La etimología es importante por muchas cosas, entre otras, porque muestra que los conceptos políticos tienen historia. Términos como “democracia”, “revolución”, “nación” o “Estado” no han significado lo mismo en la Atenas clásica, en la Revolución francesa o en la política contemporánea. La etimología nos ayuda porque funciona como una puerta de entrada a esa evolución histórica. La etimología nos permite detectar lo que podríamos llamar “capas ocultas” del lenguaje político. Muchas palabras conservan huellas de épocas anteriores: por ejemplo, “ministro” viene de “sirviente”, y “administración” muestra el proceso de servir, aunque hoy designa una figura de poder y la organización de éste. Esa inversión de sentido es políticamente significativa.
Además, la etimología ayuda a entender cómo el lenguaje puede legitimar ideas. Llamar a algo “natural”, “orden”, “seguridad” o “libertad” no es neutro, porque cada palabra tiene una carga histórica que influye en cómo percibimos los conflictos políticos. Esto lo podemos constatar en lo referente al significado de la palabra “liberal”, erróneamente atribuida a una pretendida tradición anglosajona, pero que, en realidad, comenzó a usarse en política durante un momento concreto, que tuvo lugar en España, en la pequeña isla de León, perteneciente a San Fernando, provincia de Cádiz.
Yo me considero liberal, no solo porque milito en un partido que lleva este nombre, sino porque, desde muy joven, he sentido la necesidad de buscar la libertad, que necesito como el oxígeno y el agua, para existir. Ayer, como tantas veces antes, discutíamos unos cuantos liberales sobre nuestros orígenes, los del partido, claro, y llegamos como de costumbre al Leviatán de Hobbes[1], con su contractualismo, a los derechos naturales de Locke, la separación de poderes de Montesquieu[2], la libertad económica con la ilustración y la fisiocracia con Quesnay, Adam Smith[3] y, finalmente con la idea de la soberanía nacional, emanantes de las revoluciones americana y francesa.
Seguimos discutiendo el liberalismo en Suecia, y aquí vemos siempre como un punto clave la Edad de la Libertad (Frihetstiden, 1718–1772), cuando el poder del rey se redujo y el Riksdag (parlamento de los estados) ganó influencia y culmina con la Ley de Libertad de Prensa de 1766, impulsada por Anders Chydenius[4], considerada una de las primeras leyes modernas de libertad de prensa en el mundo. Tras el paréntesis de absolutismo de Gustavo III y Gustavo IV Adolfo, y a partir de la mal llamada constitución de 1809, se va formando el liberalismo sueco como movimiento político con la defensa del sufragio ampliado, la libertad de comercio y la abolición de gremios y restricciones y la consiguiente modernización del Estado, hasta llegar a 1921, con la reforma que llevó al sufragio universal.
Hablamos también, como no, del liberalismo social según John Rawls[5], probablemente el pensador más influyente del liberalismo igualitario moderno, que expresa que una sociedad justa es aquella que organizaríamos si no supiéramos qué lugar ocuparemos en ella. Los principios básicos de Rawls son la igualdad de libertades básicas para todos y la aceptación de desigualdades económicas solo si benefician a los más desfavorecidos.
Y, ya puestos a discutir a Rawls, con el que la mayoría estamos de acuerdo, sacamos a relucir a Robert Nocik y su obra Anarchy, State, and Utopia (1974)[6], en la que responde directamente a Rawls, A Theory of Justice (1971), desde una posición liberal muy distinta: el liberalismo libertario, rechaza la redistribución, defiende la propiedad como derecho absoluto y quiere reducir la labor del Estado a un mínimo (“night-watchman state”).
Durante nuestra conversación, alguien saca a relucir nuestras pretendidas raíces anglosajonas. Creer que el liberalismo sueco tiene raíces exclusivamente anglosajonas: Locke, la tradición británica, el constitucionalismo estadounidense, es una forma de encuadrar la identidad política en un contexto especifico. En distintos momentos históricos, los liberales suecos han tendido a inspirarse en tradiciones parlamentarias anglosajonas, mientras que sectores conservadores han mostrado mayor afinidad con modelos estatales centroeuropeos, especialmente alemanes, pero ambas influencias han sido parciales, cambiantes y mezcladas dentro de la política sueca, aunque aún hoy, perfectamente identificables.
Cuando el café ya hacía tiempo que se había enfriado en nuestras tazas, carraspeé un poco para llamar la atención y dije: “¿Sabíais que la palabra “liberal” no proviene del mundo anglosajón?” el signo de interrogación flotaba por la estancia. Tomé carrerilla y les expliqué: – “La voz “liberal” adquiere su sentido político moderno y su uso como identidad partidaria en el contexto de las Cortes de Cádiz, donde comienza a designar al sector reformista frente a los llamados “serviles”. Seguí explicando que la difusión europea se inicia a partir del Congreso de Viena en 1815 y la restauración absolutista. El término se expande en Francia, donde libéral se usa como etiqueta política clara en los años 1820–1830 en oposición a los ultras monárquicos. En Inglaterra liberal se consolida progresivamente hasta mediados del siglo XIX con los Whigs, como núcleo histórico, que pasan a ser Liberal Party. En Italia y Alemania, liberale o liberal entra como parte del vocabulario de los movimientos constitucionalistas.
Y de ahí viene mi reflexión sobre cómo el liberalismo nace como una reacción al absolutismo napoleónico, habiendo nacido éste de resultas de la revolución francesa, heredera de Hobbes, Locke, Montesquieu etc. El periodo revolucionario y napoleónico actuó como un laboratorio político europeo en el que se institucionalizaron parcialmente ideas ilustradas, cuya tensión con la restauración monárquica contribuyó decisivamente al nacimiento del liberalismo como movimiento político. Y todo esto tuvo lugar concretamente en la pequeña isla de León, en el municipio de San Fernando, de la provincia de Cádiz.
De aquellas cortes de Cádiz hay mucho que decir. Mi amigo Antonio Viudas Camarasa ha profundizado bastante en estas cuestiones y me ha inspirado para leer más sobre esos acontecimientos. Una buena forma de adquirir una visión general de los hechos y de los actores que los protagonizaron es leer las memorias de Antonio Alcalá Galiano[7], publicadas por su hijo. En ellas aparece el testimonio de un actor político y el aliento de una época en la que muchos conceptos políticos, todavía estaban en proceso de fijarse. Se puede decir que en Cádiz se debatía sobre constituciones y sobre el significado mismo de los conceptos que hoy usamos con naturalidad.
Porque la política es una lucha por el poder y también una lucha por el lenguaje. Y cada palabra, “libertad”, “pueblo”, “ley”, “nación”, es el resultado de una larga sedimentación histórica, de conflictos, derrotas, pactos y reinvenciones.
Cuando olvidamos esa dimensión histórica del lenguaje, tendemos a pensar que las palabras son naturales, evidentes, casi neutrales. Pero basta rascar un poco para descubrir que no lo son. Decir “liberal”, “democrático” o “conservador” es siempre situarse dentro de una tradición, aunque no siempre seamos conscientes de ello.
Por eso la etimología no es una curiosidad académica, sino una forma de higiene intelectual. Nos obliga a desconfiar de la inmediatez de las palabras, a interrogar su genealogía, a recordar que el presente político parte de un largo proceso. Y tal vez, al final, esa sea la verdadera utilidad de estas conversaciones entre café frío y memoria histórica: comprender que pensamos desde un idioma que ha sido moldeado por siglos de conflicto. Salimos de aquella conversación con la sensación de haber recorrido, en unas horas, más de doscientos años de historia europea. Y quizá no sea exagerado decir que seguimos discutiendo lo mismo que se discutía entonces: cómo organizar la libertad sin destruirla, cómo limitar el poder sin vaciarlo, cómo construir un orden sin sofocar la vida. Afuera, en las calles de Lund, los estudiantes montaban sus tingladillos para la celebración del carnaval, pero en nuestras cabezas, al menos por un momento, seguían resonando los ecos Cádiz.
[1] https://archive.org/details/hobbessleviathan00hobbuoft/page/n13/mode/2up
[2] https://archive.org/details/oeuvrescompltes14montgoog/page/n16/mode/2up
[3] https://archive.org/details/bwb_W9-CHI-699/page/n17/mode/2up
[4] https://archive.org/details/anderschydeniusd0000virr/page/n5/mode/2up
[5] https://dn721806.ca.archive.org/0/items/a-theory-of-justice-john-rawls-1971/A%20theory%20of%20justice%20John%20Rawls%201971.pdf
[6] https://archive.org/details/robert-nozick-anarchy-state-and-utopia/page/n11/mode/2up
[7] https://archive.org/details/memorias02alcauoft/page/n5/mode/2up
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