Hoy reacciono ante la reciente presentación del llamado el canon cultural sueco svensk kulturkanon. Cien obras o elementos seleccionados por expertos independientes, que se consideran fundamentales del patrimonio sueco, presentados por el historiador Lars Trägårdh junto a la ministra de Cultura Parisa Liljestrand, dicho sea de paso, esta última, nacida en Suecia de padres curdos. La selección aprobada por el gobierno se divide en dos grandes ámbitos, artes: literatura, música, cine, escénica, arte visual, etc. y sociedad e instituciones: leyes, invenciones, eventos históricos, prácticas sociales, entre otros.
Este canon se quiere usar en la escuela, como material de apoyo para la enseñanza de historia, literatura, música y artes, para que todos los alumnos conozcan un “marco común” de referencias culturales y en la sociedad en general, como guía de lo que se considera “lo sueco” en términos de herencia cultural, desde instituciones como la libertad de prensa hasta obras literarias o musicales. Siempre será utilizado en el debate público como un punto de partida para la discusión sobre la identidad, pertenencia e integración en la Suecia contemporánea.
No puedo evitar ver este canon como un espejo que devuelve una imagen parcial, incompleta, casi fosilizada de lo que somos. Suecia ya no es aquel país homogéneo que yo descubrí en 1970 del que algunos aún quieren hablar en presente. Hoy entre un 20 y un 30 por ciento de nuestra población tiene raíces en otras culturas, y esa realidad se ve en la música que suena en nuestras calles, en la literatura que se escribe en nuestros barrios, en las formas nuevas de arte que dialogan con tradiciones lejanas y cercanas. Pretender que “lo sueco” se pueda encerrar en un canon fijo es ignorar la riqueza de ese mestizaje, es reducir lo plural a lo singular.
Lo peligroso es que esta operación cultural se inscribe en un clima político donde partidos como Sverigedemokraterna (Demócratas suecos) no ocultan su intención de “limpiar” a Suecia de todo lo que huela a multiculturalismo. El canon, más que un instrumento pedagógico, puede convertirse en una herramienta de exclusión, en una manera de señalar quién pertenece y quién no. Y aquí veo el vínculo con lo que escribí días atrás sobre la fascinación por los “hombres fuertes”: ambos fenómenos reducen la complejidad, simplifican la realidad y ofrecen un relato de identidad y poder que no admite matices.
La democracia, con su lentitud y sus dudas, con su constante negociación entre lo diverso, es mucho más incómoda que un canon cerrado o un líder que promete unidad a base de uniformidad. Pero precisamente en esa incomodidad está nuestra riqueza. Si aceptamos que solo hay una “Suecia verdadera”, damos un paso hacia la homogeneización autoritaria. Si defendemos que la cultura es mestiza, abierta y cambiante, defendemos al mismo tiempo la democracia como forma de vida.
Está claro que este canon se ha pensado para Fortalecer la identidad nacional, ofreciendo a la población una narrativa común de lo que significa ser sueco. Se quiere favorecer la cohesión social, especialmente en un país diverso y multicultural, se plantea como una forma de crear un “suelo común” de referencias compartidas. Se dice al menos que se quiere dar a inmigrantes y nuevos ciudadanos una visión clara de los “pilares culturales” de Suecia, señalando lo que se consideran como logros históricos, artísticos y sociales del país.
No hay nada malo en eso. Yo me he pasado la vida enseñando todo lo que se representa en ese canon, porque me ha parecido esencial para la formación de los suecos de cualquier etnia. El problema es que, si aceptamos este canon como norma cultural, dentro de otros cincuenta años, si no ampliamos en canon, creerán los futuros alumnos que el periodo que va entre el 1975 y el 2025, con todas sus influencias y mestizajes de otras culturas, no ha dejado rastro en el núcleo cultural sueco, como una capa de polvo sobre una estructura de bronce, que se pudiera quitar fácilmente pasándole un plumero.
En un canon que quisiera explicar la Suecia de hoy, deberían entrar muchas obras escritas por suecos nacionalizados como Theodor Kallifatides, nacido en Grecia, que ha escrito novelas como “Ett nytt land utanför mitt fönster” (Un nuevo país fuera de mi ventana) que reflexionan sobre migración, identidad y lengua. Marjaneh Bakhtiari, emigrada de Irán a Malmö, autora de “Kalla det vad fan du vill” (Llámalo como coño quieras), que es una sátira brillante sobre integración, prejuicios y multiculturalismo en Suecia. Pooneh Rohi, un iraní que en “Arabens hemlighet” (El secreto del árabe), explora el choque cultural y la experiencia de ser “otro” en Suecia. Sin olvidarnos de Jonas Hassen Khemiri, de padre tunecino y madre sueca, nacido en Suecia, cuya obra “Ett öga rött,” (El ojo rojo) da voz a la experiencia migrante y la hibridación cultural.
Por tanto, cuando el gobierno sueco presentó su llamado kulturkanon, muchos pensamos que faltaba aire, que el panorama cultural descrito parecía encerrado en una vitrina de museo. Suecia no es un país congelado en la homogeneidad; es un país donde entre un 20 y un 30% de sus habitantes, repito, tienen raíces en otras culturas. Y esa diversidad, que se vive cada día en nuestras calles, en nuestras escuelas y en nuestros barrios, brilla por su ausencia en el canon oficial.
El cine, por ejemplo, es uno de los espejos más claros de la Suecia multicultural. ¿Cómo se puede hablar de un canon sin incluir a directores como Josef Fares, libanés de origen, sueco de vida y creador de películas que definieron una época como Jalla! Jalla! o Kopps? ¿O sin mencionar a su hermano Fares Fares, actor internacional que ha llevado la presencia sueca hasta Hollywood?
O pensemos en Gabriela Pichler, con raíces bosnias y austriacas, que en Äta sova dö retrató la precariedad laboral y la exclusión social en una Suecia real, muy distinta a la idealizada. O en Ali Abbasi, nacido en Irán, formado en Estocolmo, que dirigió Border, una de las películas suecas más premiadas de los últimos años.
También está Rojda Sekersöz, directora de origen kurdo, que con Dröm vidare dio voz a las jóvenes de los suburbios, a quienes rara vez escuchamos en los discursos oficiales. Y Bahar Pars, actriz y directora iraní-sueca, que lleva años explorando en pantalla y en teatro lo que significa ser mujer, migrante y sueca a la vez.
Estos nombres no son una excepción, son parte del pulso cultural de la Suecia de hoy. Pero el canon los omite. Y esa omisión no es neutra. Forma parte de una visión que quiere presentar lo sueco como algo cerrado, singular, homogéneo, cuando en realidad es mestizo, híbrido y en constante transformación. En ese silencio se escucha también el eco de Sverigedemokraterna y su obsesión por “limpiar” Suecia del multiculturalismo. El canon corre el riesgo de convertirse en una herramienta política para reforzar esa narrativa, en lugar de abrirnos a la riqueza de una cultura que, precisamente por ser diversa, es más viva y más fuerte. Un canon cultural debería servir para mostrar lo mejor de lo que somos, no lo que algunos sueñan que fuimos. Y hoy, lo mejor de Suecia no puede entenderse sin esas voces nuevas que ya son tan suecas como las de Strindberg, Bergman o Astrid Lindgren.
Lista completa
Literatura: prosa
Det går an de Carl Jonas Love Almqvist
Giftas: Historias de matrimonios 1–2 de August Strindberg
Gösta Berlings saga de Selma Lagerlöf
Muittalus sámid birra. Un libro sobre la vida de los lapones de Johan Turi
Kallocain de Karin Boye
Pippi Långstrump de Astrid Lindgren
Los emigrantes de Vilhelm Moberg
Katitzi de Katarina Taikon
El hombre repugnante de Säffle de Maj Sjöwall y Per Wahlöö
Literatura: poesía
Skulle jag sörja, då vore jag tokot de Helicons blomster de Lasse Lucidor
Bebe de tu copa, mira que la Muerte te espera, Epístola de Fredman nº 30 de Fredmans epistlar de Carl Michael Bellman
Algunas palabras a mi hija querida, si tuviera alguna, 1–33 de Skaldeförsök de Anna Maria Lenngren
¡Amigo! En la hora de la devastación de Erik Johan Stagnelius
Triunfo de existir de Septemberlyran de Edith Södergran
Es más bello al anochecer de Kaos de Pär Lagerkvist
Las estrellas me son indiferentes de En döddansares visor de Nils Ferlin
Euforia de Färjesång de Gunnar Ekelöf
El cielo a medio hacer de Tomas Tranströmer
La cuestión del matrimonio I–II de Husfrid de Sonja Åkesson
Artes visuales y forma
Pintura mural en la iglesia de Härkeberga de Albertus Pictor
Castillo de Gripsholm con la colección estatal de retratos
Autorretrato con alegorías de David Klöcker Ehrenstrahl
Palacio Real de Nicodemus Tessin el Joven y Carl Hårleman
Noche nórdica de verano de Richard Berg
Lilla Hyttnäs, Sundborn de Karin y Carl Larsson
Pinturas para el templo de Hilma af Klint
Los niños de Tomtebo de Elsa Beskow
Ayuntamiento de Estocolmo de Ragnar Östberg
Sitting… Six months later. Version A de Öyvind Fahlström
Música
Música de Drottningholm de Johan Helmich Roman
Canta con nosotros, mamá, primer cuaderno, de Alice Tegnér
Vigilia de Midsommar, rapsodia sueca nº 1 para gran orquesta, op. 19 de Hugo Alfvén
Tres canciones grabadas con el músico Hjort Anders Olsson
Canción de mudanza y Hacia la choza y el hogar de Lars Sikku, Frida Johansson
Vals de Calle Schewen y Encuentro en el monzón de Evert Taube
Dios disfrazado, op. 24 de Lars-Erik Larsson
Aniara de Karl-Birger Blomdahl
Jazz en sueco de Jan Johansson
Sinfonía nº 7 de Allan Pettersson
Cine y teatro
Teatro del Palacio de Drottningholm de Carl Fredrik Adelcrantz
El cachorro de león en el teatro de Sundsvall de Frida Stéenhoff
Un juego de sueños de August Strindberg
El carro de la muerte de Victor Sjöström
Laburnum con el cuplé El infame caballo de Troya de Karl-Gerhard
La señorita Julia de Birgit Cullberg
El séptimo sello de Ingmar Bergman
Nos llaman mods de Stefan Jarl y Jan Lindqvist
El pequeño hijo del padre de Franz Arnold, Ernst Bach y Nils Poppe
Los hijos de Medea en Unga Klara, Suzanne Osten y Per Lysander
Ensayo y no ficción
Las revelaciones de Santa Brígida de Santa Brígida
Historia de los pueblos nórdicos de Olaus Magnus
Autobiografía de Cristina de la reina Cristina
Viaje lapón de Carl von Linné
Libro de los sueños de Emanuel Swedenborg
La saga de los dioses de los antepasados de Viktor Rydberg
Los destinos maravillosos del pueblo sueco de Carl Grimberg
El siglo del niño de Ellen Key
Crisis de la cuestión demográfica de Alva y Gunnar Myrdal
Señales de camino de Dag Hammarskjöld
Derecho y leyes
Ley nacional de Magnus Eriksson de Magnus Eriksson
Ley de 1734, aprobada por el rey y el parlamento
Ley de libertad de imprenta de 1766, aprobada por el rey y el parlamento
Principio de publicidad
Constitución de 1809, aprobada por el rey y el parlamento
Código procesal, Parlamento de Suecia
Convención Europea, Consejo de Europa
Código penal, Parlamento de Suecia
Constitución de 1974, Parlamento de Suecia
Derecho de acceso a la naturaleza Allemansrätten
Religión
Iglesia de Husaby
Monasterio de Vadstena, Santa Brígida
Horologium Mirabile Lundense, probablemente de Nicolaus Lilienveld y otros
Libro de salmos de Malmö de Christiern Pedersen
Biblia de Gustavo Vasa, traducción sueca probablemente de Olaus Petri, Laurentius Andreae y Laurentius Petri
Conventikelplakat, Estado sueco, estamentos del parlamento
Sinagoga de Marstrand
Oh gran Dios de Carl Boberg
Decisión del sínodo de abrir el sacerdocio a hombres y mujeres, Iglesia de Suecia
Los comensales de la eucaristía de Ingmar Bergman
Economía
Mina de cobre de Falun
Banco Central, Parlamento de Suecia
Reforma agraria Storskiftet
Ley de libertad económica de Johan August Gripenstedt
Paisaje industrial de Norrköping, Carl Theodor Malm y Theodor Glosemeyer
Represa Harsprånget en el río Lule, Parlamento de Suecia
Reforma de pensiones, Parlamento de Suecia
Acuerdo de Saltsjöbaden, LO y SAF
Ikea Älmhult, Ingvar Kamprad
Tributación separada de cónyuges, Parlamento de Suecia
Inventos
Máquina de aire y fuego, Mårten Triewald
Systema naturae de Carl von Linné
Comisión de tablas, Pehr Wargentin
Estufa de azulejos, Fredrik Wrede y Carl Johan Cronstedt
Defensor del Pueblo, Hans Järta y estamento campesino
Canal de Göta, Baltzar von Platen
Premio Nobel, Alfred Nobel
Rodamiento esférico, Sven Wingquist
Saab Viggen
Permiso de paternidad, Parlamento de Suecia
Acceso público
Gustavianum en Uppsala, Gustavo II Adolfo y Olof Rudbäck el Mayor
Constitución de 1634, Axel Oxenstierna
Lappkodicillen, estados sueco y noruego
Diccionario de la Academia Sueca, Gustavo III
Libro de lectura para escuela primaria, Norstedts y Fredrik Ferdinand Carlsson
Edificio del Parlamento, Helgo Zettervall y Aron Johansson
Escuela popular de Brunnsvik, Karl-Erik Forsslund
Vasaloppet, Anders Pers y IFK Mora
Discurso del hogar del pueblo de Per Albin Hansson
Casa de la radio, Erik Ahnborg y Sune Lindström
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