La avaricia es una de las raíces del desorden humano. El ser humano necesita alimento, techo, seguridad, afecto. Eso es natural. Pero la avaricia empieza cuando lo necesario deja de bastar y aparece un deseo que no conoce límite. Un impulso de acumular más que otros, conservarlo todo, aumentar siempre. Entonces la posesión se convierte en un fin. Y ahí nace el desorden.
La avaricia desordena primero el interior de la persona. Quien vive pendiente de tener más rara vez encuentra descanso, además, teme perder, compara continuamente, sospecha de los demás, confunde su valor con lo que posee. Lo que debía dar tranquilidad acaba produciendo inquietud.
Desordena además las relaciones humanas porque, cuando el afán de poseer domina, el otro deja de ser compañero o vecino y puede convertirse en obstáculo o instrumento. Se debilita la confianza. Aparecen el engaño, la injusticia y la rivalidad. Muchas disputas familiares, conflictos por herencias o traiciones entre socios nacen de ahí, del momento en que el dinero o la propiedad pesan más que el vínculo.
Y finalmente desordena la sociedad. Cuando la avaricia se instala en quienes tienen poder económico o político, el bien común se resiente. Se explota al trabajador, se especula con lo necesario, se concentran privilegios y crecen las desigualdades. Entonces surgen resentimientos y fracturas que terminan afectando a todos.
No será que no lo han advertido desde siempre, todos los sistemas de orden social, la filosofía, las religiones, las leyes, apuntan a la avaricia como un peligro a nivel individual y de sociedad. Pero el hombre, que ha construido estos sistemas, los ignora desgraciadamente.
Platón, en La República, relacionó el afán desmedido de riqueza con la corrupción de la ciudad. Aristóteles hablaba de la virtud como equilibrio. La avaricia rompe ese equilibrio porque convierte lo suficiente en insuficiente, y esa es su fuerza más perturbadora: hace creer que nunca basta. Dante, en La Divina Comedia, presentó a los avaros como almas atrapadas por aquello que habían querido poseer. En la tradición cristiana la avaricia aparece entre los pecados capitales; en otras filosofías, como la budista, el apego desmedido también se entiende como fuente de sufrimiento.
La avaricia no conoce el “basta”. Siempre añade una exigencia más, un poco más de dinero, más seguridad, más reconocimiento, más control. Y como el deseo no encuentra medida, tampoco encuentra reposo. Incluso cuando tiene mucho, teme perderlo; incluso cuando alcanza algo, enseguida aparece otra meta. La abundancia no calma por la imposibilidad interior de sentir que algo es suficiente.
El equilibrio, la paz interna, nace de poder decir: “esto basta”. Basta esta casa, aunque no sea grande. Basta la mesa compartida. Bastan los libros que ya tenemos, los recuerdos guardados, el cuerpo que todavía nos sostiene, el trabajo hecho, el afecto recibido y entregado. No porque todo sea perfecto, sino porque reconocemos que la vida, aun incompleta, contiene ya bastante para agradecer y habitar con serenidad. Como esa canción sueca, popular en los 70, decía: “allí, donde vas, no te vas a llevar nada”.
Debo pararme un poco aquí, porque, releyendo lo que acabo de escribir, me parece sacado del aburrido sermón de un párroco, y esa no es mi intención. Imagino que si has llegado hasta aquí y tu lectura, estarás pensando que, si todos siguieran mi consejo, o el de todos los que por los siglos de los siglos han estado advirtiendo de los males de la codicia, estaríamos todavía en la edad media, si acaso. Sin un cierto deseo de tener o de mejorar, es difícil imaginar el progreso humano. La curiosidad, la ambición de saber más, de vivir mejor o de crear algo nuevo han impulsado la ciencia, la cultura y también muchas mejoras materiales. En ese sentido, hay una energía del “querer más” que puede ser fecunda.
Pero, hay que pararse un poco aquí a pensar, porque conviene distinguir ese impulso del crecimiento de la avaricia. El deseo de progreso tiene como horizonte mejorar la vida propia y la de los demás, resolver problemas, ampliar posibilidades. La avaricia, en cambio, no tiene horizonte, porque nunca se satisface; no busca un bien concreto, sino la acumulación sin límite. Y cuando no hay límite, el deseo deja de ser constructivo y empieza a volverse destructivo.
Por tanto, el progreso humano depende de la capacidad de orientar el deseo. Muchas de las grandes transformaciones han nacido simplemente de la curiosidad científica, del impulso creativo o del deseo de aliviar el sufrimiento. Incluso cuando hay interés económico, funciona mejor cuando está equilibrado por normas, valores y responsabilidades compartidas.
Equilibrio, eso es lo que echo de menos en nuestra sociedad. Ese equilibrio lo conocían muy bien los griegos clásicos, que poseían un término, el sophrosyne, que no tiene una traducción exacta en una sola palabra, pero que se suele entender como la virtud del equilibrio interior, la moderación y el autocontrol. En español se aproxima sobre todo a templanza, aunque también puede expresarse como mesura, moderación, serenidad o cordura, según el contexto. En la tradición latina se tradujo principalmente como temperantia, y también se relaciona con ideas como continencia o modestia. En términos modernos se podría describir como autocontrol o equilibrio interior, aunque ninguna de estas palabras recoge todo su sentido. En sueco tenemos el termino “lagom” que aprendí nada más llegar, porque todos me lo recordaban, orgullosos de poseer en su idioma un término tan acertado.
Lagom no tiene tampoco una traducción exacta en otras lenguas, pero expresa la idea de “lo justo”, “lo suficiente” o “ni demasiado ni demasiado poco”. Se refiere a un equilibrio práctico en el que algo está en la medida adecuada, suficiente para ser bueno, pero sin exceso. Es una cuestión de proporción y adecuación a la situación. Un café lagom no es ni demasiado fuerte ni demasiado débil, una temperatura lagom es la que resulta confortable, un modo de vida lagom evita tanto la carencia como el derroche, lo justo, sin pasarse.
El origen de la palabra lagom se pierde en el mundo de la tradición, en la que se cuenta que en la época de los vikingos, cuando se compartía una bebida en grupo, se pasaba un cuerno a modo de recipiente o un cuenco lleno de hidromiel y cada persona debía beber lo suficiente para que alcanzara para todo el grupo, “laget om”. Es decir, no demasiado para uno solo, sino lo justo para que el conjunto funcionara bien. De ahí habría surgido la idea de lagom, lo que es adecuado para todos, dentro de un equilibrio colectivo.
Pero, a la vez que aprendí el término “lagom”, aprendí también otro término muy interesante, que todos me decían que era típico de los países escandinavos, el término “jantelagen” (la ley Jante). Este término procede de la novela En flyktning krysser sitt spor[1] (“Un fugitivo cruza su propio rastro”) del escritor Aksel Sandemose, donde se describe una ciudad ficticia llamada Jante que simboliza una mentalidad colectiva.
La idea central de la jantelagen es un conjunto de normas implícitas que desaconsejan destacar demasiado por encima de los demás. Se resume en frases como “no creas que eres especial”, “no creas que eres mejor que nosotros” o “no creas que sabes más que nosotros”. En conjunto expresa una actitud social que valora la modestia, la igualdad y la pertenencia al grupo por encima del individualismo o la exhibición del éxito personal. Esta mentalidad tiene una doble lectura. Por un lado, favorece la cohesión social, reduce la arrogancia y refuerza la igualdad. Por otro, puede generar presión para no sobresalir, limitar la ambición individual o hacer que el éxito sea visto con recelo. En el fondo, a mi parecer, la jantelagen refleja una tensión muy característica de las sociedades nórdicas entre la igualdad social y el derecho a destacar, entre el valor del grupo y la afirmación individual.
Para tratar de explicar la tensión entre la admiración que se puede tener por un emprendedor en un país donde supuestamente reina el “lagom” y el “Jantelagen”, pongo como ejemplo al emprendedor sueco Ingvar Kamprad, creador de la firma IKEA, porque considero que es una figura clave para entender cómo se percibe la riqueza en Suecia, ya que su caso combina una enorme fortuna con una imagen pública de gran austeridad.
En general, en Suecia se le vio con una mezcla de admiración, respeto y también cierta incomodidad. Por un lado, era admirado como un gran emprendedor que había creado un imperio global como IKEA, basado en la idea de ofrecer muebles funcionales y asequibles para la mayoría de la población, algo que encajaba bien con valores suecos de igualdad, utilidad y sencillez.
Por otro lado, su gran riqueza generaba un cierto malestar cultural en una sociedad donde está muy presente la sensibilidad de la Jantelagen, que valora la modestia y desconfía de la ostentación. Aunque Kamprad era multimillonario, cultivaba deliberadamente una imagen de vida frugal, coches antiguos, vuelos en clase económica y un estilo de vida discreto, lo que ayudó a reducir esa tensión entre riqueza y aceptación social. Aun así, hubo debates y críticas, especialmente en relación con su pasado político en su juventud y con la estructura fiscal de su empresa, que en algunos momentos se percibió como poco transparente. Pero no fue visto como un magnate ostentoso ni como una figura rechazable, sino más bien como una personalidad compleja y contradictoria.
Ahora, dentro de unas horas, iré a llamar a las puertas para explicar la política de mi partido y pedir el voto de los ciudadanos. Es lo que estoy haciendo desde febrero y seguiré con ello hasta el día de las elecciones, el 13 de septiembre. Yo pertenezco como sabéis al partido Liberal y nosotros tenemos una política que se encuentra en un difícil equilibrio respecto a la riqueza. En la tradición del liberalismo, ese equilibrio suele girar en torno a dos ideas que hay que mantener a la vez:
Por un lado, la convicción de que la iniciativa individual, el esfuerzo y la empresa deben poder generar riqueza sin obstáculos innecesarios. Sin esa posibilidad, se debilita la innovación, el crecimiento y también la libertad personal.
Por otro lado, la conciencia de que la riqueza no es solo un asunto privado, porque se produce dentro de una sociedad que la hace posible y que necesita educación, infraestructuras, seguridad jurídica, cohesión social. Si las diferencias se vuelven demasiado grandes o se perciben como injustas, se erosiona la confianza en el sistema y también la estabilidad de esa misma libertad económica.
Ahí es donde el liberalismo suele buscar su equilibrio, no impedir la creación de riqueza, pero sí evitar que se convierta en concentración rígida y egoista o en desigualdad que rompa la cohesión social. En términos muy simples: que el sistema permita prosperar, pero también que siga siendo legítimo ante la mayoría. Cuando uno va puerta a puerta, esto se traduce en preguntas muy directas, si el trabajo alcanza para una vida digna, si los jóvenes pueden independizarse, si los impuestos se sienten justos, si los servicios públicos funcionan, si el esfuerzo merece la pena.
Ahí está el punto más delicado de ese equilibrio, que no es solo económico, sino también moral y perceptivo. La gente acepta mejor la riqueza cuando la percibe como vinculada al esfuerzo y cuando siente que existe cierta reciprocidad social; y la rechaza cuando la percibe como desconectada o excesiva. Nuestra líder, Simona Mohamsson, me lo ha puesto un poco difícil con su afirmación de que “Suecia necesita más milmillonarios”, en concreto, que Suecia tenga 1.000 milmillonarios para el año 2036, el doble de los que se calcula que tiene hoy.
La dificultad para mí, en la práctica, es que tengo que trasplantar una idea estructural a una conversación personal sin que suene provocadora o ajena a la realidad del interlocutor. Es decir: transformar “necesitamos más milmillonarios” en algo que la persona pueda conectar con su propia vida, sin que se sienta excluida del relato. Otro punto delicado es que nuestro argumento a favor de la creación de grandes fortunas suele apoyarse en efectos indirectos (inversión, empleo, innovación), pero en una conversación puerta a puerta esos efectos no son visibles de inmediato. La persona ve el resultado cercano de las políticas, no la cadena larga de consecuencias económicas. Por eso el argumento puede parecer teórico frente a preocupaciones inmediatas. A ver cómo consigo guardar el equilibrio entre el lagom y el Jantelagen. Ya os iré contando.
[1] https://ia802805.us.archive.org/30/items/lit-no-9000-sandemose-en-fugitive-crosses-his-tracks-reduced/LIT%20NO%209000%20sandemose%20EN%20fugitive%20crosses%20his%20tracks%20reduced.pdf
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