PASEOS POR LA HISTORIA

Buscando las raíces históricas de la actualidad.

Sexto paseo. Víctimas colaterales de la modernidad.

En el Instituto Vipan, en mi despacho, tenía yo una reproducción de un cuadro pintado por un conocido pintor local, Gösta Adrian Nilsso (1884-1965). Este cuadro, que lleva el título “Síntesis de una ciudad” (Syntes av en stad) es una estampa de Lund en 1915, así como era cuando Nilsson pintó el cuadro con la antigua catedral en el centro, rodeada de los símbolos de la nueva era: chimeneas de fábrica, locomotoras y torres de telégrafo. La pintura es un resumen de entonces y ahora, así como una síntesis de las tendencias artísticas con las que GAN (así firmaba él) entró en contacto durante su estancia en Berlín en la década de 1910; expresionismo, cubismo y futurismo. Era el tiempo de la modernidad, la ilustración y el racionalismo. Hoy podemos contemplar ese cuadro sabiendo que detrás de esa fachada se escondía tendencias abominables.

Los frutos de la modernidad estaban reservados a aquellos ciudadanos sin mácula, a los buenos representantes de una raza fuerte, capaz, dura como el acero, constante, perseverante y consciente de su valor. Una raza poco dada a la compasión, que priorizaba la utilidad y detestaba la debilidad. En el caldo de cultivo del socialdarwinismo, nacieron la eugenesia y el racismo.  Y ya que hablo de racismo me iré volando hacia atrás siguiendo las sendas de la historia. Trataré de ser breve, pero es difícil

La “pureza de la sangre” es para empezar un invento español y portugués. Los estatutos de limpieza de sangre se basaban en “la idea de que los fluidos del cuerpo, y sobre todo la sangre, transmitían del padre y la madre a los hijos un cierto número de cualidades morales y en la de que, según se exponía, los judíos, en tanto que pueblo, eran incapaces de cambiar, a pesar de la conversión. El 31 de marzo de 1492 firmaron los monarcas que más adelante serían denominados Reyes Católicos, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, los dos decretos de Granada por los cuales los judíos de la Corona de Castilla y de la Corona de Aragón fueron expulsados. El promotor y principal artífice de estos decretos fue el inquisidor mayor Tomás de Torquemada.  El 5 de diciembre de 1496, el rey Manuel I de Portugal, firmó el decreto que expulsaba a los judíos y musulmanes de las tierras portuguesas si no se convertían al catolicismo. La expulsión era una de las condiciones que los Reyes Católicos exigían para concertar el matrimonio del rey portugués con de su hija Isabel, princesa de Asturias.

Es importante conocer estos datos porque lo que vino después era en parte una consecuencia de esta construcción de la raza. Los conquistadores europeos, aquí entran todos, llevaron consigo la idea de la pureza de sangre a todos los lugares que iban sometiendo. Pero los que llevaron esta idea de superioridad europea y cristiana fueron los ingleses, los holandeses y en parte los franceses. Los españoles optaron muy pronto por la asimilación y no tuvieron reparos en unir su sangre a las mujeres indígenas. Franceses, ingleses y holandeses optaron por importar familias enteras de colonos y en el caso de Francia, exportar mujeres a las nuevas colonias, para asegurarse que no resultase una mezcla racial indeseada. La superioridad técnica y económica, la consolidación política, se confundió con una superioridad biológica y moral.

La legitimación moral, el espaldarazo científico, vendría de manos de los grandes empíricos, de los ilustrados y finalmente de los seguidores de Darwin. La biología racial asumió que es posible dividir a la humanidad en diferentes “razas”, donde algunas son más valiosas que otras. En el siglo XVIII, los investigadores suecos, con Lineo[1] a la cabeza, estaban muy adelantados a la hora de sistematizar la botánica y la zoología. Una sistemática similar se utilizó luego en el siglo XIX para clasificar plantas y animales, y se transfirió al estudio del hombre. Por ejemplo, los científicos inventaron los términos “cabeza larga” y “cabeza corta” para clasificar a las personas. Al mismo tiempo, las nociones de “pureza” de la nación se fueron formando durante el romanticismo de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Todo esto servía a las maravillas para legitimar al imperialismo y disculpar la trata de esclavos, Pero el desarrollo económico-industrial durante el siglo XIX abrió la perspectiva de seleccionar a la propia ciudadanía en diferentes estratos según su “provecho” a la sociedad. Con la democracia llegó también la necesidad de definir los derechos y deberes de la ciudadanía. Un hombre, un fusil, un voto, era la consigna de los que querían alcanzar el sufragio universal. Las mujeres quedaban fuera, también todos aquellos que por incapacidad física o psíquica no pudiesen empuñar un fusil o ser útiles a la nacion. El sufragio universal llegó hasta las mujeres, pero todos aquellos que se consideraban imperfectos por enfermedad o adicción, quedaron fuera. En una sociedad que se basaba en la ciencia para formar su democracia, tenía que ser la ciencia la que legitimase este nuevo orden.

En 1922, tras una decisión parlamentaria, se fundó en Uppsala un instituto estatal de biología racial. El director del instituto fue Herman Lundborg. Como el primer instituto gubernamental de su tipo en el mundo, fue el modelo a seguir por alemanes, franceses e ingleses durante los años aciagos del eugenismo.  Durante la década de 1920, Suecia fue un líder mundial en “investigación” sobre biología racial. El objetivo de la “investigación” biológica racial era encontrar causas y curar “enfermedades sociales” y así beneficiar a una población sana. A través de investigaciones científicas, los investigadores llegaron a la conclusión de que ciertos individuos y grupos tenían predisposiciones hereditarias para, por ejemplo, el crimen, el alcoholismo u otro “comportamiento inmoral”. El punto de partida fue que las personas tenían diferente valor para la sociedad. Por ejemplo, no fueron sólo vistos como “inmorales” los alcohólicos o los afectados por las clasificaciones del instituto. También se realizaron categorizaciones sobre una base racial, donde los investigadores separaron a los suecos blancos de los romaníes, los nómadas, los sámi (lapones) y las personas rasificadas. Los lapones, etnia autóctona escandinava posiblemente anterior a la invasión germánica, fueron descritos por Lundborg como una “raza degenerada”.

Salto en mi relato de nuevo a Lund y a Vipeholm, aquellos edificios originalmente concebidos para acoger a un regimiento de infantería, que quedaron vacíos por causa del desarme siguiente a la primera guerra mundial. Los edificios se construyeron finalmente en su totalidad, pero quedaron vacíos durante unos años, hasta que se convirtieron en cobijo provisional para gente sin techo. En 1935, tras vaciar el recinto y hacer unas cuantas obras de remodelación, el estado decidió convertir el área en una institución para el cuidado de discapacitados intelectuales (sinneslöa) . La ciudad ya tenía un hospital general y un hospital psiquiátrico y desde entonces tendría una institución que albergaría a personas con diferentes discapacidades del desarrollo, discapacidades intelectuales con trastornos del comportamiento y “casos sin esperanza”.  La mayoría de los pacientes provenían del norte de Suecia (Norrland), lo cual era una política consciente para mantener a los pacientes lo más lejos posible de sus familiares. Al principio solo había una sección de hombres, pero muy pronto se abrieron también secciones para mujeres y niños. Cuando Vipeholm estaba en su apogeo en la década de 1950, había espacio para 1000 pacientes.

Era difícil encontrar personal que quisiera trabajar en Vipeholm y en principio, todo el que quería podía hacerlo. De esta manera se puede decir que más de la mitad de los que en mis tiempos de estudiante eran mis compañeros o profesores, habían trabajado allí algún verano. Un médico declaró en la década de 1960 que el que trabajaba allí era un cuidador de animales y comparó la institución con un establo de ganado limpio y ordenado. Durante los años 1941-1943, la mortalidad de los pacientes de Vipeholm se triplicó y a partir del 1945, se hicieron estudios dolorosisimos con los internos, que fueron obligados a ingerir grandes cantidades de chucherias para estudiar el daño dental. Casi una cuarta parte de los pacientes de la institución fallecieron durante su estancia y los que no tenían parientes cercanos o pertenecían a familias pobres fueron enterrados en una fosa común en el cementerio norte, en el bloque 46. Alli se encuentra la tumba donde los pacientes del Hospital Vipeholm fueron enterrados entre los años 1935 y 1965. En ese cementerio es también dónde están enterrados los prisioneros de los campos de concentración que llegaron a Suecia en tan malas condiciones que murieron al poco de llegar.

Vipeholm, como otras áreas similares en Suecia, vivió autosuficiente y aislada del mundo exterior hasta los años 70. Una alta valla metálica rodeaba el recinto para impedir que se escaparan los internos. Algunas muchachas jóvenes habían sido llevadas a la institución por las autoridades sociales por temor a que se quedaran embarazadas ya que según las autoridades llevaban una vida promiscua. El problema en esos casos era que podían quedar embarazadas sin control, quizás con una persona de una raza inferior o con un alcohólico. Estas mujeres podían dejar la institución tras firmar el consentimiento de ser esterilizadas.[2] Casi todas consentían al final o no salían más de allí. También había un grupo de epilépticos que eran llevados allí por razones similares, para proteger la genética superior sueca. El director del centro confecciono una lista con cinco categorías que iban desde los corregibles hasta los “vegetales”.  Cuando un interno perteneciente a la categoría vegetales enfermaba, no se hacían grandes esfuerzos en salvar su vida. Durante la década de 1970, al utilizarse más frecuentemente los psicofármacos, estas instituciones quedaron obsoletas.  En 1975, como primera institución en Suecia, se abolieron las medidas coercitivas en el tratamiento y en n 1982, la mayoría de las secciones estaban cerradas, excepto un par de hogares grupales que permanecieron abiertos durante los 90, así como un hospicio para enfermos terminales. Ya en 1988 por razones de espacio, uno de los programas de instituto Katedralskolan, se trasladó allí y con el tiempo se fueron acomodando los locales para crear un nuevo instituto, el Instituto Vipan, dónde yo he trabajado los últimos 25 años de mi vida profesional como catedrático de historia y religión.

¿Cómo puede concebirse que, en un país dominado por la socialdemocracia, además famoso por su defensa de los derechos humanos, hubiese instituciones de ese tipo? Podemos tratar de comprender la ideología del momento estudiando lo que dos de los gurús socialdemócratas de los años 30 escribían sobre la protección de los genes suecos.[3] Lo más sorprendente es que el celo sueco por la esterilización no se apagó cuando las actividades de higiene racial alemanas se hicieron ampliamente conocidas después de la guerra. Muy al contrario, en Suecia, las esterilizaciones alcanzaron su punto máximo un par de años después del final de la guerra y solo se detuvieron en 1974. No ha habido ninguna disculpa oficial para aquellos que sufrieron las consecuencias de estas políticas. El Instituto de Biología Racial del estado nunca se cerró, pero cambió su nombre por el de Departamento de Genética Médica y fue absorbido por la Universidad de Uppsala en 1959.


[1] Fue Carl von Linné quien primero comenzó a dividir a las personas en razas definidas biológicamente. Durante el siglo XIX, otros destacados investigadores suecos ayudaron a fundar la biología racial, uno de los intentos científicos de la época para estudiar la genética humana. Se midieron los cráneos y se llevó a cabo una investigación genealógica. Herman Lundborg, uno de los líderes, investigó la historia de una enfermedad hereditaria en una familia de Suecia Occidental. Luego afirmó que la pobreza y las dificultades sociales de los miembros vivos de la familia se debían a varios cientos de años de “degeneración” (física, económica, psicológica y social) causada por predisposiciones genéticas “enfermas”.

[2] Cuando finalmente se levantaron las leyes de eugenesias en 1974, se estimaba que 16.000 personas habían sido esterilizadas usando más o menos chantaje y coerción.

[3] Gunnar y Alva Myrdal defendieron en “Kris i befolkningsfrågan) Crisis en la cuestión de la población (1934) una “erradicación radical de individuos altamente incapaces” a través de un “procedimiento de esterilización bastante despiadado”. Destacan motivos económicos para sus propuestas. En el pasado, por ejemplo, los “retrasados ​​mentales” -término vago que abarcaba entre el cinco y el diez por ciento de la población- podían ganarse la vida como “gañanes”, pero en la sociedad industrializada ya no había lugar para “esos desafortunados rezagados”, y que ahora ya no tenían la oportunidad de “ni siquiera por un salario más bajo, hacer un esfuerzo que ganarse  su vida de un modo decente”.

Quinto paseo. Neutralidad en peligro.

Los días que salgo a dar un paseo largo, suelo salir hacia el sur, bajando desde la cima de la suave colina donde vivo, por la antigua vía del tren de cercanías que ahora hace de camino de bicicletas. Veinte minutos más tarde puedo ver ya los edificios amarillos y blancos que, a partir de 1914, fueron construidos como sede de un destacamento militar, pero que nunca fueron utilizados como tal. El Instituto Vipan, dónde han transcurrido los últimos veinticinco años de mi vida laboral, dispone ahora de esos locales, aumentados con nuevos edificios, necesarios para albergar los locales que precisan los 1600 estudiantes y 200 docentes actuales. Sigo bajando hacia el centro de la ciudad por la antigua vía férrea mientras pienso en el empleo que se dio a esos locales, planificados como casernas, y este será el contenido de mi relato esta mañana.

Remontémonos a la noche del 31 de diciembre de 1899. Esta noche, todo aquel que podía, lo celebraba por todo lo alto. Era un fin de año especial. Un nuevo milenio lleno de esperanza y de ilusiones se abría, al menos, ante los ojos de los países industrializados o en vías de desarrollo. ¡Había tantas cosas nuevas maravillosas! Maravillas a penas soñadas anteriormente eran ya bastante conocidas y comunes: el teléfono de Bell, el micrófono y fonógrafo de grano de carbón, la pluma estilográfica (especialmente interesante para Xavier), la máquina de escribir, el automóvil, el cine, el cable submarino de telegrafía, tarjetas perforadas en máquinas eléctricas y muchas más cosas, que iban cambiando el mundo, para mejor, pensaba la mayoría. Un futuro brillante y feliz se abría ante los participantes de aquellos bulliciosos cotillones de la última noche del siglo XIX. Y el nuevo siglo comenzó de la misma manera, con nuevos inventos, nuevas posibilidades, todo a gran velocidad. Automóviles, aviones, submarinos, radio. Adelantos en la física y la química, nuevos medicamentos…el futuro era prometedor.

En Europa se disfrutaba de un periodo dilatado de paz, al menos entre los antiguos y casi eternos rivales, Francia y Alemania desde 1871, aunque en el sureste se desmoronaban el antiguo imperio austrohúngaro y el decrepito imperio otomano, a la vez que Rusia temblaba entre convulsiones internas. Guerras había habido, pero lejos, en las colonias; EEUU contra España, poniendo punto final al imperio español de ultramar, las guerras Bóer, entre Gran Bretaña y los fundadores de las repúblicas independientes del Estado Libre de Orange y la República Sudafricana, la primera finalizada y la segunda todavía humeante descorchar el champán de fin de año. ¡Quién podría pensar esa Nochevieja de 1899 que 14 años más tarde, en medio de un caluroso verano, estallaría una guerra mundial en la que morirían millones de jóvenes de todo el mundo, hijos y nietos de los que entonces brindaban!

En Suecia, la política de neutralidad armada, había mantenido al país fuera de las contiendas continentales, aunque cerca estuvo de ser arrastrada a la contienda por Gran Bretaña durante la guerra de Crimea. El pequeño ejercito sueco se formaba de reclutas costeados por los campesinos. El sistema de reparto de levas (Indelningsverket) era un sistema de organización militar sueco creado por Karl XI en 1682. Este sistema obligaba a los campesinos a costear un jinete, soldado o marinero y todo el material necesario, uniformes, armas, amén de la manutención del mismo y de su familia, de manera que, entre unas cuantas fincas (dependiendo del tamaño y la tasación que tuvieran) se le ponía al soldado una pequeña granja y algo de tierra para cultivar. A cada oficial se le daba una finca según su rango para vivir en tiempos de paz y un salario adicional. El sistema estaba costeado por los agricultores como un impuesto al estado. De esta manera los campesinos evitaban ser reclutados como soldados. Se elegía como soldado a un gañan pobre y sin tierra, alto, fuerte y comilón, especialmente si se le consideraba como poco aficionado a los trabajos del campo. En 1901, este sistema fue remplazado por el servicio militar obligatorio. Esta reforma no solamente era de carácter técnico-militar, sino que iba ligada a la democratización de la sociedad sueca.

Aquí, en Lund, los soldados se alojaban en el centro de la ciudad, en unos cuantos edificios antiguos, mejor o peor habilitados como casernas, pero las maniobras y el tiro lo practicaban en unos terrenos que están al este de mi casa, a unos dos kilómetros (Kungsmarken), que ahora es un campo de golf. En 1901 pendía solamente una amenaza sobre la neutralidad sueca, la posibilidad de verse obligados a defender con las armas la unidad territorial, frente a los nacionalistas noruegos, que pretendían dinamitar la unión de las dos coronas y constituir un país independiente, con capital en Oslo, algo que ocurrió en 1905 pero que no llevó a una guerra abierta, ya que Suecia permitió la solución pacífica de la ruptura.

La primera guerra mundial forzó una política de inversiones en defensa. Había que construir nuevas instalaciones para acoger a todos los reclutas y los nuevos armamentos. Las antiguas casernas en la ciudad se habían quedado obsoletas y, en medio de la guerra, en la que Suecia se mantuvo neutral, se planifico la construcción de un cuartel que alojase al nuevo regimiento I 25. Las obras comenzaron poco antes de terminar la primera guerra mundial y en mayo de 1919 se pararon las obras. Tras la guerra se extendió rápidamente la idea de que esta vez la paz sería eterna, ¡Nunca más guerra! Y por tanto, todas esas inversiones en la defensa se podrían emplear para costear reformas sociales. Al quedar las instalaciones de Vipeholm vacías, encontraron pronto otra utilidad, pero de esto escribiré en mi próxima entrada. Las fotos de los en blanco y negro de los soldados pertenecen al museo del regimiento (Regimentsmuseet). La vista de Vipan la tomé un otoño, cuando todavía trabajaba allí.

Cuarto paseo. Bocetos para la historia.

Hoy, al pasar por el jardín del Museo de los bocetos, hermoso jardín repleto de arte, un oasis para los estudiantes de las instituciones colindantes y muy cercano a la biblioteca de la universidad, me vinieron a la cabeza algunos recuerdos que quiero juntar para contar a todo aquel que quiera saber. El museo alberga una estupenda colección de procesos artísticos, desde la propia idea, a veces simplemente dibujada sobre la servilleta de un café parisino, hasta llegar al producto final. Estos bocetos han sido donados por famosos artistas como Sonia Delaunay, Siri Derkert, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Henri Matisse, Elli Hemberg, Fernand Léger, Sigrid Hjertén, Christo och Jeanne-Claude, Amédée Ozenfant, Isaac Grünewald, Jean Dubuffet, Henry Moore, Maria Miesenberger y muchos más. El museo fue creado por Ragnar Josephson en 1934. Josephson, catedrático de historia del arte en la universidad de Lund.

Lógicamente, pensando en Josephson y en su trayectoria académica, literaria y política, llego a la época tan dura que le toco vivir en el momento en que se encontraba en mitad de su carrera. Como judío y sueco de tercera generación, le toco vivir un tiempo hosco y duro. Como escribió el filósofo judío francés Emmanuel Levinas, cuando en 1934 publicó una breve reflexión sobre la filosofía del hitlerismo, como él la llamó: “Declarando la categoría de raza una prisión biológica sin escapatoria espiritual, la ideología hitleriana fue una ruptura fundamental con los principios básicos de la existencia humana.” Lo que estaba en juego para Levinas no era una doctrina política o religiosa de un tipo u otro, sino la humanidad misma del ser humano ser, “l’humanité même de l’homme.”[1]

Amenazado constantemente por las corrientes fascistas, que se propagaban por toda Europa y que llegaban hasta Suecia, amortiguadas, pero igualmente perfectamente perceptibles, decidió plantar cara a la situación. Ragnar Josephson no se escondió, más aún, dio un paso al frente y se hizo visible, se hizo escuchar. I sabemos perfectamente, por muchos trabajos históricos que estudian el ambiente nazi en la universidad de Lund durante los doce años que duró el loco imperio de la maldad.[2] No debemos de ninguna manera pensar que existía un ambiente generalizado de simpatía respecto a las ideologías nazis, pero no se puede tampoco negar que el racismo y el nazismo formaban parte del discurso político e incluso académico de la época.

Es fácil imaginar la situación de una persona que se ve atacada por el mero hecho de ser judío. Ante los ojos de colegas y estudiantes, que abiertamente lucen sus insignias nazis y que se expresan en términos claramente racistas, poco vale el mérito personal, la excelencia académica, la sensibilidad artística, de un hombre que se considera inferior por su raza. Eso se notaba al caminar por las calles de Lund, en los restaurantes, en los claustros, en las aulas. Sería lógico que una persona reaccionara con odio ante tanta maldad e injusticia, pero Ragnar Josephson supo sobreponerse al miedo e ir más allá del perdón, durante la explosión de las ideas nazis y fascistas en los años 30, durante la segunda guerra mundial y, sobre todo, tras la derrota del nazismo. Sus ideas sobre la situación de los judíos en Suecia las expresó en 1936 en su discurso “La doble lealtad” (Den dubbla lojaliteten) ante los colectivos judíos de Gotemburgo y Estocolmo, plasmados en un escrito muy citado. En el discurso afirmaba que la relación entre la tradición judía y los deberes de un judío hacia su patria (Suecia) eran completamente compatibles, espontáneas y naturales. Pero para ser compatibles tienen que adaptarse a las necesidades de “la patria” a la que, según Josephson, se debía una lealtad a ultranza. Por tanto, Josephson no era partidario de que Suecia abriese sus puertas incondicionalmente a la inmigración judía. Josephson defendió la necesidad de mantener la confianza en “nuestra confiabilidad nacional intransigente” y, por lo tanto, actuar con moderación en el tema de los refugiados judíos. ‘Es beneficioso para un país incorporar algunos “hombres honestos”‘, escribió Josephson, pero “grupos más numerosos de ciudadanos extranjeros…podrían por su enajenación número crear sospecha, angustia y desorden en la sociedad.”[3]

Esta posición, ambigua si se quiere, pero representativa de la opinión de la mayoría de los judíos suecos, era parecida a la posición de los judíos alemanes que, habiendo participado en la primera guerra mundial y siendo ciudadanos de pleno derecho en la sociedad alemana, creían que las amenazas nazis eran pura propaganda electoral. Una vez en el poder, se vio claramente que las amenazas iban en serio. Las Leyes de Núremberg (Nürnberger Gesetze) del 15 de septiembre de 1935 marginaron a los judíos discriminando y persiguiendo al colectivo por motivos raciales. Es en este contexto en el que Josephson escribe su discurso, cuando ya hay miles de judíos llamando a las puertas de todos los países democráticos. Suiza y Suecia exigieron que las autoridades alemanas marcasen con una jota en rojo (J) los pasaportes de los ciudadanos alemanes de origen judío, para poder impedir su entrada. Quedaba la posibilidad de buscar asilo en otros países europeos y, para los que tenían posibles y contactos, emigrar lo más lejos posible, al poder ser a los Estados Unidos.[4] Desde 1933 a 1939 más de 400 000 judíos habían dejado Alemania, Austria y Checoslovaquia. Estos refugiados Se repartieron prácticamente por todo el mundo, de USA, México, Chile hasta Shanghai y la India. Generalmente no eran bienvenidos en ningún lugar, a pesar de las declaraciones políticas y los discursos en la Sociedad de las Naciones.

En mi paseo, camino ya de dejar el jardín del museo, me encuentro con una obra de arte que parece un objeto olvidado. Es una cartera-portafolios de ese tipo que solían llevar los diplomáticos, los profesores o los directores de empresas importantes. Sobre la tapa dos iniciales, R W. A los suecos no les cuesta reconocer de quién era esa cartera, pues pertenecía a Raoul Wallenberg, que entre julio y diciembre de 1944, Raoul Wallenberg emitió pasaportes de protección y acogió a judíos en edificios designados como territorio sueco. Wallenberg pudo así salvar a miles de judíos de ser enviados desde Hungría a campos de exterminio nazis. En enero de 1945, Raoul Wallenberg fue hecho prisionero por el ejército soviético trás la liberación de Budapest por parte del Ejército Rojo. Posteriormente fue llevado a la Unión Soviética. A partir de entonces no se supo más de él. Lo más probable es que muriera en una prisión de Moscú en 1947.

Es curioso, porque pocos españoles conocen la figura de Raoul Wallenberg, pero todavía menos sobre un diplomático español, Ángel Sanz Briz, que en 1944, al mismo tiempo que Wallenberg, ayudó a salvar la vida de miles de judíos del Holocausto. Les expidió papeles de protección y los alojó en casas de seguridad españolas, amparadas por la soberanía de la embajada. En ese momento, el gobierno húngaro perseguía y deportaba a los judíos a los campos de exterminio nazis. Podéis leer más en la referencia abajo.[5]

Sigo mi paseo hasta el Cementerio del Norte (Norra kyrkogården) en busca de recuerdos de las victimas del nazismo. Este cementerio es un jardín frondoso en su parte antigua con arboles centenarios que protegen las bien cuidadas tumbas de muchos ciudadanos insignes. En la parte este, junto a la verja que da a una anónima calle colindante, encontramos un grupo de lapidas dispersas bajo una estatua metálica que representa un ángel con las alas desplegadas. Este pequeño grupo de lapidas recuerda la odisea y el calvario de seres humanos, victimas del nacismo. Al final de la guerra, poco antes de la caída de Berlín, consiguió Suecia, con la cooperación de algunos funcionarios alemanes, sacar a grupos de prisioneros nórdicos (noruegos y daneses) de los campos de concentración alemanes. Esto se hizo por medio de los llamados autobuses blancos de la Cruz Roja sueca. Entre los que de esta manera consiguieron escapar se encontraban también prisioneros polacos y de otros países. Algunos de ellos estaban en tan malas condiciones al llegar que fallecieron casi inmediatamente en el hospital de la ciudad. En mayo murieron, entre muchos otros, la polaca Paulina Stolarczyk, de 51 años, el niño polaco Riszard Ehret, nacido seis semanas antes en Ravensbrück, el ruso Nicolai Chavanov, de 35 años, Charles Louis Lalanne, director de cine de Burdeos, de 25 años, la cerrajera rusa Ilja Ivanov, de 24 años, la holandesa Magdalena Verbrugge, de 54 años, así un grupo de unas decenas. Una tumba está dedicada a un refugiado desconocido. El epitafio reza así:

“Aquí descansa un refugiado desconocido, fallecido en su camino a casa desde un campo de concentración alemán. D11/5 1945”. El responsable de todas estas muertes y de millones otras, se quitó la vida el 30 de abril del mismo año, no hay tumba que le cubra.

Dejo el cementerio con pensamientos sombríos, pero, al salir al camino de Kävlinge (Kävlingevägen), lugar por cierto en que dejó caer un bombardero ingles sus bombas el 18 de noviembre de 1943, deslumbrado por el reflejo del sol en los cristales de un invernadero, aunque eso será parte de un próximo relato, el sol se abre camino entre las nubes y mi paso acelera. Aún me quedan algunos kilómetros de caminata.


[1] Emmanuel Levinas, Quelques réflexions sur la philosophie de l’hitlérisme, L’Esprit, 2, 1934

[2] Aquí quiero especialmente resaltar la obra de mi amigo y colega Sverker Oredsson, que, en su trabajo sobre la universidad de Lund durante la segunda guerra mundial, nos legó un profundo análisis sobre los debates y trifulcas que se vivieron durante esos convulsivos años: Lunds universitet under andra världskriget – motsättningar, debatter och hjälpinsatser, 1996. Un trabajo necesario para comprender la situación de los intelectuales judíos durante la época es también “Judarnas Wagner” Moses Pergament och den kulturella identifikationens dilemma omkring 1920-1950, de mi joven colega en el Instituto Vipan, Henrik Rosengren, en el que refleja la situación de un conocido músico sueco de etnia judía durante el periodo que estudiamos aquí.

[3] Ragnar Josephson: Den dubbla lojaliteten, Stockholm, Albert Bonniers Förlag, 1936.

[4] En octubre de 1938, la Alemania nazi comenzó a sellar los pasaportes de los judíos alemanes con una J roja en la primera página. El trasfondo fue la decisión de Suiza de introducir requisitos de visa para todos los ciudadanos alemanes para evitar que judíos austriacos no deseados solicitasen la entrada al país. La propuesta alemana significaba que los pasaportes judíos estarían marcados con una J para facilitar el reconocimiento en los controles fronterizos. El gobierno suizo aceptó la propuesta y, por lo tanto, eliminó el requisito de visa el 4 de octubre. Unas semanas más tarde, el 27 de octubre de 1938, Suecia también introdujo requisitos de visa para ciudadanos alemanes con pases J, pero muchos intentaron entrar a Suecia. Inglaterra eligió un camino diferente e introdujo visas obligatorias para todos los ciudadanos alemanes.

[5] BBC: https://www.bbc.com/news/world-europe-47536432

Tercer paseo. La paz que nunca llega.

Cae de las bajas nubes una lluvia liviana y templada, que casi se agradece, después de muchos días de sol y calor. Es un día típico de verano en Lund; llueve, escampa y al rato llueve otra vez. Nos ponemos y quitamos prendas según va cambiando el tiempo. En Lund los parques y jardines están siempre verdes, con un verde intenso y profundo que muestra al visitante que aquí llueve a menudo pero que también luce el sol. Me viene a la cabeza el estribillo de una canción de Serrat: “… Tu nombre me sabe a hierba/De la que nace en el valle/A golpes de sol y de agua”. Hoy me suenan unas cuantas canciones, a propósito del paseo. Iré presentándolas más adelante.Ahora emprendo la marcha hacia el centro de la antigua ciudad medieval.

La plaza mayor de Lund no es una plaza mayor común y corriente. Para empezar, no es una plaza, se encuentra como un ensanche entre la Calle de la Iglesia (Kyrkogatan) al norte y la Calle del Sur(Södergatan), que forman una ancha brecha, como una rambla, que divide la antigua ciudad, de norte a sur, en dos hemisferios. En un lugar abierto, más o menos triangular, que se extiende al este, allí donde se unen las dos calles principales, se encuentra La Casa Consistorial (Rådhuset) que con La Sala de la Ciudad (Stadshuset) enmarcan el espacio. Aproximadamente en el centro de este esplanada/plaza podemos ver hoy un pequeño cartel que muestra que allí se encontraba desde 1972 una escultura del escultor vasco Arturo Chillida, Campo Espacio de Paz (Rymdfält av Frid), una magnifica obra en basalto inacabada, compuesta por seis losas que forman un puzle cerrado, que se abrirá en el momento en que se pueda constatar que hay paz en este mundo y quedará completo. Chillida murió 30 años después sin haber podido completar el trabajo pues, como bien sabemos, no estamos ni siquiera cerca de una paz mundial.

El edil de Cultura de la ciudad en aquellos entonces, el liberal Rune Nordström, fallecido hace unos pocos días, fue quien propuso la adquisición del monumento y quien invitó a Chillida a la inauguración. A principios de los años 70 corrían tiempos de paz en Lund, aunque no en el mundo en general. El anhelo de paz se respiraba en la universidad, en los institutos, en la calle, en los puestos de trabajo. Paz mundial y desarme era la consigna a seguir, mientras en el mundo de la guerra fría morían millones de personas en guerras proxy. Vietnam, Laos y Camboya eran los escenarios bélicos por excelencia y en África, luchaban las antiguas colonias portuguesas, Angola y Mozambique, por su libertad con la ayuda de Cuba, que aquí se consideraba un régimen progresista, como igualmente se consideraría justa la revolución sandinista de 1975, llegando a hermanar Lund con la ciudad de León. Los `malos” eran entonces los Estados Unidos, Yankee go home!

La canción que sonaba era del 1971, era del primer álbum de John Lennon que llevaba de título el nombre de la canción, Imagine. Algunas de las estrofas definían el sueño de toda una generación:  “…Nothing to kill or die for and no religion too”. Despertamos todos del sueño pacifista un 8 de diciembre de 1980, ante el edificio Dakota, en Nueva York, cuando sonaron los disparos que acabaron con la vida de Lennon.  Carl Fredrik Reuterswärd, artista sueco, hijo, nieto biznieto etc. etc. de militares de alta graduación, que había conocido a John Lennon y Yoko Ono en Suiza, recibió un encargo de Ono para hacer una obra que perpetuase la vida y obra de John Lennon. Reuterswärd se puso manos a la obra y en un tiempo récord dió forma a un monumento que, desde entonces, es la imagen pura del sí a la paz y el no a la violencia: la escultura Non-Violence, que representa un revólver con un nudo en el cañón y se ha convertido en un símbolo de las luchas por la paz en todo el mundo.

El monumento de Chillida está en un almacén esperando ser reinstalado en su lugar, frente al ayuntamiento. La paz sigue sin llegar y los sentimientos pacifistas se fueron con los vientos que la invasión rusa de Ucrania levanto. Ahora se quiere conseguir la victoria; se precisaría un nuevo monumento. ¿Quizás un monumento a Ares o Marte o una Nike de Samotracia? El revolver de Reuteswärd, presente ante la sede de Las Naciones Unidas, en Nueva York tiene hermanos, copias dispersas por todo el mundo, también en Lund, donde se puede seguir el proceso de creación, desde un pequeño boceto hasta la obra completa en el jardín. Recordando en la biblia las palabras de Isaías “ y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces: no alzará espada gente contra gente, ni se ensayarán más para la guerra.”Isaías 2:4. Por ahora no hay señal de que los arsenales de guerra disminuyan ni de que las ingentes cantidades que se emplean en armamento se empleen para paliar el hambre y darle a los pobres del mundo una vida digna. En fin, siempre nos quedarán los monumentos.

Segundo paseo. Siguiendo por Lund a Grocio y Pufendorf.

Esta mañana entramos en el grupo de Whatsapp de la Sociedad Científica de Mérida en una larga discusión a partir de un artículo de opinión escrito en El País que lanzaba la pregunta: “Por qué llamamos ultra a Vox (y no a Podemos). Discutimos allí políticos y políticas, Yo quise introducir una retrospectiva que nos guiase hacia las condiciones necesarias para la democracia, las garantías, las libertades y derechos, que la política y los políticos deben defender en un estado de derecho. Se aproximan las elecciones en España y la temperatura, la política y la meteorológica, sube según nos vamos aproximando al 23-J.

Caminando ayer entre caserones neogóticos y neoclásicos, iluminados por la dorada luz del atardecer, llegué hasta la puerta del Instituto Pufendorf (Pufendorfinstitutet). La sede de este instituto se ha mudado recientemente a este magnifico edificio, mitad solido mitad etéreo, rodeado de un frondoso jardín, que antaño albergaba la institución para el estudio de la antigüedad (Institutionen för antikens kultur). En mis tiempos de estudiante, el edificio estaba repleto de arte grecorromano, copias casi todas, pero que formaban un entorno perfecto para los estudios de latín y griego e historia de la antigüedad.  En el sótano se conservaban objetos traídos a Suecia desde las excavaciones de Jericó.

El nombre de la actual institución, que ahora se alberga en este edificio de ladrillo rojo, es el apellido de un hombre que en su día fue muy importante en esta universidad, por ser uno de los primeros catedráticos, traído expresamente de Alemania, para configurar lo que sería la segunda universidad sueca, en 1666. Esta universidad, fundada en territorio danés, usurpado siete años antes por Suecia, era parte del proyecto de cambio de identidad del territorio. Para conseguir este cambio, era preciso conseguir que los sacerdotes predicasen en sueco, cosa que solo se podría lograr educando a los futuros pastores en instituciones suecas.  

Samuel Pufendorf nació en Sajonia en 1632. Su padre era párroco y se suponía que este avispado muchacho seguiría sus pasos. Comenzó a estudiar teología en Leipzig, pero lo abandonó al poco tiempo y se pasó a la jurisprudencia, que continuó en Jena. Su maestro allí fue Erhard Weigel, célebre matemático y filósofo cartesiano. Pufendorf se sintió atraído por el método científico empírico que representaba Galileo en la física. También fue influenciado por Hugo Grocio, el fundador de la ley natural moderna, según la cual, el orden jurídico, sostén de la convivencia humana, tiene su raíz única en el propio raciocinio del hombre. Esta idea de la natural tiene unas raíces muy profundas que se internan en el mundo estoico y se reproducen durante la edad media en los autores escolásticos. Bueno, pues este Hugo Grocio (Hugo de Groot, latinizado como Grotius) estuvo, por una de esas coincidencias raras de la vida, también muy ligado a Suecia.

Este Grocio fue un hombre extraordinario que merecería muchas páginas en este relato pero que yo me permito presentar en unos cuantos gruesos trazos. Académico, político y diplomático, desempeño muchas funciones dentro y fuera de los Países Bajos, pero fue perseguido por sus detractores, encarcelado y milagrosamente liberado con la ayuda de su esposa, para a continuación partir al destierro primero en Francia y más tarde en Alemania, donde conocería al todopoderoso canciller sueco Axel Oxentierna, que le ofrecería el cargo de embajador sueco en París en 1634, cargo que ostentó durante diez años, pero que tuvo que abandonar en 1644 por haberse atraído la i: ra del poderoso Richelieu. Interesante, ¿verdad? Pero en realidad, lo que yo quiero explicar se refiere ante todo a la producción intelectual de Hugo Grocio y no tanto a su vida aventurera.

En 1609 escribió, pero no firmó, un tratado sobre la libertad de los océanos que le venía como anillo al dedo a los intereses holandeses, Mare liberum, pero su obra maestra fue sin duda el tratado sobre la guerra justa que escribió 1625, De iure belli ac pacis (Sobre las leyses de la guerra y de la paz), el primer tratado sistematizado sobre derecho internacional influenciado por Francisco de Vitoria y la escuela de Salamanca. La Guerra de los 30 años, en la que Suecia no había todavía entrado como parte beligerante, llevaba ya siete años destrozando la economía y la población alemana.  Me paro un instante a recapacitar si este trabajo de Grocio nos aporta algún elemento a tener en cuenta ante la actual guerra en Ucrania. Mañana continuaré con nuevas energías. Sigo mi camino por las calles de Lund.

Primer paseo. El relato de un relato.

Me despierto en medio de un sueño placentero, pero que no recuerdo al salir de la cama y poner los pies en el suelo de la habitación. Deben ser por lo menos las seis, porque la luz se filtra por entre las persianas y las cortinas, como estrechos cuchillos radiantes. Busco mis gafas en la mesilla de noche y, tras ponérmelas, confirmo que son ya las seis y veinticuatro minutos, según el reloj digital que llevo siempre en la muñeca, hasta en la cama. Sin mi reloj me siento desnudo, debe ser algo psicológico, creo yo. Todos mis movimientos son sigilosos y como a cámara lenta, porque no debo despertar a mi compañera, que duerme plácidamente. Es mejor no despertarla si no quiero sufrir las consecuencias. Ella tiene muy mal humor por las mañanas y peor si se la despierta antes de su hora, que un día como hoy puede ser a las nueve o las diez. ¡Estamos de vacaciones, por favor! Voy al baño y sigo guardando silencio. Al salir bebo un vaso de agua en la cocina, es todo por ahora.

Tengo toda la ropa preparada desde la noche, dispuesta para ponérmela en el guardarropa. Bajo sigilosamente la escalera que une la cocina con el recibidor y allí me calzo los zapatos de caminar que compré esta primavera. Son muy cómodos. A mi me parece que los zapatos son muy importantes para sentirse bien y más cuando, como hoy, voy de caminata larga. Eso de andar es algo que siempre me ha gustado desde muy joven, ya desde que tenía poco más de diez años. Yo salía del colegio, dejaba la cartera en casa y me iba a descubrir Madrid, siempre buscando calles nuevas, lugares para mi desconocidos, con otras gentes, otros sonidos, diferentes olores; ¡ese olor fantástico de las ensaimadas recién salidas del horno! Yo caminaba una o dos horas, a veces hasta tres horas y cuando llegaba de vuelta a casa, hambriento y sediento, me llevaba a veces algún que otro reproche, cuando no un pequeño castigo, aunque, al día siguiente, lo repetía igualmente.

En el recibidor, impaciente e inquieto, me espera el gato. Está atento a mis movimientos y sabe que pronto abriré la puerta y el podrá salir a hacer su recorrido matutino, reconociendo su territorio, buscando pájaros o ratoncillos que se dejen cazar. No es que ocurra muy a menudo, porque es mal cazador, pero alguna vez ha conseguido traer un pajarillo de vuelta a casa, lo que ha causado un gran revuelo en el recibidor y en el hueco de la escalera, para al final dejar escapar al pobre pajarillo con la ayuda de todos los presentes y ante la decepción de Frans, el gato díscolo. En realidad, mi gato no sabe cazar, yo tampoco. Lo que no tiene de cazador lo tiene de listo, es muy inteligente, yo diría que un gran psicólogo tirando a filósofo. Abro la puerta y sale rápidamente por el primer resquicio que queda, antes de que me dé tiempo a mi a abrir la puerta y salir. Ágilmente desaparece entre llos arbustos del jardín, no sin antes dedicarme un cariñoso maullido. Al regresar me estará esperando. En el bolsillo llevo el móvil y las llaves.

Salgo de casa y emprendo la marcha. Es una de esas mañanas tranquilas de julio, cuando todo el mundo está de vacaciones y los estudiantes han dejado Lund hasta septiembre. Me pongo los auriculares al salir de casa y conecto con Radio Nacional de España (RNE) que a esta hora trasmite Las mañanas de RNE con Iñigo Alfonso, un programa que tengo la costumbre de escuchar y en el que se discuten temas interesantes y actuales y se debate con distintas perspectivas políticas y culturales. Los periódicos me han decepcionado últimamente, ya lo iré explicando. Dejo atrás mi suburbio y entro en un camino de tierra que me conduce hacia un pueblo medieval que ha conservado el trazado de sus calles, aunque las casas más antiguas son del siglo pasado, construidas, eso sí, sobre los antiguos solares, conservando los terrenos de pasto y de labor pertenecientes a cada casa.  Aquí, a esta hora, como casi siempre, reina el silencio más absoluto, solo roto por el canto de un gallo o el piar intenso de los mirlos. El aire es diáfano y algo fresco de una forma agradable,

En la radio se discute más el relato político que la política en sí. Los diarios han derivado últimamente a apoyarse en el contenido de las redes sociales y solo cuentan lo que los políticos dicen, no lo que hacen. Es como si la forma fuese más importante que el contenido. En la radio ocurre algo parecido, pero este programa de la RNE de las mañanas es más soportable. Hoy están hablando, como cada día, de la ocupación de Ucrania. Me sorprende que todos los medios, tanto españoles como internacionales se apoyen en la información que viene de Kiev o de sus principales aliados, Estados Unidos y Gran Bretaña. Me sorprende, porque hace muy poco siempre se decía en ocasiones como esta que la primera baja en una guerra era la verdad[1], pero ahora se toman por verdaderas todas las informaciones que vengan de Kiev, Washington o Londres, mientras casi siempre se obvia la información que viene de Moscú. Esta perspectiva un tanto tuerta está rebajando el periodismo a una simple divulgación de informes oficiales.   

Todos vivimos en la historia. Nuestras vidas son la historia. La historia se repite, incluso si uno se esfuerza por afirmar que todo lo que sucede es único. Mi caminata de hoy me llevó hasta el Monumento recordatorio de la Batalla de Lund. Fue erigido en memoria de las víctimas del mayor baño de sangre que ha tenido lugar en Escandinavia, la Batalla de Lund, de 1676. El monumento fue erigido en una época que se caracterizó por el escandinavismo, movimiento de acercamiento y hermanamiento de los pueblos escandinavos y la idea de hermandad entre pueblos de un mismo origen y cultura. La batalla fue una parte, una secuela, ni la primera ni la última, de la ocupación sueca del territorio danés y los esfuerzos daneses por recuperarla. Al fondo, entre bambalinas, estaban las grandes potencias de la época, Francia y Holanda. Francia apoyó a los suecos, Holanda apoyó a Dinamarca. Suecia había ocupado Scania y otras partes del antiguo reino danés en 1658, pero se encontraba en una difícil situación económica, militar y política en la primera mitad de la década de 1670, que los daneses conocían y por ello decidieron apostar por reconquistar Scania en 1675, lo que al principio tuvo éxito, reconquistando gran parte de las tierras ocupadas por Suecia. El 4 de diciembre de 1676, las tropas danesas se encontraron con las suecas al norte de Lund. Las pérdidas fueron enormes. De aproximadamente 13.000 daneses y 8.000 suecos, más del 70% cayeron entre el frío amanecer y el mediodía, 9.000 daneses y 5.000 suecos. El resultado fue incierto, pero las fuerzas danesas se retiraron del campo de batalla, tras lo cual los suecos se consideraron victoriosos. La potencia ocupante había hecho retroceder el intento de reconquista danesa, pero Dinamarca no se rindió y volvió con nuevos intentos hasta 1712, año en que definitivamente acepto la derrota. Ahora pienso en la guerra que hoy nos ha tocado seguir de cerca, la guerra de nuestro tiempo. Cambiamos Suecia por Rusia, Ucrania por Dinamarca, veo que la historia se repite y me pregunto: ¿veremos un Monumento en Rusia que hable de reconciliación con el “pueblo hermano” ucraniano? En el Monumento en Lund se puede leer: “El 4 de diciembre de 1676, personas de la misma estirpe lucharon y se desangraron aquí. Los descendientes reconciliados erigieron el monumento.” Solo podemos esperar que esa reconciliación, entre rusos y ucranianos, llegue pronto. – Me gustaría añadir Efesios 4:31-32:

“31 Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia. 32 Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.”


[1] Muchos han sido citados como autores de esta famosa frase, pero la primera versión que consta es la del crítico y poeta inglés Samuel Johnson 1709–84, escrita en el número 30 de The Idler, el 11 de noviembre de 1758: “Entre las calamidades de la Guerra hay que añadir la disminución la disminución en el amor a la verdad, con la falsedad que dictan los intereses y la credulidad permite.” (Among the calamities of war may be jointly numbered the diminution of the love of truth, by the falsehoods which interest dictates and credulity encourages.) En realidad, en la siguiente sentencia viene a dar Samuel Johnson con el meollo de mi relato “Una paz dejará igualmente al guerrero y narrador de guerras sin empleo; y no sé si hay que temer más de las calles llenas de soldados acostumbrados a saquear, o de los desvanes llenos de escribanos acostumbrados a mentir.” (A peace will equally leave the warrior and relater of wars destitute of employment; and I know not whether more is to be dreaded from streets filled with soldiers accustomed to plunder, or from garrets filled with scribblers accustomed to lie.)

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