PASEOS POR LA HISTORIA

Buscando las raíces históricas de la actualidad.

Cuarto paseo. Bocetos para la historia.

Hoy, al pasar por el jardín del Museo de los bocetos, hermoso jardín repleto de arte, un oasis para los estudiantes de las instituciones colindantes y muy cercano a la biblioteca de la universidad, me vinieron a la cabeza algunos recuerdos que quiero juntar para contar a todo aquel que quiera saber. El museo alberga una estupenda colección de procesos artísticos, desde la propia idea, a veces simplemente dibujada sobre la servilleta de un café parisino, hasta llegar al producto final. Estos bocetos han sido donados por famosos artistas como Sonia Delaunay, Siri Derkert, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Henri Matisse, Elli Hemberg, Fernand Léger, Sigrid Hjertén, Christo och Jeanne-Claude, Amédée Ozenfant, Isaac Grünewald, Jean Dubuffet, Henry Moore, Maria Miesenberger y muchos más. El museo fue creado por Ragnar Josephson en 1934. Josephson, catedrático de historia del arte en la universidad de Lund.

Lógicamente, pensando en Josephson y en su trayectoria académica, literaria y política, llego a la época tan dura que le toco vivir en el momento en que se encontraba en mitad de su carrera. Como judío y sueco de tercera generación, le toco vivir un tiempo hosco y duro. Como escribió el filósofo judío francés Emmanuel Levinas, cuando en 1934 publicó una breve reflexión sobre la filosofía del hitlerismo, como él la llamó: “Declarando la categoría de raza una prisión biológica sin escapatoria espiritual, la ideología hitleriana fue una ruptura fundamental con los principios básicos de la existencia humana.” Lo que estaba en juego para Levinas no era una doctrina política o religiosa de un tipo u otro, sino la humanidad misma del ser humano ser, “l’humanité même de l’homme.”[1]

Amenazado constantemente por las corrientes fascistas, que se propagaban por toda Europa y que llegaban hasta Suecia, amortiguadas, pero igualmente perfectamente perceptibles, decidió plantar cara a la situación. Ragnar Josephson no se escondió, más aún, dio un paso al frente y se hizo visible, se hizo escuchar. I sabemos perfectamente, por muchos trabajos históricos que estudian el ambiente nazi en la universidad de Lund durante los doce años que duró el loco imperio de la maldad.[2] No debemos de ninguna manera pensar que existía un ambiente generalizado de simpatía respecto a las ideologías nazis, pero no se puede tampoco negar que el racismo y el nazismo formaban parte del discurso político e incluso académico de la época.

Es fácil imaginar la situación de una persona que se ve atacada por el mero hecho de ser judío. Ante los ojos de colegas y estudiantes, que abiertamente lucen sus insignias nazis y que se expresan en términos claramente racistas, poco vale el mérito personal, la excelencia académica, la sensibilidad artística, de un hombre que se considera inferior por su raza. Eso se notaba al caminar por las calles de Lund, en los restaurantes, en los claustros, en las aulas. Sería lógico que una persona reaccionara con odio ante tanta maldad e injusticia, pero Ragnar Josephson supo sobreponerse al miedo e ir más allá del perdón, durante la explosión de las ideas nazis y fascistas en los años 30, durante la segunda guerra mundial y, sobre todo, tras la derrota del nazismo. Sus ideas sobre la situación de los judíos en Suecia las expresó en 1936 en su discurso “La doble lealtad” (Den dubbla lojaliteten) ante los colectivos judíos de Gotemburgo y Estocolmo, plasmados en un escrito muy citado. En el discurso afirmaba que la relación entre la tradición judía y los deberes de un judío hacia su patria (Suecia) eran completamente compatibles, espontáneas y naturales. Pero para ser compatibles tienen que adaptarse a las necesidades de “la patria” a la que, según Josephson, se debía una lealtad a ultranza. Por tanto, Josephson no era partidario de que Suecia abriese sus puertas incondicionalmente a la inmigración judía. Josephson defendió la necesidad de mantener la confianza en “nuestra confiabilidad nacional intransigente” y, por lo tanto, actuar con moderación en el tema de los refugiados judíos. ‘Es beneficioso para un país incorporar algunos “hombres honestos”‘, escribió Josephson, pero “grupos más numerosos de ciudadanos extranjeros…podrían por su enajenación número crear sospecha, angustia y desorden en la sociedad.”[3]

Esta posición, ambigua si se quiere, pero representativa de la opinión de la mayoría de los judíos suecos, era parecida a la posición de los judíos alemanes que, habiendo participado en la primera guerra mundial y siendo ciudadanos de pleno derecho en la sociedad alemana, creían que las amenazas nazis eran pura propaganda electoral. Una vez en el poder, se vio claramente que las amenazas iban en serio. Las Leyes de Núremberg (Nürnberger Gesetze) del 15 de septiembre de 1935 marginaron a los judíos discriminando y persiguiendo al colectivo por motivos raciales. Es en este contexto en el que Josephson escribe su discurso, cuando ya hay miles de judíos llamando a las puertas de todos los países democráticos. Suiza y Suecia exigieron que las autoridades alemanas marcasen con una jota en rojo (J) los pasaportes de los ciudadanos alemanes de origen judío, para poder impedir su entrada. Quedaba la posibilidad de buscar asilo en otros países europeos y, para los que tenían posibles y contactos, emigrar lo más lejos posible, al poder ser a los Estados Unidos.[4] Desde 1933 a 1939 más de 400 000 judíos habían dejado Alemania, Austria y Checoslovaquia. Estos refugiados Se repartieron prácticamente por todo el mundo, de USA, México, Chile hasta Shanghai y la India. Generalmente no eran bienvenidos en ningún lugar, a pesar de las declaraciones políticas y los discursos en la Sociedad de las Naciones.

En mi paseo, camino ya de dejar el jardín del museo, me encuentro con una obra de arte que parece un objeto olvidado. Es una cartera-portafolios de ese tipo que solían llevar los diplomáticos, los profesores o los directores de empresas importantes. Sobre la tapa dos iniciales, R W. A los suecos no les cuesta reconocer de quién era esa cartera, pues pertenecía a Raoul Wallenberg, que entre julio y diciembre de 1944, Raoul Wallenberg emitió pasaportes de protección y acogió a judíos en edificios designados como territorio sueco. Wallenberg pudo así salvar a miles de judíos de ser enviados desde Hungría a campos de exterminio nazis. En enero de 1945, Raoul Wallenberg fue hecho prisionero por el ejército soviético trás la liberación de Budapest por parte del Ejército Rojo. Posteriormente fue llevado a la Unión Soviética. A partir de entonces no se supo más de él. Lo más probable es que muriera en una prisión de Moscú en 1947.

Es curioso, porque pocos españoles conocen la figura de Raoul Wallenberg, pero todavía menos sobre un diplomático español, Ángel Sanz Briz, que en 1944, al mismo tiempo que Wallenberg, ayudó a salvar la vida de miles de judíos del Holocausto. Les expidió papeles de protección y los alojó en casas de seguridad españolas, amparadas por la soberanía de la embajada. En ese momento, el gobierno húngaro perseguía y deportaba a los judíos a los campos de exterminio nazis. Podéis leer más en la referencia abajo.[5]

Sigo mi paseo hasta el Cementerio del Norte (Norra kyrkogården) en busca de recuerdos de las victimas del nazismo. Este cementerio es un jardín frondoso en su parte antigua con arboles centenarios que protegen las bien cuidadas tumbas de muchos ciudadanos insignes. En la parte este, junto a la verja que da a una anónima calle colindante, encontramos un grupo de lapidas dispersas bajo una estatua metálica que representa un ángel con las alas desplegadas. Este pequeño grupo de lapidas recuerda la odisea y el calvario de seres humanos, victimas del nacismo. Al final de la guerra, poco antes de la caída de Berlín, consiguió Suecia, con la cooperación de algunos funcionarios alemanes, sacar a grupos de prisioneros nórdicos (noruegos y daneses) de los campos de concentración alemanes. Esto se hizo por medio de los llamados autobuses blancos de la Cruz Roja sueca. Entre los que de esta manera consiguieron escapar se encontraban también prisioneros polacos y de otros países. Algunos de ellos estaban en tan malas condiciones al llegar que fallecieron casi inmediatamente en el hospital de la ciudad. En mayo murieron, entre muchos otros, la polaca Paulina Stolarczyk, de 51 años, el niño polaco Riszard Ehret, nacido seis semanas antes en Ravensbrück, el ruso Nicolai Chavanov, de 35 años, Charles Louis Lalanne, director de cine de Burdeos, de 25 años, la cerrajera rusa Ilja Ivanov, de 24 años, la holandesa Magdalena Verbrugge, de 54 años, así un grupo de unas decenas. Una tumba está dedicada a un refugiado desconocido. El epitafio reza así:

“Aquí descansa un refugiado desconocido, fallecido en su camino a casa desde un campo de concentración alemán. D11/5 1945”. El responsable de todas estas muertes y de millones otras, se quitó la vida el 30 de abril del mismo año, no hay tumba que le cubra.

Dejo el cementerio con pensamientos sombríos, pero, al salir al camino de Kävlinge (Kävlingevägen), lugar por cierto en que dejó caer un bombardero ingles sus bombas el 18 de noviembre de 1943, deslumbrado por el reflejo del sol en los cristales de un invernadero, aunque eso será parte de un próximo relato, el sol se abre camino entre las nubes y mi paso acelera. Aún me quedan algunos kilómetros de caminata.


[1] Emmanuel Levinas, Quelques réflexions sur la philosophie de l’hitlérisme, L’Esprit, 2, 1934

[2] Aquí quiero especialmente resaltar la obra de mi amigo y colega Sverker Oredsson, que, en su trabajo sobre la universidad de Lund durante la segunda guerra mundial, nos legó un profundo análisis sobre los debates y trifulcas que se vivieron durante esos convulsivos años: Lunds universitet under andra världskriget – motsättningar, debatter och hjälpinsatser, 1996. Un trabajo necesario para comprender la situación de los intelectuales judíos durante la época es también “Judarnas Wagner” Moses Pergament och den kulturella identifikationens dilemma omkring 1920-1950, de mi joven colega en el Instituto Vipan, Henrik Rosengren, en el que refleja la situación de un conocido músico sueco de etnia judía durante el periodo que estudiamos aquí.

[3] Ragnar Josephson: Den dubbla lojaliteten, Stockholm, Albert Bonniers Förlag, 1936.

[4] En octubre de 1938, la Alemania nazi comenzó a sellar los pasaportes de los judíos alemanes con una J roja en la primera página. El trasfondo fue la decisión de Suiza de introducir requisitos de visa para todos los ciudadanos alemanes para evitar que judíos austriacos no deseados solicitasen la entrada al país. La propuesta alemana significaba que los pasaportes judíos estarían marcados con una J para facilitar el reconocimiento en los controles fronterizos. El gobierno suizo aceptó la propuesta y, por lo tanto, eliminó el requisito de visa el 4 de octubre. Unas semanas más tarde, el 27 de octubre de 1938, Suecia también introdujo requisitos de visa para ciudadanos alemanes con pases J, pero muchos intentaron entrar a Suecia. Inglaterra eligió un camino diferente e introdujo visas obligatorias para todos los ciudadanos alemanes.

[5] BBC: https://www.bbc.com/news/world-europe-47536432

Tercer paseo. La paz que nunca llega.

Cae de las bajas nubes una lluvia liviana y templada, que casi se agradece, después de muchos días de sol y calor. Es un día típico de verano en Lund; llueve, escampa y al rato llueve otra vez. Nos ponemos y quitamos prendas según va cambiando el tiempo. En Lund los parques y jardines están siempre verdes, con un verde intenso y profundo que muestra al visitante que aquí llueve a menudo pero que también luce el sol. Me viene a la cabeza el estribillo de una canción de Serrat: “… Tu nombre me sabe a hierba/De la que nace en el valle/A golpes de sol y de agua”. Hoy me suenan unas cuantas canciones, a propósito del paseo. Iré presentándolas más adelante.Ahora emprendo la marcha hacia el centro de la antigua ciudad medieval.

La plaza mayor de Lund no es una plaza mayor común y corriente. Para empezar, no es una plaza, se encuentra como un ensanche entre la Calle de la Iglesia (Kyrkogatan) al norte y la Calle del Sur(Södergatan), que forman una ancha brecha, como una rambla, que divide la antigua ciudad, de norte a sur, en dos hemisferios. En un lugar abierto, más o menos triangular, que se extiende al este, allí donde se unen las dos calles principales, se encuentra La Casa Consistorial (Rådhuset) que con La Sala de la Ciudad (Stadshuset) enmarcan el espacio. Aproximadamente en el centro de este esplanada/plaza podemos ver hoy un pequeño cartel que muestra que allí se encontraba desde 1972 una escultura del escultor vasco Arturo Chillida, Campo Espacio de Paz (Rymdfält av Frid), una magnifica obra en basalto inacabada, compuesta por seis losas que forman un puzle cerrado, que se abrirá en el momento en que se pueda constatar que hay paz en este mundo y quedará completo. Chillida murió 30 años después sin haber podido completar el trabajo pues, como bien sabemos, no estamos ni siquiera cerca de una paz mundial.

El edil de Cultura de la ciudad en aquellos entonces, el liberal Rune Nordström, fallecido hace unos pocos días, fue quien propuso la adquisición del monumento y quien invitó a Chillida a la inauguración. A principios de los años 70 corrían tiempos de paz en Lund, aunque no en el mundo en general. El anhelo de paz se respiraba en la universidad, en los institutos, en la calle, en los puestos de trabajo. Paz mundial y desarme era la consigna a seguir, mientras en el mundo de la guerra fría morían millones de personas en guerras proxy. Vietnam, Laos y Camboya eran los escenarios bélicos por excelencia y en África, luchaban las antiguas colonias portuguesas, Angola y Mozambique, por su libertad con la ayuda de Cuba, que aquí se consideraba un régimen progresista, como igualmente se consideraría justa la revolución sandinista de 1975, llegando a hermanar Lund con la ciudad de León. Los `malos” eran entonces los Estados Unidos, Yankee go home!

La canción que sonaba era del 1971, era del primer álbum de John Lennon que llevaba de título el nombre de la canción, Imagine. Algunas de las estrofas definían el sueño de toda una generación:  “…Nothing to kill or die for and no religion too”. Despertamos todos del sueño pacifista un 8 de diciembre de 1980, ante el edificio Dakota, en Nueva York, cuando sonaron los disparos que acabaron con la vida de Lennon.  Carl Fredrik Reuterswärd, artista sueco, hijo, nieto biznieto etc. etc. de militares de alta graduación, que había conocido a John Lennon y Yoko Ono en Suiza, recibió un encargo de Ono para hacer una obra que perpetuase la vida y obra de John Lennon. Reuterswärd se puso manos a la obra y en un tiempo récord dió forma a un monumento que, desde entonces, es la imagen pura del sí a la paz y el no a la violencia: la escultura Non-Violence, que representa un revólver con un nudo en el cañón y se ha convertido en un símbolo de las luchas por la paz en todo el mundo.

El monumento de Chillida está en un almacén esperando ser reinstalado en su lugar, frente al ayuntamiento. La paz sigue sin llegar y los sentimientos pacifistas se fueron con los vientos que la invasión rusa de Ucrania levanto. Ahora se quiere conseguir la victoria; se precisaría un nuevo monumento. ¿Quizás un monumento a Ares o Marte o una Nike de Samotracia? El revolver de Reuteswärd, presente ante la sede de Las Naciones Unidas, en Nueva York tiene hermanos, copias dispersas por todo el mundo, también en Lund, donde se puede seguir el proceso de creación, desde un pequeño boceto hasta la obra completa en el jardín. Recordando en la biblia las palabras de Isaías “ y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces: no alzará espada gente contra gente, ni se ensayarán más para la guerra.”Isaías 2:4. Por ahora no hay señal de que los arsenales de guerra disminuyan ni de que las ingentes cantidades que se emplean en armamento se empleen para paliar el hambre y darle a los pobres del mundo una vida digna. En fin, siempre nos quedarán los monumentos.

Segundo paseo. Siguiendo por Lund a Grocio y Pufendorf.

Esta mañana entramos en el grupo de Whatsapp de la Sociedad Científica de Mérida en una larga discusión a partir de un artículo de opinión escrito en El País que lanzaba la pregunta: “Por qué llamamos ultra a Vox (y no a Podemos). Discutimos allí políticos y políticas, Yo quise introducir una retrospectiva que nos guiase hacia las condiciones necesarias para la democracia, las garantías, las libertades y derechos, que la política y los políticos deben defender en un estado de derecho. Se aproximan las elecciones en España y la temperatura, la política y la meteorológica, sube según nos vamos aproximando al 23-J.

Caminando ayer entre caserones neogóticos y neoclásicos, iluminados por la dorada luz del atardecer, llegué hasta la puerta del Instituto Pufendorf (Pufendorfinstitutet). La sede de este instituto se ha mudado recientemente a este magnifico edificio, mitad solido mitad etéreo, rodeado de un frondoso jardín, que antaño albergaba la institución para el estudio de la antigüedad (Institutionen för antikens kultur). En mis tiempos de estudiante, el edificio estaba repleto de arte grecorromano, copias casi todas, pero que formaban un entorno perfecto para los estudios de latín y griego e historia de la antigüedad.  En el sótano se conservaban objetos traídos a Suecia desde las excavaciones de Jericó.

El nombre de la actual institución, que ahora se alberga en este edificio de ladrillo rojo, es el apellido de un hombre que en su día fue muy importante en esta universidad, por ser uno de los primeros catedráticos, traído expresamente de Alemania, para configurar lo que sería la segunda universidad sueca, en 1666. Esta universidad, fundada en territorio danés, usurpado siete años antes por Suecia, era parte del proyecto de cambio de identidad del territorio. Para conseguir este cambio, era preciso conseguir que los sacerdotes predicasen en sueco, cosa que solo se podría lograr educando a los futuros pastores en instituciones suecas.  

Samuel Pufendorf nació en Sajonia en 1632. Su padre era párroco y se suponía que este avispado muchacho seguiría sus pasos. Comenzó a estudiar teología en Leipzig, pero lo abandonó al poco tiempo y se pasó a la jurisprudencia, que continuó en Jena. Su maestro allí fue Erhard Weigel, célebre matemático y filósofo cartesiano. Pufendorf se sintió atraído por el método científico empírico que representaba Galileo en la física. También fue influenciado por Hugo Grocio, el fundador de la ley natural moderna, según la cual, el orden jurídico, sostén de la convivencia humana, tiene su raíz única en el propio raciocinio del hombre. Esta idea de la natural tiene unas raíces muy profundas que se internan en el mundo estoico y se reproducen durante la edad media en los autores escolásticos. Bueno, pues este Hugo Grocio (Hugo de Groot, latinizado como Grotius) estuvo, por una de esas coincidencias raras de la vida, también muy ligado a Suecia.

Este Grocio fue un hombre extraordinario que merecería muchas páginas en este relato pero que yo me permito presentar en unos cuantos gruesos trazos. Académico, político y diplomático, desempeño muchas funciones dentro y fuera de los Países Bajos, pero fue perseguido por sus detractores, encarcelado y milagrosamente liberado con la ayuda de su esposa, para a continuación partir al destierro primero en Francia y más tarde en Alemania, donde conocería al todopoderoso canciller sueco Axel Oxentierna, que le ofrecería el cargo de embajador sueco en París en 1634, cargo que ostentó durante diez años, pero que tuvo que abandonar en 1644 por haberse atraído la i: ra del poderoso Richelieu. Interesante, ¿verdad? Pero en realidad, lo que yo quiero explicar se refiere ante todo a la producción intelectual de Hugo Grocio y no tanto a su vida aventurera.

En 1609 escribió, pero no firmó, un tratado sobre la libertad de los océanos que le venía como anillo al dedo a los intereses holandeses, Mare liberum, pero su obra maestra fue sin duda el tratado sobre la guerra justa que escribió 1625, De iure belli ac pacis (Sobre las leyses de la guerra y de la paz), el primer tratado sistematizado sobre derecho internacional influenciado por Francisco de Vitoria y la escuela de Salamanca. La Guerra de los 30 años, en la que Suecia no había todavía entrado como parte beligerante, llevaba ya siete años destrozando la economía y la población alemana.  Me paro un instante a recapacitar si este trabajo de Grocio nos aporta algún elemento a tener en cuenta ante la actual guerra en Ucrania. Mañana continuaré con nuevas energías. Sigo mi camino por las calles de Lund.

Primer paseo. El relato de un relato.

Me despierto en medio de un sueño placentero, pero que no recuerdo al salir de la cama y poner los pies en el suelo de la habitación. Deben ser por lo menos las seis, porque la luz se filtra por entre las persianas y las cortinas, como estrechos cuchillos radiantes. Busco mis gafas en la mesilla de noche y, tras ponérmelas, confirmo que son ya las seis y veinticuatro minutos, según el reloj digital que llevo siempre en la muñeca, hasta en la cama. Sin mi reloj me siento desnudo, debe ser algo psicológico, creo yo. Todos mis movimientos son sigilosos y como a cámara lenta, porque no debo despertar a mi compañera, que duerme plácidamente. Es mejor no despertarla si no quiero sufrir las consecuencias. Ella tiene muy mal humor por las mañanas y peor si se la despierta antes de su hora, que un día como hoy puede ser a las nueve o las diez. ¡Estamos de vacaciones, por favor! Voy al baño y sigo guardando silencio. Al salir bebo un vaso de agua en la cocina, es todo por ahora.

Tengo toda la ropa preparada desde la noche, dispuesta para ponérmela en el guardarropa. Bajo sigilosamente la escalera que une la cocina con el recibidor y allí me calzo los zapatos de caminar que compré esta primavera. Son muy cómodos. A mi me parece que los zapatos son muy importantes para sentirse bien y más cuando, como hoy, voy de caminata larga. Eso de andar es algo que siempre me ha gustado desde muy joven, ya desde que tenía poco más de diez años. Yo salía del colegio, dejaba la cartera en casa y me iba a descubrir Madrid, siempre buscando calles nuevas, lugares para mi desconocidos, con otras gentes, otros sonidos, diferentes olores; ¡ese olor fantástico de las ensaimadas recién salidas del horno! Yo caminaba una o dos horas, a veces hasta tres horas y cuando llegaba de vuelta a casa, hambriento y sediento, me llevaba a veces algún que otro reproche, cuando no un pequeño castigo, aunque, al día siguiente, lo repetía igualmente.

En el recibidor, impaciente e inquieto, me espera el gato. Está atento a mis movimientos y sabe que pronto abriré la puerta y el podrá salir a hacer su recorrido matutino, reconociendo su territorio, buscando pájaros o ratoncillos que se dejen cazar. No es que ocurra muy a menudo, porque es mal cazador, pero alguna vez ha conseguido traer un pajarillo de vuelta a casa, lo que ha causado un gran revuelo en el recibidor y en el hueco de la escalera, para al final dejar escapar al pobre pajarillo con la ayuda de todos los presentes y ante la decepción de Frans, el gato díscolo. En realidad, mi gato no sabe cazar, yo tampoco. Lo que no tiene de cazador lo tiene de listo, es muy inteligente, yo diría que un gran psicólogo tirando a filósofo. Abro la puerta y sale rápidamente por el primer resquicio que queda, antes de que me dé tiempo a mi a abrir la puerta y salir. Ágilmente desaparece entre llos arbustos del jardín, no sin antes dedicarme un cariñoso maullido. Al regresar me estará esperando. En el bolsillo llevo el móvil y las llaves.

Salgo de casa y emprendo la marcha. Es una de esas mañanas tranquilas de julio, cuando todo el mundo está de vacaciones y los estudiantes han dejado Lund hasta septiembre. Me pongo los auriculares al salir de casa y conecto con Radio Nacional de España (RNE) que a esta hora trasmite Las mañanas de RNE con Iñigo Alfonso, un programa que tengo la costumbre de escuchar y en el que se discuten temas interesantes y actuales y se debate con distintas perspectivas políticas y culturales. Los periódicos me han decepcionado últimamente, ya lo iré explicando. Dejo atrás mi suburbio y entro en un camino de tierra que me conduce hacia un pueblo medieval que ha conservado el trazado de sus calles, aunque las casas más antiguas son del siglo pasado, construidas, eso sí, sobre los antiguos solares, conservando los terrenos de pasto y de labor pertenecientes a cada casa.  Aquí, a esta hora, como casi siempre, reina el silencio más absoluto, solo roto por el canto de un gallo o el piar intenso de los mirlos. El aire es diáfano y algo fresco de una forma agradable,

En la radio se discute más el relato político que la política en sí. Los diarios han derivado últimamente a apoyarse en el contenido de las redes sociales y solo cuentan lo que los políticos dicen, no lo que hacen. Es como si la forma fuese más importante que el contenido. En la radio ocurre algo parecido, pero este programa de la RNE de las mañanas es más soportable. Hoy están hablando, como cada día, de la ocupación de Ucrania. Me sorprende que todos los medios, tanto españoles como internacionales se apoyen en la información que viene de Kiev o de sus principales aliados, Estados Unidos y Gran Bretaña. Me sorprende, porque hace muy poco siempre se decía en ocasiones como esta que la primera baja en una guerra era la verdad[1], pero ahora se toman por verdaderas todas las informaciones que vengan de Kiev, Washington o Londres, mientras casi siempre se obvia la información que viene de Moscú. Esta perspectiva un tanto tuerta está rebajando el periodismo a una simple divulgación de informes oficiales.   

Todos vivimos en la historia. Nuestras vidas son la historia. La historia se repite, incluso si uno se esfuerza por afirmar que todo lo que sucede es único. Mi caminata de hoy me llevó hasta el Monumento recordatorio de la Batalla de Lund. Fue erigido en memoria de las víctimas del mayor baño de sangre que ha tenido lugar en Escandinavia, la Batalla de Lund, de 1676. El monumento fue erigido en una época que se caracterizó por el escandinavismo, movimiento de acercamiento y hermanamiento de los pueblos escandinavos y la idea de hermandad entre pueblos de un mismo origen y cultura. La batalla fue una parte, una secuela, ni la primera ni la última, de la ocupación sueca del territorio danés y los esfuerzos daneses por recuperarla. Al fondo, entre bambalinas, estaban las grandes potencias de la época, Francia y Holanda. Francia apoyó a los suecos, Holanda apoyó a Dinamarca. Suecia había ocupado Scania y otras partes del antiguo reino danés en 1658, pero se encontraba en una difícil situación económica, militar y política en la primera mitad de la década de 1670, que los daneses conocían y por ello decidieron apostar por reconquistar Scania en 1675, lo que al principio tuvo éxito, reconquistando gran parte de las tierras ocupadas por Suecia. El 4 de diciembre de 1676, las tropas danesas se encontraron con las suecas al norte de Lund. Las pérdidas fueron enormes. De aproximadamente 13.000 daneses y 8.000 suecos, más del 70% cayeron entre el frío amanecer y el mediodía, 9.000 daneses y 5.000 suecos. El resultado fue incierto, pero las fuerzas danesas se retiraron del campo de batalla, tras lo cual los suecos se consideraron victoriosos. La potencia ocupante había hecho retroceder el intento de reconquista danesa, pero Dinamarca no se rindió y volvió con nuevos intentos hasta 1712, año en que definitivamente acepto la derrota. Ahora pienso en la guerra que hoy nos ha tocado seguir de cerca, la guerra de nuestro tiempo. Cambiamos Suecia por Rusia, Ucrania por Dinamarca, veo que la historia se repite y me pregunto: ¿veremos un Monumento en Rusia que hable de reconciliación con el “pueblo hermano” ucraniano? En el Monumento en Lund se puede leer: “El 4 de diciembre de 1676, personas de la misma estirpe lucharon y se desangraron aquí. Los descendientes reconciliados erigieron el monumento.” Solo podemos esperar que esa reconciliación, entre rusos y ucranianos, llegue pronto. – Me gustaría añadir Efesios 4:31-32:

“31 Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia. 32 Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.”


[1] Muchos han sido citados como autores de esta famosa frase, pero la primera versión que consta es la del crítico y poeta inglés Samuel Johnson 1709–84, escrita en el número 30 de The Idler, el 11 de noviembre de 1758: “Entre las calamidades de la Guerra hay que añadir la disminución la disminución en el amor a la verdad, con la falsedad que dictan los intereses y la credulidad permite.” (Among the calamities of war may be jointly numbered the diminution of the love of truth, by the falsehoods which interest dictates and credulity encourages.) En realidad, en la siguiente sentencia viene a dar Samuel Johnson con el meollo de mi relato “Una paz dejará igualmente al guerrero y narrador de guerras sin empleo; y no sé si hay que temer más de las calles llenas de soldados acostumbrados a saquear, o de los desvanes llenos de escribanos acostumbrados a mentir.” (A peace will equally leave the warrior and relater of wars destitute of employment; and I know not whether more is to be dreaded from streets filled with soldiers accustomed to plunder, or from garrets filled with scribblers accustomed to lie.)

Page 7 of 7

Powered by WordPress & Theme by Anders Norén