El idioma que he heredado, la lengua española, es rica en términos coloquiales, que describen perfectamente situaciones o procesos humanos difíciles de explicar en pocas palabras. Uno de estos términos idiomáticos es el de “la edad del pavo”. Se suele usar para caracterizar los cambios de comportamiento que experimentan nuestros hijos desde la etapa de la adolescencia temprana en la que el cuerpo y la mente empiezan a transformarse rápidamente para pasar de la infancia a la adultez.
Durante este periodo se activa la pubertad, con cambios hormonales que provocan el crecimiento acelerado, la maduración sexual y modificaciones físicas visibles. Al mismo tiempo, el cerebro aún está en desarrollo, especialmente las zonas relacionadas con el control de impulsos y la toma de decisiones, lo que genera habitualmente conductas más impulsivas y emocionales. También aparecen cambios psicológicos importantes, como la búsqueda de identidad, la necesidad de independencia, la sensibilidad ante la opinión de los demás y una mayor inestabilidad emocional.
Los padres lo vivimos con algo de confusión y mucha intensidad y a menudo surgen conflictos por cualquier menudencia. En el plano social, los amigos cobran más importancia, y la autoridad paterna y materna queda reducida, en lo que es, conjunto, un proceso normal de transición entre la infancia y la vida adulta.
Me imagino que se le llama edad del pavo con la relación que se hace entre el comportamiento del pavo macho, que se pavonea, infla el pecho, despliega las plumas y parece presumir o actuar de forma llamativa, pavoneándose, comparándolo con algunos comportamientos adolescentes de exhibición mezclada con timidez y deseo de llamar la atención. Todos los que tenéis alguno de esos especímenes, sabéis muy bien a lo que me refiero.
Aquí en Suecia tenemos un rito de pasada que marca el fin de la edad del pavo. Curiosamente el día en que más se pavonea, el “studenten” o día de la graduación de bachiller, que marca el paso de la edad escolar a la vida de adulto. Suecia, una sociedad muy secularizada, conserva en esta fiesta una función que antiguamente desempeñaban ceremonias religiosas como la confirmación, que ya no está generalizada y que se celebraba a la edad de 14 años. La graduación se realiza a los 18 o 19 años, justo al pasar la edad del pavo.
Studenten es claramente marca claramente esa fase de separación que se produce cuando los alumnos terminan oficialmente sus estudios de secundaria y abandonan la condición de escolares que han tenido durante 13 años. La fase de transición se escenifica por los rituales festivos, como la ceremonia en la escuela, la gorra blanca (studentmössa), la salida entre aplausos, los cantos, las pancartas, los familiares reunidos y los recorridos en camiones decorados por la ciudad, cantando y gritando. Ese día se les permiten cosas que estarían prohibidas o mal vistas en días normales. Durante unas horas, los jóvenes ya no son simplemente estudiantes, pero tampoco han asumido todavía su nuevo papel en la universidad, el trabajo o la vida adulta y pueden pavonear a su libre albedrío.
Tengo un hijo que está a punto de ponerse la gorra blanca. El otro día, el viernes pasado, celebro su tradicional baile de gala junto a todos los alumnos de su escuela que terminaban su tercer curso de bachiller. Es una experiencia única para ellos y una sensación agridulce para los padres y los abuelos que ven ante sus ojos como sus vástagos atraviesan en horas una metamorfosis que los transforma de golpe, es como una metamorfosis social y performativa, temporal y ritual.
Los jóvenes pasan de su aspecto cotidiano, con ropa informal, gestos relajados, lenguaje juvenil, a una puesta en escena de adultez. El cambio de vestimenta con trajes y vestidos elegantes, funciona como un símbolo de transición, donde el cuerpo se “reviste” para jugar un papel nuevo. A esto se suma un cambio en la conducta, la manera de caminar se vuelve más segura y ceremoniosa, la forma de hablar más formal y los gestos más conscientes porque están siendo observados en un contexto público y festivo.
Observados por una legión de padres, tíos, abuelos, primos y hermanos menores que se amontonan buscando un lugar, pegados al acordonamiento que separa a los espectadores de los jóvenes que durante dos horas van llegando a la alfombra roja, en coches, limosinas y carruajes a cuál más suntuosos.
La alfombra roja cubre el camino desde el lugar de llegada hasta la fuente de la universidad, con el edificio blanco de la universidad de Lund como fondo. Al llegar son servidos con una copa de cava, cosa importante en sí, ya que marca su condición de adultos a los que se le puede servir alcohol, muy importante en Suecia, con su restrictiva legislación en ese ámbito. Con la copa en la mano, les vemos conversar, primero un poco tímidos, con sus amigos más próximos, y al poco, cuando ya van olvidando que cientos de ojos les observan, en círculos mayores, hasta rompiendo barreras de relaciones, mantenidas durante años.
Y, finalmente, van deslizándose hacia el interior del palacio de los estudiantes, un pastiche medieval que acoge la cena y el baile, que se prolongará hasta la madrugada y más allá, y los parientes nos iremos a casa, a esperar a que regresen. Y, los que regresan, ya no volverán a ser aquellos niños que hemos cuidado tantos años, serán adultos para siempre, nuestros iguales, nos irán contradiciendo a veces con razones que reconoceremos superiores. Ya nos dejaron pequeños en tamaño y todo eso nos da un poco de miedo y nos hace inmensamente felices. Los polluelos dejan el nido y echan a volar.


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