Mientras algunos gastan cantidades fabulosas de dinero en tirar cohetes a la luna y soñar con Marte, otros intentan imaginar un mundo sostenible e igualitario. Desgraciadamente, los que tiran cohetes y sueñan con Marte tienen mucho poder y los que se imaginan un mundo sostenible solo tienen su palabra, un amplio conocimiento de la economía y la sociología y muchas ganas de cambiar para mejor este mundo tan absurdo en el que vivimos.
Me pongo a pensar que le diré a mi nieta cuando me pregunte cómo es el mundo y yo le tenga que decir que, en este pequeño planeta, tan insignificante, vivimos hoy 8 300 millones de personas, todas con aproximadamente las mismas características, las mismas habilidades básicas, las mismas capacidades, poco más o menos. Le diré que en poco más de doscientos años, los humanos, hemos sido tan prolíferos que nos hemos multiplicado por ocho, en ese mismo planeta, con los mismos recursos.
Le tendré que decir que, unos pocos de los habitantes de la tierra, el 1%, se han encargado de acaparar el 75% de los recursos y la riqueza del planeta, mientras el 99% se reparte como puede el resto. Buena oportunidad de repetir las matemáticas, y puedo seguir contándole que La riqueza financiera y patrimonial, las viviendas, acciones, empresas, tierras y capital, está muy concentrada principalmente en Norteamérica, que reúne alrededor de un tercio de la riqueza mundial, en Europa occidental, en Asia desarrollada y también en grandes fortunas privadas repartidas globalmente, pero gestionadas sobre todo desde esos centros financieros. La riqueza está, le diré a mi nieta, donde se encuentran los mercados financieros, las grandes empresas y los propietarios del capital.
Le tendré que decir también que allí donde se encuentran la mayoría de los recursos de la Tierra es donde sus habitantes viven en la mayor pobreza. Los minerales estratégicos como el litio, el cobalto y el cobre, necesarios para la producción de alta tecnología, se localizan sobre todo en América Latina, en Chile, Perú y Bolivia, en África central, especialmente la República Democrática del Congo y Australia. Las tierras agrícolas más fértiles se encuentran en América del Sur, Norteamérica, Ucrania y otras zonas de Eurasia, mientras que los grandes bosques y la biodiversidad más importante se concentran en la Amazonia, la cuenca del Congo y el Sudeste asiático. En conjunto, esto significa que los recursos naturales están repartidos de forma muy desigual, con una fuerte concentración en regiones del Sur global y en zonas periféricas desde el punto de vista económico, mientras que los centros financieros e industriales del mundo se localizan en otras regiones.
¿Y qué le diré si me pregunta por qué hay guerras? Ahí si que me veré obligado a pensar la respuesta. Le diré que las guerras ocurren porque los seres humanos a veces no sabemos resolver nuestros problemas hablando. Nos peleamos por poder, por dinero, por tierras o por ideas diferentes. Algunos grupos quieren tener más control que otros, y en vez de negociar, usan la fuerza. También hay miedo, desconfianza y heridas antiguas entre países o pueblos que no se han curado. Y ella, estoy seguro, me preguntará si no es posible vivir en paz y repartir lo que tenemos justamente. Y, en ese caso, responderé que sí, que sería posible, pero que para eso, los poderosos del mundo deberían leer el Informe de Justicia Global, presentado recientemente por profesores e investigadores del World Inequality Lab y de instituciones como la Paris School of Economics, con investigadores como Lucas Chancel, Cornelia Mohren, Rowaida Moshrif, Moritz Odersky, Thomas Piketty, Anmol Somanchi.
El Informe de Justicia Global[1] es el primer intento de proponer un plan completamente cuantificado para llegar a esta justicia global. Combina cuatro dimensiones, la redistribución a escala mundial, una reforma profunda del orden financiero y económico internacional, una transformación radical de los sistemas energéticos, y cambios sustanciales en los patrones de consumo.
En este informe se propone una transformación global que reconcilie la habitabilidad del planeta con altos niveles de bienestar para todos, algo que sería posible, siempre que se cumplieran simultáneamente algunas condiciones, a saber:
Una descarbonización rápida de los sistemas energéticos, pero también un cambio profundo del sobrenconsumo hacia la suficiencia. Esto implicaría una fuerte reducción de las horas de trabajo y del uso de materias primas, junto con grandes cambios en los patrones de consumo, la alimentación, el uso del suelo y la cobertura forestal.
La justicia global supondría que el 90% de la población mundial duplique sus ingresos, trabajando la mitad de horas que hoy. Un mundo en el que la mitad más pobre de la humanidad vea su parte de la riqueza global pasar del 2% actual al 30%; un mundo en el que consumamos lo suficiente, pero nadie sobreconsuma. Y todo ello en un planeta capaz de sostener la vida humana sin que su clima colapse. La habitabilidad del planeta es la condición previa para el desarrollo humano y la igualdad.
El Informe de Justicia Global combina cuatro dimensiones que hoy suelen tratarse por separado, la redistribución a escala mundial, una reforma profunda del orden financiero y económico internacional, una transformación radical de los sistemas energéticos, y cambios sustanciales en los patrones de consumo.
En su núcleo está la convergencia entre países, separado hoy por una brecha de 16 veces entre las regiones más pobres, 290 € mensuales en el África subsahariana, y las más ricas, 4.590 € en América del Norte y Oceanía, aumentaría hacia un nivel común de unos 5.000 € mensuales en todos los países para 2100. La parte de la riqueza mundial en manos de la mitad más pobre de la humanidad pasaría del 2% al 30%, mientras que la del grupo de multimillonarios caería del 6% al 0,05%. Estos cambios podrían financiarse mediante nuevas instituciones. Un fondo mundial de justicia gastaría en promedio el 10% del PIB mundial anual entre 2026 y 2060 en dividendos por país e inversiones, frente al 0,4% que representan hoy la ayuda al desarrollo y los presupuestos combinados de la ONU, el FMI y el Banco Mundial. Los recursos procederían de un fondo soberano mundial que poseería el 10% del capital global, un impuesto global sobre la riqueza que aumentaría hasta el 20% anual para multimillonarios y un impuesto global sobre la renta que alcanzaría el 90% en la franja más alta.
El resultado no es una transferencia de muchos a pocos, sino una ganancia para casi todos. Cerca del 90% de la población mundial duplicaría sus ingresos entre 2026 y 2100, y si se tienen en cuenta el ocio y un planeta habitable, más del 99% saldría beneficiado.
El plan también redistribuye el poder. Hoy, las regiones más ricas tienen cuatro veces más votos en el FMI y el Banco Mundial de lo que correspondería a su población, mientras que en el nuevo orden, cada habitante tendría la misma voz, respaldada por una unión internacional de compensación y una nueva moneda internacional para acabar con los privilegios exorbitantes de las potencias dominantes y corregir los desequilibrios comerciales globales.
El informe se basa, entre otras cosas, en el compromiso de Sevilla sobre financiación del desarrollo[2], la Agenda de Bridgetown impulsada por Barbados en 2022[3], el proceso de la convención fiscal de la ONU[4] y las iniciativas del G20 lideradas por Brasil y Sudáfrica sobre desigualdad global.[5] La principal contribución de este informe es situar estas propuestas dentro de un marco institucional cuantificado, modelando la convergencia socioeconómica, los cambios de temperatura y las trayectorias distributivas hasta el año 2100.
La imposibilidad técnica no es lo que lo impide, sino la ausencia de una visión compartida del progreso social, a la vez concreta y radical. Lo que se necesita es una decisión política y el duro trabajo de construir coaliciones para sostenerla. Y, ¿qué esperamos? Diría mi nieta, porque ella es una niña muy positiva y no deja nada para mañana. Yo la contestaré que el Informe de Justicia Global no es imposible en sentido técnico o económico, sino extremadamente difícil de realizar en la práctica política actual porque requiere una coordinación internacional que hoy no existe.
El principal problema es que el mundo está formado por Estados soberanos sin un gobierno global capaz de imponer impuestos o redistribuir riqueza a escala mundial, por lo que medidas como un impuesto global sobre la riqueza o sobre la renta, o un fondo mundial equivalente al 10% del PIB global, no tienen una autoridad que las pueda hacer obligatorias. Además, el sistema internacional funciona en competencia entre países, lo que hace que algunos puedan rechazar acuerdos, bajar impuestos o convertirse en refugios fiscales, debilitando cualquier pacto global. A esto se añade la resistencia de las élites económicas y corporaciones, que perderían una parte importante de su poder y riqueza, lo que genera oposición política e institucional. Finalmente, el plan exige transformar simultáneamente la energía, el consumo, el trabajo y la distribución de la riqueza a escala mundial, algo que implica un nivel de coordinación histórica sin precedentes. En conjunto, no es que el modelo sea matemáticamente imposible, sino que choca con la estructura política actual del mundo, basada en intereses nacionales y competencia entre Estados, más que en una autoridad global capaz de imponer una redistribución de esta magnitud.
Pero, yo le diría a mi nieta que, todo esto sería posible si nuestro planeta fuera atacado por extraterrestres. Entonces, estoy bastante seguro de que, los líderes mundiales se pondrían de acuerdo para unir nuestros esfuerzos contra el invasor. Ella me miraría con una mezcla de asombro y decepción, como diciendo: ¿tú no creías en la viabilidad de ese informe? Y yo le contestaría que sí, que yo creo que el informe es viable pero la humanidad no está preparada para implantarlo. Yo diría que el informe tiene ciertos problemas que lo hacen inviable, al menos por ahora.
El primer problema sería que el informe confía demasiado en la capacidad de la planificación global centralizada. Propone impuestos mundiales muy altos, un fondo global que gestione una parte significativa del PIB y una redistribución coordinada entre países, y esto implica una concentración enorme de poder político y administrativo. Desde una perspectiva liberal como la mía, eso genera un riesgo claro, porque, para corregir desigualdades se crea una arquitectura institucional que podría volverse excesivamente burocrática y difícil de controlar democráticamente.
En segundo lugar, como liberal subrayo el problema de los incentivos. Si se reducen fuertemente las diferencias de ingresos y riqueza a escala global mediante impuestos muy progresivos y mecanismos de redistribución, podría disminuir la motivación para innovar, invertir y asumir riesgos, especialmente en los sectores que generan crecimiento tecnológico y productividad. No se trata de negar la necesidad de redistribución, sino de advertir que el equilibrio entre igualdad y dinamismo económico es frágil.
En tercer lugar, cuestiono la viabilidad política sin coerción. Un sistema global de impuestos y redistribución requiere una autoridad supranacional fuerte. Para mí, como liberal, eso plantea una tensión con la soberanía democrática: o bien el sistema no se puede aplicar y queda en papel, o bien se aplica mediante estructuras que reducen la autonomía de los Estados y de sus ciudadanos.
También tengo alguna crítica sobre la visión del desarrollo que ofrece. El informe tiende a asumir que la desigualdad global es principalmente un problema de diseño institucional. Yo como liberal respondo que gran parte de la desigualdad entre países se debe a diferencias históricas en instituciones internas, educación, estabilidad jurídica y apertura económica, y que la convergencia se logra mejor mediante crecimiento, comercio e innovación descentralizada que mediante redistribución global directa. Y, al llegar aquí, mi nieta ya ha desconectado y sale a jugar, y yo me quedo pensando que hoy os voy a recomendar que leáis vosotros el informe y que después me dejéis saber lo que pensáis de las ideas de Thomas Piketty y sus colaboradores. Buenos días.
[1] https://globaljusticeproject.wid.world/global-justice-report/
[2] El Compromiso de Sevilla sobre financiación del desarrollo (en inglés Sevilla Commitment) es el documento final adoptado en la IV Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo (FfD4) de la ONU, celebrada en Sevilla en 2025. https://uneca.org/eca-events/fr/node/1867?utm_source=chatgpt.com
[3] https://www.bridgetown-initiative.org/
[4] https://www.un.org/en/desa/tax-convention
[5] https://www.g20.org.za/g20-media/landmark-g20-report-led-by-nobel-laureate-joseph-stiglitz-sounds-alarm-on-inequality-emergency-and-calls-for-international-panel-on-inequality/?utm_source=chatgpt.com
Leave a Reply