Durante mi paseo matutino, me detengo un instante ante el Monumento al Campo de Batalla de Lund, que recuerda la sangrienta batalla del 4 de diciembre de 1676, que tuvo lugar en sus alrededores, a las afueras de la ciudad, tan cerca de ella, que sus habitantes podían seguirla desde las casas más altas. El enfrentamiento tuvo lugar durante la Guerra de Escania (1675–1679) y fue una de las batallas más violentas en territorio nórdico, con 9 000–10 000 muertos entre ambos bandos, resultando en una victoria sueca y consolidando el control sueco de la región danesa de Escania. La leyenda que se puede leer en el pedestal reza en suco y danés: “1676, el 4 de diciembre, lucharon y sangraron aquí pueblos de la misma estirpe. Los descendientes reconciliados erigieron este monumento.”[1] (leyenda sueca) y “Aquí yacen valientes hombres, cuyos huesos y sangre están mezclados entre sí, de modo que nadie puede decir otra cosa que eran de una misma estirpe; también compartían una misma fe, y sin embargo no pudieron vivir en paz unos con otros.”[2] (leyenda danesa).
Este monumento tiene relevancia hoy en relación con la actual guerra de ocupación en Ucrania. Rusia a invadido un territorio habitado por una etnia hermana. Suecia invadió la Escania danesa en 1658 y la guerra de 1676 fue un intento fallido por parte de los daneses de recuperar la región. El monumento se puede considerar como una forma de llegar a la reconciliación, pero también se puede utilizar para resaltar una victoria, lo que se ha llegado a hacer, la última vez en 2008, cuando los Nacionalistas Libres de Escania realizaron una marcha con antorchas, escoltados por un gran número de policías de toda Escania, desde la estación de ferrocarriles la estación, en dirección al Monumento para rendir homenaje a los caídos en la batalla de Lund. Pero allí les estaban esperando manifestantes liberales y de izquierda, y se armó una pequeña batalla campal en la que los de izquierdas tiraban piedras y los manifestantes nacionalistas usaban sus antorchas. Los nacionalistas tuvieron que ser escoltados de vuelta a la estación por un contingente de policía superior al número de manifestantes. Todo eso lo recuerdo muy bien, porque yo estaba en la estación cuando ocurrieron los hechos.
La cuestión de los monumentos históricos es complicada porque se sitúa en el cruce entre memoria, poder, identidad y conflicto. Aunque muchas veces se presentan como conmemoraciones objetivas del pasado, los monumentos siempre reflejan una interpretación, una elección de qué recordar y cómo recordarlo. Quien erige un monumento ejerce un acto de poder simbólico: decide qué valores, qué personajes o qué eventos merecen ser exaltados públicamente. Los monumentos fueron construidos en contextos sociales, políticos e ideológicos que ya no existen. Lo que ayer fue motivo de orgullo, una victoria militar, una figura patriótica, un colonizador, un dictador, puede hoy generar vergüenza o rechazo. Pero el monumento sigue en pie, recordando una narrativa con la que muchos ya no se identifican. Frente a la incomodidad que generan ciertos monumentos, hay quienes proponen retirarlos o destruirlos. Pero eso plantea un dilema: ¿se puede corregir el pasado borrándolo? La historia no cambia porque se quite una estatua. A veces, derribar monumentos crea un vacío donde antes había una posibilidad de reflexión crítica.
En otros casos, grupos radicales intentan apropiarse de monumentos para promover ideologías contemporáneas, nacionalistas, racistas, autoritarias. Esto puede llegar a distorsionar su sentido original, como ocurrió con el Monumento al Campo de Batalla de Lund, pensado para la reconciliación y usado después por movimientos nacionalistas.
Borrar la historia, destruir sus huellas físicas, reescribir sus narrativas, silenciar sus voces, ha sido un impulso recurrente en momentos de ruptura, revolución o vergüenza colectiva. Sin embargo, los intentos de cancelar el pasado rara vez logran su propósito, porque el pasado, cuando no se conserva, regresa deformado, mitificado o instrumentalizado. Y a menudo, con más fuerza.
En muchos países, regímenes o ideologías se ha tratado de eliminar símbolos, documentos, edificios o recuerdos que no encajaban con la nueva visión del mundo. Desde la quema de libros, y la destrucción del arte moderno en la Alemania nazi, pasando por la damnatio memoriae[3] romana, hasta los talibanes destruyendo los Budas de Bamiyán, la historia está plagada de gestos iconoclastas. Pero estos actos no han hecho desaparecer la historia, la han cubierto más bien con un velo que, tarde o temprano, alguien intenta descorrer. Cuando se elimina una huella del pasado, no se borra la historia, sino que se vacía el lugar donde el diálogo podría haber ocurrido. En lugar de enseñar, se impone el olvido, en lugar de comprender, se moraliza, en lugar de reconciliar, se acumula tensión.
Sería más sabio, a mi entender, dejar que las huellas —aunque incómodas— hablen por sí mismas. No para glorificar lo que fue injusto o cruel, sino para permitir que las generaciones futuras comprendan los contextos, los errores, los procesos. Un silo, una estatua, una fábrica, un barrio entero pueden ser testigos silenciosos, más elocuentes que cualquier panfleto, si los sabemos leer. Mi entrada de hoy tiene que ver con esa ambigüedad que noto en la manera en que se está tratando el famoso silo de Mérida. Mi buen amigo y colega Antonio Viudas Camarasa se ha empleado a fondo para desentrañar la historia de este monumento que, cual coloso perdido entre los campos, recuerda con su imponente estructura de hormigón las políticas agrarias de la época franquista, construida para almacenar grano, un símbolo de la arquitectura industrial del siglo XX en España. El silo, actualmente en desuso, su volumetría rotunda y ubicación estratégica ofrecen múltiples posibilidades de transformación cultural, social o ecológica. Aquí algunas ideas que podrían devolverle vida y sentido.
Yo me puedo imaginar muchas funciones para este silo. Una de ellas sería el acoger un museo dedicado a la historia del mundo rural extremeño, la transformación del campo en el siglo XX, la reforma agraria frustrada, el éxodo rural, y la mecanización del trabajo agrícola. También podría convertirse en un espacio multidisciplinar para exposiciones, residencias artísticas, talleres, conciertos y proyecciones. Su verticalidad podría aprovecharse para instalaciones inmersivas o exposiciones de gran formato. Ejemplos similares son, el Matadero de Madrid o el Silo de Córdoba, reconvertido en espacio de creación.
Y es que, la memoria crítica no nace de la demolición, sino del encuadre. Se puede resignificar un espacio, contextualizar un símbolo, reinterpretar un edificio. Pero borrar el pasado es una forma de infantilizar al presente, de pensar que basta con esconder lo feo para que deje de doler. Y eso nunca ha funcionado porque, la historia, como el agua, encuentra siempre un cauce para volver. Mejor construir puentes sobre ella, que diques para contenerla.
España vive desde hace años un proceso tenso de revisión de su memoria. Cambios de nombre en calles y plazas, la retirada de estatuas de Franco, la reubicación del dictador fuera del Valle de los Caídos, o la eliminación de bustos de conquistadores o prohombres del siglo XIX ligados al esclavismo. Las razones son comprensibles: nadie quiere rendir homenaje a la violencia, ni perpetuar símbolos de opresión en espacios públicos que aspiran a representar la convivencia democrática. Pero la línea entre hacer justicia y borrar la complejidad es muy fina.
Porque la intención de los nuevos iconoclastas no es revisar, sino amputar sin explicar. Al sustituir nombres sin dejar rastro de lo anterior, al vaciar de contexto los monumentos, al actuar como si el cambio de un cartel fuera suficiente para transformar la memoria colectiva, se corre el riesgo de infantilizar el presente. ¿Qué sentido tiene que un joven lea que una calle se llama “Memoria Democrática” si no puede saber que antes fue la avenida del Generalísimo?
En lugar de enseñar, se impone el olvido, en lugar de comprender, se moraliza, en lugar de reconciliar, se acumula tensión. Y esa tensión puede convertirse en resentimiento o en nostalgia disfrazada de revisionismo. Muchos países han enfrentado dilemas similares. Francia con sus estatuas coloniales, Bélgica con Leopoldo II, Estados Unidos con los generales confederados. Algunos han optado por resignificar en lugar de eliminar: contextualizar los símbolos, añadir placas explicativas, transformar espacios en museos o memoriales. La memoria crítica no necesita la demolición: necesita la palabra, el encuadre, la educación.
En España, donde la historia reciente ha sido tan densa y dolorosa, conviene recordar que las huellas no tienen por qué ser homenajes, pueden igualmente ser advertencias, lecciones, espejos deformantes que nos ayuden a no repetir errores. Un monumento franquista puede convertirse en un lugar de pedagogía democrática si se explica. Una calle con nombre polémico puede acoger un relato visual de su transformación, desde su bautizo hasta su renombramiento.
El riesgo, cuando se borra todo lo anterior sin relato ni contexto, es que el pasado regrese, sí, pero en versión épica o victimista. En lugar de memoria crítica, memoria mitificada. En lugar de historia, propaganda. El pasado no se borra. Se transforma, o se venga. Más nos vale comprenderlo y dialogar con él, antes que dejarlo en manos de quienes lo quieren recuperar a su manera. Por tanto, creo yo, debemos tratar de conservar en Mérida ese monumento tan importante para comprender el espíritu y la historia de la región, y transformarlo en algo que beneficie a las nuevas generaciones.
[1] “1676 den 4 december stridde och blödde här folk af samma stam. Försonade efterkommande reste minnesmärket.”
[2] ” Her ligger kecke Mend, hvis Been oc Blod er blandet
Iblandt hinanden, saa at Ingen siger andet
End de er aff een Slect; de var oc aff een Troe
Dog kunde de med Fred ey hos hinanden boe.”
[3] La condenación y erradicación de todos los símbolos que pudieran recordar a alguien que el senado romano lo decretaba contra un emperador derrocado o un político acusado de traición. Entonces se ordenaba eliminar su nombre de documentos oficiales, inscripciones públicas o monedas, destrozando sus retratos y estatuas y prohibiendo mencionar su nombre en público, para que las futuras generaciones no lo recordaran. Era una forma simbólica de matar a alguien por segunda vez, no solo físicamente, sino también borrar su huella en la historia. Un castigo que aspiraba a hacer que esa persona “nunca hubiera existido”.
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