Escrita ya mi entrada de hoy, salí a dar mi paseo cotidiano en este ambiente primaveral que tanto me gusta. Echo de menos mi perro, Pluto, que solía acompañarme, pero de eso ya hace muchos años. Cuando paseo, llevo los auriculares para escuchar la radio y cuando no los llevo, como hoy, voy pensando en lo que he escrito y en las reacciones que ha podido tener. Hoy pienso que me he quedado un poco corto, raro en mí, así que he ido pensando que podía yo añadir a lo antes escrito sobre la violencia en la sociedad.

Caminando, suelo llegar al parque de la ciudad, el Stadsparken, al que tengo costumbre de referirme a cuento de mil cosas. Esta vez me sirve naturalmente también para hablar de la violencia. A ver si puedo explicarlo de forma que se entienda. Un 4 de junio, Stadsparken se encuentra en uno de los momentos más agradables del año. La primavera ha alcanzado su plenitud y el parque aparece cubierto por un intenso verdor. Los grandes árboles han recuperado completamente su follaje y proyectan amplias sombras sobre los senderos. Los castaños y tilos forman bóvedas verdes bajo las que pasean familias, corredores, estudiantes y jubilados como yo.  El césped se muestra fresco y brillante después de las lluvias primaverales, salpicado por margaritas y otras flores silvestres. Los macizos florales del parque comienzan a exhibir los colores del verano, mientras los rosales empiezan a abrir sus primeras flores. Un olor penetrante a tierra mojada y lilas llena el aire.

En un rincón del parque, entre los árboles y los senderos que serpentean por el parque, se encuentra el monumento dedicado a Pehr Henrik Ling, una de las figuras más influyentes de la educación física sueca. Hoy, cuando el parque está en plena explosión de verdor, el relieve parece emerger de un mar de hojas verdes y sombras suaves. Los visitantes pasan a menudo sin detenerse, pero quienes conocen la historia de Suecia reconocen en Ling al creador de la gimnasia sueca moderna, un sistema que influyó durante generaciones en la enseñanza, la salud pública y la preparación física de millones de personas.

Pero no es eso lo que me atrae hoy de ese monumento, sino la violencia. Sí, la violencia que muestra el monumento, porque el relieve puede leerse de dos maneras, bien como un homenaje a la cultura física sueca o, desde una mirada más crítica, como un recordatorio de cómo la educación del cuerpo estuvo ligada también a la disciplina y a la preparación para la guerra. Ambas interpretaciones forman parte del debate histórico sobre el legado de Ling.

Y es que este Ling fue el maestro de esgrima de la universidad, que creó oficialmente el cargo de maestro de esgrima (fäktmästare) ya en 1672, apenas unos años después de la fundación de la universidad. La existencia ininterrumpida de maestros de esgrima desde el siglo XVII está bien documentada. Entre 1805 y 1813 el propio Pehr Henrik Ling ejerció como maestro de esgrima de la universidad.

En el sigilo de la universidad de Lund se puede ver un león con una garra sobre un libro y la otra empuñando una espada y con la leyenda “Ad utrumque paratus” preparado para ambas cosas, el estudio y la guerra. No es raro por tanto que los estudiantes se preparasen con la esgrima. A partir de 1830 y hasta 1901 los estudiantes estaban obligados a participar en ejercicios militares, como parte de su formación, el manejo de las armas y la instrucción en los campos de las afueras de la ciudad. Nos queda como recuerdo la gorra blanca, que muestra la pertenencia a un cuerpo, aunque ya hoy nadie la relaciona con actividades bélicas. Nos queda todavía un sentido fuerte de pertenencia a un grupo con rituales de entrada y pertenencia, desfiles y celebraciones públicas, como la del 1 de mayo o las festividades estudiantiles. Una cierta teatralidad colectiva en la vida universitaria, con los cañonazos de la promoción de doctores, las medallas en el frac etc.

Y, mientras voy caminando, pienso que la violencia nos va marinando poco a poco, casi sin que nos demos cuenta de ello. El lenguaje, los eufemismos que se emplean para hacer natural el rearme, como la seguridad preventiva, con significado despliegue militar para evitar amenazas futuras, o la disuasión, como el arte de mantener capacidad de ataque para evitar que el otro nos ataque antes. Hablamos de contención, o de cómo limitar la expansión de un enemigo con medios militares o económicos. Pensamos que la eliminación anticipada de posibles riesgos y la anticipación estratégica, actuar militarmente antes de que haya agresión abierta, son acciones preventivas y completamente aceptables.

Estamos a diario discutiendo como vamos a prepararnos para el estado de guerra. Nos mandan folletos con consejos básicos para sobrevivir un ataque, como si fuese algo que seguramente nos va a ocurrir. Ya no es un “si” sino un “cuando”. Da un poco de miedo.

Luego está eso de la OTAN. Parece que creemos que, perteneciendo a un club de guerra, estaremos más seguros, pero en realidad es lo contrario, es meterse en un juego del que se puede salir mal parado. Recuerdo cuando yo era un chaval de seis años y en el recreo se jugaba a torneos. Un chico, que hacía de caballero, se montaba encima de otro, que hacía de caballo y se lanzaban contra otros equipajes. Ganaba el que hacía caer al caballero “enemigo”. Había que elegir, jugar el juego o permanecer fuera, jugando a las canicas o cualquier cosa parecida. Yo elegí jugar de caballero y, a las primeras de cambio, me vi en el suelo. Me hice un daño terrible, porque, al caer, se me astilló el brazo izquierdo. La moraleja es que el que se mete en el juego tiene que aguantar las consecuencias.

También puedo usar la esgrima como metáfora si me permitís, porque ahí se aprende que el que ataca se arriesga a recibir una estocada. De la misma manera que el que da un paso adelante en el rearme está incitando al contrario a hacer lo mismo, en una terrible espiral, que ya conocemos cómo acaba.

Comienza a llover, aquí el tiempo cambia muy rápido, pero la lluvia es cálida y muy fina, no me molesta. Sigo andando y me encuentro a un grupo numeroso de niños de un jardín de la infancia, con sus chalecos amarillos y sus institutrices. Espero que ellos no tengan que sufrir los efectos de una guerra devastadora. Les hemos metido en el juego sin preguntarles y no saben cuales son las apuestas. Acelero el paso camino de casa. Voy a escribir una entrada.