¡Qué calor! 31 grados a la sombra, ¡en Lund! Además, parece que la temperatura irá subiendo durante el día. Estamos aún en mediodía y los pronósticos dicen que seguirá subiendo el mercurio hasta culminar a eso de las 5 de la tarde. El récord absoluto desde 1753 es 34,3 grados C del 13 de julio de 2010. Esta tarde sabremos si lo hemos superado. Yo he sudado en cantidad durante mi paseo matutino y ahora, en el bosque, no encuentro alivio ni en la sombra. Quiero beber agua, agua fresca y pura que alivie mi sed, pero al mismo tiempo, no puedo dejar de pensar en otros líquidos, aunque ahora no aliviarían mi sed.

Pienso que en el mundo siempre, o al menos, desde que podemos constatar con la ayuda de fuentes escritas o restos arqueológicos, ha habido sustancias a las que el hombre ha recurrido con distintos fines, para aumentar sus sensaciones o alojar los “espíritus” en su cerebro.  Si uno parte del polo norte y comienza a descender en dirección al sur, puede ir delineando franjas de intoxicación que, como los anillos de un árbol, marcan historias y geografías.

No es un capricho suponer que las formas de embriaguez que adoptan los pueblos no son meramente una cuestión de elección cultural, sino también el reflejo de coordenadas climáticas, trayectorias históricas y herencias espirituales.

Partimos del norte, dejando atrás los hielos eternos. Desde Siberia hasta Escandinavia, pasando por la Rusia profunda, el frío extremo parece exigir una combustión interna potente. Aquí reina el vodka, el samagón, el akvavit. Los pueblos de estas latitudes han domesticado la patata o el cereal hasta extraer de ellos un fuego líquido. El aguardiente no solo calienta el cuerpo, también rompe silencios, enciende bailes y dulcifica largas noches invernales.

Al avanzar hacia el sur y cruzar Alemania, Bélgica, Inglaterra, el norte de China o Estados Unidos, uno entra en la franja de los cereales fermentados. La cerveza, con sus infinitas variedades, es casi una religión laica. Más social que solitaria, más burbujeante que ardiente, la cerveza es hija de los campos de cebada y trigo, y símbolo de la industrialización del placer alcohólico.

Las tierras del vino, donde el sol madura la vid y la historia embriagan, es ell cinturón mediterráneo, que se extiende hacia América Latina, Sudáfrica y partes de Oceanía, es tierra de uvas y vino. Desde el Rioja hasta el Malbec, pasando por el Chianti o el Shiraz australiano, el vino es la embriaguez del tiempo lento. Baco, Dionisio y Cristo se beben en la copa. Aquí la embriaguez se vuelve casi espiritual, y cada sorbo recuerda al sol y a la tierra. In vino veritas, que decían los romanos.

En muchas regiones del norte de África, el mundo árabe, el sur de Asia y buena parte de América Central y del Sur, donde el alcohol está cultural o religiosamente restringido, los hachises, las hojas de coca, los hongos o el khat cumplen la función de alterar la conciencia. Estas sustancias, más vinculadas al trance, a la meditación o a la resistencia física, configuran otro tipo de embriaguez, no líquida sino fumada, mascada o inhalada. Y en las zonas más australes, Chile, Argentina, Nueva Zelanda, Australia, conviven tradiciones importadas, como el vino o la cerveza, con nuevas formas de consumo globalizado. Aquí la embriaguez no tiene un rostro definido: conviven el vino europeo, la cerveza industrial, las drogas sintéticas y el mate, que, aunque no embriaga, activa y une, como lo hace el café, el té y el chocolate.

Se puede afirmar, con fundamento antropológico, histórico y sociológico, que muchos productos como el alcohol, el hachís, la coca, el opio o incluso el tabaco, han tenido en sus orígenes funciones rituales, simbólicas o comunitarias, y que su toxicidad social y personal ha aumentado notablemente cuando fueron separados de ese contexto regulado, festivo o ceremonial, cuando se les ha sacado de sus contextos tradicionales, en donde el consumo era ocasional y delimitado a ritos de paso, celebraciones religiosas, funerales, bodas, cambios de estación etc., donde existía control social, muchas veces ejercido por figuras de autoridad: ancianos, chamanes, sacerdotes. El uso no era recreativo ni privado, sino compartido, cargado de significado. Había además límites simbólicos y reales sobre la edad, la dosis, el momento y la frecuencia.

Cuando estos productos se comercializan y consumen de forma industrializada, como el alcohol barato y las drogas sintéticas, fuera del marco ritual, a solas o sin estructura comunitaria, con fines de evasión o rutina y no celebración, transformación o comunión, se transforman en sustancias peligrosas, generadoras de adicción, aislamiento, violencia, enfermedades y destrucción social.

La coca, que en los Andes era y es aún usada por comunidades indígenas para resistencia física, rituales o ceremonias, se transformó fuera de ese contexto en cocaína, ligada al narcotráfico y a daños psíquicos y sociales graves. La hoja contiene alcaloides, aunque menos del 1% de cocaína, y no es adictiva en su forma natural ni produce efectos psicotrópicos fuertes. Los pueblos andinos, quechuas, aimaras, entre otros,  han masticado hojas de coca durante milenios, para combatir el cansancio, el frío y el hambre, y en rituales religiosos. En 1860, el químico alemán Albert Niemann aisló   por primera vez el principio activo de la coca, la cocaína, que se popularizó como medicamento milagroso, estimulante y anestésico. En 1884, Sigmund Freud publica Über Coca[1], ensalzando sus efectos psíquicos y físicos, aunque luego se desengañó, cuando ya era tarde y sufrió los efectos de su uso. Carl Koller, amigo de Freud, descubrió sus efectos anestésicos en operaciones oftalmológicas.

La coca se incluyó en tónicos, jarabes para la tos y bebidas, como el famoso Vin Mariani[2], un vino aderezado con coca, consumido por papas, artistas y jefes de Estado. En 1886, en EE.UU., John Pemberton lanzó una bebida a base de extracto de coca y nuez de cola: Coca-Cola. Hasta 1903 contenía pequeñas cantidades de cocaína, y sus efectos estimulantes la hicieron muy popular.

Fue a partir de 1914 cuando, primero en EE.UU. y progresivamente en otros países, la cocaína se empieza a regular y luego prohibir, debido entre otras cosas, a que la ciencia médica reconoció sus efectos adictivos y el riesgo de abuso y se e dejó de usar como ingrediente farmacéutico común convirtiéndose en droga ilegal. Aun así, su consumo se mantiene en círculos clandestinos, y renace con fuerza en los años 70 y 80, asociado a la cultura de la fiesta, el lujo y el crimen organizado.

Con la globalización el consumo de la cocaína se extiende por el mundo. La producción ilícita de cocaína se encuentra concentrada en Colombia, Perú y Bolivia, mientras que el consumo se da sobre todo en EE.UU. y Europa, pero se puede decir que está extendido por todo el mundo. Su consumo desarrolla una industria criminal transnacional, con carteles, rutas de tráfico y corrupción política, mientras que la llamada “guerra contra las drogas” no ha logrado erradicar el consumo ni la producción, pero sí ha generado violencia, encarcelamientos masivos y desigualdad.

Hoy, los estados lidian contra la droga con estrategias dispares, algunos apuestan por la prohibición, otros por la legalización regulada, y muchos más por una confusa mezcla de represión y prevención. ¿Qué está funcionando? ¿Qué no? ¿Y por qué el modelo sueco, aparentemente tan racional, resulta tan problemático?

Desde los años 70, cuando Richard Nixon declaró la “guerra contra las drogas”, el mundo ha oscilado entre la represión violenta y la despenalización parcial. América Latina, convertida en campo de batalla, ha pagado el precio más alto, con cientos de miles de muertos y estructuras estatales corroídas por el narcotráfico. Colombia, México, Brasil y una larga lista de estados, muestran los efectos devastadores de políticas antidroga que priorizan la fuerza y el castigo por encima de la prevención y la salud pública, por ejemplo, El Salvador o Filipinas.

En contraste, Portugal dio un giro en 2001: despenalizó el consumo y posesión de todas las drogas para uso personal, y derivó a los usuarios a comisiones de disuasión con asistencia médica, psicológica y social. El resultado fue que bajaron las infecciones por VIH, las sobredosis, y la población reclusa relacionada con drogas. Lejos de colapsar, el país se estabilizó.

Suecia es un caso único, pues ha mantenido una política de tolerancia cero, con un enfoque moralista y legalmente restrictivo. Está prohibido no solo el consumo y la posesión, sino también tener drogas en el organismo. No se distingue entre sustancias blandas y duras, ni entre consumo ocasional y dependencia. Esta dureza ha tenido éxito en mantener niveles relativamente bajos de consumo en comparación con otros países europeos, cosa que también se puede poner en duda, pero al precio de criminalizar a usuarios y dificultar el acceso a tratamientos.

El sistema sueco tiene una imagen pulcra de sí mismo, pero oculta algunas sombras, como el aumento de muertes por sobredosis en los últimos años, rechazo hacia los usuarios en contextos de tratamiento, y escasa educación pública sobre el uso responsable o la reducción de daños. El consumo no ha desaparecido, solo se ha vuelto más clandestino.

España ha seguido un modelo mixto. El consumo personal no es delito penal, pero sí sancionable administrativamente. Las drogas blandas, particularmente el cannabis, gozan de una tolerancia social y legal considerable: existen clubes de cannabis, su cultivo doméstico no está penado si no es para venta, y hay jurisprudencia a favor de los consumidores.

Sin embargo, el modelo español carece de una legislación integral. El vacío legal que rodea a los clubes de cannabis genera inseguridad jurídica, y la atención a los usuarios de drogas duras es desigual. La reducción de daños, eso sí, ha sido clave: distribución de jeringuillas, salas de consumo supervisado, y programas de metadona han permitido reducir los daños sanitarios.

Legalizar no es la panacea, prohibir tampoco es la solución. Legalizar drogas puede reducir el poder del narcotráfico y permitir controles de calidad, tributación y prevención. Pero también implica riesgos, como el aumento del consumo, la banalización de sustancias potentes, creación de mercados comerciales que operan con lógicas de maximización del beneficio.

Por otro lado, prohibir por completo, como en Suecia, no elimina la droga, sino la empuja a las sombras, la asocia con vergüenza, y deja a los usuarios en manos del mercado negro y sin apoyo. Además, la represión suele cebarse con los eslabones más débiles: jóvenes, pobres, migrantes.

A mi parecer, un modelo ideal integraría la despenalización del consumo y posesión para uso personal, el tratamiento del consumo como problema de salud pública, no criminal, la educación temprana basada en evidencia científica, una regulación legal del mercado de drogas blandas, el acceso a servicios sociales y sanitarios para usuarios crónicos, y una lucha eficaz contra el narcotráfico en los niveles medios y altos, sin criminalizar la pobreza. El reto es político, pero también cultural. Hay que desactivar el miedo, desestigmatizar al usuario y admitir que la embriaguez, la evasión o el rito de la sustancia nos acompañan desde hace milenios. La solución no puede ser la guerra, ni el laissez-faire, debe ser una convivencia lúcida, regulada, socialmente responsable.

Una nota importante: En estudios recientes realizados en Estocolmo, Uppsala y otras ciudades suecas, las anfetaminas —no la cocaína— son la droga ilícita más consumida. Por ejemplo, en Uppsala, las tasas oscilan entre 280‑350 mg/día/1 000 habitantes en primavera y alcanzan 600‑1 200 mg/día/1 000 habitantes en otoño → cifra entre 4 y 7 veces superior al promedio europeo (~170 mg/día/1 000). En Estocolmo, el consumo aumentó de 91 mg en 2011 a más de 1 200 mg/día/1 000 habitantes en 2019. Además, muy importante, este patrón no muestra un pico claro de consumo los fines de semana, lo que sugiere un uso habitual o diario más que recreativo. La cocaína y MDMA (éxtasis) también se detectan, pero en niveles menos pronunciados comparados con los de anfetaminas  No obstante, en los muestreos de 2019 y campañas europeas conjuntas, se observó un incremento de estas sustancias en días de fin de semana. La metanfetamina está presente de forma significativa en algunas ciudades, no necesariamente las grandes, pero su nivel general es menor y esporádico. Drogas como ketamina, la droga preferida de Musk, mefedrona y MDMA se eliminan menos (eficiencia del 64 %), por lo que siguen detectables en el agua tratada.

Concluyendo: Suecia tiene un uso elevado de anfetaminas, con consumo habitual y sostenido, especialmente en ciudades como Estocolmo y Uppsala, pero también en Lund. El consumo de cocaína y MDMA existe, sobre todo de fin de semana, pero es menos prevalente que en el sur de Europa. La detección de estas sustancias en agua residual muestra un mapa dinámico y en tiempo real del uso de drogas, útil para políticas de salud pública y prevención. Y, lo que debemos de llevar como conclusión de estos análisis es que, hay una demanda grande de droga y por lo tanto un mercado a utilizar por las bandas. El trabajo para combatir la violencia no puede limitarse a tratar de combatir las mafias armadas, sino, en gran parte, a conseguir que baje la demanda de droga en las clases medias, que son los que consumen la droga pues tienen medios económicos para hacerlo. Es cuestión, como todo, de educación. Aquí paro para beberme un buen vaso de agua y esperar que pase la canícula.


[1] https://archive.org/details/Freud_1885_Coca

[2] Patentado en 1860 por Angelo Mariani, funcionaba de manera que el etanol del vino actuaba como disolvente y extraía la cocaína de las hojas de coca. Originalmente contenía 6 mg de cocaína por onza líquida de vino (211,2 mg/L), pero el Vin Mariani destinado a la exportación contenía 7,2 mg por onza (253,4 mg/L), para competir con el mayor contenido de cocaína de bebidas similares en los Estados Unidos. Los anuncios del Vin Mariani afirmaban que restauraba la salud, la fuerza, la energía y la vitalidad.