Cuando llego a una ciudad en la que no he estado anteriormente, tengo por costumbre, nada más dejar las maletas en el hotel, salir a dar un largo paseo por los alrededores. Así lo hice también al llegar a la pequeña ciudad polaca Złocieniec, hará ahora unos diez años, con motivo de uno de mis proyectos transnacionales. El pequeño hotel estaba ubicado en tierra de nadie, entre una zona residencial y una zona industrial. Caminando hacia el oeste entré en una carretera poco traficada y a mi derecha encontré las primeras casas. Me llamó la atención ver que estas casas, más bien villas, en la mayoría de los casos, estaban en muy mal estado, con las fachadas ennegrecidas por la humedad y los tejados parcheados. Los jardines alrededor de las casas estaban en su mayoría poco cuidados y aquí y allá se veían objetos varios, como si los jardines se utilizasen como un espacio para almacenar basuras. Pero, lo que me chocaba más era que, estas casas eran típicas casas alemanas, como las que se pueden encontrar en cualquier pequeña ciudad alemana como Greifswald o Anklam. 

Al día siguiente, llegué al centro y desde allí, me hice una pequeña ruta, para acabar de conocer la ciudad. Llegué a un pequeño parque y allí, medio oculto, encontré los restos de un cementerio judio. La imagen quedaba completa y guardaba, como toda la Europa Central, vestigios de una gran tragedia. La historia de Złocieniec, que antes de 1945 se llamaba Falkenburg, es la de tantas ciudades del este europeo que cambiaron de piel tras la Segunda Guerra Mundial. Durante siglos, fue alemana en lengua, cultura y vida cotidiana. Pero la derrota del nazismo y los acuerdos de Potsdam trazaron nuevas fronteras: Pomerania pasó a Polonia y los alemanes fueron obligados a abandonar sus casas con apenas lo que podían cargar. En su lugar llegaron familias polacas expulsadas a su vez de las tierras orientales absorbidas por la Unión Soviética, de hecho, muchos de los habitantes de esta pequeña ciudad, tienen su origen en Ucrania. El resultado fue una sustitución total: donde había cultura germana quedó cultura polaca. Los nombres cambiaron, los templos se resignificaron, la memoria se borró. Złocieniec renació, pero sin continuidad con su pasado. Quedaron las antiguas casas, que recibieron a nuevos moradores, quedaron “milagrosamente” cosas tan dispares como costumbres culinarias y, claro está, vestigios de otros moradores, que habían sido expulsados y, con bastante seguridad, aniquilados con anterioridad, los judios, cuyo cementerio, inexplicablemente, en parte, había permanecido en pie, bueno, en pie es mucho decir, porque la mayoría de las lápidas se utilizaron como material de construcción tras la guerra y no quedan epitáfios legibles. 

La lógica brutal de aquellos años fue simple: desplazar a unos para dar sitio a otros, y así crear un nuevo orden estable. Millones de dramas individuales se perdieron en el camino, pero el sistema impuesto a base de sangre y decreto terminó por asentarse. Hoy nadie discute que Złocieniec sea polaca.

En Gaza la historia se escribe con otros trazos. Allí la población palestina no ha sido “todavía” sustituida, sino que quedó atrapada en un territorio reducido, fruto de la guerra de 1948 y más tarde de 1967. Los que huyeron o fueron expulsados de sus pueblos jamás pudieron regresar. Sus casas quedaron del otro lado, dentro de Israel, ocupadas o destruidas. Gaza se llenó de refugiados que, a diferencia de los alemanes de Pomerania, nunca encontraron un “Estado receptor” que los integrara. Y mientras tanto, la comunidad internacional no impuso una solución definitiva, sino que dejó abierto un conflicto perpetuo.

La comparación es dura pero reveladora. En Złocieniec la violencia del desarraigo de unos dio paso a la estabilidad de otros, al precio de borrar a un pueblo entero del mapa local. En Gaza, en cambio, el pueblo sigue allí, reclamando una vida digna y un futuro, sin que nadie resuelva el callejón en que fue encerrado.

En Europa se sellaron años de infamia con fronteras nuevas y silencios impuestos. En Gaza, la herida sigue abierta, sangrante, sin cierre posible mientras no haya justicia ni horizonte. La historia nos enseña que los pueblos no desaparecen de golpe, pero son transformados, desplazados, reconstruidos, a veces incluso borrados de la memoria oficial. Este es el caso de Falkenburg, la pequeña ciudad alemana que tras 1945 se convirtió en Złocieniec, integrada en la Polonia de posguerra. Y este es también el dilema de Gaza ochenta años más tarde, atrapada entre la guerra, el desarraigo y las promesas de un plan internacional.

En Falkenburg, el fin de la guerra no significó un renacimiento, sino un desgarro. Su población alemana fue expulsada casi por completo, siguiendo las directrices de Potsdam y el proyecto de homogeneización étnica impulsado por los vencedores. Las casas cambiaron de manos, los cementerios fueron abandonados, las memorias personales quedaron condenadas al exilio. Polacos llegados del este, muchos ellos mismos desplazados de territorios anexionados por la URSS, ocuparon el lugar. La ciudad sobrevivió, pero su identidad fue sustituida.

El plan de Trump para Gaza, en cambio, se presenta por el momento bajo otra retórica: no se habla claramente de expulsión forzada, sino de reconstrucción, de “gobernanza transitoria” sin Hamas, de zonas económicas especiales y de un futuro bajo vigilancia internacional. A diferencia de Falkenburg, donde la germanidad fue borrada,aunque cómo hemos visto, no totálmente, Gaza tendría, al menos sobre el papel, la opción de permanecer habitada por su población originaria. Nadie “sería obligado a marcharse”, se repite como consigna, aunque al mismo tiempo se abre la puerta a que quienes quieran emigrar lo hagan

En Falkenburg, la solución fue el desplazamiento masivo y el silenciamiento de una identidad. En Gaza, la propuesta es la desmilitarización forzada y la sustitución del liderazgo político, sin garantizar aún una soberanía real. En ambos casos, la comunidad internacional se arroga el derecho de decidir el destino de un pueblo, justificándolo en nombre de la paz o de la seguridad. En Falkenburg funcionó a costa de generaciones desterradas; en Gaza, está por ver si el plan supondrá un renacimiento o una nueva forma de tutela. 

Lo que queda claro es que el futuro no puede diseñarse sin memoria. El ejemplo de Falkenburg advierte que la reconstrucción basada en la imposición y la sustitución genera heridas que duran décadas. Gaza merece otro horizonte: no solo sobrevivir, sino reinventarse con dignidad, con justicia y con voz propia.

Hoy, cuando escuchamos hablar de desplazamientos forzados, ya sea en Gaza, en Ucrania o en tantas otras geografías heridas, conviene recordar que no es la primera vez que la política mundial se enfrenta al drama de poblaciones enteras arrancadas de sus hogares. En su tesis doctoral Retorik och realpolitik, Hans-Åke Persson, antiguo compañero mío en el proyecto “Europa, el regreso de la historia”, analizó con detalle cómo Gran Bretaña reaccionó ante los millones de alemanes expulsados de sus tierras al este del Oder-Neisse tras la Segunda Guerra Mundial.

Lo interesante de su estudio es la tensión entre lo que se decía y lo que se hacía. La retórica oficial estaba entonces llena de palabras solemnes sobre justicia, humanidad y reparación. Pero la realpolitik imponía sus límites: intereses diplomáticos, miedo a un nuevo revanchismo, recursos escasos, alianzas con Polonia y la URSS. Lo que en los discursos parecía un deber moral se traducía, en la práctica, en soluciones mínimas y en un silencio incómodo sobre el sufrimiento real de millones de personas.

La lección es clara y fácil de entender: en toda crisis humanitaria, los estados tienden a construir una doble narrativa. Una, visible, cargada de compasión y principios; otra, subterránea, marcada por el cálculo frío de lo posible. Y entre ambas, las víctimas quedan a menudo atrapadas. Hoy deberíamos preguntarnos: ¿estamos repitiendo esa misma lógica? ¿No hablamos de Gaza, de los refugiados, de los migrantes con palabras que suenan humanas mientras, en realidad, dejamos que la dureza de la política siga decidiendo su destino? Persson nos recuerda que el futuro de las poblaciones desplazadas no depende solo de discursos, sino de la valentía de transformar la retórica en compromisos reales.

El plan de Trump para Gaza: Read Each Point of Trump’s Plan for an Israel-Gaza Cease-Fire – The New York Times