Los sábados por la mañana suelo estar en un cruce céntrico de Lund, ofreciendo café e invitando a los ciudadanos a conversar sobre la política que mi partido, Liberalerna, representa. Muchos se detienen para comentar lo que han leído en los medios acerca de lo que nuestra líder ha dicho ante los micrófonos o en las redes sociales. Hoy, gran parte de las conversaciones han girado en torno a sus declaraciones sobre la disciplina. Mi respuesta, basada en 45 años de experiencia en la escuela, como alumno, maestro, catedrático, directivo y padre, es que la disciplina debe existir como una cultura, no como una imposición.
La investigación relevante (por ejemplo, Pianta & Hamre, 2012; Hattie, 2009) muestra que la seguridad, la coherencia y la previsibilidad en el aula conducen a una mejor tranquilidad de estudio y a mejores resultados de aprendizaje. Cuando los alumnos saben qué se espera de ellos, y cuando el maestro es consecuente pero justo, se genera confianza. La disciplina, entonces, no es miedo, sino un orden previsible que hace posible la libertad; sin seguridad no hay libertad.
La escuela debe preparar para la vida en la sociedad, que a su vez se basa en ciertas reglas y formas de cooperación. Aprender a asumir responsabilidades, respetar decisiones comunes, saber escuchar y esperar, todo eso forma parte del crecimiento humano. Una escuela sin disciplina fracasa en su doble misión: educar e instruir.
Es fundamental que el alumno entienda que toda conducta tiene consecuencias, porque ese principio forma la base de la responsabilidad personal y social. La escuela no solo transmite conocimientos, sino que también enseña a vivir en comunidad, a respetar normas y a prever el efecto de las propias acciones sobre los demás. Cuando el alumno comprende que lo que hace, ya sea estudiar, ayudar, molestar o incumplir una norma, genera una respuesta previsible, desarrolla un sentido claro de causa y efecto moral. Esa previsibilidad da seguridad: el estudiante sabe qué se espera de él y qué ocurre si se desvía de ese marco. En otras palabras, la consecuencia no castiga, sino que orienta.
Además, entender las consecuencias de los actos fomenta la autorregulación, una capacidad esencial para la vida adulta. En lugar de actuar por miedo al castigo o por impulso, el alumno aprende a reflexionar antes de actuar: “¿Qué pasará si hago esto?” Esa reflexión es la base de la libertad responsable. En el contexto escolar, este aprendizaje también fortalece la relación entre alumnos y maestros. Cuando las reglas son claras y las consecuencias coherentes, se construye confianza y respeto mutuo. No se trata de imponer autoridad, sino de mostrar que la libertad y la convivencia solo son posibles dentro de un marco de responsabilidad compartida.
La conversación también ha girado en torno al tema de los uniformes escolares. Lo que Simona Mohamsson ha dejado entrever —y que estamos impulsando desde Liberalerna, es la idea de que las escuelas deben tener la posibilidad de decidir si implantan un uniforme escolar. Ella ha dicho explícitamente que no proponemos un mandato nacional que obligue a todas las escuelas a tener uniforme, sino que apoyamos que cada escuela pueda elegir este camino si los responsables consideran que puede contribuir a la igualdad, a la autoestima del alumnado y a frenar la escalada de consumismo donde los chicos compiten por quién lleva la ropa de marca más cara.
Esto supone varias cosas, por ejemplo, que la uniformidad no es una imposición estatal, sino una opción de la escuela dentro de su autonomía. También supone un reconocimiento de que la vestimenta no es un asunto banal pues refleja identidad, status, pertenencia, y cuando la ropa se convierte en un marcador de distinción socioeconómica, puede distorsionar el clima de aprendizaje y la convivencia. La nuestra es una apuesta por la igualdad de condiciones: cuando todos los alumnos visten de forma similar, el foco puede desplazarse del “qué llevo” al “lo que aprendo”. Y finalmente, es un gesto simbólico de que la escuela no es un escaparate de marcas, sino un lugar de aprendizaje, cooperación y respeto. Así pues, lo que Simona ha dicho realmente es: “Nosotros, Liberalerna, damos a las escuelas la libertad y la capacidad de decidir sobre el uniforme escolar. No imponemos, pero creemos que puede ser una herramienta para reforzar la igualdad, la comunidad y reducir la presión social del consumismo.”
En el fondo, es una señal de que nuestra propuesta no se queda en lo superficial, sino que busca evitar que la escuela se convierta en un terreno de competencia económica y que recupere su misión educativa y formativa.
Otor de los malentendidos que he tratado de aclarar ha sido el de que nosotros queremos deshacernos de los alumnos más débiles, formando grupos especiales, para que la clase pueda seguir avanzando. Lo que Simona Mohamsson, y nosotros, Liberalerna, defendemos no es una escuela segregadora, sino una escuela más justa y más eficaz. Cuando hablamos de formar grupos donde los alumnos con dificultades puedan recibir apoyo especializado, no se trata de “separar” o “marginar” a nadie, sino de garantizar que todos los niños tengan las condiciones reales para aprender y desarrollarse.
En la práctica, esto significa que los alumnos que necesitan más tiempo, más estructura o más acompañamiento, deben tener derecho a ese apoyo, en lugar de ser arrastrados por un ritmo que no pueden seguir o quedar invisibles en un aula donde el profesor no puede atender a todos por igual. Es una medida de inclusión inteligente, no de exclusión.
Lo que Simona ha dicho, y que debemos insistir en comunicar, es que la igualdad no significa tratar a todos de la misma forma, sino dar a cada uno lo que necesita para alcanzar su máximo potencial. El propósito no es liberar a los mejores de los más débiles, sino liberar a los más débiles de la frustración del fracaso, ofrecerles recursos, apoyo pedagógico, profesores especializados y métodos que realmente funcionen. No es una propuesta elitista, sino una propuesta de equidad real, porque busca elevar a los que más lo necesitan, no abandonarlos. Y, sobre todo, devuelve a la escuela su papel fundamental, que es dar a cada alumno la oportunidad de aprender, crecer y encontrar confianza en sí mismo. Esa es la verdadera esencia liberal en educación, libertad y responsabilidad, pero también apoyo y justicia.
https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0360132315000700
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