiento humano es, en gran medida, una red de conexiones. La IA funciona justamente así, estableciendo vínculos entre palabras e ideas, como un eco muy lejano de esa “selva intrincada” que él dibujaba al microscopio.
Pero, al mismo tiempo, creo que no dejaría de advertir los límites de esta ingeniosa obra humana. Él, que defendía con tanta pasión la creatividad individual, la disciplina del trabajo y el asombro del descubrimiento, diría que la IA carece de esa chispa personal que sólo un ser humano puede aportar. Seguramente insistiría en que puede ser útil, pero que nunca debería sustituir la curiosidad, el esfuerzo y el espíritu crítico.
La inteligencia artificial no piensa en el sentido humano, carece de esa conciencia íntima de la que él hablaba cuando escribía sobre la dignidad del investigador, pero puedo imaginar que leería su existencia, como un nuevo instrumento, algo comparable al microscopio en su tiempo, capaz de abrir caminos si se usa con ética y con propósito.
En su faceta literaria, Ramón y Cajal nos dejó una buena reflexión, que nos puede ayudar a utilizar la IA provechosamente. La encontramos en su obra “El Hombre Natural y el Hombre Artificial”, publicada en 1905 dentro de la serie Cuentos de Vacaciones. Cuando Santiago Ramón y Cajal hablaba del hombre artificial, no pensaba en máquinas ni en robots futuristas, sino en algo mucho más cercano y, quizá, más inquietante: el ser humano moldeado por la inercia, por la costumbre, por la obediencia ciega. Un “hombre fabricado” por la tradición, la moda o el dogma, incapaz de pensar por sí mismo. Frente a él, situaba al hombre natural: alguien que aprende de la experiencia directa, que cultiva la libertad de pensamiento, que observa la naturaleza con curiosidad y se atreve a poner en duda lo establecido.
Ese contraste que planteaba Cajal en su relato El hombre natural y el hombre artificial no es solo una fábula pedagógica del siglo XIX. Tiene hoy una vigencia que impresiona. Porque en un mundo saturado de pantallas, algoritmos y discursos prefabricados, ¿no estamos rodeados de “hombres artificiales”? Personas que reproducen consignas sin cuestionarlas, que adoptan opiniones como quien se pone una prenda de moda, que dejan que el ruido externo suplante la voz interior. Sea por usar ciegamente la IA o, simplemente, por dejarse llevar por el mainstream del momento, el hombre artificial se convierte en una marioneta, un pobre títere de ventrílocuo.
Y, al mismo tiempo, seguimos necesitando como nunca al hombre natural de Cajal, ese que cultiva el silencio, que lee despacio, que pasea y observa, que se permite pensar en contra de la corriente. En educación, la pregunta es clara: ¿formamos ciudadanos capaces de esculpirse a sí mismos, como quería Cajal, o meros repetidores de datos y slogans? En tecnología, otro tanto: ¿usamos las máquinas para ampliar nuestra humanidad o para diluirla en un artificio cada vez más vacío?
Cajal nos dejó esta advertencia disfrazada de cuento: el verdadero peligro no es la máquina que suplante al hombre, sino el hombre que abdica de su libertad interior y se convierte en una sombra de lo que podría ser. Y, en cambio, la esperanza está en ese esfuerzo callado por esculpir la propia vida, en no rendirse a lo dado, en seguir creyendo que la autenticidad, aunque cueste más, aunque no esté de moda, es siempre más fecunda que el artificio.
CVC. Santiago Ramón y Cajal. Cuentos de vacaciones. El hombre natural y el hombre artificial. I.
Leave a Reply