Estoy sentado en un banco en la plaza mayor de Lund. Yo, que paso por aquí a diario, no suelo pararme justo aquí, pero hoy tengo un día tan ajetreado, que he tenido que tomarme un pequeño descanso, para ir pensando en todo lo que me queda por hacer, para preparar la fiesta del año. Es una fiesta tan importante para mi hijo, que tengo que cuidar cada detalle con mucho cuidado; el día de su graduación como bachiller. Ya puede lucir desde ayer su gorra blanca. Ya ha vivido su primer baile de gala, de eso hable el otro día. Falta la fiesta de graduación, la fiesta del examen, como aun se sigue llamando, aunque ya los exámenes que deciden el futuro del bachiller se han ido haciendo durante tres años y no como antaño, en un día concreto y ante un tribunal. Pero se sigue celebrando como si todavía hubiese esa incertidumbre del aprobado o suspenso que decidiría por qué puerta saldría el estudiante.

Mientras descanso en mi banco, disfrutando de un sol primaveral, que se muestra intermitente entre nubarrones que presagian un chaparrón, veo pasar a los transeúntes. Muchos van cargados de envoltorios que revelan el contenido: regalos de examen y flores. Esta escena se repite desde el lunes, día en que el primer instituto tuvo su examen. Ese día fue Vipan, mi antiguo instituto, donde pasé más de veinticinco años, como docente y como director. Los vi pasar en camiones engalanados, clase por clase, con pancartas graciosas, escritas y decoradas por los propios jóvenes, cada camión con su propia música, sus propios cánticos, sus gritos, sus gestos. Es como si fuera una cabalgata de Reyes. Cada uno de ellos un rey o una reina en su casa. Rey o reina por un día. El día más grande de su vida. El mayor recuerdo.

El martes fue el día del instituto Polhem y la escena se repitió. Todo se para, ante la gran celebración. Se para el tráfico, se paran las actividades cotidianas. Toda la atención va para esos jóvenes que celebran su entrada al mundo de los adultos, que se abre para ellos, tan prometedor, tan desconocido, tan fascinante. Hoy será el día de los de Katte, el instituto más antiguo. Estamos invitados a una fiesta, la del hijo de una amiga española, profesora de matemáticas, y mañana seremos nosotros los anfitriones, porque será el día del instituto Spyken y, por tanto, de nuestro hijo. El viernes celebrarán el examen todos los pequeños institutos privados. En total, serán más de 1500 jóvenes bachilleres, los que tomarán las calles esta semana.

En una ciudad como la nuestra, de 130000 habitantes, todos somos padres, abuelos, tíos, primos o amigos de alguien que celebra su examen. Así que, todos los habitantes de Lund, menos algunos estudiantes de la universidad que vienen de fuera, están involucrados en estas ceremonias, unos como protagonistas, otros como anfitriones, los más como invitados y el resto como público. Las tiendas hacen su junio y en las tiendas del monopolio del alcohol (Systembolaget) se forman colas para asegurarse de que, el lubrificante de la fiesta, no faltará.

Pura cultura, pienso yo, aquí sentado en mi banco, viendo pasar a los que, como yo, estamos dando los últimos toques a nuestra actividad esta semana, cada cual según el papel o los papeles que nos toque representar. Pura cultura. No puedo evitar pensar en la importancia de la cultura en nuestra sociedad, una sociedad tan moderna y tan secularizada como la sueca, seguimos usando estos ritos de paso. Ahora bien, está celebración no ha sido generalizada hasta hace relativamente poco, porque, en sus comienzos, en el siglo XIX, estaba reservado a una minúscula élite, que eran los pocos que recibían una educación superior. Hoy día el 99,3% de los suecos inicia unos estudios de bachiller, y, aunque no todos terminan los estudios, el 83% se gradúa, mientras que, a principios del siglo XIX, cuando estas tradiciones del “studenten” comenzaron, solamente un 0,1%–0,3% se podía poner la gorra blanca.

La masificación de estas fiestas es un espejo de la evolución de la sociedad sueca, de una sociedad fragmentada en clases muy definidas, a una sociedad industrial primero, y después de bienestar, donde esas fronteras se han ido difuminando. El privilegio de la gorra blanca se ha hecho general. Me recuerda la “hidalguía universal de los vizcaínos” y pienso en que hay alguna similitud, que trataré de explicar en otra entrada, pero, en fin. El studenten es una afirmación de que la sociedad sueca se ha dado a si misma un rito de pasaje propio y generalizado, un punto más de cohesión, una oportunidad de integración para los que vienen de fuera. Pero aquí hay una pequeña cuestión problemática: las banderas.

Porque, en los camiones que van en procesión llevando a las clases con sus pancartas, abundan las banderas. No solo las banderas suecas, sino, una gran variedad de banderas que representan la gran representación de jóvenes de países extranjeros que pueblan la escuela sueca. Mirando uno de esos desfiles veo banderas intercaladas de 🇽🇰 Kosovo, Bosnia y Herzegovina, Irak, Siria, Eritrea, Somalia, Afganistán, Irán, Turquía, Líbano y la “actual” Palestina, junto a algún otro país, entre ellos España.

Por un lado, es algo claramente positivo porque muestra que la escuela sueca ha pasado a ser un espacio de integración real: jóvenes con orígenes muy distintos han recorrido todo el sistema educativo sueco hasta llegar al mismo ritual de graduación. Es decir, la sociedad ha conseguido que personas con trayectorias familiares, lenguas y experiencias muy diferentes compartan una misma institución pública y un mismo marco de ciudadanía. En ese sentido, la imagen de las banderas mezcladas junto a la sueca expresa una forma de inclusión: no se exige borrar el origen para pertenecer, sino que se puede ser parte de Suecia manteniendo memoria de dónde vienen las familias.

Pero al mismo tiempo, esa misma imagen también genera en mi algo de inquietud o ambivalencia porque hace visible que la sociedad ya no es culturalmente homogénea como lo fue durante mucho tiempo. La abundancia de banderas distintas puede interpretarse como señal de una transformación rápida, impulsada sobre todo por la inmigración de las últimas décadas, que no siempre ha sido acompañada por procesos igual de rápidos de integración social, económica o simbólica. En algunos contextos esto refleja también segregación residencial o escolar, donde las diferencias de origen siguen estando muy presentes en la vida cotidiana, aunque se compartan instituciones comunes. Además, la presencia de múltiples identidades nacionales en un mismo espacio simbólico puede plantear la pregunta de hasta qué punto existe un “nosotros” común suficientemente fuerte, o si la sociedad se está organizando en una suma de identidades paralelas.

Me quedo lo la magia de esta tradición y pienso en cómo la viven desde sus camiones. Nadie sabe exactamente qué le espera. Universidad, trabajo, viajes, amores, éxitos, fracasos. Todo permanece abierto. Quizá por eso la celebración tiene algo de alegría desbordante y también algo de vértigo, y ya, medianamente recuperado, me lanzo a hacer los últimos preparativos para esta tarde, como invitado, y para mañana, el día grande, como anfitrión. Os dejo con esta canción que todos cantan este día:

Sjung om studentens lyckliga dag,

låtom oss fröjdas i ungdomens vår!

Än klappar hjärtat med friska slag,

och den ljusnande framtid är vår.

Blomstrande bygder med kullar och dalar

smyckas av våren i högtidens dag.

Snart som en härlig och sjungande saga

går oss i minnet den gyllene dag.

Y traducido:

Canta el feliz día del estudiante,

alegrémonos en la primavera de la juventud.

Aún late el corazón con fuerza y vigor,

y el futuro que se ilumina es nuestro.

Campos y valles en flor,

adornados por la solemnidad de la primavera.

Pronto, como un hermoso y cantado relato,

este día dorado quedará en nuestra memoria.