¡Cómo pasa el tiempo! Es una de esas expresiones que repetimos sin pensar. Se dice en cumpleaños, en despedidas, al reencontrar a un viejo amigo. Pero, si me detengo, no sé muy bien qué quiere decir. ¿Qué es lo que pasa? ¿Y adónde? Hoy es el cumpleaños de mi amigo Eduardo y es él el que lo dijo, y me puse a pensar en eso del tiempo que pasa y si es que pasa o, para ser más preciso: ¿qué es lo que pasa, cuando pasa el tiempo?
Cuando yo busco en mi memoria hechos y vivencias pasadas, no siento que hayan ocurrido en otro tiempo. Me planto ahí. Entro. Habito la escena. Puedo vivir de nuevo las emociones, notar las mismas reacciones, incluso corporales: una tensión en el pecho, un calor en la cara, una alegría casi física. Nada de eso parece haber “pasado”. Está ahí, estoy ahí, en el momento. Además, me he dado cuenta, que puedo hacer pequeños cambios en la escena, porque, en mi recuerdo, los acontecimientos son míos y yo dispongo de todo a mi antojo. Puedo hasta jugar con injertar detalles contrafactuales y remodelar la historia a mi antojo.
El reloj avanza, sí. Vamos pasando hojas del calendario y nuestras viejas agendas van llenando los cajones. El cuerpo envejece, eso no se puede negar, pero la experiencia no se evapora. Se deposita. Permanece en capas, como sedimentos invisibles que sostienen lo que soy ahora. El tiempo cronológico fluye; el tiempo vivido se acumula. En Suecia, a los viejos nos empiezan a llamar “årsrika” que traducido quiere decir algo así como ricos en años. Esa riqueza es la que viene de haber vivido lo suficiente para comprender que casi todo pasa, que los problemas cambian de tamaño con el tiempo y que muchas preocupaciones que parecían enormes eran, en realidad, pequeñas sombras momentáneas.
Ser rico en años significa haber acumulado conversaciones, caminos recorridos, libros leídos, amistades que resistieron el paso del tiempo y también despedidas que enseñaron a valorar la presencia. Significa saber esperar, saber escuchar y, sobre todo, saber distinguir lo importante de lo urgente. Quien es rico en años posee algo que no puede comprarse: perspectiva. Y con la perspectiva llega una serenidad que permite disfrutar con más intensidad de los pequeños milagros cotidianos: un paseo, una taza de café, la voz de un hijo, la risa de un amigo, la luz de una tarde cualquiera. La verdadera riqueza no es cuánto tenemos, sino cuánto hemos vivido y comprendido. Y en ese sentido, ser årsrik es una de las mayores fortunas que puede alcanzar una persona.
Tal vez por eso la frase es engañosa. El tiempo no pasa: se transforma en nosotros. Y lo que fue intenso, verdadero, decisivo, no se pierde. Sigue disponible, esperando que la memoria lo convoque para volver a latir. Y, por tanto, para terminar con otra fase hecha, creo que el tiempo es oro.
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