Este año parece como si el frío quisiera quedarse aquí un poco más. En la mano del rey Bure, como se le denomina aquí, estamos todos helados, como témpanos. En estas fechas había ya, recuerdo yo, bastantes muestras de que se aproximaba la primavera, tanto en la naturaleza como en la agenda. Algún que otro grupito de las bellas campanillas de invierno, Galanthiis nivalis, lucía en mi jardín, que yo sin perder ni un segundo, me apresuraba a subir a FB, como signo de la esperada primavera.
Por qué esa prisa, ¿verdad? ¿Para qué ese afán de llegar lo antes posible a una nueva estación? Total, para nada, pienso y casi me conformo, mientras me voy vistiendo en capas para salir a dar mi paseo cotidiano. Me visto como una cebolla, capa tras capa, para aguantar el frío y el viento. El viento es lo peor. Las calles están casi vacías, porque nadie quiere permanecer a la intemperie más de lo estrictamente necesario, pero yo no me dejo desilusionar y sigo mi camino. No escucho la radio, porque quiero ir pensando en mi ultima lectura, digiriendo el contenido de las 420 páginas escritas hace 40 años por un antiguo colega mío, el historiador y psicólogo de la religión Örjan Björkhem. Este libro, que lleva el título Parapsykologi och övertro (Parapsicología y superstición) quiere profundizar en esta ciencia que es un intento de estudiar de forma sistemática fenómenos que supuestamente no pueden explicarse mediante las leyes conocidas de la psicología, la biología o la física.
A Örjan le conocí en los 70 cuando ambos éramos representantes del sindicato de estudiantes y doctorandos y representábamos nuestras respectivas facultades en el comité de concesión de becas, él representando a la facultad de teología y yo a la de historia. El representante de la facultad de filosofía era Arno Werner, el que organizó los famosos círculos de filosofía que llevan el nombre de Filosoficirkeln, que durante 44 semestres, en más de 600 ocasiones, logró atraer a conferenciantes tan interesantes a las conferencias de los martes en el aula magna de la universidad que esta solía llenarse por completo de oyentes. Por esta labor, Arno recibió el Premio Cultural del municipio de Lund en el otoño de 1998. Lamentablemente, Arno falleció en la Pascua de 1999, pero su creación, el Círculo Filosófico, tenía tal vitalidad que aún continúa existiendo.
Pues, volviendo al libro, parece que los humanos no nos conformamos con las leyes de la física para explicar todo lo que existe. Siempre sentimos que hay algo más, un límite que la ciencia racional no alcanza a cubrir del todo, y ahí surge la curiosidad por la parapsicología. Nos atrae porque habla de lo invisible, de lo inexplicable, de conexiones que no se dejan fácilmente medir pero que sentimos; toca la frontera entre mente y materia, entre azar y destino, entre vida y muerte. Incluso quienes se consideran escépticos escuchan relatos de intuiciones, sueños premonitorios, coincidencias imposibles o sensaciones de presencia con atención, porque nos legitima experiencias íntimas que la razón oficial descarta.
Nos interesa también, creo yo, porque promete sentido y significado en un mundo que cada vez parece más frío y mecánico, porque nos recuerda que la conciencia humana puede ser más amplia de lo que creemos, y porque desafía el saber establecido, invitándonos a cuestionar lo que damos por sentado. Nos seduce también por el misterio último de la muerte, por la posibilidad de que la mente trascienda el cuerpo, y por eso, aunque no lo admitamos, seguimos prestando atención: la parapsicología ocupa ese espacio donde la ciencia calla y la imaginación empieza a trabajar, y allí nos sentimos vivos, cuestionando, buscando y preguntando sin tener todas las respuestas.
He conocido un parapsicólogo, Etzel Cardeña, catedrático de parapsicología que invité a uno de mis círculos de Lux, cuando vino a ocupar su cátedra, costeada con fondos de la herencia del millonario danés Paul Thomsen, fallecido en 1962. Con Cardeña he discutido sobre la percepción que se tiene de la psicología y sobre la práctica científica a la que él se dedica. A la parapsicología se le critica principalmente porque carece de rigor científico según los estándares modernos: sus fenómenos, como la telepatía, la clarividencia, la psicoquinesia o las experiencias cercanas a la muerte, son difíciles de medir de manera objetiva y reproducible, lo que hace que muchos científicos los consideren no verificables. Los principales argumentos son la falta de reproducibilidad de los experimentos, los problemas metodológicos con controles insuficientes o sesgos, la ausencia de una teoría sólida que explique cómo podrían ocurrir estos fenómenos sin violar leyes físicas conocidas, y la confusión con prácticas esotéricas o espiritistas que debilitan su credibilidad. Por estas razones, la parapsicología no se considera una ciencia en sentido estricto, sino más bien un campo marginal o interdisciplinario donde psicólogos, físicos y filósofos exploran fenómenos que todavía no tienen explicación. Sin embargo, Cardeñas y sus defensores sostienen que no todo lo que se estudia en ciencia hoy fue comprendido ayer, y que la parapsicología podría abrir caminos a nuevas teorías sobre la mente y la percepción si se desarrolla con rigor. A pesar de estas críticas, sigue atrayendo interés porque toca aspectos profundos de la experiencia humana: nos permite explorar los límites de la conciencia, legitima experiencias íntimas que la ciencia convencional descarta, ofrece sentido en un mundo racionalizado y nos invita a cuestionar lo que damos por sentado. Un viaje en coche al anochecer da para mucha discusión.
Por eso, aunque no se considere ciencia formal, sigue ocupando un espacio donde la imaginación, la curiosidad y el cuestionamiento del conocimiento establecido conviven. En Gran Bretaña, Países Bajos y Suecia, se estudia como ciencia.
Para mí, la parapsicología me interesa porque quiero pensar que los humanos estamos formados por cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo es nuestra realidad tangible: aquello que sentimos, tocamos, medimos; es la base de nuestra existencia física, el vehículo con el que nos movemos en el mundo y con el que interactuamos con todo lo que nos rodea. El alma, en cambio, es el asiento de nuestra conciencia, de nuestras emociones y de nuestra memoria; es lo que nos hace experimentar la vida como algo profundo, lo que nos permite sentir alegría, tristeza, amor o culpa, y nos conecta con los demás de manera íntima y personal. Pero el espíritu es lo verdaderamente inmortal, porque trasciende lo individual y lo temporal. Es aquello que nos conecta con lo universal: las ideas, los valores, la creatividad, la búsqueda de sentido. Lo que el espíritu genera, la verdad, la belleza, el bien, el conocimiento, puede sobrevivir a la muerte del cuerpo y perdurar en otros seres humanos o en la memoria colectiva.
Pensar al ser humano de esta es un modo de entendernos en toda nuestra complejidad. No somos únicamente carne ni únicamente emociones, sino seres que pueden soñar, crear, reflexionar y actuar con propósito. Cuerpo, alma y espíritu forman una tríada que nos invita a cuidar cada dimensión: nuestra salud física, nuestra riqueza emocional y nuestra profundidad ética y moral. Y quizá, solo quizá, al reconocer estas tres capas de nuestra existencia, podemos comprender mejor a los demás y a nosotros mismos.
Yo quiero pensar que el espíritu continúa existiendo más allá de la muerte física. No desaparece; sigue actuando en lo universal, en la conciencia del cosmos, en la verdad, la belleza y la bondad que encarna. En otras palabras, lo que somos como espíritu sigue presente en el mundo, aunque el cuerpo ya no esté. Aunque no tenga un “cuerpo” material, el espíritu se manifiesta a través de lo que deja: ideas, obras, valores, enseñanzas, acciones inspiradas por él. Cada gesto, pensamiento o creación cargada de espíritu puede perdurar y afectar a otros seres humanos.
Muchas tradiciones filosóficas y espirituales sugieren que el espíritu retorna o se une a una fuente mayor, a la totalidad del ser o del universo. Allí no se destruye, sino que participa de la eternidad, trascendiendo la individualidad. El espíritu sería como el ātman individual, esa chispa de conciencia pura que contiene nuestra esencia más profunda según el Veda. Mientras vivimos, esa chispa está “contenida” en el cuerpo y el alma, interactuando con el mundo, tomando decisiones, sintiendo y aprendiendo. El alma, en cambio, sería la parte que experimenta, que siente, que lucha, que se vincula con el cuerpo y con la mente: nuestra vida emocional, ética e intelectual.
Cuando el ātman logra el moksha, el espíritu alcanza la liberación: se disuelve en Brahma, el principio eterno y universal. Es como un pequeño fuego que se une al fuego eterno: ya no hay separación ni limitación, solo unión con la totalidad, trascendiendo el tiempo y el espacio.
William James, a finales de siglo, era el psicólogo incomparablemente más destacado, y su influencia en distintos ámbitos difícilmente puede ser sobreestimada. Su gran obra The Principles of Psychology[1], publicada en 1890 (edición sueca abreviada bajo el título Psikologi, 1925), todavía se utiliza como libro de texto, y como tal lo hemos leído todos los que en los 70 estudiábamos psicología (Björkhem, Werner) o en mi caso teología[2], a pesar de que casi todo el desarrollo de la psicología académica se remonta a un período posterior. James es conocido como uno de los fundadores de la filosofía pragmática, que define la verdad como aquello que funciona y puede ser utilizado. Como enseñanza sobre la realidad, el pragmatismo difícilmente es aceptado, pero como teoría sobre cómo la realidad funciona ha tenido mucha importancia.
William James también estaba interesado en la religión y el ocultismo. Su padre, Henry James senior, era swedenborgiano[3] y nunca dejó pasar la oportunidad de mostrar a los niños que no existía nada más allá de la realidad tangible. En William esto llevó a una honestidad intelectual menos común. Ciertamente, no podía aceptar la fe de su padre, pero siempre estaba abierto a la posibilidad de que este pudiera tener razón.
James escribió una vez un ensayo en el que describía la filosofía de Hegel casi como un revoltijo confuso de ideas y filosofía mal fundamentada. Cuando el ensayo estaba a punto de publicarse, sintió que debía agregar una nota al pie. En su estado normal pensaba que la filosofía de Hegel era basura, pero al haber experimentado recientemente con óxido nitroso[4] y haber experimentado así estados de conciencia alterados, se preguntó si tal vez había algo en los pensamientos de Hegel. Y para James era evidente que eso también debía figurar en el ensayo, por muy extravagante que una nota personal pareciera para sus contemporáneos.
En su ensayo “Una propuesta respecto a la mística”,[5] William James, autor bien conocido de Björkhem, Werner, Cardeñas y un servidor, presenta la idea que aquí me interesa. Allí la llama superstición, ya que es consciente de no tener ningún respaldo científico para ella. La idea es que las experiencias místicas se deben a una repentina expansión del campo de la conciencia; que entonces alcanzamos un estado de conciencia potencialmente mucho más amplio. James nunca lo formuló de esta manera exacta, pero queda claro que a menudo jugaba con la idea de que la conciencia personal continúa en una conciencia que todos compartimos.
La investigación científica, como la que realizan Örjan Björkhem y Martin Johnson, puede mostrar los límites empíricos de las llamadas experiencias paranormales y ofrecer explicaciones psicológicas, neurológicas o sociales, pero eso no elimina necesariamente la pregunta más radical: si la muerte biológica agota o no el sentido de la existencia.
A lo largo de la historia, muchos pensadores han vivido exactamente en esa posición intermedia en que me hayo de aceptar el rigor del método científico y, al mismo tiempo, reconocer que el anhelo de eternidad forma parte constitutiva de la conciencia humana. Ese deseo no es una prueba de que exista algo después de la muerte, pero tampoco puede refutarse simplemente señalando que aún no hay evidencia concluyente. Más bien revela que la cuestión de la trascendencia pertenece a un plano distinto del estrictamente experimental, el de las preguntas últimas sobre significado, finitud y esperanza.
Por eso, que la investigación científica no confirme las hipótesis paranormales no obliga necesariamente a cerrar la posibilidad de lo eterno; solo nos recuerda que, hasta ahora, esa posibilidad no puede demostrarse en los términos de la ciencia. Entre la certeza empírica y la esperanza metafísica queda ese espacio de incertidumbre en el que, de un modo u otro, todos los seres humanos terminamos viviendo.
[1] https://archive.org/details/theprinciplesofp01jameuoft/page/n9/mode/2up
[2] En teología estudiábamos su “Las variedades de la experiencia religiosa. Un estudio sobre la naturaleza humana” (en original en inglés The Varieties of Religious Experience: A Study in Human Nature) https://archive.org/details/varietiesofrelig00jameuoft/page/n5/mode/2up
[3] “Swedenborgiano” se refiere a lo relacionado con Emanuel Swedenborg, pensador sueco del siglo XVIII que combinó ciencia, filosofía y misticismo y cuyos escritos dieron origen a la llamada Iglesia de la Nueva Jerusalén. El swedenborgianismo sostiene que la Biblia posee un significado espiritual oculto que debe interpretarse simbólicamente, que existe una correspondencia profunda entre el mundo material y el espiritual, y que la vida después de la muerte depende del carácter moral y espiritual desarrollado por cada persona. En sentido general, el término designa tanto a los seguidores de sus doctrinas religiosas como a quienes están influidos por su visión espiritual del universo y su interpretación simbólica de la realidad.
[4] El óxido nitroso (N₂O), también conocido como gas de la risa, es un compuesto químico formado por dos átomos de nitrógeno y uno de oxígeno. Es un gas incoloro, con un leve olor dulce, y tiene varias aplicaciones y efectos según el contexto. En este caso, James experimentó con sus efectos eufóricos y sensación de ligereza.
[5] https://archive.org/details/jstor-2011271/page/n1/mode/2up
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