Llueve. Una fina lluvia de mayo cae lentamente sobre la ciudad, casi sin ruido, es como si el cielo respirara con suavidad sobre la tierra. Las superficies se oscurecen poco a poco: la madera de los bancos, las piedras de los senderos, los tejados y las hojas adquieren un brillo húmedo que transforma todo. Los tulipanes, las lilas y las primeras rosas sostienen minúsculas gotas transparentes que multiplican sus colores y les van dando una claridad silenciosa.
Desde el cielo plomizo desciende una luminosidad difusa, sin sombras, una claridad tranquila que envuelve el paisaje entero. El aire trae ese olor profundo y antiguo de la tierra húmeda, mezcla de barro, hierba y raíces, un aroma que acompaña cada paso como una memoria olvidada. Los árboles gotean y el viento apenas mueve las hojas tiernas de la primavera avanzada.
Una humedad persistente penetra en las cosas y las vuelve más intensas: el verde más verde, el gris más profundo, el silencio más presente. Y mientras camino, ese olor a tierra mojada permanece conmigo, como si la naturaleza entera respirara al mismo ritmo que mis pensamientos. Y yo pienso; sigo pensando en lo que escribí ayer y en las respuestas que recibí, que me incitan a seguir ahondando en el tema para explicar mis pensamientos, mis inquietudes, que sé que comparto con la mayoría de los humanos. Hoy miro hacia atrás en el fondo de mi conocimiento; busco en mis estudios de filosofía de la religión, y allí encuentro a Spinoza[1].
A Spinoza hay que leerle a fondo para comprender hasta qué punto fue atrevido su pensamiento. Visto desde nuestra época, acostumbrados como estamos a la libertad de expresión y a la crítica de las religiones, puede parecer natural afirmar que Dios no es un ser separado del mundo, que la naturaleza posee sus propias leyes o que el ser humano forma parte de un orden universal. Pero en el siglo XVII aquellas ideas tenían una fuerza explosiva. Spinoza se atrevió a pensar lo impensable: un Dios sin rostro humano, sin voluntad caprichosa, sin premios ni castigos, un Dios identificado con la totalidad infinita de la naturaleza.
El otro día releí a Delibes, su última novela escrita en 1998, El hereje, que se puede identificar como una especie de testamento intelectual de Delibes, donde vuelve sobre temas que siempre le preocuparon: la libertad individual, la compasión y la resistencia moral frente al poder. Perdonad que me valla por esos derroteros, pero, es que mis pensamientos van en una cadena y mi actual interés por el tema del más allá deriva de esa lectura y de la dolorosa experiencia de mi carrera de cinco kilómetros, que mostró mi decrepitud; nihil ex nihilo. Para el que no haya leído El hereje le diré que trata de una historia en el que el protagonista, Cipriano Salcedo, es un comerciante castellano que entra en contacto con círculos influenciados por las ideas de Martín Lutero. A través de su historia, Delibes muestra el clima de vigilancia, miedo y represión impuesto por la Inquisición española, así como las dificultades para la libertad de conciencia en aquella España profundamente católica y controlada por el poder religioso. En aquel entonces España no se diferenciaba esencialmente de otros países, católicos, protestantes, musulmanes o lo que fuere. En cuestiones de fe, la libertad era nula y había que pensar según los cánones de cada país o atenerse a las consecuencias. En el tiempo de Baruch Spinoza, las cosas seguían más o menos igual, por tanto, es asombroso que se atreviese a declarar sus ideas, de la manera en que lo hizo.
La audacia de Baruch Spinoza no consistió solamente en negar ciertas creencias tradicionales, sino en construir una visión completa del mundo basada en la razón. Mientras Europa seguía marcada por guerras religiosas, dogmas y persecuciones, Spinoza defendió que la libertad de pensar era indispensable para la vida humana y que el miedo había sido utilizado durante siglos como instrumento de dominación espiritual. Su filosofía arrancaba a Dios del trono celestial para situarlo en todas las cosas existentes. No había ya separación absoluta entre lo divino y lo material y todo pertenecía a una misma realidad infinita.
Por eso fue considerado peligroso. Fue expulsado de la comunidad judía de Ámsterdam y muchos contemporáneos lo llamaron ateo, aunque en realidad hablaba constantemente de Dios. Lo que ocurría es que su Dios no podía ser controlado por iglesias ni interpretado mediante supersticiones, porque era un Dios que coincidía con el orden eterno de la naturaleza y que solo podía comprenderse mediante el conocimiento.
Leer a Spinoza es para mi una experiencia intensa porque obliga a replantearme cuestiones fundamentales como: qué significa realmente la libertad, hasta qué punto somos dueños de nuestras pasiones, qué lugar ocupa el ser humano en el universo y si existe una forma de espiritualidad sin dogmas. Descubro en sus sentencias una serenidad intelectual extraordinaria, una invitación a comprender el mundo sin miedo y a aceptar que somos parte de algo infinitamente más grande que nosotros mismos.
Quizá por eso tantos pensadores posteriores, desde Johann Wolfgang von Goethe hasta Albert Einstein, sintieron fascinación por él, aunque Spinoza no nos ofrece consuelo fácil ni promesas sobrenaturales. Lo que Spinoza nos brinda es la posibilidad de mirar la realidad de frente y encontrar en esa comprensión una forma de libertad interior.
Baruch Spinoza formuló una de las ideas más revolucionarias de la filosofía moderna al identificar a Dios con la naturaleza misma. Frente a la tradición religiosa que imaginaba un Dios separado del mundo, creador y gobernante del universo desde una dimensión trascendente, Spinoza sostiene que no existe nada fuera de Dios. Su famosa expresión “Deus sive Natura”, es decir, “Dios o la Naturaleza”, resume toda su concepción filosófica. Para él, Dios no es un ente personificado, con voluntad humana, capaz de castigar, premiar o intervenir mediante milagros. Dios es la única sustancia infinita que existe, la realidad total y eterna de la que forman parte todas las cosas. El universo entero, las estrellas, los mares, los animales, los pensamientos humanos y la materia, no son creaciones separadas de Dios, sino manifestaciones de esa única realidad infinita.
Antes de leer a Spinoza, tendría yo trece o catorce años, despertó mi consciencia hacia lo trascendente, una noche de mayo a las afueras de Madrid. Íbamos caminando Isabelita y yo, y nos fuimos a sentar para descansar un momento y, ella me dijo que mirase el firmamento y las estrellas que lucían en el fondo negro de la noche cerrada. Fue algo maravilloso, mirar al cielo como si fuera la primera vez, y descubrir que aquello no era simplemente “el cielo”, sino una inmensidad viva, silenciosa y casi imposible de abarcar con la mirada. Recuerdo que, al principio, me costaba distinguir si lo que veía era orden o caos: miles de puntos de luz suspendidos en una profundidad sin fondo, como si el universo hubiera decidido abrirse por un instante y mostrarse sin explicación.
Isabelita no decía nada. Solo estaba allí, en silencio. Y ese silencio suyo fue, quizá, lo que me permitió escuchar por primera vez, no sé si un sonido o si fue la percepción de una especie de presencia sin forma, una sensación de pertenecer a algo mucho más grande, pero sin poder nombrarlo. Fue entonces que me invadió una extraña mezcla de calma y vértigo. Calma, porque todo parecía estar en su sitio, como si el firmamento respirara con una lógica secreta. Vértigo, porque al mismo tiempo yo era apenas un punto diminuto mirando hacia un abismo de luz. Sentí, sin pensarlo entonces de ese modo, que la vida cotidiana, las calles, las conversaciones, las preocupaciones pequeñas, quedaba suspendida por debajo de aquella bóveda infinita y que todo era tan superfluo.
Yo no sabía todavía nada de filosofía, ni de sistemas del mundo, ni de Dioses con nombre o sin él. Pero aquella noche de mayo, a las afueras de Madrid, algo se abrió en mí con una claridad que no se ha borrado del todo. Era, creo yo, la intuición de que lo real es mucho más amplio que lo visible, y que el asombro puede ser una forma de conocimiento.
Años después, al leer a Baruch Spinoza, comprendí que aquella experiencia había sido una especie de puerta, porque Spinoza le había dado palabras a algo que yo solo había sentido. Para Spinoza “Dios somos todos”, porque todos existimos dentro de esa sustancia única que es Dios. Nada puede existir fuera de ella. El ser humano no ocupa un lugar privilegiado en la creación, sino que es simplemente una parte de la naturaleza sometida a las mismas leyes universales que rigen todo lo demás. En la filosofía de Spinoza desaparece por completo la idea tradicional de trascendencia. Dios no está más allá del mundo, porque el mundo mismo es la expresión de Dios.
Esta visión fue naturalmente considerada escandalosa en su tiempo. Muchos la interpretaron como una forma de ateísmo o de panteísmo, y Spinoza fue expulsado de la comunidad judía de Ámsterdam. Sin embargo, él, lejos de negar lo divino, lo concebía como algo infinitamente más vasto que la imagen antropomórfica tradicional. Para Spinoza, comprender racionalmente el orden de la naturaleza equivale a acercarse a Dios. La verdadera libertad humana no consiste en escapar de las leyes naturales, sino en comprenderlas. Yo también creo que cuanto más entendemos los humano nuestras propias pasiones y la necesidad que gobierna el universo, más libre nos volvemos interiormente. De esa comprensión nace lo que Spinoza llama el “amor intelectual de Dios”, una serenidad profunda derivada de sentirse parte de un todo infinito y eterno.
La influencia de este pensamiento fue enorme. Albert Einstein admiraba especialmente la idea del “Dios de Spinoza”, es decir, un Dios identificado con la armonía racional del cosmos y no con una divinidad personal que interviene en la vida humana. Spinoza sigue influyendo en filósofos, científicos y escritores porque abre una manera completamente nueva de pensar la relación entre el ser humano, la naturaleza y lo sagrado.
Y sin embargo, incluso esa comprensión, la de Spinoza, la de la razón que ordena el mundo como una necesidad infinita, no elimina del todo una sombra de extrañeza. Porque una cosa es entender que todo pertenece a un mismo tejido, y otra muy distinta es vivirlo desde dentro, con el cuerpo que envejece, con la respiración que se acorta en la carrera, con la memoria que se vuelve más nítida y a la vez más frágil.
Hay momentos en los que esa unidad del mundo no consuela. No porque sea hostil, sino porque es indiferente en el sentido más puro de la palabra: no está hecha para nosotros, aunque nosotros estemos hechos de ella. La lluvia sigue cayendo sobre los tejados sin preguntar nada, como sigue el pensamiento su curso en la mente sin pedir permiso. Todo ocurre con la misma necesidad silenciosa.
Y es entonces cuando uno se pregunta si esa “libertad” de la que habla Spinoza, la libertad que nace del conocimiento, no será en realidad una forma más alta de aceptación. No una victoria sobre el mundo, sino una reconciliación con su estructura profunda. Aceptar que no estamos fuera de la naturaleza, sino dentro de ella, como una de sus innumerables modulaciones.
Pienso en la carrera de cinco kilómetros. En ese instante concreto en el que el cuerpo deja de obedecer como uno quisiera. Ahí no hay metafísica posible, solo respiración, músculo, límite. Y, sin embargo, incluso ahí, algo del pensamiento insiste, la idea de que ese mismo cansancio también es naturaleza, también es orden, también es necesidad.
En la Ética de Baruch Spinoza, la experiencia del mundo se convierte en necesidad lógica y la intuición en sistema. Porque, en el fondo, lo que allí se afirma es que todo lo que existe está dentro de algo o existe en sí mismo; no hay nada fuera del tejido de la realidad. Y lo que no puede entenderse a través de otra cosa, debe entenderse por sí mismo: como si el mundo no necesitara un exterior que lo explique, sino solo su propia inteligibilidad.
De una causa determinada sigue necesariamente un efecto, y sin causa no hay efecto posible. Por eso nada en lo que vivimos, ni la lluvia, ni el cuerpo cansado, ni la emoción ante el cielo, es casual en el sentido absoluto, sino expresión de una cadena de necesidad. Y, a la vez, no podemos comprender un efecto sin comprender su causa, porque todo lo que sentimos remite a algo más profundo que lo sostiene, aunque no siempre lo veamos.
Así, las cosas que no tienen nada en común no pueden entenderse entre sí y el pensamiento no sale de sí mismo hacia lo totalmente ajeno, sino que conoce aquello con lo que comparte estructura. Y toda idea verdadera, en última instancia, no flota separada de su objeto, sino que corresponde a él, lo expresa, lo contiene de algún modo.
Incluso lo que imaginamos como existencia o no existencia pertenece a esta misma lógica, porque, si algo puede concebirse como no existente, su esencia no implica necesariamente que exista. Nada está garantizado por sí mismo salvo aquello cuya esencia es existir en sí, no en otra cosa.
Y entonces las experiencias que trato de explica en esta entrada, la lluvia de mayo, el cielo de la adolescencia, el cuerpo en la carrera, la memoria que insiste, puede leerse como una sola intuición que Spinoza ordena con rigor, cuando nos dice que no hay separación última entre lo que es y lo que lo explica, porque todo lo que es, es dentro de la misma realidad, y todo lo que comprendemos, lo comprendemos desde esa misma unidad. Y al final, uno comprende que ha estado aprendiendo a estar dentro de lo que siempre ha sido, y comprender, aunque solo sea un fragmento, es ya, creo yo, una forma de habitar el mundo con menos miedo y más lucidez.
[1] https://archive.org/details/SpinozaEtica/page/16/mode/2up
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