Hoy me despierto atento a las noticias que me llegan al ordenador, que, por cierto, se ha tomado unas vacaciones estos últimos días. Cosas de la técnica, digo yo. Parece que estamos ante un cambio importante en el panorama político internacional, cosa lógica, porque el cambio es algo que hay que tener en cuenta, nada es estático, todo se mueve, hacia un lado o hacia el otro. A lo que me refiero es a los encuentros entre los líderes de aquellos países que viven de espaldas a nuestro paradigma. Y, cuando digo paradigma, me refiero a todo lo que hemos vivido en occidente durante los últimos tres siglos.
Creo además que tenemos un cambio en el lenguaje del poder mundial. Antes, el liderazgo internacional se presentaba bajo los códigos de la diplomacia, la cooperación multilateral y el respeto a las instituciones. Hoy vemos una personalización extrema del poder. Ahora los “hombres fuertes” se encuentran cara a cara, se fotografían, se miden, como si fueran gladiadores modernos.
Parece que la política se escenifica como espectáculo. Más que acuerdos sustanciales, muchas veces estos encuentros funcionan como teatro para las audiencias internas. Trump se presentaba como el único capaz de “domar” a Kim Jong-un, Xi como el emperador sereno frente al caos occidental, Modi como la voz orgullosa de una India emergente. Lo que cuenta no es tanto lo que se negocia sino la imagen proyectada.
Estamos ante un retroceso de lo institucional frente a lo personal. En lugar de ver a los organismos internacionales o a los equipos técnicos ocupando el centro, los líderes concentran la atención. Esto refleja también una cierta fragilidad del orden liberal internacional: la ONU, la OMC o incluso la OTAN pesan menos frente a la foto de dos líderes dándose la mano. Sin duda, esto es un espejo de nuestra época. Representa un mundo donde las democracias dudan de sí mismas, mientras las autocracias y los liderazgos personalistas muestran seguridad y autoridad. Para muchos, esa imagen es seductora; para otros, es una señal de peligro.
Occidente se ha caracterizado por intentar que las reglas estuvieran por encima de las personas: parlamentos, tribunales independientes, prensa libre. Con el auge del liderazgo personalista, esas instituciones corren el riesgo de verse debilitadas, reducidas a decorado mientras la política se decide en cumbres bilaterales o por decretoLa Unión Europea, la ONU, la OMC, los acuerdos climáticos… son productos del orden liberal internacional. El culto al líder fuerte y a la soberanía absoluta mina esa red de cooperación. Occidente podría quedar aislado en un mundo de bloques enfrentados, con menos comercio y más tensiones.
La fascinación por los “hombres fuertes” puede llevar a que nuestras propias democracias toleren atajos autoritarios. El ciudadano cansado de la complejidad puede preferir “alguien que mande” frente a la lentitud de la deliberación democrática. Lo estamos viendo en todo occidente con la proliferación de movimientos autoritarios.
Frente a modelos de control social como el de China o la disciplina vertical de Rusia, Occidente defiende la autonomía de la persona. Pero en un mundo donde el éxito parece estar del lado de los regímenes duros, aumenta la tentación de sacrificar libertades a cambio de seguridad o eficiencia. Seamos sinceros: estamos sacrificando la libertad en aras de la seguridad y vamos aceptando cada día mayores sacrificios de esa libertad personal con el fin, se dice, de alcanzar una seguridad blindada a prueba de bombas.
Durante décadas, Occidente proyectó valores como derechos humanos, democracia, igualdad. Con el avance del “nuevo orden”, ese papel se erosiona. Cuando Trump sonríe con Kim Jong-un o Europa negocia gas con dictaduras, el mensaje implícito es que los valores son secundarios frente al interés inmediato. Estamos perdiendo la confianza en nuestro propio modelo, que ya no parece tan atractivo ni para otros pueblos ni, lo más grave, para nosotros mismos.
Esto que estoy escribiendo no es una declaración derrotista sino una llamada a la defensa de nuestros valores. Tenemos que empezar revindicando la lentitud democrática.
Recordar que la democracia es más lenta que el autoritarismo porque escucha, porque contrasta, porque duda. Esa “lentitud” es precisamente lo que nos protege de la arbitrariedad. Conviene valorarla como virtud, no como debilidad.
Debemos educar, ahora más que nunca, en espíritu crítico. Una ciudadanía formada, que entiende cómo funcionan las instituciones y qué significa la libertad, es menos vulnerable al encanto de líderes que prometen soluciones fáciles a problemas complejos. La escuela y los medios libres son nuestra primera defensa.
No basta con que existan parlamentos, jueces o prensa: hay que protegerlos con firmeza, financiarlos y respetarlos, incluso cuando incomodan. Cada erosión, por muy pequeña que nos parezca, ya sea un juez desacreditado, un periodista acosado o una norma saltada, abre la puerta a erosiones mayores. Esto lo deberían saber mejor que nadie los políticos, que se dicen ser demócrata, pero aprueban o condenan los veredictos de los jueces según les vayan a sus intereses.
Si Occidente quiere seguir siendo un modelo, no puede actuar como bloque cerrado y temeroso. Debe tender puentes, cumplir sus compromisos internacionales sobre el clima, los derechos humanos, la ayuda al desarrollo, entre otras cosas, y no dejar que el cinismo sustituya a la ética. No se puede defender la democracia en Ucrania y al mismo tiempo cerrar los ojos ante los abusos de otros aliados. Cada incoherencia debilita el mensaje. La mejor defensa frente a los hombres fuertes es la credibilidad.
Tenemos que recordar que la libertad no se hereda, se cultiva. Cada generación debe volver a elegirla. No podemos dar por sentado que la gente preferirá siempre democracia a orden. Es responsabilidad de políticos, intelectuales, ciudadanos y educadores mantener viva la llama de la libertad como bien común. Si queremos evitar una catástrofe de valores frente al avance de los hombres fuertes y la erosión de la democracia, la escuela puede y debe hacer mucho. Ahí tenemos los educadores mucho que hacer y no debemos cesar en nuestros esfuerzos, aunque nos parezca una tarea de Sísifo. No basta con dar información, hay que enseñar a distinguir hechos de opiniones, a detectar manipulaciones, a preguntar “¿quién se beneficia de que yo crea esto?”. El ciudadano crítico es el mejor antídoto contra la propaganda autoritaria.
Nuestros alumnos deben conocer cómo se construyeron los derechos que hoy disfrutamos: la lucha por el sufragio, el fin de la esclavitud, la emancipación de las mujeres, la caída de dictaduras. Si no se conoce la historia, se repiten las cadenas.
En la escuela, en el instituto, no solo debe hablar de democracia, sino practicarla. Los alumnos tienen que participar en la toma de decisiones, en consejos de alumnos, debates abiertos. Si un niño o un joven nunca experimenta qué significa que su voz cuenta, nunca valorará la democracia de adulto.
Frente a la lógica del poder y la fuerza, la escuela debe cultivar la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Es ahí donde se siembra la resistencia al odio, al racismo y a la exclusión que alimentan los regímenes autoritarios. Empatía, como nos dijo el Dalai Lama cuando nos visitó en Lund: Compasion, dear friends, Compasion!
En un mundo inundado de fake news y posverdades, la escuela debe reafirmar que la verdad existe, que se puede buscar y argumentar. El escepticismo radical de los que dicen “todo da igual, todos mienten”, abre el camino al que grita más fuerte. Pero tampoco hay que endulzar la píldora porque la democracia no es hacer lo que uno quiere, sino vivir con otros y aceptar límites por el bien común. La pedagogía de la responsabilidad es esencial para que la libertad no se confunda con egoísmo.
Para terminar, defender la democracia hoy no consiste en repetir consignas, sino en vivirla y transmitirla. No basta con señalar los peligros del autoritarismo, hay que contrarrestarlos con convicciones firmes, con educación, con instituciones sólidas y con ciudadanos dispuestos a pensar por sí mismos. Si los “hombres fuertes” triunfan por la fascinación que despierta su aparente seguridad, nuestra respuesta debe ser la serenidad de unas sociedades que creen en la dignidad humana y en la fuerza de la palabra libre.
La democracia es lenta, sí, pero esa lentitud es la que protege, la que escucha, la que corrige. Y es frágil, pero también capaz de renacer en cada generación si la cultivamos como se cultiva un jardín: con paciencia, cuidado y responsabilidad. Por eso, la tarea no termina en los parlamentos ni en las cancillerías, sino en cada aula, en cada familia, en cada conversación cotidiana. Allí se decide si la libertad será un legado vivo o un recuerdo marchito. Ante el ruido de los hombres fuertes, la mejor respuesta sigue siendo clara y sencilla: más educación, más verdad, más democracia.
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