Una noticia en el diario me ha transportado en el tiempo treinta y cinco años atrás, a los tiempos cuando yo vivía sumido en el estudio de los nacionalismos, preparando mi artículo para el libro de “Europa – en el retrovisor de la historia”. La noticia es la declaración de la nueva presidenta de mi partido, Simona Muhamsson, ministra de enseñanza e integración, de que piensa poner todo su empeño en combatir los clanes en Suecia, es decir, que pretende identificar y analizar redes familiares o clánicas, algunas de las cuales se cree que están implicadas en organización criminal o en prácticas de honor que socavan valores democráticos.
Esta declaración de intenciones reconoce el problema, de que, en estos momentos, entre 34 y 40 clanes en Suecia están implicados en crímenes graves y pueden aterrorizar distritos enteros. Mohamsson destaca que estas estructuras no pueden quedar al margen de la ley; el principio fundamental es que la democracia debe aplicarse a todos y en todos los aspectos de la vida social. Al estudiar clanes con normas de honor, busca prevenir prácticas que generen desigualdad de género o que dificulten la inclusión. Sin duda, preparar propuestas legislativas en este momento, de cara a las elecciones de 2026, puede tener un impacto político significativo. Pero, la oportunidad estratégica de la propuesta, no disminuye la magnitud del problema.
Territorialidad
Antes de profundizar en la cuestión de los clanes en Suecia, quiero explicar por qué esta declaración me ha traído tantos recuerdos. Comenzaré con la lectura de un libro: Räkna med revir (Territorialidad) de Torsten Malmberg, ecólologo humano, que, en un comienzo, formaba parte del grupo multidisciplinario de escritores que preparábamos la redacción de nuestro libro, aunque, poco a poco, el grupo quedó formado solamente por historiadores, mientras filósofos y el propio Torsten, lo abandonaron.
El libro, cuyo título en inglés es Human Territoriality: Survey of the Behavioural Territories in Man, with Preliminary Analysis and Discussion of Meaning (1980), es una obra académica exhaustiva donde se examina cómo los seres humanos organizan, perciben y defienden los territorios, en analogía con los animales, pero integrando dimensiones sociales, simbólicas y culturales. Malmberg define el concepto “territorio” en términos conductuales y establece el marco teórico, revisando cómo diversas especies demarcan y defienden espacios, estableciendo paralelos con los humanos, estudiando tribus, comunidades tradicionales, formas de organización espacial en el campo y urbanos, en diferentes escalas, desde la casa hasta la ciudad y metrópolis, incluyendo parques, calles, barrios, guetos, pisos y hasta lugares de juego, sín olvidar espacios simbólicos, como cementerios, templos etc.
Malmberg analiza tanto dimensiones físicas, como la defensa y uso del espacio, pero también simbólicas, viendo el territorio como sistema semiótico que transmite información y permite respuestas rápidas del individuo, reflexionando sobre la evolución y el papel de los territorios en diferentes contextos históricos y sociales. Me pregunto cómo analizaría Torsten Malmberg el comunicado de Simona Muhamsson. Desgraciadamente, Torsten, falleció en 2003.
La razón por la cual el capítulo que preparaba Torsten Malmberg para nuestro libro, al final, quedó excluido, como una especie de apócrifo, es porque, si la territorialidad es biológica, el nacionalismo y aún el nacionalismo excluyente es “natural” y comprensible. Las ciencias sociales, especialmente desde el siglo XX, se han fundado sobre la idea de que la conducta humana es aprendida, no innata. Proponer que la territorialidad, o la agresividad, o el dominio, tiene una base biológica parece implicar que las personas actúan como animales, impulsadas por instintos, y no como sujetos racionales e históricos. Por tanto, Torsten Malmberg, ponía en jaque nociones clave como cultura, educación, libre albedrío y responsabilidad social.
Desde la sociología, la historia o la antropología, reducir la complejidad de la vida social a instintos se considera como una forma de empobrecimiento teórico. La territorialidad humana, por ejemplo, no es solo ocupar un espacio, sino producir sentido, definiendo fronteras, propiedad, memoria, exclusión, identidad. Decir que la territorialidad o la desigualdad, la violencia es “natural” puede conducir a la peligrosa conclusión de que así ha sido siempre. En cambio, las ciencias sociales trabajan sobre la transformación, cómo cambiar estructuras injustas, cómo crear espacios compartidos, cómo superar exclusiones.
Clanes y estados
Hago una pequeña pausa, me preparo un café, y mientras la cafetera produce su gorgojeo metálico, pienso que debo regresar a la argumentación original sobre el comunicado de Simona y los clanes. Y estoy de vuelta. En Suecia hay clanes y siempre los ha habido, punto. ¿Por qué digo esto? Pues, simplemente porque es un hecho histórico. Veamos: para empezar, explicaré lo que es un clan. Un clan, de forma general, es un grupo de personas unidas por lazos reales o supuestos de parentesco, que se reconocen como parte de una misma identidad colectiva, con normas internas de lealtad, protección mutua y autoridad compartida o centralizada. La palabra proviene del gaélico clann, que significa “hijos” o “descendencia”. Originalmente se usaba para describir a grupos familiares amplios en Escocia e Irlanda, los “kilt” son una reliquia de aquellos clanes.
Un clan es por tanto una forma básica y poderosa de organización humana, donde la identidad compartida y la lealtad al grupo prevalecen sobre otras formas de asociación. Puede ser un espacio de apoyo mutuo, y una estructura cerrada, jerárquica o conflictiva, dependiendo del contexto.
Como estoy hablando de Suecia, me remonto a la historia y al concepto de “ätt” (linaje, estirpe), un grupo de personas que comparten ascendencia común. Antes de que existiera el Estado moderno sueco, antes de los registros civiles y de las instituciones centralizadas, la identidad de una persona no era individual, sino colectiva: se era parte de una ätt que designaba un linaje, una estirpe de sangre común. No se trataba sólo de genealogía, la ätt era origen, protección, herencia, responsabilidad y, a veces, condena.
Una ätt era un grupo de parentesco patrilineal y se heredaba el nombre, la tierra, el prestigio y los enemigos. Dentro de la ätt se resolvían disputas, se organizaba la defensa, se cuidaba a los ancianos y se vengaban las ofensas. En las leyes suecas medievales, como el Código de Uppland o el de Götaland, la ätt jugaba un papel central ante cualquier forma de delito. La compensación (bot) no era solo entre individuos, sino entre ätter. Una persona que careciera de ätt, por ser huérfano, extranjero, esclavo liberado etc. estaba fuera del orden social. No tenía quién lo protegiera ni quién lo vengara.
Con la consolidación del poder real en Suecia en los siglos XIII–XVI, la autoridad del rey comienza a sustituir la justicia del linaje. El rey se convierte en “el vengador público”, y el Estado en el nuevo árbitro. Pero el concepto de ätt no desaparece. Pasa al lenguaje de la nobleza y la historia. Las casas reales, como Vasaätten o Bernadotteätten, conservan la idea de que gobernar es, también, pertenecer a un linaje legítimo. En la Casa de la Nobleza (Riddarhuset), lugar donde se conservan los registros nobiliarios, hay contabilizadas unas 330 000 personas, vivas y fallecidas, nobles y por matrimonio.
Paradójicamente, a la entrada de Riddarhuset, y muy cerca del Palacio Real y del parlamento sueco (Riksdagen) , está la estatua del hombre que personifica el triunfo del estado sobre las antiguas estructuras de poder, Axel Oxentierna Como Canciller del reino, Oxenstierna fue el gran reformador que impulsó la centralización administrativa y la modernización del aparato estatal sueco, creando un sistema burocrático profesional y eficiente, con funcionarios leales al Estado y no solo a sus señores o familias. Como canciller plenipotenciario, fundó instituciones claves, como el Consejo Privado (Riksrådet) y la organización de la administración provincial e impulsó la codificación de leyes y reglamentos, que reemplazaron las viejas costumbres locales. Oxentierna fomentó la uniformidad administrativa para que el Estado pudiera gobernar eficazmente territorios cada vez más extensos.
Durante la pandemia del COVID, la sociedad sueca dio muestras de la gran confianza que la mayoría de sus habitantes tiene en las instituciones, siguiendo a rajatabla las ordenaciones que venían del ministerio de sanidad, aunque nunca se amenazó con sanciones. Hasta aquí se podía decir que el estado hade triunfado sobre cualquier tipo de estructura organizadora de la sociedad, pero, no hay regla sin “pero”.
¿Integración o asimilación?
El formato de este blog me obliga a ser breve. Me preparo dando un paseo por la lluvia, para aclarar mis ideas. Llueve, como suele hacerlo aquí en Escania, cuando la gente tiene vacaciones. Es una lluvia leve, una especie de chirimiri que moja, pero no molesta demasiado y que parece que oxigena y refresca. El paseo me ha servido para sistematizar la continuación de mi relato, para comprender de qué manera Mohamsson se relaciona con los clanes o, mejor dicho, ¿por qué Mohamsson elige los clanes como objeto a combatir?
Simona Mohamsson, de padre palestino y madre libanesa, nació en Hamburgo en 1994 y llegó a Suecia con sus padres en 2002 y pertenece a la importante minoría de “nuevos suecos”, resultado de varias olas de inmigración a partir de 1945. Para no extenderme demasiado nombraré las olas más importantes, sus causas y sus efectos en la sociedad sueca.
En la primera ola, entre 1945 y finales de los 60, llegaron unos 300,000 a 400,000 trabajadores extranjeros principalmente procedentes de Grecia, Italia, Turquía y Yugoslavia, que se sumaron a los 50,000 a 70,000 refugiados y desplazados, principalmente de Alemania, Polonia, Estonia, Letonia, Lituania y Finlandia, que llegaron a Suecia desde el final de la segunda guerra mundial hasta 1950. Muchos de estos refugiados eran personas que huían de la destrucción de la guerra o del avance del comunismo en Europa del Este.[1]
Estos grupos, los que se arraigaron en Suecia y no regresaron a sus países de origen, se integraron pronto en la sociedad sueca y las siguientes generaciones pueden considerarse bien integradas.
La segunda ola es la que comenzó en 1970 hasta 1990. En estas décadas llegaron varios cientos de miles, se estima que más de 300,000 personas, incluyendo refugiados y reunificación familiar. En 1970 finalizó la época de la inmigración laboral, a petición de los sindicatos. Crisis políticas y conflictos en países como Chile (tras el golpe de 1973), Vietnam, Irán, y países del este de Europa bajo regímenes comunistas.
Suecia amplió su política de asilo y refugio, consolidándose como país receptor de refugiados. Las características de esta inmigración eran más diversas culturalmente y con un incremento de la población de origen no europeo.
En la tercera ola, de 1990 a nuestros días, dio paso a una inmigración humanitaria y económica global. Desde los 90 hasta hoy, Suecia ha recibido más de un millón de inmigrantes, contando refugiados, migrantes económicos y reunificación familiar.
Guerras y conflictos en los Balcanes, Somalia, Siria, Irak y Afganistán. Una cierta inmigración económica desde Europa del Este, Polonia, Rumania, Bulgaria, tras la expansión de la UE. Reunificación familiar continua y movilidad internacional creciente. Estas olas de inmigración han transformado a Suecia de ser un país homogéneo a convertirse en una sociedad multicultural, con retos y oportunidades en la integración social, económica y política.
Durante la primera ola de inmigración, la actitud dominante en la sociedad sueca era que se valoraba positivamente la inmigración laboral como necesaria para la economía. Se promovía la integración bajo el modelo de “igualdad, libertad y cooperación”. Las resistencias eran minoritarias, dispersas y no organizadas políticamente. Algunas críticas de sectores conservadores o nacionalistas, pero sin gran eco público.
En los 90 hay un cambio de perfil migratorio, llegando refugiados de fuera de Europa con diferentes culturas y religiones, como Irak, Irán, Somalia, Bosnia, etc. y comenzaron las críticas organizadas sobre el sistema de asilo y los “guetos” urbanos. Surgen partidos y grupos que critican la inmigración, como Ny Demokrati (Nueva Democracia). Aparecen, también conflictos en barrios periféricos con alta concentración de inmigrantes.
Al comienzo del nuevo milenio, 2000–2015, surge una consolidación del multiculturalismo, contestada por una reacción nacionalista. Durante la crisis migratoria europea en 2015, más de 160,000 solicitantes de asilo llegaron a Suecia, una cifra muy alta para su población y creció la desconfianza hacia las políticas de inmigración.
Surge con fuerza Sverigedemokraterna (Demócratas de Suecia), partido antiinmigración con raíces en el movimiento neonazi-skin que pasa del margen al centro del debate político. Aumentaron los discursos sobre crimen, islam, identidad nacional y “valores suecos” y finalmente, el gobierno socialdemócrata sueco, impuso controles fronterizos y endureció las leyes de asilo, alejándose del modelo abierto anterior. Aquí comienzan también los estudios sobre “fallas en la integración”.
A partir de esa crisis de 2015 se vislumbra una clara división social y un giro en la política oficial hacia la contención del flujo migratorio. Parte de la población mantiene una visión solidaria; otra exige “orden, control y seguridad”. Surgen debates encendidos sobre la relación entre inmigración y violencia/bandas y se ponen en entredicho los costos del Estado de bienestar haciendo que, gobiernos sucesivos, incluso socialdemócratas, hayan endurecido progresivamente las políticas migratorias. Se llega a considerar que la propia identidad cultural sueca, peligra.
Este es, en breves trazos, el panorama sobre la inmigración en Suecia. Ahora pasaré a intentar describir las diferentes estrategias de los inmigrantes para sobrevivir o integrarse en la sociedad sueca. La primera ola se trataba de trabajadores europeos, aquí cuento yo también a los turcos de los 50 y 60. Ellos venían solos con la intención de trabajar y enviar dinero a sus familias, los que las tuvieran, o ahorrar para asegurarse una vida mejor en sus países de origen. Con el tiempo, algunos de ellos que ya tenían familia propia, las trajeron a Suecia y comenzaron una integración, normalmente culminada con las segundas generaciones. Otros, solteros, encontraron esposas suecas e iniciaron otro tipo de integración que a veces resultaba en asimilación. Las costumbres que traían arraigaron en un par de décadas en la sociedad sueca; las pizzerías, cafés el vino y muchas otras cosas cambiaron en pocos años los hábitos de los suecos.
En los años 70 y 80, la inmigración, fue en primer lugar una inmigración altamente politizada, sobre todo la argentina, chilena y uruguaya, que se integró fácilmente en las estructuras sociales de la izquierda sueca. Mientras tanto, otros grupos trataban de dejar sus países comunistas y huir a occidente: polacos y checos, principalmente. La guerra de Vietnam trajo a una nueva categoría de inmigrantes, los que trataban de huir del comunismo de Hanoi, la minoría china de Vietnam, gente muy trabajadora y emprendedora que consiguió adaptarse sin problemas.
A partir de los 80, la inmigración a Suecia ha estado marcada por el islam. Leo este último renglón y comprendo que es muy importante matizar. Primeramente, decir que considero al islam una religión como cualquier otra y que la libertad de culto debe ser igual para todos. Dicho esto, paso a explicar las características de esta inmigración. La mayoría de los musulmanes en Suecia, son suníes, lo que refleja la composición global del islam. Proceden principalmente de países como Siria, Irak, Somalia, Bosnia, Afganistán, Turquía y Pakistán. Dentro del sunismo, hay también diferencias doctrinales, étnicas y culturales, árabes, kurdos, turcos, somalíes, etc.
Los chiíes son menos en cifras totales pero están presentes especialmente entre inmigrantes de Irán, Irak, Líbano y Afganistán (hazara). Los chiíes tienen sus propias mezquitas y centros culturales, a veces en tensión o distanciados de los suníes. Algunos grupos chiíes tienen una estructura más jerárquica y teológica, otros más liberal o incluso secular, sobre todos los iraníes. Aunque la mayoría convive pacíficamente, en algunos barrios ha habido roces entre comunidades suníes y chiíes, a veces importando conflictos del país de origen, por ejemplo, tensiones kurdo-árabes o saudí-iraníes.
Algunos pertenecen a asociaciones islámicas organizadas, como el Islamiska Förbundet o grupos con vínculos con países de origen. Dentro de este grupo hay también diversidad: desde interpretaciones moderadas o reformistas, hasta sectores salafistas más rígidos.
Una gran cantidad de musulmanes en Suecia se identifican como musulmanes por herencia o cultura, pero no practican la religión activamente. Muchos de estos seculares proceden de Irán, Turquía, Líbano, Bosnia o Siria, donde hay tradiciones de secularismo fuertes. En algunos casos, incluso critican el islam político o el fundamentalismo y defienden un islam personal, privado o simplemente una identidad no religiosa.
Muchos musulmanes viven en barrios periféricos con fuerte presencia migrante, lo que favorece la cohesión interna pero también la marginalización. La falta de integración socioeconómica ha sido utilizada tanto por movimientos islamistas como por populistas antiinmigración.
Algunos grupos buscan representación política en nombre del islam, mientras que otros musulmanes luchan por una integración basada en los valores democráticos y la separación entre religión y Estado. Aquí hemos tenido controversias sobre el uso del velo, la educación religiosa, los tribunales paralelos, etc.
Aunque es una minoría muy pequeña, algunos jóvenes suecos musulmanes han sido captados por redes yihadistas, sobre todo entre 2013 y 2016, con el auge del Estado Islámico. Esto ha generado vigilancia estatal, estigmatización y debates sobre prevención, exclusión social y responsabilidad comunitaria.
La religiosidad entre el grupo musulmán es mucho más grande que en el grupo autóctono sueco, siendo Suecia junto con los Países Bajos los estados más secularizados del mundo, según World Values Survey[2] Una gran parte de la sociedad sueca no comprende por qué las normas religiosas de una comunidad son importantes hasta condicionar el día a día de los practicantes. Por ejemplo, el velo de las mujeres o la oración, que puede llegar a parar la actividad de los creyentes en algunos casos, les parecen a muchos suecos costumbres ofensivas. La política socialdemócrata hacia esas comunidades ha sido permisiva, partiendo del deseo de integrar a las nuevas comunidades, permitiendo sus peculiaridades. En algunas escuelas y puestos de trabajo se pusieron a disposición de los musulmanes puntos de oración y se construyeron mezquitas subvencionadas en algunos casos con dinero del Golfo.
Sociedades paralelas
En Estocolmo, Gotemburgo y Malmoe se fueron formando enclaves musulmanes, allí donde los alquileres eran más económicos, en antiguos barrios obreros, vaciados al subir el poder adquisitivo de sus antiguos habitantes, y en las barriadas del “programa del millón”. Paseando por Möllevången, un antiguo barrio obrero de Malmoe, se podría creer que se pasea por una calle de Damascos, con todos los anuncios en árabe. Las diferentes olas migratorias buscaban la seguridad en la proximidad de inmigrantes de olas anteriores, que podían servir de mediadores entre la sociedad sueca y los nuevos inmigrantes. Se fueron formando enclaves, que muchos empezaron a denominar guetos de forma despectiva. Al juntarse tanta población árabe o somalí en una comunidad, el idioma sueco se convirtió en lengua extranjera. En algunas escuelas sitas en esos barrios, no se encontraban más que un pequeño grupo de suecos autóctonos y el idioma en la clase era el árabe, aunque los profesores suecos, intentaban con poco éxito, implantar el idioma sueco. Esta fue una de las causas que llevaron a proponer e implantar el sistema sueco de libre elección de escuelas “Friskolereformen” y pasar de ser enviado a la escuela más próxima, a elegir la escuela para los hijos. Las escuelas que se encontraban en las zonas más expuestas a la inmigración, fueron abandonadas por todos los suecos autóctonos y por los inmigrantes con mayor nivel de educación y/o poder económico, empeorando la situación precaria en la que ya se encontraban antes de la reforma. Un niño puede nacer en un barrio de Malmoe sin escuchar sueco hasta comenzar la escuela, ya que en la casa se habla árabe, la televisión y todos los medios de comunicación son en árabe, padres, familiares, amigos, todos hablan árabe. En consecuencia, estos niños y niñas tienen por lo general peores resultados en la escuela, y están menos preparados para el mundo del trabajo. Por tanto, el paro en estos barrios es muy superior al paro general en Suecia, que ya de por sí es altísimo (9,5% en mayo de este año) comparado con épocas anteriores. Lo del paro es muy importante porque, los suecos que son más contrarios a la inmigración, decían que los extranjeros les quitaban los puestos de trabajo, pero ahora se quejan de que los extranjeros no trabajan. Cosas de la vida.
Un dato importante a tener en cuenta es el paro. Durante las décadas de los 50 y 60, el mercado laboral se caracterizó por una fuerte escasez de mano de obra, especialmente en las grandes ciudades y esto fue el principal aliciente para buscar mano de obra extranjera. El desempleo aumentó temporalmente a comienzos de la década de los 70 y hacia finales de la misma. En particular, durante la segunda mitad de la década de los 80 volvió a darse una situación caracterizada por un exceso de demanda en el mercado laboral.
Picos temporales de desempleo, en especial entre 1957 y 1958, cuando llegó a acercarse al 3 por ciento, pudieron ser contrarrestados de manera exitosa mediante una ambiciosa política de empleo, desarrollada a partir de finales de los 40. Con la creación de la AMS (Dirección Nacional del Mercado Laboral) y la AMV (Servicios Públicos de Empleo) en 1947, esta política de empleo adquirió un papel reforzado y único a nivel internacional en Suecia.
Se puede evaluar esta política laboral desde distintas perspectivas. Pero sin duda alguna desempeñó un papel importante para suavizar las cifras de desempleo, así como para crear las condiciones que permitieron la profunda transformación estructural que sustentó el elevado crecimiento sueco, sobre todo durante la década de los 50 y los primeros años de la de los 60. Suecia pasó de mostrar un patrón de desempleo durante las décadas de los 50 y 60 que apenas se diferenciaba del resto de Europa, en todo el mundo occidental el desempleo era bajo, a desviarse notablemente del patrón habitual durante las décadas de 1970 y 80.
Mientras que la mayoría de los países occidentales comenzaron a experimentar un aumento del desempleo a partir de las crisis del petróleo de los años 70, Suecia logró mantener durante un tiempo una baja tasa de desempleo gracias a su política activa del mercado laboral. Sin embargo, hacia finales de los años 1980, comenzaron a manifestarse señales de presión también en Suecia, a pesar de la continuidad de políticas intervencionistas. Una causa importante que se ha señalado en el debate para explicar por qué el desempleo siguió siendo bajo en Suecia fue que la política económica, mediante una serie de devaluaciones, logró crear una “plena ocupación”. La corona sueca perdió valor frente a las monedas extranjeras como el dólar, abaratando los productos suecos para exportación, a costa de la perdida de valor adquisitivo para los suecos.
El presupuesto básico de esta “política de transición” ha sido que la “plena ocupación” constituyó constantemente el objetivo principal de la política económica sueca durante la posguerra. En torno a esta meta, por lo general, ha existido un alto grado de consenso político entre todos los partidos. Si se quiere generalizar, se puede afirmar con bastante certeza que, ante la disyuntiva entre inflación y desempleo, los políticos suecos han optado generalmente por lo primero. Esta fue una de las razones por la que Suecia decidió en referéndum no adoptar el euro.
Esto, a su vez, sentó las bases de la inusualmente grave crisis que golpeó a la economía doméstica sueca, con un fuerte aumento del desempleo, entre otros efectos, durante la década de los 90. Durante esa crisis surgió el primer partido abiertamente crítico contra la inmigración “Ny demokrati” (Nueva democracia), fundado por un conde y un director de empresas discográficas y parques de atracciones (Ian Wachmeister y Bert Karlsson) que entró en el parlamento sueco en 1991 con el 6,7 % de los votos, recibiendo 25 escaños, siendo por tanto el partido bisagra entre los socialdemócratas y comunistas que juntos obtuvieron el 42,2 % y el bloque conservador con 46,7 %, que pudo formar gobierno con la ayuda del apoyo tácito de Ny demokrati. La actual situación desde 2022, con un gobierno de derechas liderado por el partido de derechas (Moderaterna) y con los demócratas cristianos (Kristdemokraterna) y liberales (Liberalerna), exhibe una similitud innegable con la situación que se vivió entre 1991 y 1994.
Si, por un momento, dejamos la política nacional y la economía a un lado y nos concentramos en el inmigrante como persona agente empezaremos a comprender las diferentes posiciones existentes. Recordamos que hay dos maneras para un extranjero de tratar de encajar en una sociedad: integración y asimilación. La política desarrollada por la socialdemocracia desde 1945 ha tenido como objetivo el integrar la inmigración, aceptando que hay diferentes formas de vivir, diferentes credos y que, las culturas “huéspedes” enriquecen la propia cultura sueca. Para alcanzar esta integración, el estado ha promovido la conservación de las culturas de los inmigrantes, fomentando, por ejemplo, el estudio de las lenguas maternas de los inmigrantes. La asimilación, por otra parte, es un proceso mediante el cual una persona o grupo minoritario adopta progresivamente la cultura, valores, normas, idioma y costumbres del grupo mayoritario o dominante en una sociedad, hasta integrarse plenamente en él. la asimilación implica que los recién llegados abandonen total o parcialmente sus propias tradiciones culturales para adaptarse a las formas de vida del país receptor, hablando el idioma local, adoptando las costumbres sociales prevalentes y se ajustándose a las normas del sistema educativo, laboral y legal.
Mirando la problemática de adaptación desde una perspectiva subjetiva y privada, el individuo puede optar por una u otra forma de encajar en el sistema, según crea entender sería lo más beneficioso para él y para su familia. Aquí entra la asimilación, ni requerida ni fomentada, como, por poner un ejemplo que tenemos a mano, el caso de la familia de Simona Mohamsson, la presidenta desde hace una semana del partido Liberal. El padre de Simona, Mehsen, es palestino, nacido en Haifa, su madre, Iman, proviene del Líbano. Ambos se conocieron en el campo de refugiados Nahr al-Bared antes de emigrar a Europa y establecerse en Hamburgo. Cuando Simona tenía alrededor de ocho años, la familia se trasladó desde Hamburgo a la pequeña aldea de Överlida, cerca de Borås, en Suecia. Según Simona, sus padres eligieron ese lugar pensando en su mejor integración, siendo un entorno rural, con pocos inmigrantes y con vecinos dispuestos a apoyar a la familia. Para facilitar su integración, el padre decidió cambiar el apellido familiar de Mohammad a Mohamsson. No solo sonaba más sueco, según Simona, sino que simbolizaba un acto de respeto, gratitud y orgullo hacia su nuevo país. Simona ha explicado que este gesto generó reacciones diversas, incluso burlas, pero para su padre, fue un mensaje de voluntad de pertenecer.
Mehsen no es único. Muchos inmigrantes han elegido la asimilación por diferentes causas, pero, a veces, han encontrado el rechazo de la sociedad a la que ellos pretendían pertenecer. ¿Cuestión de racismo? No sé, cada día que pasa pienso que Torsten Malmberg tenía bastante razón en su análisis de los mecanismos de rechazo al extraño en una sociedad. Para una parte bastante importante de la población autóctona no basta con la asimilación cultural, la biología pone los límites. Sí, es importante el color de los cabellos, ojos y piel. Para muchos cuenta más la apariencia que asimilación cultural, y el que quiere diluir su presencia dentro de la sociedad sueca, se ve a veces obligado a teñirse el pelo y usar lentillas de color. No es el caso de Simona, pero algunas de las propuestas que ha presentado hablan por si solas.
La última propuesta es la de encargar a la red de investigación World Values Survey (WVS) que estudie cómo difieren los valores entre quienes han llegado a Suecia y los nacidos en el país. Entre los temas que se investigarán están: igualdad de género, derechos de la infancia y confianza en las instituciones. Estudios previos muestran que los recién llegados suelen tener posturas distintas sobre el divorcio, el sexo antes del matrimonio, el aborto y la homosexualidad. Sin embargo, después de diez años en Suecia, sus valores se acercan notablemente a los de los nativos. Pero, Simona no quiere esperar, porque dice que: “Diez años es demasiado. Es una generación entera de chicas que no pueden elegir a quién amar, o chicos que no pueden salir del armario”. Mohamsson considera que quienes eligen venir a Suecia tienen la obligación de intentar integrarse en la sociedad. Según ella: “No es un derecho humano vivir en Suecia.”
La posición de la ahora ministra de integración a cambiado radicalmente desde que entró en la política hace 15 años. Ella, que en las juventudes liberales luchaba por que el partido no se acercase a la derecha y mucho menos a la ultraderecha, ha cambiado de opinión, respecto a la problemática de la integración de los inmigrantes. “En cuanto a los problemas sociales, sobre todo en la escuela y la integración, creo que la mejor forma de resolverlos es con la cooperación que tenemos hoy.” – declara abiertamente en una interviú concedida ayer al diario sueco DN. La cooperación a la que se refiere es el apoyo de los demócratas suecos (Sverigedemokraterna), el partido de ultraderecha que tiene como fin luchar contra la inmigración, concede al actual gobierno, en el que se integra Simona, sin el cual no podrían gobernar.
Así que, sin decirlo explícitamente, el gobierno sueco va caminando hacia la promoción de la asimilación de los inmigrantes, o su expulsión. De ahora en adelante, cualquier delito que conlleve una multa puede ser motivo de deportación, y se espera expulsar hasta 3.000 personas al año por ese motivo. Hay además una propuesta sobre un requisito legal de “vida honrada” para inmigrantes, estudiantes, trabajadores y sus familias, por lo que, cometer delitos o comportamientos que amenacen el orden público, fraudes, drogas, terrorismo, etc., puede derivar en expulsión. Desde abril de 2025, las órdenes de expulsión ya no caducan tras 4 años sin ejecutarse, sino 5 años después de que la persona realmente abandone Suecia, evitando que las personas se “escondan” esperando la caducidad. Para acelerar el “vaciado” de extranjeros, el gobierno propone aumentar el pago a inmigrantes con residencia legal que opten por marcharse voluntariamente, de los actuales 900 € hasta 32.000 € por adulto, con el objetivo de animar a quienes solo perciben ayudas o están “estancados”. Está así mismo en proceso de cambiar la Constitución para permitir quitar la ciudadanía sueca a personas con doble nacionalidad que obtuvieron la misma mediante fraude o que cometieron delitos que amenazan la seguridad nacional o el Estado, como espionaje, traición, crimen organizado o terrorismo.
El objetivo de estas leyes y propuestas es promover una integración basada en valores comunes y no solo en la recepción, vinculando residencia y ciudadanía al respeto de normas fundamentales suecas. Lo dejo por hoy y volveré con la cuestión de los clanes en mi próxima entrada.
[1] En 1945, Suecia tenía aproximadamente 6,5 millones de habitantes
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