Cada 5 de octubre se conmemora el Día Mundial de los Docentes, una fecha establecida en el año 1994 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en colaboración con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la Internacional de la Educación (IE) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Este año la celebración se centra en el papel crucial de los docentes para preparar a los niños y alumnos en su comprensión de la justicia social, el respeto por la diversidad y la solidaridad global. Considero esta fecha como un día especial para mí y para todos los que, como yo, hemos dedicado nuestra vida a la docencia. 

Creo que se llega a la docencia de muchas maneras, en mi caso, sabiendo desde muy joven que este sería mi destino. Yo quería ser como mi maestro, Don Agapito, mi maestro de primaria. Para mí, Don Agapito siempre fue el maestro ideal. No porque fuera estricto o porque llenara la clase de normas, sino porque enseñaba con una mezcla perfecta de firmeza y humanidad. Tenía la capacidad de ver a cada alumno como alguien único, de comprender nuestras dudas y temores sin perder nunca la paciencia. Sabía escuchar, y eso hacía que sus explicaciones fueran más que lecciones, eran conversaciones que nos hacían pensar, cuestionar y, sobre todo, querer aprender. 

Don Agapito tenía un don que pocos maestros poseen: podía transformar cualquier hecho histórico, cualquier suceso cotidiano, en una historia fascinante. No se limitaba a recitar fechas o nombres; los convertía en personajes con vida propia, en dilemas, en aventuras. Su voz, siempre medida, sabía subir y bajar, pausar en el momento exacto, enfatizar lo sorprendente, lo inesperado. Cada gesto suyo, cada mirada, acompañaba la narrativa, haciendo que la clase se convirtiera en un pequeño teatro donde nosotros éramos testigos y protagonistas a la vez.

Lo admirable era que, mientras nos entretenía, nos enseñaba. Cada historia llevaba consigo una lección, un valor, una consecuencia, una reflexión. Uno podía reír, asombrarse o incluso estremecerse, pero siempre salía con algo más que un relato. Saliamos de clase con una enseñanza que se quedaba pegada, como si las palabras de Don Agapito tuvieran la magia de no desvanecerse con el tiempo.

Con él, aprender historia no era memorizar, era viajar en el tiempo, entender a las personas que vivieron antes que nosotros y, al mismo tiempo, reconocernos en sus decisiones, sus errores y sus aciertos. Esa capacidad de hacer de cada clase un relato vivo es, para mí, la marca de un maestro verdaderamente excepcional.

Don Agapito no se conformaba con lo superficial. Nos exigía rigor, nos pedía esfuerzo, pero siempre con respeto y sin humillaciones. Con él aprendíamos también  a mirar el mundo con curiosidad, a valorar la verdad, a entender que aprender era un acto de libertad. Sus clases tenían ritmo, humor y seriedad a la vez; uno podía reírse y, al mismo tiempo, sentir que estaba creciendo.

Y quizás lo más importante: Don Agapito creía en nosotros y en nuestras capacidades siempre,  incluso cuando nosotros mismos dudábamos. Esa fe silenciosa, esa confianza en nuestras posibilidades, nos impulsaba a superar nuestros límites. Por eso, para mí, no era solo un maestro sino un guía, un ejemplo y un recordatorio de lo que significa enseñar de verdad, que es acompañar, inspirar y dejar una huella que perdura mucho más allá del aula. Por tanto, no es raro que yo decidiera dedicarme a la docencia, y nunca he renegado de esta decisión.

Calculando grosso modo la cantidad de alumnos que he podido tener en mi acción docente durante 45 años como profesor, llego a la cifra de 4500. Como profesor se experimenta un abanico de sensaciones. Están, por supuesto, las buenas: ver cómo un alumno comprende algo por primera vez, percibir su entusiasmo, notar que tu esfuerzo tiene un efecto real en sus vidas. Son momentos que reconfortan y dan sentido a la labor diaria.

Pero también hay otras sensaciones, menos agradables y, a veces, preocupantes, como la frustración al no lograr que todos aprendan, la inquietud por la situación personal de algunos alumnos, la carga administrativa o la dificultad de equilibrar la disciplina con la comprensión. Ser docente implica vivir en ese constante vaivén, celebrar los éxitos y afrontar los desafíos, siempre con la responsabilidad de acompañar y guiar a quienes están bajo tu cuidado.

Y, sobre todo, es aprender también de ellos y de sus preguntas inesperadas, de sus entusiasmos, de sus tropiezos y de sus logros. Cada alumno es un espejo que refleja no solo lo que enseñamos, sino lo que somos, y haber tenido 4.500 de esos espejos es comprender que la enseñanza es, al mismo tiempo, entrega y descubrimiento, paciencia y asombro.

Haber tenido 4.500 alumnos significa, al final, que uno no se pierde en la multitud, sino que vive en ella, dejando huellas invisibles que siguen su camino mucho después de cerrar la puerta del aula. Como docente, he tenido la rara y hermosa experiencia de ver pasar generaciones. Algunos de mis alumnos han sido hijos de antiguos estudiantes, y en más de una ocasión me he cruzado por la calle o en cualquier otro lugar con quienes, años atrás, se sentaban en mis pupitres. Es una inmensidad hecha de instantes pequeños, de futuros posibles. Y eso, para mí, es el milagro silencioso de ser maestro.