Mi suegra tiene cuatro amigas con las que se relaciona periódicamente y con las que conversa sobre todo lo habido y por haber. Todos los martes, recojo a Eva, que así se llama mi suegra, y nos damos un paseo en coche a los lugares a los que a ella le gusta ir; casi siempre a mercadillos o tiendas de antigüedades. Por el camino, hablamos de todo un poco y, las conversaciones con sus amigas, suelen salir a relucir con cualquier motivo. Hoy, así como si fuera una trivialidad, Eva comentó que todas sus amigas son budistas, bueno, quizás no sean budistas, pero todas, según ella, creen en la reencarnación. A ella, que es muy poco dada a las especulaciones religiosas, eso de creer en la reencarnación, le parece una gran tontería, sobre todo, viniendo de mujeres con estudios e intelectualmente solventes, podríamos decir. Yo la dejo hablar y escucho atentamente porque justo esta mañana, antes de ir a buscarla en el coche, durante mi paseo matutino, he llegado al cementerio del Norte (Norra kyrkogården) y he estado caminando por ese bello parque mientras iba sumido en mis pensamientos.
Mientras paseaba por las bien cuidadas veredas de grava, franqueadas de diminutos jardines, iguales en el área, pero diferentes en cuanto a los árboles, arbustos y flores que crecen en cada uno y que, en esta época del año, muestran una variación de colores y fragancias difíciles de igualar, me venían a la mente muchos recuerdos. Si me detengo a leer los nombres de las lápidas, reconozco los nombres de antiguos profesores, amigos y conocidos. Desgraciadamente, también el de algún alumno o alumna, fallecidos por enfermedad o accidente en la flor de su juventud.
Este cementerio es bastante antiguo, pues data de 1816, a poco de decidirse que los cementerios debían estar sitos fuera de la ciudad, por motivos de higiene, y porque la expansión de la ciudad necesitaba terrenos. Hoy este cementerio como el del Este (Östra kyrkogåden) están rodeados de calles y viviendas, tragados por la ciudad, que ha superado todos los cauces pensados. Teniendo en cuenta que Lund tenía poco más de 3000 habitantes 1816 y que ahora pasa de los 126 000. Lo primero que se me vino a la cabeza es: ¿Cuánta gente ha sido enterrada en este cementerio desde su inauguración?
Después de consultar algunas fuentes fidedignas[1] llego a la cantidad aproximada de 88 000 fallecidos. Detrás de estos 88 000 fallecimientos están historias individuales, de familias, epidemias, accidentes y alguna que otra guerra. Vuelan las ideas mientras paso ante la tumba de mi suegro, adornada con un sol, que puede ser naciente, el sol del alba, o poniente, el sol del ocaso. Si las amigas de mi suegra tienen razón, el símbolo nos vale para las dos cosas. ¿Si tendrán razón esas señoras? No puedo dejar de pensar que yo, por ley de vida, estoy muy cerca del momento en que seré un nombre en una piedra, por tanto, pienso que me gustaría la idea de la reencarnación. Yo amo la vida y, aunque me ha dado algunos palos, pensar en otra oportunidad me ofrece cierto consuelo.
Leo los nombres en las lápidas; nombres y apellidos, casi siempre acompañados de títulos o profesiones que el difunto tuvo en vida. Todos queremos ser recordados porque, como ya dice el Talmud babilónico[2] el hombre muere dos veces: “Cuando expira su vida corporal y cuando su nombre ya no se pronuncia entre los vivos.” Busco antiguas lápidas, intento encontrar las primeras y algunas hay. De las 12 000 tumbas de todas las clases, unas 200 se consideran de valor cultural y están protegidas, aun cuando ya no haya parientes que las cuiden o que paguen por ellas. Esas tumbas están provistas de códigos QR que conducen a videos que se pueden ver y escuchar, mediante los códigos. Estos afortunados ciudadanos todavía permanecen “vivos” según la definición del Talmud. Entre ellos, el más antiguo de ellos es el catedrático de filosofía Matthaeus Fremling, nacido en 1744 y fallecido en 1820. Curiosamente, aunque no tuviese su lápida protegida, no habría muerto del todo, porque hace aproximadamente un mes, hablaba yo con una señora, pariente suyo sin saberlo, que da la casualidad que es la secretaria del consejo de enseñanza de Lund, al que yo pertenezco como miembro. También he encontrado la casa que el construyo a finales del siglo XVIII, que ahoya sirve como espacio juvenil, que yo visité con motivo de una reunión del consejo de enseñanza.
Este buen Matthaeus puede estar tranquilo que no le olvidaremos fácilmente. Para asegurarse de ello nos dejó un trabajo sobre Kant “De spatio secundum decreta Kantiana”[3], 1796-97. Otro de los “inmortales” es el sacerdote y predicador Henrik Schartau, nacido en 1757 y fallecido en 1825. Este señor, no solamente fundó una variante cuasi sectaria del protestantismo en la región de Gotemburgo, sino que se le ha levantado una estatua enfrente de la mismísima catedral. Posiblemente, alguien preguntará alguna vez por sus escritos y sermones en la biblioteca de la universidad, pero, estoy seguro, muchos turistas, atónitos ante la esbelta figura del predicador en bronce pulido, buscarán su nombre y lo encontrarán en grandes letras y, al pronunciarlo, le mantendrán vivo.
Entre sorbos de café que acompañan un delicioso bizcocho, le digo a mi suegra que yo también creo en la reencarnación. Me mira con gesto incrédulo y yo me apresuro a aclarar que, de todas las alternativas, es lo que me parece más simpático. Sé que miento, porque yo, cuando pienso en estas cosas, prefiero pensar que todos somos simplemente piezas del puzle de la naturaleza; de allí venimos y allí iremos. No es necesario que nadie pronuncie nuestro nombre para seguir existiendo, aunque, hay que reconocerlo, me gustaría que los hijos de mi nietos, si los llegan a tener, alguna vez escuchen algo de su tatarabuelo; alguna anécdota, algún recuerdo, que vean algo que he hecho yo o algo que he escrito y que piensen en este viejo que fue hombre y fue niño.
[1] Landsarkivet i Lund/projektet DDSS
[2] Tratado de Shabbat 152b
[3] Dissertatio critica, de spatio, secvundvm decreta Kantiana, cuius particulam quartam … praeside, Matthaeo Fremling … pro lavrea, publicae disquisitioni subiicit Ericvs Matth. Billing, Scanus, die XXI. junii, a. MDCCXCVII
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