Yo también he visto las imágenes insólitas de un policía con casco y porra que, a la carrera y por la espalda, se lleva por delante a una mujer que no se lo ve venir y cae al suelo aparatosamente. Es una imagen impactante que muestra un acto deleznable. Pero tu artículo me hace pensar en la violencia en términos generales, el uso de la fuerza y como se ve desde la sociedad. Empezaré por las manifestaciones porque estas son, ya sean agresivas y violentas o pacíficas y controladas, una forma de violencia. En eso deberíamos estar de acuerdo, porque toda protesta implica una tensión de poder y puede ser conflictiva, disruptiva o incómoda, aunque no representa violencia mientras no haya daño físico, coerción directa o destrucción deliberada. Aquí hay que diferenciar la protesta del escrache. Las manifestaciones pertenecen al mundo del conflicto político, y en algunos casos cruzan el umbral hacia la violencia propiamente dicha.
En las democracias europeas, incluida Suecia o España, la policía solo puede usar la fuerza cuando hay base jurídica, no hay otra forma de controlar la situación y, aun así, no debe exceder lo imprescindible. Por tanto, esa violencia policial, para ser lícita, tiene por fuerza que ser legal, necesaria y proporcional. Esto significa que una manifestación no violenta y desarmada no justifica el uso de fuerza física agresiva. El policía en Valencia se excedió, eso es de cajón. Pero la policía tiene la facultad de intervenir incluso contra manifestantes pacíficos, cuando hay violencia contra persones o bienes, resistencia activa a órdenes legales, riesgo inmediato para la seguridad pública o necesidad de dispersar una concentración ilegal tras advertencias. Aunque, naturalmente, incluso entonces, la intensidad utilizada por la policía, debe ajustarse al nivel de amenaza.
Lo que no está de ninguna manera permitido es golpear a personas que no ofrecen resistencia, uso de fuerza como castigo, trato degradante o humillante, uso indiscriminado de porras o gases sin necesidad y actuaciones sin advertencia ni orden previa en contextos controlables. Yo he recibido porrazos hace 55 años, simplemente por estar en un lugar cercano a una manifestación; eran otros tiempos, pero creo que las actuaciones policiales no han cambiado mucho desde entonces.
Hay una zona gris donde las condiciones actuales de las manifestaciones las hacen violentas, aun queriendo ser pacífica. Yo creo que tiene mucho que ver con el poder de convocatoria que ofrecen las nuevas tecnologías. Las manifestaciones con capacidad de reunir masas eran antiguamente, tanto en dictaduras como en democracias, bastante limitadas, contadas, diría yo. Hoy día es muy fácil convocar a cientos de miles de la noche a la mañana y esa capacidad de movilización pone a veces a la policía en situaciones muy comprometidas. No es una excusa, simplemente una explicación.
Pero las imágenes de violencia policial son ya tan cotidianas que están dañando la imagen de un cuerpo necesario, para conservar un orden democrático. La culpa es de todos, porque nos estamos acostumbrando a un lenguaje que dignifica la violencia como algo necesario. No, debemos culpar solo a las guerras y conflictos, aunque estos producen una cantidad casi inabarcable de eufemismos sobre la violencia: daños colaterales, neutralizar el objetivo, operación quirúrgica, acción preventiva, pacificación, zona liberada y una gran lista a la que puedes añadir muchas voces.
Pero es que, hasta en el lenguaje cotidiano, se están metiendo palabras y frases que justifican la violencia y la hacen plausible como cualidad o característica humana. Aquí en Suecia, tenemos un largo muestrario de esas alusiones positivas al uso de una cierta violencia. Decimos de una persona que ella “ta plats” (toma sitio) cuando ocupa espacio social o físico de forma legítima. Cuando alguien es proactivo, sin matiz moral, decimos que es “framåt” (adelante). Al que presiona y obliga a otros a avanzar, se le dice que “driver på”. Al duro y resistente que no cede un ápice se le llama “tuff” (duro). No rendirse, aun a costa de confrontación, puede considerarse positivo “inte ge sig” (no dar su brazo a torcer, diríamos en español). Y una cualidad muy importante es “sätta sig i respekt”(hacerse respetar) imponerse para ganar respeto, con connotación de autoridad o intimidación.
Yo he tenido hijos que han jugado al fútbol y he oído de todo. Si se quieren conocer las raíces de la violencia, el campo de fútbol es un lugar ideal. ¡A por ellos! ¡Que los vengan a buscar! ¡Mátalos! ¡Hijos de puta! ¡Písalo! ¡Dale fuerte! No hablemos ya de exclamaciones racistas o homófobas. Todos sabéis que hay muchos más ejemplos, aunque ahora no me vengan a la cabeza.
Lo peor de todo es que este tipo de cualidades se discuten como algo positivo cuando se va a seleccionar personal para ciertas posiciones de responsabilidad. Curiosamente, en los aspirantes a la policía se buscan otras cualidades, como la estabilidad emocional, el autocontrol, la responsabilidad y el buen juicio moral, la capacidad de tomar decisiones rápidas sin perder el marco legal y ético, la empatía y la capacidad de trato humano, la asertividad y una gran tolerancia a la frustración. La idea de que la formación policial debe ser, como Víctor dice “exquisitamente escrupulosa” es difícil de cuestionar en términos generales, pero conviene recordar que no todo depende de la formación individual: intervienen factores como la organización del operativo, la cadena de mando, el contexto, la información disponible en tiempo real y la propia dinámica del conflicto.
Más allá de la exigencia de una formación escrupulosa de los cuerpos de seguridad y del control estricto del uso de la fuerza, hay un elemento previo que es decisivo: la necesidad de reducir la propia conflictividad social y política que hace que esas situaciones lleguen a producirse. Porque se trata también de cómo se gestiona antes, en la fase en la que todavía puede encauzarse por vías de diálogo, mediación o desescalada. En ese sentido, la calidad de una sociedad democrática depende de la corrección de la intervención policial en los momentos críticos, pero también de la capacidad de sus instituciones, sus actores políticos y sus organizaciones sociales para evitar la escalada innecesaria de tensiones. Si los conflictos se alimentan, se polarizan o se dejan crecer sin mecanismos eficaces de contención, es probable que terminen en situaciones donde cualquier intervención resulte problemática. Por eso, junto a la exigencia legítima de profesionalidad en quienes detentan el monopolio de la fuerza, es igualmente importante trabajar en la reducción de las condiciones que hacen que esa fuerza tenga que ser utilizada.
El artículo de Víctor Bermúdez: OPINIÓN VÍCTOR BERMÚDEZ | Violencia sin complejos
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